Sherrilyn Kenyon
Prólogo
Una leyenda Griega
Acostumbrado a las riquezas desde el momento de su nacimiento, Kyrian de Tracia manejaba
su carisma y su encanto con la misma destreza que empuñaba la espada. Valeroso y
audaz, regía a los que lo rodeaban mostrando en toda ocasión el lado más apasionado de
su carácter.
Ardiente, salvaje e impaciente, su vida siempre era arriesgada. No conocía el peligro, no
establecía límites. El mundo era su alimento y había prometido saciarse.
Con la fuerza de Ares, el cuerpo y el rostro de Adonis y los sensuales dones de Afrodita
se veía acosado por toda mujer que posase los ojos en él. Lo deseaban y soñaban con poseer
al orgulloso príncipe guerrero cuyas caricias –según se aseguraba– eran lo más cercano
al goce paradisíaco que una mujer pudiese conocer.
Pero no era un hombre cuyo corazón se domase con facilidad.
Vivía intensamente, aprovechando cada instante, gozando de todos sus sentidos y satisfaciendo
todos y cada uno de sus salvajes deseos. Gozaba dando placer tanto como recibiéndolo.
Las escasas mujeres que habían logrado pasar una noche de éxtasis a su lado, trataban
con despótico desprecio a aquéllas que sólo podían soñar con acariciar aquel exquisito
cuerpo.
Porque él era la Pasión. El Deseo. Sensual y ardiente.
Un guerrero desde su nacimiento, respetado y temido por todo el que lo conocía. En la
época en la que el Imperio Romano era invencible, se encargó él solo de rechazar su avance
con la misma destreza que un héroe, y llenó su nombre y su reino de riquezas y gloria.
Durante un tiempo, se dijo que sería el soberano de todo el mundo conocido.
Hasta que un brutal acto de traición lo convirtió en el Soberano de la Noche.
Ahora camina por el sombrío reino que separa la Vida del Inframundo. No es ni hombre
ni bestia; su naturaleza es completamente diferente.
Es la Soledad. La Oscuridad.
Una sombra nocturna.
Un espíritu incansable y solitario cuyo destino no es otro que salvar a los humanos que
lo desprecian y lo temen. No conocerá la paz ni el descanso hasta que encuentre a la mujer
que esté dispuesta a no traicionarlo. Un corazón puro que vea más allá de su lado tenebroso
y lo devuelva a la luz.
Uno
–Pues yo digo que deberíamos meterlo en un hormiguero y arrojarle unas miguitas de
pan.
Amanda Devereaux rió ante la sugerencia de Selena. Su hermana mayor siempre conseguía
hacerla reír, sin importar la tragedia en la que estuviese inmersa. Y eso era exactamente
lo que estaba haciendo, sentada en el puesto donde Selena leía el tarot y la líneas
de la mano en Jackson Square una fría tarde de domingo, en lugar de estar metida en la
cama con las mantas hasta las orejas.
Todavía sonriendo ante la imagen de millones de hormigas mordisqueando el pálido y
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blandengue cuerpo de Cliff, Amanda echó un vistazo a los turistas que atestaban la zona
comercial de Nueva Orleáns, aun en un oscuro día de noviembre.
El aroma del café de achicoria caliente y de los beignets llegaba flotando desde el Cafe
Du Monde y cruzaba la calle, mientras los coches pasaban zumbando a unos metros de allí.
Tanto las nubes como el cielo tenían un color gris plomizo que casaba a la perfección con el
humor huraño de Amanda.
La mayoría de los vendedores ambulantes de Jackson Square ni siquiera se molestaba
en colocar los puestos durante el invierno, pero su hermana Selena consideraba que el
suyo era un tesoro tan importante como la Catedral de San Louis, que se alzaba tras ellas.
Menudo tesoro...
La sencilla mesa donde echaba las cartas estaba cubierta por una faldilla púrpura que
había hecho su madre, añadiendo unos «encantamientos» especiales conocidos tan sólo
por su familia.
Madam Selene, la «Señora de la Luna» –como Selena era conocida–, estaba sentada tras
la mesita con una ancha falda de ante verde, un jersey de punto morado y un enorme abrigo
negro y plateado.
La extraña indumentaria de su hermana contrastaba enormemente con los vaqueros
desgastados de Amanda, su jersey rosa de ochos y su polar color café. Pero Amanda siempre
había preferido vestirse de modo discreto. A diferencia de su extravagante familia, odiaba
destacar. Prefería confundirse con el entorno.
–He terminado con los hombres –dijo Amanda–. Cliff fue la última parada del tren a ninguna
parte. Estoy cansada de desperdiciar mi tiempo y mis energías con ellos. De ahora en
adelante, voy a dedicar toda mi atención a la contabilidad.
Selena frunció los labios con disgusto mientras barajaba las cartas del tarot.
–¿Contabilidad? ¿Estás segura de que no te cambiaron al nacer?
Amanda soltó una débil carcajada.
–En realidad, estoy segura de que eso fue lo que ocurrió. Me gustaría que mi verdadera
familia me reclamara antes de que sea demasiado tarde y se manifieste cualquier rareza.
Selena se rió de ella, mientras disponía las cartas de tarot para leerlas.
–¿Sabes cuál es tu problema?
–Soy demasiado remilgada e histérica –dijo Amanda, con las mismas palabras que su
madre y sus ocho hermanas mayores solían usar para referirse a ella.
–Bueno, sí, eso también. Pero estoy pensando que lo que necesitas es ampliar tus horizontes.
Deja de ir detrás de esos tipos con corbata apretada, que no dejan de quejarse y
llorar a su mami porque no tienen vida. Tú, hermanita, necesitas una sexcapada con un
hombre que acelere tu corazón. Me refiero a alguien verdaderamente imprudente y salvaje.
–¿Alguien como Bill? –preguntó Amanda con una sonrisa, pensando en el marido de Selena,
que era aún más remilgado que ella.
Selena negó con la cabeza.
–¡Oh, no!, eso es diferente. Mira, en nuestro caso, yo soy la salvaje y la imprudente, la
que lo salva de caer en el aburrimiento. Por eso nos complementamos a la perfección. Pero
tú no te complementas. Tú y tus novios ocupáis los primeros peldaños en la escalera que
lleva a la Ciudad del Aburrimiento.
–Oye, me gustan mis tipos aburridos. Son dignos de confianza y no tienes que preocuparte
por sus subidas de testosterona. Soy una chica beta; en todo.
Selena resopló y siguió sacando cartas.
–Me da la sensación de que necesitas unas cuantas sesiones con Grace.
Amanda hizo una mueca burlona.
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–¡Ja! como si necesitase una cita con una sexóloga que se ha casado con un esclavo sexual
griego al que invocó a través de un libro… No, gracias.
A pesar de sus palabras, a Amanda le caía bastante bien Grace Alexander. A diferencia
de la multitud de amigos extravagantes de Selena, Grace siempre había sido felizmente
normal y con los pies bien plantados en el suelo.
–Por cierto, ¿cómo le va?
–Estupendamente. Niklos aprendió a andar hace dos días y ahora no hay quien lo pare.
Amanda sonrió al imaginarse al adorable bebé rubio y a su hermana melliza. Le encantaba
hacer de canguro cuando Grace y Julian salían.
–¿Cuándo está previsto que dé a luz?
–A primeros de marzo.
–Supongo que estarán encantados –dijo, con un pequeño aguijonazo de celos. Siempre
había deseado una casa llena de niños, pero a los veintiséis sus perspectivas parecían ser
escasas. Especialmente, porque no encontraba ningún hombre dispuesto a tener descendencia
con una mujer cuya familia al completo era demente.
–¿Sabes? –siguió Selena con esa mirada especulativa que hacía que Amanda se estremeciera–.
Julian tiene un hermano, también víctima de una maldición que lo condena a permanecer
en un libro. Podrías intentar…
–Rotundamente no, gracias. Recuerda que soy la única que aborrece toda esta basura
paranormal. Quiero un hombre humano, normal y agradable, no un demonio.
–Príapo es un dios griego, no un demonio.
–En mi manual, las dos cosas se parecen bastante. Créeme, ya me he cansado de vivir
en una casa con nueve personas lanzando hechizos y todo ese rollo del abracadabra. Quiero
normalidad en mi vida.
–La normalidad es aburrida.
–¿Por qué no la pruebas antes de darle la patada?
Selena se rió.
–Algún día, hermanita, vas a tener que aceptar la otra mitad de tus genes.
Amanda hizo caso omiso de esas palabras mientras sus pensamientos regresaban a su
ex-prometido. Había creído sinceramente que Cliff era el hombre de su vida. Un administrativo
agradable, tranquilo y medianamente atractivo, al que ella había tomado por su media
naranja.
Hasta que conoció a su familia.
¡Uf! Durante los seis últimos meses había dado largas a la presentación, sabiendo lo que
podría ocurrir. Pero él había insistido tanto que, al final, la última noche cedió.
Cerró los ojos y se estremeció al recordar a su hermana gemela, Tabitha, recibiéndolo en
la puerta ataviada de pies a cabeza con la vestimenta gótica que usaba para perseguir
vampiros. El conjunto se completaba con una ballesta que Tabitha se empeñó en mostrarle,
además de su colección completa de shurikens.
«Ésta es especial. Puede abrir la cabeza de un vampiro a más de doscientos metros».
Por si eso no hubiese sido suficiente, su madre y sus tres hermanas mayores estaban
preparando un hechizo de protección para Tabitha en la cocina.
Y lo peor, lo más horrible, llegó cuando Cliff bebió inadvertidamente de la taza de Tabitha,
que contenía su poción energética hecha a base de cuajada, tabasco, yema de huevo
y hojas de té.
Tuvo arcadas durante una hora.
Más tarde, Cliff la llevó a casa en su coche.
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«No puedo casarme con una mujer con semejante familia», le dijo mientras ella le devolvía
el anillo de compromiso. «¡Dios Santo! ¿Y si tuviésemos hijos? ¿Te imaginas que ocurriría
si alguno de ellos fuese así de rarito?»
Echando la cabeza hacia atrás, Amanda pensó que aún sería capaz de matar a toda su
familia por la vergüenza que le hicieron pasar. ¿Tanto les habría costado comportarse con
normalidad tan sólo durante una cena?
¿Por qué?, ¿Por qué no había nacido en una familia corriente, en la que nadie creyese en
fantasmas, duendes, demonios ni brujas?
Pensándolo bien, ¡dos de sus hermanas aún creían en Papá Noel!
¿Cómo aguantaba su padre, un hombre maravillosamente normal, todas esas necedades?
Definitivamente, se merecía que lo santificaran por su paciencia.
–¡Eh, chicas!
Amanda abrió los ojos para ver cómo Tabitha se acercaba.
Vale, genial.
¿Qué vendría después? ¿La atropellaría un autobús?
El día de hoy va mejorando…
Quería muchísimo a su hermana gemela, pero no en ese preciso momento. En ese momento
deseaba que le ocurrieran cosas espantosas. Que le ocurriese algo desagradablemente
doloroso.
Como era habitual, Tabitha iba vestida íntegramente de negro. Pantalones de cuero, jersey
de cuello vuelto y abrigo largo, también de cuero. Llevaba la abundante y ondulada melena
castaña con reflejos cobrizos recogida en una larga coleta y sus ojos, de un azul pálido,
lanzaban destellos. Tenía las mejillas arreboladas y caminaba alegremente.
¡Ay, no! ¡Iba de cacería!
Amanda suspiró. ¿Cómo demonios podían proceder del mismo óvulo?
Tabitha rebuscó en uno de los bolsillos de su abrigo, sacó un trozo de papel y lo colocó
sobre la mesa, frente a Selena.
–Necesito tus conocimientos. Esto es griego, ¿verdad?
Sin responder a la pregunta, Selena apartó las cartas y echó un vistazo a la nota. Frunció
el ceño.
–¿De dónde lo has sacado?
–Lo tenía un vampiro que pulverizamos anoche. ¿Qué dice?
–«El Cazador Oscuro está cerca. Desiderius debe prepararse».
Tabitha se metió las manos en los bolsillos mientras sopesaba las palabras.
–¿Alguna idea sobre el significado?
Selena se encogió de hombros mientras le devolvía el papel.
–Nunca he oído hablar de ningún Cazador Oscuro, ni del tal Desiderius.
–Eric dice que «Cazador Oscuro» es una clave con la que se refieren a uno de nosotros.
¿Qué crees? –preguntó Tabitha.
Amanda ya había escuchado bastante. ¡Por Dios! Cómo odiaba cuando empezaban con
toda esa basura ocultista, demoníaca y vampírica. ¿Por qué no maduraban y se incorporaban
al mundo real?
–Chicas –dijo levantándose–, os veré luego.
Tabitha la agarró del brazo cuando comenzaba a alejarse.
–¡Oye! No estarás todavía dolida por lo de Cliff, ¿verdad?
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–Por supuesto que lo estoy. Sé que lo hicisteis todo a propósito.
Sin preocuparse en absoluto por haber sido la culpable de la ruptura del compromiso de
su hermana, Tabitha le soltó el brazo.
–Lo hicimos por tu bien.
–¡Oh, claro! Muy bien –le dijo con una falsa sonrisa–. Gracias por cuidar de mí. ¿Por qué
no me metes un dedo en el ojo cuando quieras divertirte?
–Venga, Mandy –le dijo Tabitha con su expresión más adorable, la que conseguía que su
padre le perdonara cualquier cosa. Pero con ella no funcionaba; al contrario, la irritaba
más–. Puede que no te guste lo que hacemos, pero nos quieres. Y no puedes casarte con un
administrativo estirado que no acepta lo que somos.
–¿Lo que somos? –preguntó Amanda perpleja–. No me incluyas en esa locura. Yo soy la
única con los genes recesivos normales y corrientes. Vosotras sois las que…
–¡Tabby!
Amanda se alejó al ver que el novio de Tabitha –tan gótico como ella– se acercaba a la
carrera. Eric St. James era sólo un par de centímetros más alto que ellas, pero no resultaba
extraño, teniendo en cuenta que medían un metro setenta y cinco. Tenía el pelo negro y lo
llevaba de punta, con un mechón morado. Podría haber sido muy mono si no llevase un
pendiente en la nariz, y si se dedicara a buscar un trabajo a tiempo completo… o a mantenerlo.
¡Y dejase de cazar vampiros, claro!
–Gary ha averiguado algo sobre ese grupo de vampiros –le dijo Eric a Tabitha–. Vamos a
intentar pillarlos antes de que oscurezca.
–¿Estáis preparados?
Si Amanda seguía poniendo los ojos en blanco de aquella forma, se quedaría ciega.
–Chicos, algún día vais a matar a un humano sin querer. ¿Os acordáis de aquella ocasión
en la que atacasteis a un grupo de fanáticos de Anne Rice y Lestat, en el cementerio?
Eric le dedicó una sonrisa satisfecha.
–Nadie acabó herido, y a los turistas les encantó.
Tabitha volvió a dirigirse a Selena.
–¿Puedes investigar un poco y ver si averiguas algo sobre Desiderius y el Cazador Oscuro?
–Venga, Tabby, ¿cuántas veces tengo que decirte que dejes eso? –le dijo Eric enfadado–.
Los vampiros están jugando con nosotros. Lo de «Cazador Oscuro» no es más que un término
tonto que no significa nada.
Selena y Tabitha lo ignoraron.
–Claro–dijo Selena–, aunque es posible que Gary pudiese ayudarte.
Eric suspiró disgustado.
–Dijo que tampoco lo había oído nunca. –Miró a Tabitha indignado–. Lo cual significa que
no es nada.
Tabitha apartó la mano de Eric de su hombro y continuó ignorándolo.
–Puesto que está escrito en griego, apuesto que uno de tus amigos profesores de la universidad
podría sernos de más utilidad.
Selena asintió.
–Esta noche le preguntaré a Julian cuando vaya a casa de Grace.
–Gracias. –Tabitha miró a Amanda, que se encontraba a su espalda–. No te preocupes
por Cliff. He encontrado al chico perfecto para ti. Lo conocimos hace un par de semanas.
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–¡Oh, Señor! –jadeó Amanda–. Ni una sola cita a ciegas más preparada por ti. Todavía no
me he recuperado de la última, y eso que fue hace cuatro años.
Selena se rió.
–¿Te refieres al domador de caimanes?
–Sí –contestó Amanda–. Cocodrilo Mitch; el que intentó que acabase como merienda de
su mascota, Big Marthe.
Tabitha resopló.
–No es cierto. Sólo intentaba mostrarte lo que hacía para ganarse la vida.
–Déjame decirte algo: el día que dejes que Eric te meta la cabeza entre las mandíbulas
de un caimán vivo, podrás protestar. Hasta entonces, siendo yo la experta en la halitosis de
caimán, mantengo la opinión de que Mitch sólo buscaba un aperitivo fácil.
Tabitha le sacó la lengua antes de agarrar la mano de Eric y salir disparada calle abajo,
con él a remolque.
Amanda se frotó la frente mientras observaba a aquellos dos haciéndose ojitos el uno al
otro; eso probaba que había alguien reservado para cada persona. Sin importar lo rara que
pudiese ser esa persona.
Muy mal le tenía que ir para no encontrar a ese alguien.
–Me voy a casa a ponerme de mal humor.
–Escucha –le dijo Selena antes de que pudiese marcharse–. ¿Por qué no cancelo mi cita
de esta noche con Grace y nos vamos tú y yo a hacer algo? ¿Qué tal si nos tomamos unas
diminutas salchichas a la brasa en honor a Cliff?
Amanda sonrió, agradecida por la idea. No era de extrañar que adorase a su familia. A
pesar del caos, todos la cuidaban con mucho cariño.
–No, gracias. Puedo hacer las Vienesas a la brasa yo misma. Además, Tabitha empezará
a repartir golpes y se morirá si no le preguntas a Julian por su Cazador Oscuro.
–Vale, pero si cambias de idea, dímelo. ¡Ah!, y mientras estás en casa, ¿por qué no llamas
a Tiyana y le dices que prepare un hechizo para encoger el pene de Cliff?
Amanda se rió a carcajadas. Vale, había ocasiones en las que tener una hermana que
era Suma Sacerdotisa de vudú, resultaba bastante útil.
–Confía en mí, no podría encogérselo más. –Le guiñó un ojo a Selena–. Nos vemos luego.
Esa misma tarde, Amanda se sobresaltó al escuchar el teléfono; la había despertado de
sus ensoñaciones. Dejando el libro a un lado, descolgó el auricular.
Era Tabitha.
–Oye, hermanita, ¿puedes ir a mi casa y sacar a Terminator a dar una vuelta?
Amanda rechinó los dientes ante la petición que solía recibir, como mínimo, dos veces a
la semana.
–¡Venga, Tabby! ¿Por qué no lo has sacado tú?
–No sabía que se me iba a hacer tan tarde. Por favor. Se hará pis en mi cama como protesta
si no vas a por él.
–¿Sabes, Tabby? Tengo una vida.
–Sí, ya. Como si no estuvieses sentada sola en el sofá, leyendo la última novela de Kinley
MacGregor y poniéndote morada de trufas de chocolate, como si el mañana no existiera.
Amanda arqueó una ceja al fijarse en la cantidad de envoltorios de trufas esparcidos sobre
la mesa, y en la novela «Sólo a ti» que estaba junto al teléfono.
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¡Joder! Odiaba cuando sus hermanas hacían eso.
–¡Venga! –le pidió Tabitha–. Te prometo que seré simpática con tu próximo novio.
Dejó escapar un suspiro; sabía que no podía negarles nada a sus hermanas. Ésa era su
mayor debilidad.
–Si no vivieses al final de la calle te mataría por esto.
–Lo sé. Yo también te quiero.
Con un gruñido atascado en la su garganta, colgó el teléfono. Echó una melancólica mirada
al libro. ¡Joder!, justo cuando empezaba a meterse en la historia.
Suspiró de nuevo. Bueno, al menos sólo tendría que hacerle compañía a Terminator durante
unos minutos. Era un pitbull francamente horroroso, pero en esos momentos, era el
único varón al que podía soportar.
Agarró el polar que había dejado sobre el sillón y salió por la puerta delantera. Tabitha
vivía a dos manzanas y, aunque la noche era extremadamente oscura y fría, no le apetecía
conducir.
Se puso los guantes mientras se encaminaba calle abajo, deseando que Cliff estuviese
allí para sacar al perro. No podía recordar las incontables ocasiones en las que lo había embaucado
para que le diese un paseo a Terminator, camino de su casa.
Se tropezó con un adoquín y se dio cuenta de que estaba pensando en Cliff por primera
vez desde hacía horas. Lo que realmente le sentaba mal de su ruptura era que no lo echaba
de menos. En ningún sentido. Echaba de menos tener a alguien con quien charlar por las
noches; echaba de menos a un compañero con el que ver la televisión. Pero, sinceramente,
no podía decir que lo echase de menos a él como persona.
Y eso era lo que más la deprimía.
Si no hubiese sido por su estrafalaria familia, habría acabado casándose con él, y habría
descubierto, demasiado tarde, que realmente no lo amaba.
Esa idea le producía más escalofríos que el gélido viento de noviembre.
Alejando a Cliff de sus pensamientos, se concentró en el vecindario. A las ocho y media,
estaba todo sorprendentemente tranquilo para ser una noche de domingo. Había numerosos
coches aparcados en la calle y las ventanas de las casas iluminaban la estropeada acera.
Todo era normal, no obstante, había algo espectral en el ambiente. La luna menguante,
bien alta en el cielo, proyectaba retorcidas sombras a su alrededor. De vez en cuando, llegaban
hasta ella los lejanos ecos de las risas que transportaba el viento.
Era una noche perfecta para que las fuerzas del mal…
–¡Fuera de mi cabeza! –dijo en voz alta.
¡Por culpa de Tabitha estaba pensando en esas cosas! ¡Jesús!
¿Qué iba a ser lo siguiente? ¿Se dedicaría a rastrear el pantano con sus hermanas, en
busca de extrañas plantas y caimanes para los rituales de vudú?
Temblando ante la idea, llegó por fin a la espeluznante y antigua casa que Tabitha y su
compañera habían alquilado, justo en la esquina de la calle. Pintada de un morado chillón,
era una de las más pequeñas de la vecindad. A Amanda le sorprendía que ningún vecino se
quejase de ese horrible color. A Tabitha le encantaba, por supuesto, ya que resultaba muy
fácil de encontrar para quien no conociese la zona.
«Solo tienes que localizar la casita morada de estilo Victoriano, con la verja negra de
hierro forjado. No tiene pérdida.»
No, a menos que fueses ciego.
Tras abrir la puerta de la verja, atravesó el jardín y siguió el sendero que llevaba hasta el
porche. Una enorme y siniestra gárgola de piedra hacía las veces de vigilante.
–¡Hola Ted! –saludó a la estatua; Tabitha juraba que podía leer los pensamientos–. Sólo
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voy a sacar al chucho, ¿vale?
Sacó las llaves del bolsillo del polar y abrió la puerta principal. Cuando entró al vestíbulo,
arrugó la nariz al notar un olor apestoso. Una de las pociones de su hermana debía haber
salido mal.
O eso, o Tabitha había intentado cocinar de nuevo.
Escuchó los ladridos de Terminator en el dormitorio.
–Ya voy –le dijo mientras cerraba la puerta, encendía las luces y cruzaba la salita de estar.
Amanda tenía un pie en el pasillo, cuando escuchó su voz interior, aconsejándole que
corriera. Antes de poder siquiera parpadear, se apagaron las luces y alguien la agarró por
detrás.
–Bueno, bueno –le dijo una voz sedosa al oído–. Por lo menos te tengo a ti, brujilla –e intensificó
su «abrazo»–. Ha llegado la hora de hacerte sufrir.
Algo la golpeó en la cabeza un segundo antes de ver cómo el suelo se acercaba.
Dos
Amanda se despertó con un fuerte dolor de cabeza y sintiéndose fatal.
¿Qué había pas…?
Se puso rígida al recordar al tipo oculto en casa de su hermana. Al recordar sus palabras.
Aterrorizada, intentó incorporarse y descubrió al instante que se encontraba tendida en
el suelo –que por cierto, estaba bastante frío– en una habitación cubierta de polvo.
Y esposada a un desconocido de pelo rubio.
Tenía un grito atascado en la garganta, pero logró contenerlo.
Que no cunda el pánico. Por lo menos hasta que descubras lo que ha sucedido. Según
parece, Tabitha ha cumplido la amenaza de arreglar una cita a ciegas; como en aquella
ocasión en la que «accidentalmente» te encerró en la despensa con Randy Davis durante
tres horas. O cuando te «secuestró» y te metió en el maletero del coche con aquel músico
extraño.
Tabitha siempre le arreglaba citas muy poco ortodoxas con chicos. Aunque, para ser justos,
su hermana no solía dejar al tipo en cuestión inconsciente antes de obligarlos a quedarse
a solas.
Aunque con Tabitha siempre había una primera vez para todo. Y una cita «completamente
a ciegas» era muy de su estilo.
Obligándose a no perder la calma hasta tener más información, Amanda echó un vistazo
a su alrededor. Estaban en un cuarto pequeño, sin ventanas y con una puerta de hierro oxidada.
Una puerta a la que no podía acercarse sin arrastrar a su «amigo» por el suelo.
No había muebles ni nada más. La única luz en la estancia procedía de una bombilla que
colgaba del techo, justo en el centro de la habitación.
Vale, al menos el peligro no era inminente.
No obstante, esa idea no ofrecía mucho consuelo. Echó un vistazo al cuerpo que estaba
a su lado. Se encontraba tumbado de costado, de espaldas a ella; y una de dos: o estaba
muerto o estaba inconsciente.
Pensando que la segunda posibilidad sería mucho más agradable que la primera, se
acercó a él. Parecía bastante alto y, por la postura, se podía decir que lo habían arrojado al
suelo sin muchos miramientos.
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Se puso de rodillas lentamente; le temblaban las piernas. Se acercó al tipo de modo que
al aproximarse pudiera estirarle el brazo que, hasta ese momento, tenía doblado en un ángulo
extraño a causa del grillete.
El hombre no se movió.
Lo miró de los pies a la cabeza. Llevaba un abrigo de cuero negro, vaqueros del mismo
color y un jersey de cuello vuelto, también negro, que le daban un aspecto extremadamente
peligroso, aun en estado inconsciente y tumbado en el suelo. Calzaba botas negras de
motorista, con unas extrañas incrustaciones plateadas en las suelas, bajo el talón.
El pelo, rubio y ondulado, le caía sobre el rostro y le llegaba hasta la solapa del abrigo,
ocultando sus rasgos.
–¿Disculpe? –susurró, mientras le tocaba el brazo–. ¿Está vivo?
Tan pronto como su mano tocó el duro y bien formado bíceps le falló la respiración. Ese
cuerpo postrado era como acero al tacto. No había un lugar que pareciese blando; rezumaba
fuerza y agilidad.
¡Vaya, vaya!
Y antes de poder contenerse, deslizó la mano a lo largo del brazo. ¡Qué gustazo!
Dejó escapar el aire de forma lenta.
–¿Oiga? ¿Señor? –lo llamó de nuevo, mientras le sacudía el hombro–. Colega, ¿te importaría
mucho recuperar el conocimiento para que pueda marcharme? No me apetece estar
encerrada en una habitación con un muerto más tiempo del necesario, ¿vale? Venga, por
favor, no hagas que esto parezca Un fin de semana con Bernie1. Aquí sólo estoy yo y eres
un hombre muy, muy grande.
Ni se movió.
De acuerdo, tendré que intentar otra cosa.
Mordiéndose el labio, tiró del hombre hasta dejarlo tumbado sobre su espalda. Al girarlo,
el pelo cayó hacia los lados, junto al cuello del abrigo, y el rostro quedó a la vista.
Y Amanda se quedó sin aliento. Vale, ahora sí que estaba impresionada de verdad.
Era guapísimo. Tenía un mentón fuerte y cuadrado y los pómulos marcados. Sus rasgos
eran aristocráticos, con un minúsculo hoyuelo en la barbilla.
¡Oh, Señor! El tipo poseía esa clase de belleza masculina que solo un puñado de mujeres
tenía la suerte de ver en carne y hueso alguna vez en la vida.
Sus labios eran los más atractivos que había visto jamás; llenos y expresivos. Esa boca
estaba hecha para dar besos largos y abrasadores…
En realidad, el único defecto de su rostro era una delgada cicatriz que descendía desde
la oreja hasta la barbilla, a lo largo de la mandíbula.
Podía rivalizar en apostura con el marido de Grace. Y Julian, el semidiós, era un duro
competidor.
Jamás le había impresionado tanto la apariencia de un hombre. Siempre había preferido
la mente al cuerpo, especialmente porque cualquier hombre con la mitad de atractivo del
que poseía el que estaba tumbado delante de ella en esos momentos, no solía tener un coeficiente
intelectual mayor que el número de sus zapatos.
Al contrario de lo que le ocurría a su hermana Tabitha, un culo bonito y unos hombros
anchos no conseguían llamar su atención, necesitaba algo más. Aunque…
Paseó la mirada por ese cuerpo esbelto y musculoso. Con este hombre estaba más que
dispuesta a hacer una excepción.
Si es que no estaba muerto, por supuesto.
1 «Un fin de semana con Bernie»: Comedia americana de enredo en la que los protagonistas tienen que cargar
con el cadáver de su jefe. (N. de la T.)
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Alargó el brazo, insegura, y colocó la mano sobre la piel morena de su cuello, para comprobar
el pulso. Sus dedos encontraron una latido fuerte y regular.
Aliviada por el hecho de que estuviese vivo, intentó sacudirlo de nuevo.
–Guapetón, ¿me oyes?
El tipo lanzó un quejido y abrió los ojos lentamente, parpadeando varias veces. Amanda
se sobresaltó al ver aquellos ojos. Eran tan oscuros que parecían negros y, cuando se fijaron
en ella se dilataron de forma amenazadora.
La agarró por los hombros al tiempo que soltaba una maldición.
Antes de que tuviese oportunidad de moverse, el hombre ya había girado en el suelo llevándola
consigo y la tenía atrapada bajo su cuerpo sujetándole las muñecas a ambos lados
sobre la cabeza.
Esos cautivadores ojos negros la estudiaban con suspicacia.
Amanda no podía respirar. Cada centímetro del cuerpo del desconocido estaba íntimamente
pegado al suyo y acababa de darse cuenta de que sus brazos no eran la única parte
que estaba dura como una piedra. El tipo era sólido como una roca.
Sus caderas reposaban justo sobre las de ella y el duro y liso vientre masculino estaba
apoyado sobre su cuerpo de tal forma que la hizo sonrojarse sin remedio. Comenzaba a desear
a ese hombre; estaba muy excitada y le costaba trabajo respirar.
Por primera vez en su vida, quería alzar la cabeza y besar a un completo desconocido.
¿Quién era?
Para su total asombro, él bajó la cabeza hasta ponerla muy cerca de su rostro y aspiró
con fuerza sobre su pelo.
Amanda se tensó.
–¿Me estás olisqueando?
El cuerpo del hombre se agitó de la cabeza a los pies con la carcajada, profunda y ronca,
que siguió a su pregunta, y ella sintió un extraño estremecimiento.
–Sólo estoy admirando tu perfume, ma fleur –le susurró suavemente al oído, con una voz
insinuante y un acento extraño que hicieron que Amanda se derritiera. Tenía una voz tan
grave que le recordaba al sonido de un trueno… y provocaba en su cuerpo un efecto tan
devastador como el de una tormenta.
De acuerdo, el tipo la ponía muy caliente y su aliento sobre la oreja le erizaba la piel y le
provocaba continuos escalofríos.
–Tú no eres Tabitha Devereaux –dijo en voz tan baja que, a pesar de que tenía los labios
pegados a su oreja, ella tuvo que esforzarse por escucharlo.
Amanda tragó saliva.
–Conoces a Tabitha.
–Shh –le susurró al oído mientras sus pulgares le acariciaban las muñecas, que todavía
mantenía sujetas.
El ritmo de esos dedos enviaba pequeñas descargas eléctricas a lo largo de sus brazos.
Los pezones se le endurecieron y sintió que el deseo la abrasaba.
El desconocido movió la cabeza, acariciándola suavemente con la mejilla, de tal forma
que el roce de su barba volvió a hacer que se le erizara la piel. Jamás en su vida había sentido
algo tan excitante como el peso de ese cuerpo sobre ella, ni había percibido un olor tan
embriagador como el aroma especiado y masculino de su piel.
–Nos están escuchando –le dijo Kyrian. Acto seguido volvió a inspirar hondo de nuevo
para disfrutar de su olor.
Ahora que estaba seguro de que la mujer no representaba ninguna amenaza debería
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apartarse de ella, pero…
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo entre los muslos de una
mujer. Y una eternidad desde que se había atrevido a acercarse tanto a una. Había olvidado
la suavidad de unos pechos aplastados bajo su torso; la dulce sensación de un aliento cálido
en el cuello.
Pero ahora que la tenía debajo…
¡Por los dioses! Sí que lo recordaba. Recordaba lo que se sentía cuando unas manos femeninas
se deslizaban por su espalda desnuda; cuando una mujer se retorcía bajo sus expertas
caricias.
Por un instante se abstrajo por completo e imaginó que se desnudaban allí mismo y que
podía explorar todas esas curvas femeninas de forma más placentera.
Y mucho más íntima.
Cerró los ojos e imaginó que deslizaba la lengua por sus pechos y jugueteaba con un pezón
erguido mientras ella enterraba las manos en su pelo.
La mujer se revolvió bajo él, haciendo que la fantasía cobrase vida.
Mmm…
Estaba claro que si ella descubriese quién era él, o lo que era, se desmayaría de terror.
Y, si se parecía en algo a su hermana, no dejaría de atacarlo hasta que uno de los dos acabase
muerto.
Una pena, en realidad. Pero ya estaba acostumbrado a que la gente lo temiera. Era a la
vez la salvación y la maldición de los suyos.
–¿Quién nos escucha? –susurró ella.
Abrió los ojos y saboreó el sonido de esa voz suave y armoniosa. Cómo le gustaba el cadencioso
acento sureño… y el de esta mujer se deslizaba por su piel como la seda más fina.
Haciendo caso omiso de su férrea voluntad, su cuerpo se agitó en perversa respuesta.
La necesidad de probar esos labios llenos y entreabiertos mientras ella se abría de piernas
para permitirle hundirse en su calor, creció hasta el límite.
Sí, cómo deseaba saborear a esta mujer…
Todo su cuerpo.
Se retiró un poco para estudiar mejor su rostro. Tenía una melena de un castaño profundo,
veteado con hebras cobrizas que reflejaban la luz. Los ojos azul oscuro mostraban confusión
y furia, un fiel reflejo de todo su carácter. En el seductor rostro se apreciaba un diminuto
lunar bajo el ojo derecho. Esa marca era lo único que la distinguía de su hermana.
Eso y su olor.
Tabitha llevaba perfumes caros que saturaban sus agudizados sentidos, mientras que
esta mujer olía ligeramente a rosas.
En ese instante, Kyrian la deseó con una necesidad tan acuciante que se quedó petrificado.
Hacía siglos que no deseaba así a una mujer. Siglos desde que había sentido algo, cualquier
cosa.
El rostro de Amanda se encendió al notar cómo su erección le presionaba la cadera. Puede
que el tipo no estuviese muerto, pero no había duda de que estaba duro. Y eso no tenía
nada que ver con el rigor mortis.
–Mira tío, creo que necesitas encontrar otro sitio donde descansar.
Los ojos de él se posaron hambrientos sobre sus labios y Amanda percibió el fiero deseo
que ardía en la profundidades de esa mirada negra como la noche. Al instante, contrajo la
mandíbula con fuerza, como si estuviese luchando consigo mismo.
Su fuerza masculina y su abierta sexualidad la abrumaban.
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Allí, debajo de él, se dio cuenta de lo vulnerable que era. Y de lo mucho que deseaba
probar esos hermosos labios.
La idea la excitaba a la par que la aterrorizaba.
Él parpadeó y, como si se hubiese cubierto con un velo, toda emoción despareció de su
rostro. Entonces la liberó.
Cuando se apartó de ella, Amanda vio una mancha de sangre en su jersey rosa.
–¡Oh, Dios mío! –jadeó–. ¿Estás herido?
El hombre respiró hondo y se sentó a su lado.
–Ya sanará.
Amanda no podía dar crédito a ese tono de voz tan impasible. Teniendo en cuenta la
cantidad de sangre que manchaba su ropa, estaba claro que la herida era grave y aún así él
no daba señales de estar dolorido.
–¿Dónde tienes la herida?
No contestó. En lugar de hacerlo, se pasó la mano izquierda por el cabello rubio. Se detuvo
para mirar con furia el enorme grillete de plata que le rodeaba la muñeca derecha y,
acto seguido, comenzó a tirar airadamente de él.
Por la expresión letal y fría de sus ojos, Amanda supo que los grilletes le molestaban
más que ella.
Ahora que estaba despierto, y no encima de ella, Amanda se quedó extasiada por la oscura
melancolía que reflejaban sus rasgos. Había algo muy romántico y atrayente en su rostro.
Algo muy heroico.
Se lo imaginaba, sin ningún esfuerzo, vestido como un libertino de la regencia o como
un caballero medieval. Sus facciones clásicas le conferían una cualidad indefinible que parecía
estar fuera de lugar en este mundo moderno.
–Bueno, bueno –dijo una voz sin rostro–. El Cazador Oscuro se ha despertado.
Amanda reconoció esa voz diabólica; era la misma persona que la había golpeado en
casa de Tabitha.
–Desi, corazón –dijo con tono gélido el hombre que se alzaba junto a ella mientras observaba
los muros cubiertos de orín–. Aún sigues con tus jueguecitos, por lo que veo. Ahora,
¿por qué no te comportas como un buen Daimon y te apareces ante mí?
–Todo a su debido tiempo, Cazador Oscuro, todo a su debido tiempo. Te habrás dado
cuenta de que no soy como los demás, que se limitan a correr para ocultarse del gran lobo
feroz. Soy el leñador malo que se encarga de matar al lobo.
La voz incorpórea hizo una pausa teatral.
–Tabitha Devereaux y tú habéis sometido a los míos a una persecución implacable. Ha
llegado la hora de que sepáis lo que es el miedo. Cuando haya acabado con vosotros, me
suplicaréis que os mate.
El Cazador Oscuro bajó la cabeza y se rió.
–Desi, cielo, en mi vida he suplicado por nada; y es bastante posible que el sol se desintegre
antes de que le pida clemencia a alguien como tú.
–Hubris2 –dijo Desi–. Me encanta castigar ese pecado.
El Cazador Oscuro se puso en pie y Amanda vio la herida que tenía en el costado. La camisa
estaba ligeramente desgarrada y había una mancha de sangre en el suelo, donde había
estado sentado.
2 Hubris: arrogancia, orgullo excesivo. (N. de la T.)
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Pero no dio muestras de estar dolorido.
–Dime, ¿te gustan tus grilletes? –preguntó Desi–. Son de la fragua de Hefesto. Sólo un
dios, o una llave hecha por el mismo Hefesto, pueden abrirlos. Y puesto que los dioses te
han abandonado…
El Cazador Oscuro estudió la habitación. La ferocidad que reflejaban sus ojos habría espantado
al mismísimo diablo.
–Voy a disfrutar tanto matándote…
Desiderius soltó una carcajada.
–Dudo mucho que tengas la oportunidad de hacerlo cuando tu amiguita descubra lo que
eres.
El Cazador Oscuro lanzó una rápida mirada a Amanda, avisándola que se mantuviera callada.
Pero no hacía falta que lo hiciera. Lo último que pretendía era traicionar a su hermana.
–¿Por eso nos has encadenado? –preguntó el desconocido–. ¿Quieres vernos luchar?
–Uf, no –dijo Desiderius–. Nada más lejos de mi intención. Por mí no habría problema en
que os mataseis el uno al otro, pero lo que pretendo es liberaros al amanecer. Para entonces,
el Cazador Oscuro se convertirá en la presa, y yo voy a disfrutar enormemente con la
persecución y la tortura a la que pienso someterte. No hay ningún escondite donde no pueda
encontrarte.
El Cazador Oscuro sonrió con arrogancia.
–¿Te crees capaz de darme caza?
–Claro. Por supuesto que sí. Por si no lo sabes, conozco tu punto débil mucho mejor que
tú.
–No tengo ningún punto débil.
Desiderius se rió.
–Así habla un verdadero Cazador Oscuro. Pero todos tenemos nuestro talón de Aquiles,
especialmente aquellos que servís a Artemisa. Y tú no eres ninguna excepción.
Amanda juraría que había escuchado al tal Desiderius relamerse de satisfacción.
–Tu debilidad es tu nobleza. Esa mujer te odia y, aun así, no la matarás, por mucho que
suponga una amenaza para ti. Mientras ella intenta matarte, tú la protegerás de mí con tu
propia vida. –Desiderius lanzó una siniestra carcajada–. No puedes soportar que un humano
esté en peligro, ¿no es cierto?
–Desi, Desi, Desi… –rezongó el Cazador Oscuro–. ¿Qué voy a hacer contigo?
–No te atrevas a hablarme así.
–¿Y por qué no?
–Porque no soy ningún Daimon asustado que huye de ti temblando de miedo. Soy tu
peor pesadilla.
El Cazador Oscuro soltó un bufido de burla.
–¿Por qué utilizas tantos tópicos? Venga, Desidesastre, ¿no eres capaz de decir algo original
en lugar de recurrir al guión de una película de serie B?
Un furioso gruñido resonó en la estancia.
–Deja de burlarte de mi nombre.
–Lo siento, tienes razón. Lo menos que puedo hacer es mostrarte algo de respeto antes
de matarte.
–¡Ja! No vas a matarme, Cazador Oscuro. Eres tú el que va a morir en esta ocasión. ¿No
has pensado en lo mucho que ella va a retrasarte? Por no mencionar a sus amiguitos. Se
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echarán sobre ti como una manada de perros salvajes. Y, si yo fuese tú, rezaría para que
fuese eso exactamente lo que me sucediese. Jamás has experimentado el sufrimiento que
voy a infligirte la próxima vez que nos encontremos.
El Cazador Oscuro sonrió sin despegar los labios al escuchar las amenazas de Desiderius.
–Estás sobrevalorando tus habilidades.
–Ya lo veremos.
Amanda escuchó el clic de un micrófono.
El Cazador Oscuro volvió a tirar con fuerza de los grilletes.
–Voy a matar a ese desecho de película de terror.
–¡Eh, eh, eh! –bufó Amanda al ver que su propia mano era zarandeada mientras él intentaba
liberarse–. Ese brazo está unido al mío.
El desconocido se detuvo y la miró. Al instante, sus ojos se suavizaron.
–Gemelas. Jamás se le habría ocurrido. ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar tu hermana?
–Ni siquiera sé dónde estoy yo ni la hora que es. Y ya que nos ponemos, no sé lo que
está sucediendo. ¿Quién eres y quién es ese tipo? –Al instante, bajó la voz y añadió–: ¿Puede
oírnos?
Kyrian negó con la cabeza.
–No, ha apagado el micrófono. Por ahora debe estar ocupado planeando su venganza al
mejor estilo Igor3. No sé tú, pero yo lo imagino frotándose las manos y riéndose a carcajadas
como Dexter; ya sabes, el del Laboratorio de Dexter.
Kyrian la estudió un momento. No parecía estar histérica… todavía, y ojalá siguiera así.
Decirle que Desiderius era un demonio que sobrevivía extrayendo el alma a los humanos –y
que iba tras su hermana– no era la mejor manera de mantenerla calmada.
Claro que, dada la inclinación que su gemela demostraba hacia la caza de vampiros,
para la chica no supondría ninguna sorpresa saberlo.
Cerrando los ojos, se introdujo en la mente de su forzosa compañera y encontró la confirmación
de sus sospechas: en el fondo tenía miedo, como era natural.
Pero al contrario que su gemela, ésta no se apresuraba a sacar conclusiones, aunque era
innegable que sentía curiosidad por la situación en la que se encontraban y también la enfurecía.
Posiblemente pudiese contarle toda la verdad sin que ella alucinara, pero claro, tenía
que tener en cuenta que era su naturaleza de Cazador Oscuro lo que le obligaba a conocer
todos los hechos para poder analizar una situación. En ese momento, la chica no necesitaba
saberlo todo; lo esencial sería suficiente. Con suerte, podría librarlos a ambos de
los grilletes sin tener que revelarle nada sobre sí mismo.
–Me llamo Hunter4 –le dijo solemnemente–. Y ese tipo es el hombre que quiere hacer
daño a tu hermana.
–Gracias, pero eso ya lo he captado –le contestó Amanda, frunciendo el ceño. Debería
estar asustada por todo lo que estaba sucediendo, pero no era así. Estaba demasiado furiosa
para asustarse. Lo último que quería era verse mezclada en las locuras de su hermana.
Por otro lado, le alegraba que la hubieran cogido a ella por error, ya que Tabitha no habría
dudado en hacer cualquier maniobra kamikaze que la hubiese llevado a la muerte. Alzó
la mirada para observar al Cazador Oscuro y frunció aún más el ceño. ¿Cómo es que conocía
a Tabitha? Y pensándolo bien, ¿cómo es que podía distinguirlas cuando su propia madre
tenía problemas para hacerlo?
–¿Eres uno de los amigos de mi hermana?
3 Igor: Tétrico personaje interpretado por Marty Feldman en «El Jovencito Frankenstein». (N. de la T.)
4 Hunter: Cazador en inglés. (N. de la T.)
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Él la miró sin ningún tipo de expresión antes de ayudarla a ponerse en pie.
–No –contestó mientras se daba pequeñas palmaditas en el pecho, las caderas, la espalda
y las piernas.
Amanda intentó no fijarse en ese cuerpo tan increíblemente atlético cuando su mano fue
arrastrada por el grillete. Pero, al rozar por accidente la parte interna de su muslo, creyó
que acabaría gimiendo. Ese hombre había sido creado para disfrutar del sexo y de la velocidad.
Una lástima que no fuese su tipo. De hecho, era la antítesis de lo que ella encontraba
deseable en un hombre.
¿O no?
El Cazador Oscuro lanzó una maldición.
–Por supuesto, me ha quitado el teléfono –murmuró, antes de moverse y arrastrarla con
él hasta la puerta.
Después de comprobar el pomo de la cerradura, observó atentamente los goznes.
Amanda arqueó una ceja al ver que se desataba la bota izquierda y se la quitaba.
–¿Qué estás haciendo? ¿Preparándote para darte un chapuzón?
Él le contestó con una sonrisilla de suficiencia muy masculina antes de inclinarse para
recoger la bota del suelo.
–Intentando salir de aquí. ¿Y tú?
–Intentando no irritarme por tu presencia.
Una chispa de diversión se reflejó en sus ojos antes de concentrarse de nuevo en la
puerta.
Amanda observó cómo apretaba una de las extrañas incrustaciones plateadas del talón
de la bota y, de repente, una afilada hoja de unos doce centímetros surgió de la puntera.
Definitivamente, este tipo era de los que le gustaban a su hermana. Comenzó a preguntarse
si también llevaría shurikens en los bolsillos.
–Ooooh –exclamó ella con sequedad–. Escalofriante.
Él la miró muy serio.
–Nena, aún no has visto nada escalofriante.
Amanda sonrió ante su comportamiento de chico duro al más puro estilo Ford Fairlane5,
y soltó un bufido muy poco femenino.
Él la ignoró. Usando la hoja retráctil, intentó hacer saltar los goznes oxidados.
–Vas a romper la hoja si no tienes cuidado –le advirtió ella.
Él la miró con una ceja alzada.
–No hay nada en este mundo que pueda romper esta hoja. –Apretó los dientes y golpeó
la bota con el puño–. Y parece ser que tampoco hay nada en este mundo que mueva los
goznes. –Pero siguió intentándolo un poco más–. ¡Joder! –masculló dándose por vencido. Replegó
la hoja y se inclinó para ponerse de nuevo la bota. La parte de atrás del abrigo se
abrió al moverse y Amanda fue premiada con una encantadora vista de su trasero.
¡Uf, sí! Bonito culo.
La boca se le secó cuando lo vio alzarse de nuevo hasta alcanzar su metro noventa y
cinco de estatura.
Vaya, vaya, vaya.
Vale, lo retiro. Sí que tenía un rasgo que le resultaba irresistible: su altura. Siempre le
habían chiflado los hombres más altos que ella. Y con este tipo podría calzarse sin dificultad
unos tacones de ocho centímetros sin ofender su ego.
5 Ford Fairlane: Detective cinematográfico con pinta de chulo de las Vegas. (N. de la T.)
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Le sacaba una buena cabeza.
Y eso le gustaba.
–¿Cómo es que conoces a mi hermana? –le preguntó, intentando mantener sus pensamientos
ocupados en esa cuestión y no en lo mucho que deseaba probar esos labios tan
apetecibles.
–La conozco porque no deja de cruzarse en mi camino. –Volvió a dar un tirón a los grilletes–.
¿Qué os pasa a los humanos que tenéis una necesidad constante de meteros en asuntos
que deberíais ignorar?
–Yo no me meto en asuntos que… –su voz se desvaneció cuando las palabras que él acababa
de pronunciar penetraron en su cerebro–. «Humanos», ¿a nosotros los humanos? ¿Por
qué has dicho eso?
El tipo no contestó.
–Mira –siguió ella, alzando el brazo para mostrarle el grillete–. Estoy encadenada a ti y
quiero una respuesta.
–No, tú no quieres ninguna respuesta.
Vale, eso sí que no. Aborrecía a los machos alfa. Esos tipos dominantes que parecían decir
con su actitud «Yo soy el tío, nena: yo conduzco» le daban arcadas.
–Muy bien, machoman –le dijo irritada–. No soy ninguna descerebrada ligera de cascos
que se dedique a hacer ojitos y pestañear a los chulos vestidos de cuero. No intentes tus
tácticas de musculitos conmigo. Por si no lo sabes, en mi oficina me llaman la rompepelotas.
Kyrian la miró con el ceño fruncido.
–¿Machoman? –repitió, incrédulo.
Jamás en su extremadamente larga vida se había encontrado con alguien que tuviera la
osadía de enfrentarse a él. Durante su etapa mortal, había conseguido que ejércitos enteros
de romanos huyeran aterrorizados antes de llegar a enfrentarse a ellos. Pocos hombres
se habían atrevido a mirarlo frente a frente. Desde que se convirtiera en Cazador Oscuro,
legiones de Daimons y apolitas temblaban ante su mera presencia. Su nombre era susurrado
con temor y reverencia, y esta mujer acababa de llamarlo…
–Chulo vestido de cuero –repitió en voz alta–. Creo que jamás me había sentido tan insultado.
–Entonces es que has sido hijo único.
Él soltó una carcajada por el comentario. En realidad, había tenido tres hermanas más
pequeñas que él, pero ninguna se había atrevido a insultarlo nunca.
Deslizó la mirada por el cuerpo femenino. No era una belleza clásica, pero esos ojos almendrados
le conferían una apariencia exótica y le recordaban los de una hechicera. El
pelo, de color caoba, le caía desordenado alrededor de los hombros. Pero habían sido esos
ojos azules los que lo cautivaron. Cálidos e inteligentes, lo observaban, entornados, con una
mirada maliciosa.
Un ligero rubor le cubría las mejillas, oscureciendo el azul de sus ojos. A pesar del peligro
en el que se encontraban, Kyrian se preguntaba si tendría la misma apariencia después
de toda una noche entera de puro sexo agotador. Se imaginaba esos ojos oscurecidos por la
pasión, el pelo enredado, las mejillas enrojecidas por el roce de su barba y los labios húmedos
e hinchados por sus besos.
La idea hizo que su cuerpo se incendiase.
Hasta que sintió el familiar cosquilleo en la nuca.
–Pronto amanecerá.
–¿Cómo lo sabes?
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–Lo sé. –Tiró de ella hasta ponerla en pie y comenzó a examinar los herrumbrosos muros
en busca de una salida–. Una vez que nos liberen tendremos que encontrar el modo de librarnos
de los grilletes.
–Gracias por señalar lo obvio. –Amanda miró la herida que tenía en el costado y que se
veía a través del desgarrón de la camisa–. Antes necesitas que te miren eso.
–No quiera Dios que me desangre hasta morir, ¿eh? –preguntó con ironía–. Porque si no,
tendrás que arrastrar mi pútrido cadáver.
Ella arrugó la nariz, asqueada.
–¿Podrías ser un poco más morboso? ¡Jesús! ¿Quién era el ídolo de tu infancia?, ¿Boris
Karloff?
–En realidad era Hannibal.
–Estás intentando asustarme, ¿no es cierto? –preguntó ella–. Pues que sepas que no va a
funcionar. Crecí en una casa llena de poltergeist furiosos y con dos hermanas que solían invocar
demonios por el placer de luchar con ellos. Tío, he visto de todo y tu humor negro no
funciona conmigo.
Antes de darse cuenta de lo que ella estaba haciendo, Amanda agarró el borde de la camisa
y la alzó. Se quedó helada al ver su estómago desnudo. Era liso y duro, con unos fantásticos
abdominales, bien marcados, que cualquier atleta envidiaría. Pero lo que la dejó
boquiabierta fueron las cicatrices que le cubrían la piel.
Y, lo que parecía peor, la horrible herida que le atravesaba el costado y que llegaba por
debajo las costillas.
–¡Dios santo!, ¿qué te ha pasado?
Él se bajó la camisa de un tirón y se alejó de ella.
–Si te refieres a las cicatrices, tardaría años en contártelo. Si lo dices por la herida, me la
hizo un apolita de unos trece años al que confundí con un niño que necesitaba ayuda.
–¿Te tendieron una trampa?
Él se encogió de hombros.
–No es la primera vez.
Amanda tragó saliva y lo miró de la cabeza a los pies. Lo rodeaba un aura poderosa y letal.
Se movía como un depredador ágil y sigiloso, y esos ojos… Parecían fijarse no sólo en lo
que se veía a simple vista. Esos crueles ojos negros brillaban de forma espectral.
Y le robaban el aliento cada vez que se posaban en ella.
Nunca había visto a un hombre rubio con unos ojos tan oscuros. Ni tampoco había visto
a un hombre tan apuesto. Sus rasgos eran perfectos, como si hubieran sido modelados por
un artista. Exudaba virilidad; una sexualidad puramente masculina que parecía casi sobrenatural.
Conocía a muchos hombres que se esforzaban por proyectar lo que la madre naturaleza
le había concedido a éste a manos llenas.
–¿Qué es un Cazador Oscuro? –le preguntó–. ¿Se parece en algo a Buffy, la Cazadora de
Vampiros?
Él se rió.
–Sí. Soy una adolescente bajita y emancipada que vaga por ahí luchando contra los vampiros,
con unos pendientes que los malos utilizarían para desgarrarme las orejas y tirar de
ellos hasta…
–Ya sé que no eres una chica, pero ¿qué es un Cazador Oscuro?
Dejo escapar un suspiro y tiró de ella para continuar examinando las paredes de la habitación
en busca de una puerta oculta.
–Resumiendo: acabo con las criaturas que merodean durante la noche.
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Amanda sintió un escalofrío al escuchar su somera explicación, pero supo que había mucho
más. Parecía un tipo letal, aunque no había en él rastro alguno de crueldad o vileza.
–¿Por qué quieres matar a Desiderius?
Él la miró un instante antes de intentar forzar la puerta de nuevo. Sacudió con tanta
fuerza el pomo que a Amanda le sorprendió que no arrancara la cerradura de cuajo.
–Porque no sólo se dedica a matar humanos, también roba sus almas.
Ella se tensó al escucharlo.
–¿Eso es cierto?
–Acabas de decir que lo has visto todo –se burló él–. Dímelo tú.
Amanda sintió el repentino deseo de estrangularlo. Jamás en su vida se había encontrado
con un tipo más engreído y exasperante.
–¿Por qué acabo siempre metida en todos estos fenómenos paranormales? –se preguntó
en un murmullo–. ¿Es demasiado pedir un día normal y corriente?
–La vida rara vez es como desearíamos que fuese.
Ella lo miró con el ceño fruncido, confundida por el extraño tono de voz.
Kyrian ladeó la cabeza y alzó la mano para indicarle que guardara silencio.
El pomo de la puerta hizo un sonido metálico.
–Toc, toc –dijo Desiderius–. Tenéis todo el día para buscar refugio. Cuando caiga la noche
saldremos de caza.
–Sí, sí –contestó Hunter–. Tú y tu perrito, supongo.
El tono jovial sorprendió a Amanda. Las inquietantes palabras de Desiderius no habían
hecho mella en él.
–¿No te asustan sus amenazas?
Hunter la miró con severidad.
–Chère, el día que alguien como él consiga asustarme, me pondré de rodillas y le daré
mi puñal para que me arranque el corazón. Lo que temo es el momento de enfrentarnos a
tu hermana y convencer a la Reina de la Testarudez de que se mantenga alejada de todo
esto hasta que yo sea capaz de localizar a Desiderius y mandar su alma al olvido, que es
donde debe estar.
Amanda se rió, a pesar del peligro que les rodeaba.
–¿La Reina de la Testarudez? Ya veo que conoces muy bien a Tabitha.
Hunter hizo caso omiso de su comentario mientras utilizaba su cuerpo para protegerla y
abría la puerta con precaución. Acto seguido, se detuvo y echó un vistazo.
Al otro lado de la puerta se extendía un estrecho pasillo, flanqueado por enormes ventanas
cubiertas de una espesa capa de polvo que oscurecía la luz del sol del amanecer.
–Joder –gruñó Hunter en voz baja, mientras volvía a entrar a la habitación.
–¿Qué pasa? –preguntó Amanda con el corazón desbocado a causa del terror–. ¿Hay alguien
ahí fuera?
–No.
–Entonces vámonos –dijo, encaminándose hacia la puerta.
Él no se movió ni un milímetro. Con los dientes apretados volvió a mirar el pasillo y dijo
algo en un idioma que Amanda desconocía.
–¿Cuál es el problema? –preguntó ella–. Está amaneciendo y no hay nadie ahí fuera. Vámonos
de aquí.
Hunter respiró hondo, como si estuviese irritado.
20
–El problema no es que haya gente. El problema es el sol.
–¿Y qué problema puedes tener con el sol?
Dudó unos instantes antes de abrir la boca y pasarse la lengua sobre unos colmillos largos
y afilados.
Tres
¡El maravilloso tío bueno es un vampiro!
–¡No, no, no y no! –El cuerpo de Amanda era presa de continuos estremecimientos de terror
y le estaba costando un esfuerzo supremo contener los chillidos–. ¿Vas a chuparme la
sangre?
Él alzó una ceja en un gesto sarcástico.
–¿Es que tengo pinta de abogado?
Amanda ignoró el mordaz comentario.
–¿Vas a matarme?
Él soltó un suspiro exasperado y su rostro adoptó una expresión irritada.
–Si tuviese intención de hacerlo, ¿no crees que ya estarías muerta?
Se acercó a ella y le ofreció un amago de sonrisa maliciosa que Amanda reconoció como
un intento de intimidación. Y vaya si funcionó.
Hunter alzó la mano que tenía libre para acariciarle la piel del cuello, bajo la que latía la
yugular. El roce, ligero como una pluma, provocó una oleada de escalofríos por todo su
cuerpo.
–Puestos a pensarlo, podría dejarte seca y después arrancarte la mano de un bocado,
para librarme de ti.
Aterrorizada, abrió los ojos de par en par.
–Pero… estás de suerte; tampoco tengo intención de hacer eso.
–Deja el sarcasmo, ¿vale? –balbució con el corazón desbocado, ya que no estaba muy
segura de que estuviese bromeando y de que en el momento menos pensado, se abalanzara
sobre ella con el rostro desencajado y comenzara a chuparle la sangre–. Me resulta difícil
hacer frente a esta situación. Ponte en mi lugar. Lo único que hice fue ir a casa de Tabitha
para sacar a su perro porque si no iba a hacerse pis en su cama. De ahí pasé a ser golpeada
en la cabeza y he acabado encadenada a un vampiro. Perdóname si parezco un poco
trastornada en este momento.
Para su sorpresa, Hunter alzó una mano y dio un paso hacia atrás.
–Tienes razón. Supongo que no estás acostumbrada a que la gente te ataque sin motivo
aparente.
Por su tono, Amanda supo que él –muy al contrario– tenía una amplia experiencia en encontrarse
en medio de este tipo de situaciones.
Hunter le respondió con una sonrisa forzada que no le llegó a los ojos.
–Si te sirve de consuelo, no me alimento de humanos.
Por alguna razón, la confesión sirvió para mejorar su ánimo. No es que acabara de creérselo
pero, aun así, se sentía más tranquila.
–Entonces, ¿eres como Ángel?
Él puso los ojos en blanco.
–Ves demasiada televisión –murmuró y añadió en voz más alta–: Ángel tiene alma. Yo no.
21
–Me estás asustando de nuevo.
La expresión de su rostro indicó que estaba pensando en lo que le había dicho antes:
«Nena, todavía no has visto nada escalofriante».
Volvió a mirar al pasillo.
–De acuerdo. Vamos a tener que salir corriendo antes de que el sol avance. –Hunter le
dedicó una mirada penetrante–. El problema más grave es que no sé adónde lleva este pasillo.
En el caso de que nos condujera a un lugar al aire libre y sufriera una agonizante
muerte por combustión espontánea, necesitaría que me hicieras un favor.
–¿Un favor? –preguntó con incredulidad. Desde luego qué cojones6 tenía el tío. La intimidaba,
la amenazaba ¿y se atrevía, después de todo, a pedirle un favor?–. Claro, ¿por qué
no? –le preguntó.
Se quitó el anillo que llevaba en la mano derecha y se lo ofreció.
–Necesito que lo guardes y que busques un árbol.
Amanda miró el anillo con el ceño fruncido. Estaba rayado y tenía bastantes abolladuras,
lo que indicaba que había sido bastante maltratado. O que la mano que adornaba había sufrido
muchas vicisitudes.
Los rubíes se engarzaban en la parte superior y sostenían una espada de diamantes, rodeada
por diminutas esmeraldas con forma de hojas de laurel y rematada por un zafiro a
modo de corona. Estaba claro que era una joya antigua y muy valiosa. ¿Por qué se lo confiaba
a ella? Sin saber muy bien qué hacer con él, se lo metió en el bolsillo de los vaqueros.
–¿Sirve cualquier árbol? –le preguntó.
–Cualquiera. Cuando estés debajo del árbol, pronuncia las siguientes palabras: «Artemisa,
yo te invoco en tu forma humana».
–Artemis…
Hunter le puso la mano sobre los labios.
–Por Zeus, no lo digas hasta que yo haya desaparecido. Una vez hayas pronunciado las
palabras, espera hasta aparezca una mujer pelirroja, muy alta, y le dices que necesitas protección
frente a Desiderius.
Amanda arqueó una ceja.
–¿Quieres que invoque a una diosa para que me proteja?
–Si no lo haces, os atrapará a ti y a tu hermana.
–¿Es que te importa?
–Mi trabajo consiste en proteger a los humanos de los Daimons; eso es lo que hace un
Cazador Oscuro. –Aunque había adoptado una expresión dura, sus ojos brillaban de un
modo que le decía que tras aquella historia se ocultaba mucho más.
–¿Qué son los Daimons? –le preguntó.
–Son vampiros con sobredosis de esteroides y complejo de dioses. Prométeme que lo harás.
¿Por qué no? Era una petición muy extraña pero, teniendo en cuenta que estaba encadenada
con unos grilletes a un vampiro, ¿quién era ella para decidir lo que era extraño y lo
que no?
–Vale.
–Bien. Ahora, salgamos de aquí a toda prisa.
Antes de que pudiera contestar, Hunter agarró el grillete que rodeaba su muñeca y corrió
hacia la derecha, siguiendo el pasillo. Mientras corrían sobre el suelo oxidado, Amanda
se dio cuenta que estaban en una especie de fábrica abandonada.
6 En castellano en el original. (N. de la T.)
22
Al final del pasillo encontraron unas escaleras que bajaban al piso inferior. Hunter tiró de
ella hasta llegar al último escalón y aparecieron en una habitación enorme con suelo de cemento.
Las antiguas paredes metálicas estaban abolladas y los rayos del sol se filtraban a
través de las grietas.
El Cazador Oscuro retrocedió hasta quedar en las sombras, lejos de la luz. Su rostro parecía
ligeramente quemado por el sol pero, en conjunto, no se veía muy mal tras su loca carrera.
–¿Y ahora qué? –le preguntó ella mientras recobraba el aliento.
Él ni siquiera tenía la respiración alterada. Pero había clavado los ojos en sus pechos con
sumo interés y la miraba de forma un tanto… ardiente.
Amanda cruzó los brazos como barrera de protección.
Y, por primera vez, le vio esbozar una verdadera sonrisa cuando cayó en la cuenta de
que la mano de Hunter estaba peligrosamente cerca de su pecho. Tan cerca que las puntas
de sus dedos le rozaban el pezón.
Amanda sintió que el fuego corría por sus venas. Bajó los brazos de inmediato hasta dejarlos
a ambos lados del cuerpo, todo ello bajo la sonrisa burlona de él que, aunque malvada
y de labios firmemente apretados, seguía siendo devastadora. El brillo de diversión en
sus ojos quitaba el aliento y su rostro se había suavizado hasta mostrar un encanto juvenil
que podría derretir el corazón de cualquier fémina.
Echó un vistazo alrededor de la fábrica vacía.
–Ahora echo en falta un móvil o una línea de metro. Sabía que debería haber aceptado la
plaza de Nueva York.
Confundida, Amanda alzó la mirada.
–¿Plaza? ¿A qué te refieres? ¿Es que lo de cazar es un empleo regularizado?
–Sí, incluso me pagan.
–¿Quién te paga?
En lugar de contestar, Hunter alzó una mano indicando que guardara silencio; un gesto
que estaba empezando a cabrearla. Básicamente, porque siempre presagiaba algún tipo de
problema. Y ya estaba cansada de enfrentarse a los problemas de Tabitha.
Dos segundos después, se escucharon los pasos de alguien que rodeaba el edificio desde
el exterior. Hunter la ocultó entre las sombras, junto a él, mientras escuchaban con atención.
Había colocado el brazo libre alrededor de sus hombros, para poder mantenerla pegada
a su cuerpo.
Amanda se quedó petrificada cuando su espalda se apoyó por completo en el pecho
masculino y la asaltó una oleada de inoportuno deseo. La tibieza que emanaba del cuerpo
de Hunter la ayudaba a entrar en calor, y esa aura de virilidad y poder masculino la subyugaban.
Y aún más inquietante era el agradable aroma a cuero y sándalo que comenzaba a
invadir sus sentidos.
Deseaba a este hombre.
¿Estás loca? ¡Este tipo es un vampiro!
Vale, pero un vampiro que está como un tren.
Kyrian no podía respirar debido a la proximidad del cuerpo de Amanda. Sus agudizados
sentidos la percibían por completo. Escuchaba el ritmo alocado de su corazón, la sequedad
de su boca y, lo que era peor, podía paladear su deseo.
Y eso lo estimulaba aún más. Y le recordaba por qué había establecido el hábito de evitar
a las mujeres tanto como le resultaba posible. Maldito seas, Desiderius. Porque, en esos
instantes, le resultaba muy difícil recordar que no podía poseerla. Y aún más difícil era obviar
su aroma. O su forma de moverse, como la de una bailarina segura de sus pasos. Su
cuerpo esbelto era la personificación de la elegancia y no le costaba mucho esfuerzo imagi-
23
narla sentada a horcajadas sobre él mientras le proporcionaba un placer sexual que, estaba
completamente seguro, ningún otro hombre le había dado antes.
Su entrepierna se tensó hasta un punto cercano al dolor. No podía recordar la última vez
que se había puesto tan duro por una mujer. Y tenía que echar mano de toda su fuerza de
voluntad para no besarla; y para no enterrar los labios en su garganta e inhalar ese aroma
dulce y cálido mientras… Flexionó los dedos, aumentando la presión que ejercía sobre los
hombros de la chica, al darse cuenta de que sólo tenía que bajar la mano unos centímetros
y podría acariciar su pecho. Tan sólo unos centímetros…
De repente, el sonido de un walkie-talkie rompió el silencio.
–Es un albañil –susurró Amanda, echando a correr hacia una ventana.
Kyrian siseó cuando ella lo arrastró hacia la luz del sol y volvió bruscamente a la sombra.
–Lo siento –murmuró. Se acercó con cuidado a la ventana, asegurándose de no exponer
a Hunter a los rayos del sol–. ¡Eh! –exclamó para llamar la atención del trabajador, que se
encontraba a unos metros de distancia, hurgando en un viejo tractor.
El albañil la miró, perplejo. Se acercó a la ventana con el ceño fruncido y miró hacia el
interior. Entrecerró los ojos al encontrarlos.
–¿Qué están haciendo aquí? Esta zona está cerrada al público.
–Es una larga historia –le contestó Amanda–. La versión resumida es que me dejaron tirada.
¿Por casualidad no tendría un móvil? Necesito hacer una llamada. ¿Le importaría prestármelo?
Aún frunciendo el ceño, el tipo le pasó el móvil a través de la ventana.
Hunter se lo quitó de inmediato.
–¡Oye! –le espetó, alargando el brazo para volver a cogerlo.
Poniéndolo fuera de su alcance, la ignoró mientras marcaba un número.
–¿Dónde estamos? –le preguntó al trabajador mientras se colocaba el teléfono en la oreja.
–En la antigua planta Olson.
–¿En Slidell?
Amanda alzó una ceja, atónita al comprobar que el Cazador Oscuro había reconocido el
lugar. Ella llevaba toda la vida viviendo en Nueva Orleáns y no tenía ni idea de que existiese
este sitio.
–Sí –contestó el hombre.
Hunter asintió con la cabeza.
–Oye –le dijo a su interlocutor–, soy yo. Estoy en la antigua planta Olson, en Slidell. ¿Sabes
dónde está?
Hizo una pausa para escuchar lo que tuviese que decirle la persona que se encontraba
al otro lado de la línea.
Amanda lo observó atentamente. Le sorprendía que fuese capaz de hablar sin enseñar
los colmillos, pero los disimulaba muy bien. Y, ahora que lo pensaba, ¿cómo podía un vampiro
estar tan bronceado y su piel ser cálida al tacto? ¿Cómo tenía pulso? ¿Cómo es que su
corazón seguía latiendo? ¿No se suponía que los vampiros eran no-muertos, pálidos y fríos?
–Sí –dijo Hunter–. Necesito que me saques de aquí, preferiblemente antes de que el día
avance.
El Cazador Oscuro cortó la llamada y arrojó el teléfono al trabajador, que esperaba al
otro lado de la ventana.
–¡Eh! –le gritó Amanda, sacando el brazo por la ventana para reclamar el teléfono–. Lo
necesito.
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–¿A quién vas a llamar? –le preguntó Hunter de modo amenazador.
–No es asunto tuyo.
Él le quitó el teléfono de nuevo.
–Mientras estemos encadenados es asunto mío.
Amanda lo miró con los ojos entrecerrados y agarró el teléfono.
–Tócame las narices, tío, y doy dos pasos a la derecha.
La furiosa y candente mirada que le dedicó el Cazador Oscuro hizo que un escalofrío le
recorriera la espalda.
–No te atrevas a llamar a tu hermana.
La furia que reflejaba su rostro consiguió que Amanda recapacitara y retrocediera, ya
que no quería tentar a la suerte. Le entregó el teléfono al hombre.
–Gracias –le dijo.
El tipo se colocó el móvil en el cinturón y la miró de forma acusadora.
–Tienen que marcharse, ya saben que esto es…
El Cazador Oscuro alzó la mano y los ojos del hombre perdieron toda expresión.
–No hay nadie en el edificio. Ve a hacer tu trabajo.
El tipo se alejó sin decir una palabra más.
¿Control mental? Amanda miró boquiabierta a Hunter. Por supuesto que tenía poderes
mentales. Era un vampiro.
–Será mejor que no uses ese truco conmigo –le dijo Amanda.
–No te preocupes. Eres demasiado obstinada para que funcione.
–Bien.
–No, desde mi punto de vista no es bueno.
Aunque las palabras fueron más bien cortantes, había una luz en la profundidad de sus
ojos que indicaba que no estaba tan molesto como pretendía hacerla creer.
Ella lo miró con recelo. Estaba apoyado sobre una columna, con aire despreocupado y,
aun así, Amanda tenía la impresión de que estaba absolutamente atento a todo lo que los
rodeaba, tanto en el interior del edificio como en el exterior.
–¿Por qué te convertiste en un vampiro? –le preguntó antes de pensar lo que iba a
decir–. ¿Has convertido a alguien en contra de su voluntad?
Él abrió los ojos y alzó una ceja.
–Nadie se convierte en Cazador Oscuro a menos que lo desee.
–Y tú estuviste de acuerdo porque querías… –su voz se desvaneció mientras esperaba
que él le explicara.
–…acabar con las humanas entrometidas que no dejan de darme la lata con sus preguntas.
Amanda debería estar asustada, pero aún resonaban en sus oídos las palabras de Desiderius,
según las cuáles Hunter jamás haría daño a un humano.
¿Sería cierto?
Recorrió con la mirada su delicioso cuerpo, deseando poder estar completamente segura.
Ambos se quedaron callados durante unos instantes, hasta que fue incapaz de soportarlo
por más tiempo.
–Entonces –dijo, intentando romper el incómodo silencio–, ¿cuánto crees que tendremos
25
que esperar?
–No lo sé.
–¿A quién llamaste? –Un nuevo intento de conversación.
–A nadie.
Amanda respiró hondo y luchó por controlar el súbito impulso de estrangularlo.
–No te gusta que te hagan preguntas, ¿verdad?
–¿Quieres que te sea sincero? Ni siquiera me gusta hablar. Prefiero esperar en silencio.
–¿Ensimismado?
–Sí.
Amanda sopló un resoplido.
–Bueno, pues resulta que estoy aburrida, y si tengo que estar aquí esperando a que vengan
a por nosotros, me gustaría entretenerme con algo.
La mirada de Hunter descendió hasta sus labios y, muy despacio, siguió bajando hasta
sus pechos y sus caderas. Después cerró los ojos, pero Amanda había visto el deseo voraz
en aquellas profundidades oscuras. Podía sentir su deseo; un deseo violento y exigente.
–Se me ocurre un modo de entretenerte…
Ella abrió los ojos de par en par.
–No irás a morderme, ¿verdad?
Hunter le contestó con una pícara sonrisa.
–No quiero morderte, agapeemenee. Quiero desnudarte y mordisquear cada centímetro
de tu piel, especialmente tus pec…
Amanda alargó un brazo y le tapó la boca con la mano para hacerlo callar. La suavidad
de esos labios, en contraste con la aspereza de su barba, la dejó aturdida. Y el contacto de
su piel bajo la mano provocaba una especie de descarga eléctrica. Tragando saliva, se apartó
de él.
–Pensaba que los vampiros no podían tener relaciones sexuales.
Él alzó una ceja y la miró con expresión burlona.
–¿Qué tal si tú y yo llevamos a cabo un pequeño experimento, sólo para probar?
Amanda pensó que debería sentirse molesta. Debería enfadarse. Debería sentirse de
cualquier forma, salvo excitada por sus palabras.
Pero, mientras recorría con la mirada ese cuerpo esbelto y perfecto, la idea comenzaba
a resultarle cada vez más atractiva.
Kyrian notó su confusión. Estaba considerando su oferta. Si el ardor en su entrepierna no
hubiese sido tan insoportable, incluso se habría reído. Pero, tal y como estaban las cosas, ni
él mismo estaba muy seguro de si su proposición había sido un simple jueguecito o de si lo
había dicho en serio. Lo único que sabía con certeza era que su cuerpo respondía al de ella.
Era exactamente el tipo de mujer que siempre le había atraído: inteligente y valiente.
En pocas palabras: fascinante.
Echó un vistazo a la pared que se alzaba tras ella e imaginó lo que sentiría al apoyarla
allí mientras la penetraba fuerte, rápido y salvajemente. Casi podía sentirse ya en su interior.
Podía escucharla gemir en su oído y él… Kyrian sacudió la cabeza para alejar las imágenes.
Había ocasiones en las que odiaba sus habilidades psíquicas. Y ésta era, definitivamente,
una de ellas.
Pasándose la lengua por los labios resecos, recordó la época de su vida en la que no habría
dudado en llevarse a una mujer como ésta a la cama. Una época en la que le habría
quitado esa ropa conservadora y anodina y hubiese besado cada centímetro de su piel des-
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nuda hasta que se entregara al deseo y se comportara con salvaje desenfreno. Una época
en la que la hubiese acariciado hasta llevarla al borde de la locura una y otra vez, mientras
ella se aferraba a él pidiéndole más.
Apretó los dientes al sentir que la sangre comenzaba a hervirle. Cómo le gustaría volver
a vivir aquellos días.
Pero eso había sido mucho tiempo atrás. Y no importaba lo mucho que la deseara, ella
no estaba disponible para él.
Jamás conocería su cuerpo.
Jamás la conocería a ella. Punto. Por eso no le había preguntado el nombre ni le había dicho
el suyo. No tenía ninguna intención de usarlo. Ella no era nada más que otra persona
anónima a la que había jurado proteger. No habría más intimidad que ésa entre ellos. Era
un Cazador Oscuro, y ella una humana no iniciada. No les estaba permitido mezclarse.
Alzó la vista al escuchar el lejano aullido de una sirena que se aproximaba y dio las gracias
silenciosamente a Tate por su don de la oportunidad.
Amanda echó un vistazo por la ventana al escuchar la ambulancia. Era muy raro que se
detuviera frente a la fábrica. Al instante, las puertas del edificio se abrieron, dejando paso a
la ambulancia.
–¿Nuestro taxi? –preguntó.
El Cazador Oscuro asintió.
Una vez la ambulancia estuvo en el interior de la fábrica, de modo que la luz del sol no
la alcanzara, un hombre afroamericano muy alto salió de ella y se acercó. Dejó escapar un
largo silbido al ver el rostro de Hunter, quemado por el sol.
–Tío, estás hecho un desastre. ¿Debería preguntar por los grilletes?
Hunter echó a andar hacia el conductor de la ambulancia, precediendo a Amanda
–No, a menos que quieras morir.
–Vale –dijo el hombre, de buen humor–. Puedo imaginármelo, pero tenemos un problema:
no vais a pasar desapercibidos en una bolsa para cadáveres, con eso puesto. La gente
va a notarlo sin ninguna duda.
–Ya lo he pensado –dijo Hunter–. Si alguien pregunta diles que morí de un infarto durante
una salvaje sexcapada con ella.
Una escalofriante sensación descendió por la espalda de Amanda al recordar esa misma
palabra en boca de Selena el día anterior.
–¿Cómo has dicho?
Hunter la contempló con una mirada divertida y le hizo saber que estaba disfrutando
enormemente con su tormento.
–Y que no puede encontrar la llave.
Tate soltó una carcajada.
–De eso nada –le dijo Amanda acaloradamente.
Hunter le dedicó esa sonrisa pícara suya que la dejaba totalmente derretida. La forma
en que sus ojos la recorrieron de arriba abajo le provocó un estremecimiento.
–Mira el lado bueno: tendrás una fila de hombres interesados en pedirte una cita.
–No tiene gracia.
Hunter se encogió de hombros.
–Es la única manera de salir de aquí.
–Será para ti –le contestó ella–. Yo puedo salir caminando ahora mismo y hacer que te
desintegres.
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Él alzó una ceja.
–Inténtalo.
Y lo hizo. Para darse cuenta al instante de que los vampiros altos y peligrosos no se
mueven ni un milímetro a no ser que quieran hacerlo.
–Vale –dijo ella, frotándose la muñeca que el grillete acababa de marcar–. Nos vamos en
la ambulancia entonces.
Hunter abrió la marcha.
Cuando llegaron a la parte trasera del vehículo, él la alzó con tal facilidad que la dejó
perpleja. Ella se colocó en el lado izquierdo, intentando dejarle sitio, pero era tan alto que
tuvo que agacharse y, con un movimiento grácil, se tumbó en la camilla, en el interior de la
bolsa negra que estaba abierta para resguardarlo.
Sin decir una sola palabra, Tate cerró la cremallera.
–¿Hacéis esto con mucha frecuencia? –preguntó Amanda.
Tate sonrió de forma indolente a su amigo.
–De vez en cuando.
Amanda frunció el ceño cuando Tate ajustó la cremallera de modo que su mano quedara
en el exterior y la de Hunter cubierta por el plástico negro. Le parecía muy extraño que el
hombre estuviese tan dispuesto a ayudar a un vampiro.
–¿Cómo os conocisteis vosotros dos? –le preguntó a Tate.
–Me estaba alimentando de un cadáver cuando él llegó –le contestó Hunter desde el interior
de la bolsa.
Tate rió mientras se ponía en pie.
–Una noche, tras recibir una llamada, fui a recoger un cadáver que resultó estar vivo. Si
no llega a ser por Hunter, hubiese sido yo el que acabara en la bolsa.
–Cierra la boca, Tate –masculló Hunter–, y conduce.
–Ya voy –dijo Tate, totalmente ajeno al modo dictatorial en el que Hunter lo trataba.
–¿Sabes una cosa? –comenzó a decirle Amanda a Hunter en el instante que Tate arrancó
el motor–. Podrías intentar ser más amable con la gente. Especialmente si te están ayudando.
Incluso a través del plástico se escuchó el suspiro de irritación.
–¿No deberías aplicarte el consejo a ti misma?
Amanda abrió la boca para responder y, acto seguido, la cerró. Estaba en lo cierto. Se
había comportado de un modo bastante desagradable con él desde el comienzo.
–Supongo que tienes razón. Quizás los dos deberíamos intentar no hacerlo más difícil.
Amanda no supo si él llegó a contestar, ya que la sirena comenzó a aullar de nuevo. Tate
los llevó hasta el hospital en un tiempo récord, pero el viaje distaba mucho de haber sido
placentero. Cuando llegaron, tenía la sensación de haber pasado por el centrifugado de una
lavadora.
Tate llevó la ambulancia hasta la parte trasera del hospital y aparcó bajo un toldo que
los protegería de los rayos del sol. Con la advertencia de que permaneciera callada, sacó la
camilla con mucho cuidado para no hacerle daño en el brazo y descendieron a la par de la
ambulancia.
Una vez cruzaron las puertas del edificio, Amanda mantuvo cerrado el polar para ocultar
las manchas de sangre de su jersey.
Hunter permaneció completamente inmóvil y en silencio mientras Tate empujaba la camilla
por las zonas más concurridas. Amanda caminaba junto a ellos pero, a decir verdad,
quería morirse de la vergüenza dado lo obvios que resultaban los grilletes.
28
¿Tenían que brillar tanto bajo la luz de los tubos fluorescentes? ¿No podía Desiderius haber
elegido unas esposas pequeñitas y coquetonas, como las de la policía?
Claro que no, tenían que medir doce centímetros y llevar una inscripción en griego a su
alrededor, más una cadena que medía sus buenos diez centímetros. Cualquiera que las viera
pensaría, sin duda alguna, que las había conseguido en uno de los catálogos de juguetitos
sexuales de Tabitha. ¡Menudo espanto! Ella jamás había entrado en un Frederick’s of
Hollywood7. Es más, se ponía roja como un tomate cada vez que entraba en un Victoria’s
Secret…
Además, todos los que pasaban a su lado se giraban para mirarlos boquiabiertos.
–No había visto eso desde hace por lo menos seis meses –dijo uno de los celadores
cuando pasaron junto al mostrador de admisiones.
–Ya me lo contaron –le contestó un compañero–. ¿Sabes cuántos años tenía el desafortunado?
–No lo sé; pero por el aspecto de la chica yo firmaba ahora mismo.
Sus carcajadas hicieron que le ardiera la cara. Por las miradas interesadas que los hombres
lanzaban a su cuerpo, supuso que la predicción de Hunter acerca de sus posibles citas
no iba muy desencaminadas.
–¿Tate? –lo llamó un joven médico según se aproximaban a los ascensores –. ¿Debería
preguntar?
Tate negó con la cabeza.
–Ya sabes que toda la mierda ésta siempre acaba en mi oficina.
El médico rió mientras Amanda se tapaba la cara con la mano. Tan pronto como las
puertas del ascensor se cerraron tras ellos, murmuró:
–Hunter, te juro que voy a matarte por esto.
–Querida –le dijo una anciana que ayudaba como voluntaria en el hospital y que estaba
justo a su lado–. Me parece que ya lo has hecho. –Y le dio unas palmaditas a Amanda en el
brazo–. A mi Harvey y a mí nos ocurrió lo mismo. Pobre. Yo también lo echo de menos.
Tate estuvo a punto de ahogarse por el esfuerzo de sofocar la risa.
Amanda lanzó un gruñido y rezó para que el horrible suplicio llegase a su fin.
Una vez en el depósito de cadáveres, Tate los llevó a un laboratorio poco iluminado, de
paredes metálicas, y cerró la puerta con llave. Hunter abrió la cremallera desde dentro.
–Gracias –le dijo a Tate mientras se incorporaba y comenzaba a salir de la bolsa. La dobló
y la colocó sobre una mesa.
Tate abrió uno de los cajones del armarito situado junto a la puerta.
–De nada. Ahora, quítate la camisa y déjame que vea lo que te ha pasado.
–Ya se curará.
Tate apretó la mandíbula con firmeza.
–¿Y la infección qué?
Kyrian lanzó una carcajada.
–Los inmortales no mueren de una infección. Ninguna enfermedad puede afectarme.
–Puede que no mueras, pero eso no quiere decir que no te duela y que no sane más rápido
si la tratamos. –Dedicó una mirada a Kyrian que decía bien a las claras que no iba a
dejarse intimidar–. No aceptaré un no por respuesta. Déjame curar esa herida.
Kyrian abrió la boca para seguir discutiendo pero, si algo tenía claro, era lo testarudo
que Tate podía llegar a ser. Para no malgastar el tiempo, decidió obedecer… y entonces se
dio cuenta de que no podría quitarse el abrigo y la camisa a causa de los grilletes.
7 Frederick’s of Hollywood: Famosa cadena de tiendas de lencería muy atrevida. (N. de la T.)
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Con un suspiro de exasperación, dejó que la ropa colgase del brazo y se acercó de nuevo
a la camilla para tumbarse y esperar a Tate apoyado sobre los codos. Mientras lo veía
reunir el material necesario, escuchó cómo el corazón de Amanda comenzaba a latir más
rápido y su respiración se aceleraba. Sintió el agudo interés que despertaba en ella la visión
de su cuerpo. Lo deseaba; y ese ávido deseo estaba causando estragos en él.
Se movió un poco, deseando que sus vaqueros fueran un par de tallas más grandes, ya
que la tela negra estaba empezando a molestarle bastante debido a su erección.
Joder, había olvidado el dolor, tanto literal como alegórico, que sufría su cuerpo cuando
estaba cerca de una mujer atractiva. Y ella era atractiva. Cómo no iba a serlo, con ese fascinante
rostro élfico y esos enormes ojos azules y…
Los ojos azules siempre habían sido su debilidad.
Aun sin mirarla, supo que se estaba humedeciendo esos labios exuberantes, del color de
las ciruelas, y al imaginar su sabor se le quedó la garganta seca. Imaginaba cómo sería
sentir su aliento sobre el rostro y su lengua contra la suya mientras la besaba.
¡Por los dioses! Y él creía que los romanos lo habían torturado… el trabajo del mejor de
sus inquisidores había sido una minucia comparado con la agonía física y mental que la cercanía
de Amanda le estaba causando.
Pero lo que más lo trastornaba no era sentir sus ojos fijos en él, sino el hecho de que había
llevado la situación admirablemente. La mayoría de las mujeres habrían chillado de terror
al descubrir su naturaleza, o se habrían puesto a llorar.
O ambas cosas a la vez.
Pero ella había sobrellevado la experiencia con una valentía y un coraje que hacía mucho
que no veía.
La chica le gustaba de verdad; y eso era lo que más lo sorprendía.
Amanda dio un respingo cuando la mirada de Hunter se cruzó con la suya. Esos profundos
ojos negros se clavaron en ella e hicieron que se acalorara y se quedara sin aliento.
Estaba tumbado en la camilla con una pierna doblada y la otra colgando sobre el borde.
Los estrechos vaqueros negros se pegaban a su poderoso y enorme cuerpo.
Y esos brazos tan musculosos…
Era un modelo de belleza masculina, todo fibra y músculos. Tenía los bíceps flexionados,
ya que estaba apoyado sobre los codos, y el deseo de acercarse para acariciarlos era tan
fuerte que casi le dolía el cuerpo. No tenía la más mínima duda de que serían duros como
una roca y tendrían la textura del satén.
Sus hombros eran increíblemente anchos y los músculos que sobresalían hablaban de su
fuerza, rapidez y agilidad. Sus pectorales y sus brazos estaban igual de desarrollados y definidos.
Y su vientre… ¡Oh Señor! Esos abdominales habían sido creados para dejar un reguero
de besos húmedos sobre ellos.
De forma inconsciente, su mirada se deslizó por la delgada línea de vello de color castaño
que comenzaba bajo su ombligo y descendía hasta desaparecer bajo los vaqueros. Por el
tamaño del bulto que se apreciaba en los pantalones, Amanda podía afirmar que estaba generosamente
dotado y que su interés hacia ella era más que evidente.
Y eso avivó aún más su deseo.
El color dorado de su piel desafiaba las ideas que tenía acerca de los de su especie.
¿Cómo era posible que un vampiro estuviera bronceado y su piel fuera tan incitante?
Pero más tentadora que la visión de los prominentes músculos, que pedían a gritos ser
acariciados, era la multitud de cicatrices que lo cubrían. Daba la sensación de haber sido
atacado por un tigre enorme, o de haber sido azotado con un látigo en algún momento de
su vida.
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O ambas cosas.
Hunter se echó hacia atrás cuando Tate se acercó y Amanda vio un pequeño símbolo
que parecía haber sido grabado a fuego en su hombro izquierdo; un arco doble con una flecha.
Se encogió mentalmente al imaginar lo mucho que le habría dolido y se preguntó si él
lo habría consentido o si alguien lo había marcado en contra de su voluntad.
–Me da la sensación, por tus cicatrices, de que tus amigos vampiros no te cuidan demasiado
bien –le dijo.
–¿Tú crees? –replicó él.
–¿Siempre es así de sarcástico? –preguntó Amanda, dirigiéndose a Tate.
–En realidad creo que contigo estaba siendo bastante agradable. –Tate estaba limpiando
la horrible herida con alcohol. Preparaba la zona para inyectarle una dosis de anestesia local.
Hunter lo cogió por la muñeca antes de que pudiera clavarle la aguja.
–No te molestes.
–¿Por qué? –le preguntó Tate con el ceño fruncido.
–No me hace efecto.
Amanda se quedó boquiabierta.
Tate alargó el brazo para coger el material necesario y comenzar a suturar.
–No puedes hacer eso –le dijo Amanda, interrumpiéndolo–. Lo va a sentir todo.
–Necesita que le cierre la herida –insistió Tate–. ¡Jesús! Si se le ven las costillas por el
agujero.
–Sigue –le dijo Hunter con una tranquilidad que dejó pasmada a Amanda.
Petrificada, observó cómo Tate comenzaba a coser y no pudo evitar hacer una mueca de
dolor.
Hunter mantuvo la mandíbula firmemente apretada y no dijo nada.
Ella siguió observando el proceso. Se le encogía el corazón al pensar en el dolor que debía
estar sufriendo.
–¿No te duele? –le preguntó.
–No –le contestó él con los dientes apretados.
Ella sabía que estaba mintiendo; sólo había que fijarse en las venas que se marcaban en
su cuello y en el modo en que apretaba los puños.
–Toma –le dijo, ofreciéndole de la mano–. Aprieta fuerte.
Kyrian se quedó perplejo al sentir la suavidad de la mano de Amanda bajo la suya. No recordaba
la última vez que alguien lo había tocado de aquel modo. Llevaba tanto tiempo
siendo un Cazador Oscuro que había olvidado lo que era la delicadeza.
Tate actuaba movido por la gratitud y un cierto sentido de la obligación.
Pero ella…
No había ningún motivo para que le diera la mano. Apenas si le había dicho dos palabras
civilizadas y, sin embargo, allí estaba, cerca de él cuando nadie más lo habría hecho. La situación
empezaba a despertar extraños sentimientos en él. Le daban ganas de protegerla.
Y sentía una enorme ternura.
Pero no era sólo eso, había mucho más; una simple caricia de Amanda lo abrasaba y le
llegaba al corazón. Tragó saliva y se puso rígido. No podía dejar que se acercara demasiado.
Amanda era una criatura de luz y él procedía de las sombras.
Eran incompatibles.
31
–Dime, ¿cuánto tiempo hace que eres un vampiro? –preguntó ella.
–Ya te lo he dicho –le dijo él con la mandíbula apretada–, no soy un vampiro. Soy un Cazador
Oscuro.
–¿Y cuál es la diferencia?
Kyrian la miró con severidad.
–La diferencia está en que no tengo por norma asesinar humanos, pero, si no dejas de
interrogarme, es posible que haga una excepción.
–Eres una insoportable Criatura de la Noche.
–Yo también te quiero.
Amanda le soltó la mano.
–¡Ah, con que de eso se trata! –exclamó–. Sólo estaba tratando de consolarte. ¡No lo permita
Dios! Deberías dejar que la gente fuese amable contigo de vez en cuando.
Irritada, se dio cuenta de que Tate la miraba sorprendido.
–¿No puedes cortarle el brazo, ya que estamos, para que pueda librarme de él?
Tate soltó un bufido.
–Podría hacerlo, pero creo que lo necesitará. Antes te lo cortaría a ti.
–¡Genial! ¿Pero qué eres tú, su Igor?
–Te has equivocado de película –la corrigió Tate–. Igor era el lacayo de Frankenstein. Te
refieres a Rendfield8. Y no, no soy Rendfield. Me llamo Tate Bennett; juez de primera instancia
e instrucción9 de este distrito.
–Ya había imaginado lo de tu trabajo. Es bastante obvio, ya que estamos en un laboratorio
muy frío, lleno de muertos.
Tate alzó una ceja.
–¿Y tú lo llamas sarcástico?
Hunter dio un respingo al sentir que Tate tiraba demasiado fuerte del hilo.
–Lo siento –se disculpó Amanda–. No lo distraeré más.
–Te lo agradecería.
Una vez que Tate hubo finalizado, Hunter volvió a colocarse la camisa y el abrigo. Se
bajó de la camilla dejando escapar un imperceptible siseo, el único indicio de que le dolía el
costado.
El busca de Tate comenzó a sonar.
–No tardaré. ¿Necesitáis algo, chicos?
–Estoy bien –le contestó Hunter–. Pero ella necesitará algo para desayunar y un teléfono.
Amanda arqueó una ceja al escuchar sus palabras. ¿Por qué la dejaba ahora utilizar el
teléfono?
Tate limpió todo el desorden con rapidez.
–El teléfono está en la pared del fondo. Marca el nueve para conseguir línea con el exterior.
Cogeré algo de la cafetería y regresaré tan rápido como pueda. Quedaos aquí y cerrad
la puerta con llave.
Tan pronto como se quedaron solos, Hunter se movió para que ella pudiese sentarse en
el banquillo que había junto al teléfono. Parpadeó varias veces y se frotó los ojos, como si
fuesen demasiado sensibles a la luz de los fluorescentes.
8 Rendfield: Personaje de la novela de Drácula (Bram Stoker) que cae bajo la influencia del Conde y actúa como
su sirviente.
9 En el sistema americano es el encargado de establecer las causas de la defunción. (N. de la T.)
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–Necesitamos un plan –le dijo en voz baja–. ¿No conocerás a alguien en la ciudad que
sepa el modo de romper unos grilletes forjados por un dios griego?
Amanda sonrió; se estaba acostumbrando a su sarcasmo.
–En realidad, creo que conozco a alguien.
El rostro de Hunter se animó de inmediato. ¡Por el amor de Dios! El tipo era increíble
cuando no estaba ladrando o frunciendo el ceño.
–¿Una de tus hermanas?
–Uno de sus amigos.
Él asintió con la cabeza.
–Bien. Necesitamos hacerlo preferiblemente antes de la puesta de sol, o al menos no
mucho después. También tendrías que llamar a Tabitha y decirle que no se deje ver durante
unos cuantos días.
–Te recuerdo, por si se te ha olvidado, que no acepto órdenes de nadie. ¡Pero…! –exclamó,
alzando la voz, antes de que él pudiese interrumpirla–… soy consciente de que todo
esto me supera. No sabes cuánto odio toda esta basura sobrenatural. Así es que estoy deseando
escucharte, pero será mejor que comiences a comportarte como si te dirigieras a
una persona, y no a una muñeca hinchable sin cerebro. –Sacó el anillo de Hunter del bolsillo
y se lo devolvió–. Y otra cosa, necesito ir al baño ya.
Hunter soltó una carcajada.
–A mí no me hace gracia –le espetó ella mientras lo observaba colocarse de nuevo el
anillo en el dedo–. ¿Alguna sugerencia acerca de cómo podemos hacerlo sin que me muera
de vergüenza en el proceso?
–Eso no es lo peor, ¿qué sugieres para que no me arresten por estar en el aseo de señoras?
Ella le lanzó una mirada afilada.
–Si crees que voy a entrar en el aseo de caballeros, olvídalo.
–Entonces supongo que tendrás que aguantarte.
–¡No pienso entrar en el aseo de caballeros!
Cinco minutos más tarde, Amanda se encontraba en el aseo de caballeros maldiciendo a
Hunter en voz baja.
–Lo de comportarte como un tirano te sale de forma natural, ¿verdad?
–Es lo que da sentido a mi vida –le contestó él, mientras le daba la espalda, con un tono
de voz que denotaba su aburrimiento. Había doblado el brazo esposado hasta colocarlo tras
su espalda para, de ese modo, permitir que Amanda tuviese más libertad de movimientos.
Lo miró airada. Sentía la vejiga a punto de estallar, pero le resultaba muy difícil aliviarse,
embutida entre él y la puerta del servicio. ¡Y todo porque Tabitha no se había acordado de
sacar a su maldito perro! Si salía de ésta iba a asesinar a su hermana. A matarla. ¡A descuartizarla!
–¿Por qué tardas tanto? –le preguntó él con tono acusador.
–No puedo hacerlo contigo ahí plantado.
–¿Quieres que nos vayamos?
–¡Espérate! Antes o después te tocará a ti y voy a disfrutar mucho viéndote sufrir.
Hunter se tensó ante sus palabras.
–Nena, nunca podrías hacerme sufrir.
La frialdad de su voz la asustó.
Le llevó unos minutos más pero, finalmente, acabó. Sentía el rostro más acalorado que
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si se encontrara en pleno ecuador durante una tarde de verano. Se lavó las manos intentado
no mirar a Hunter.
–Tienes papel higiénico pegado al zapato –le dijo él, mirándole los pies.
–¡Vaya, cómo no! –exclamó ella–. ¿Algo más que consiga hacer esto aún más embarazoso
para mí? ¿Qué te parece si pasas a un terreno más íntimo?
Una malvada sonrisa se reflejó en sus ojos antes de que esa mirada oscura y penetrante
descendiera hasta sus labios. Amanda hubiese jurado que podía sentir su avidez, la profunda
necesidad de tocarla.
Antes de que ella fuese consciente de sus intenciones, Hunter le agarró la cabeza con la
mano libre, le acarició el labio inferior con el pulgar y se inclinó para capturar sus labios.
Atónita, fue incapaz de pensar ni de moverse mientras los cálidos labios de Hunter separaban
los suyos.
El olor del cuero y el sabor del vampiro invadieron sus sentidos. Jamás en su vida había
sentido algo parecido a lo que estos labios le estaban provocando. El beso de Hunter era tórrido
y feroz mientras la mantenía fuertemente abrazada, asaltándola como un atracador a
su víctima. Todas y cada una de las hormonas de su cuerpo respondieron al instante. Un gemido
gutural escapó de sus labios. ¡Cielos! El tipo sabía besar. Y la sensación de ese sólido
cuerpo contra el suyo era tan increíble que no pudo evitar aferrarse a sus hombros, ansiosa
y desesperada por seguir saboreándolo.
La lengua de Hunter jugueteaba con la suya mientras esos firmes músculos se contraían
bajo sus manos y, al rozarle accidentalmente los colmillos con la lengua, una descarga de
placer la recorrió de arriba abajo.
Por primera vez desde que se había enterado de qué tipo de criatura era, empezó a resultarle
atractiva la idea de que le mordiera el cuello. Pero más sugestivo aun era pensar en
él tendido en el duro y frío suelo, excitándola con todos esos poderosos músculos y ese
cuerpo esbelto hasta que los dos se pusieran a cien y acabaran sudorosos y extenuados.
Kyrian se tensó al probar el primer bocado de ambrosia que se permitía en dos mil años.
Al instante, fue consciente de todas esas curvas suaves y femeninas que se apoyaban contra
su masculinidad; del aroma a flores y sol que desprendía. Cosas que le habían sido arrebatadas
hacía siglos.
Había magia en el beso de Amanda. Y una pasión descontrolada y básica. La habían besado
antes, pero Kyrian sabía que nadie le había hecho sentir lo que estaba experimentando
en esos momentos. Con el cuerpo en llamas, le recorrió la espalda con la mano y la
apretó aún más contra él. La deseaba con una intensidad que le era desconocida desde los
días en que había sido mortal. Ansiaba con todas sus fuerzas acariciarla de los pies a la cabeza
y pasar con suavidad los colmillos por su cuello y sus pechos.
Y sentirla agitarse entre sus brazos…
Cerrando los ojos, inhaló ese aroma dulce y femenino mientras su cuerpo palpitaba de
deseo, con una necesidad básica y ancestral que casi rayaba en el dolor.
Amanda jadeó al sentir la mano de Hunter deslizarse por su costado, desde el pecho
hasta la cintura, para rodear después su trasero. Nunca había dejado que un hombre la tocara
de esa manera, pero el Cazador Oscuro tenía algo a lo que era incapaz de resistirse.
Cuando la aprisionó contra la pared con toda la fuerza de la pasión que sentía y se pegó a
ella, creyó que iba a derretirse… literalmente. El roce de este torso contra su pecho le hacía
ser más conciente de sus fuertes músculos.
Hunter le separó las piernas utilizando uno de sus muslos y lo alzó hasta presionarlo con
su sexo, provocando que Amanda se estremeciera aún más y que siseara de placer cuando
él profundizó el insaciable beso.
Le rodeó el cuello con el brazo libre para tenerlo más cerca mientras sentía que todo giraba
a su alrededor. ¿Cómo sería hacer el amor con un indómito depredador como Hunter y
acariciar todos esos músculos que se contraían cada vez que se movía?
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Hunter abandonó sus labios y trazó una húmeda senda con la lengua desde la boca hasta
la oreja. Amanda sintió el roce de sus colmillos sobre el cuello y se estremeció. Sus pechos
se hincharon aún más, anhelando sus caricias. Y, mientras tanto, él no dejaba de presionar
el muslo entre sus piernas, haciéndola que ardiera aún más. Las rodillas se le aflojaron
de tal manera que tuvo que apoyarse por completo en él.
Súbitamente, alguien golpeó la puerta.
–Eh, vosotros dos –se escuchó la voz de Tate y la puerta se abrió con un crujido–. Viene
alguien.
El Cazador Oscuro se apartó de ella con un gruñido. Y Amanda fue consciente, en ese
momento, de lo que había hecho.
–¡Por Dios! –jadeó–. ¡Acabo de besar a un vampiro!
–¡Por los dioses! ¡Acabo de besar a una humana!
Amanda lo miró con los ojos entrecerrados.
–¿Te estás burlando de mí?
–¡Chicos! –los llamó Tate de nuevo.
Hunter la tomó del brazo y la precedió al salir de los aseos. El conserje los miró de un
modo raro, pero no dijo nada al entrar al baño una vez ellos salieron.
Tate los guió hasta su pequeño despacho, situado fuera del depósito.
Había un viejo escritorio de madera colocado junto a la pared del fondo, con dos sillas
dispuestas frente a él. Un sofá con una almohada y una manta pulcramente doblada ocupaba
la pared de la derecha y a la izquierda había unos cuantos archivadores metálicos. Tate
le señaló el teléfono del escritorio y los dejó para ir a atender sus asuntos.
Haciendo un esfuerzo para dejar de pensar en lo que acababa de suceder en los aseos y
en lo estupendamente bien que se había sentido abrazando a Hunter, llamó a Tabitha mientras
él permanecía de pie a su lado.
Por supuesto, su hermana comenzó a echarle la bronca por no haber sacado al perro.
–Vale –le contestó Amanda, irritada–. Siento mucho que Terminator se meara en tu colcha
nueva.
–Seguro –le dijo Tabitha–. ¿Se puede saber qué te pasó anoche?
–¿Cómo? ¿Es que tus habilidades psíquicas fallan? Fui atacada en tu casa por uno de tus
colegas vampiros.
–¿¡Qué!? –gritó Tabitha–. ¿Te encuentras bien?
Amanda alzó la vista hasta Hunter y no supo muy bien qué decir. Físicamente estaba
bien, pero él le había hecho algo extraño que no podía definir con palabras.
–Sobreviví. Pero te están buscando, así que tienes que ocultarte en un lugar seguro durante
un par de días.
–Ni lo pienses.
Hunter le quitó el teléfono de las manos.
–Escúchame, niñata. Tengo a tu hermana en mi poder y, si no sales de tu casa y desapareces
durante los próximos tres días, me encargaré de que tu gemela desee que me hubieras
obedecido.
–Si la tocas, te atravesaré con una estaca.
Él soltó una carcajada teñida de amargura.
–Será si consigues acercarte a mí. Ahora, sal de tu casa y deja que yo me encargue de
esto.
–¿Y Amanda?
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–Está a salvo en tanto tú me obedezcas. –Le pasó el teléfono a Amanda.
–Tabby –le dijo a su hermana con timidez.
–¿Qué te ha hecho? –exigió saber Tabitha.
–Nada –le contestó Amanda con el rostro cada vez más ruborizado al pensar en el beso
que habían compartido. No le había hecho nada… salvo ponerla increíblemente cachonda.
–Vale, escúchame –le dijo su hermana–. Voy a casa de Eric; reuniremos a los chicos y saldremos
en tu busca.
–¡No! –exclamó Amanda cuando vio que la mirada oscura y furiosa de Hunter descendía
hasta su rostro. El corazón casi se le detuvo al recordar que podía escuchar a su hermana.
¿Puedes escucharla? –le dijo, articulando las palabras con labios.
Él asintió.
Amanda sintió un escalofrío.
–Escúchame, Tabby. Estoy bien. Haz lo que te dice, ¿vale?
–No sé qué hacer.
–Por favor, confía en mí.
–Confío en ti, pero ¿y él? Joder, ni siquiera sé quién es.
–Yo sí lo sé –le dijo–. Vete a casa de mamá; me mantendré en contacto, ¿de acuerdo?
–De acuerdo –accedió Tabitha de mala gana–, pero si no escucho tu voz antes de esta
noche a las ocho, saldré de caza.
–Muy bien, hablaremos entonces. Te quiero.
–Yo también. –Amanda colgó el auricular–. ¿Lo has oído?
Hunter se inclinó sobre ella; se acercó tanto que Amanda podía percibir el calor que
emanaba de su cuerpo. La oscura mirada la inmovilizó.
–Todos mis sentidos están extremadamente desarrollados. –Sus ojos descendieron hasta
el pecho de Amanda. Observó cómo se le endurecían los pezones por la intensidad de su
mirada–. Puedo sentir cómo tu corazón se acelera y tu sangre corre con más rapidez por tus
venas mientras estás ahí sentada, preguntándote si voy a hacerte daño o no.
El tipo era ciertamente aterrador.
–¿Lo harías? –susurró.
Él volvió a mirarla a los ojos.
–¿Tú qué crees?
Amanda mantuvo la vista fija en él, tratando de descubrir sus intenciones por sus gestos
o su comportamiento. Pero el tío era como un muro de ladrillos.
–Si te soy sincera, no lo sé.
–Eres más lista de lo que pensaba –le dijo mientras daba un paso hacia atrás.
Amanda no supo qué contestarle. De modo que llamó al trabajo y les contó que estaba
enferma y que se tomaba el día libre.
Hunter volvió a restregarse los ojos.
–¿Te molestan las luces? –le preguntó ella.
Él bajó la mano.
–Sí.
Amanda recordó el comentario acerca de sus agudizados sentidos.
Antes de que pudiera preguntarle cualquier otra cosa, él cogió el teléfono y marcó un
número.
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–Hola, Rosa. ¿Cómo está?10
¿Español?, pensó, perpleja. ¿Hablaba español correctamente?
Pero lo que resultaba más inquietante era escuchar el increíblemente atractivo sonido
de su voz con aquel extraño acento.
–Sí, bien. Necesito hablar con Nick, por favor.11
Hunter sostuvo el teléfono apoyándolo entre el hombro y la mejilla, mientras se masajeaba
la muñeca, donde el grillete le estaba dejando una marca rojiza. Amanda se preguntó si
se daría cuenta de la ferocidad que reflejaban sus ojos cada vez que miraba los grilletes.
–Oye, Nick –continuó hablando tras la pausa–. Necesito que recojas mi coche que está
en la esquina de Iberville y Clay, y lo traigas a St. Claude. Puedes dejarlo en el estacionamiento
reservado para los médicos. –Dejó el grillete y volvió a coger el teléfono–. Sí, sé que
es un asco trabajar para un imbécil como yo, pero no te olvides del sueldo y del resto de
compensaciones. Ven a las tres y, una vez que dejes aquí el coche puedes irte a casa temprano.
Hizo una breve pausa y después continuó:
–Coge el maletín del armario… Sí, ése. Necesito que lo traigas y que lo dejes en el hospital,
junto con mi juego de llaves de emergencia, a nombre de Tate Bennett. –Se tensó, como
si el tal Nick hubiese dicho algo que lo molestase–. Sí, puedes tomarte el día libre mañana,
pero mantén el busca encendido y el móvil también, por si necesito algo.
Hunter soltó un gruñido.
–Chico, no me cabrees. No olvides que sé dónde duermes. –Aunque las palabras fueron
afiladas, estaba claro que en el fondo no eran más que una broma–. Vale, pero no se te ocurra
volver a quemar el embrague. Nos vemos luego.
Amanda lo miró y alzó una ceja mientras él colgaba el teléfono.
–¿Quién es Nick?
–El chico de los recados.
Ella lo miró boquiabierta.
–¡Dios mío! ¿Acabas de responder una pregunta? Cielos, será mejor que llamemos urgentemente
a Tate antes de que te desplomes muerto, o no-muerto, o lo que sea que os
pase a los vampiros.
–Ja, ja –le contestó Hunter con una sonrisa.
Joder, cuando sonríe es un vampiro muy sensual…
–¿Nick sabe lo que eres? –le preguntó.
–Sólo las personas que necesitan saber lo que soy tienen esa información.
Amanda sopesó su respuesta durante un instante.
–Supongo que, en ese caso, me encuentro entre los privilegiados.
–«Malditos» sería más apropiado.
–No –dijo ella al analizarlo más a fondo–. Cuando dejas el sarcasmo de lado y no te comportas
de forma terrorífica ni dictatorial, no resulta tan insoportable estar a tu lado. –Y añadió
con malicia–: Claro que, desde que te conozco, ésas han sido tus actitudes más habituales,
exceptuando quizás un par de ocasiones, de modo que… ¿quién soy yo para juzgarte?
El rostro de Hunter se suavizó.
–No sé tú, pero yo necesito dormir. Ha sido una noche muy larga y estoy exhausto.
Amanda también se encontraba bastante cansada pero, al observar el sofá de piel sintética,
se dio cuenta de que no podrían dormir allí los dos juntos.
10 En castellano en el original. (N. de la T.)
11 En castellano en el original (N. de la T.)
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Hunter le dedicó una sonrisa.
–Para ti el sofá; yo duermo en el suelo.
–¿Podrás?
–He dormido en sitios peores.
–Sí, pero ¿no necesitas un ataúd?
Hunter la miró con una chispa de diversión en los ojos, pero no dijo nada al acercarse al
sofá.
Amanda no había hecho más que tumbarse cuando se dio cuenta de que no iba a funcionar.
–Esto es muy incómodo. No puedo dormir con el brazo colgando y además necesito un
sofá el doble de largo que éste.
–¿Y qué sugieres?
Agarró la manta y la almohada y se estiró en el suelo, a su lado.
Kyrian se encogió cuando la cercanía de sus cuerpos le hizo ser consciente del calor que
desprendía Amanda. Lo peor era que para poder dormir con comodidad, tendría que pasarle
el brazo por la cintura.
Como si fuesen amantes.
La idea lo atravesó y se clavó en su corazón con tal impacto que durante un minuto se
olvidó de respirar. En ese momento, recordó la última vez que había cometido el error de
acercarse a una mujer y bajar la guardia. De forma involuntaria, acudieron a él las imágenes
de la sangre y los recuerdos de un dolor brutal e interminable. La sensación fue tan real
que volvió a encogerse.
Eso es el pasado, se dijo a sí mismo. Recuerdos que son historia.
Pero algunas cosas resultan imposibles de olvidar. Y ni siquiera un hombre con poderes
psíquicos hiperdesarrollados podía enterrarlas.
No pienses en lo que sucedió.
No era momento para recordar. Tenía que ser práctico. Desiderius iría tras él en cuanto
cayera la noche y, si quería salvar a Amanda y a su hermana, tendría que estar bien despierto
y alerta.
Cerró los ojos y se obligó a relajarse.
Hasta que Amanda se movió y su trasero le rozó la entrepierna.
Kyrian apretó los dientes. Se sentía a punto de estallar en llamas tan sólo por el aroma a
rosas que desprendía. Hacía tanto tiempo que no se acostaba con una mujer… Tanto tiempo
desde que se atreviera a cerrar los ojos con una mujer a su lado…
La necesidad era una puta traicionera. Pero ya había aprendido la lección mientras luchaba
contra los romanos. Tragó saliva y se obligó a dejar la mente en blanco. No había
nada en su pasado que fuese digno de recordar. Nada, excepto un sufrimiento tan hondo
que, aún después de dos mil años, lo dejaba postrado de rodillas.
Concéntrate, se dijo, echando mano de su firme entrenamiento militar. Es hora de descansar.
Amanda se tensó cuando Hunter se movió y se acomodó tras ella. Cuando le pasó el
brazo por encima se le aceleró el corazón. Ese cuerpo fuerte y esbelto presionaba su espalda
de un modo muy inquietante. Miró fijamente su mano, que yacía delante de su rostro.
Hunter tenía dedos largos y elegantes; dedos que podrían pertenecer a un artista o a un
músico. Dios santo, resultaba muy duro recordar que no era un hombre en realidad.
¡Estás acostada con un vampiro!
No. Es un Cazador Oscuro. Aunque todavía no tenía muy clara la diferencia. Pero ya lo
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aclararía. Encontraría el modo de hacerlo.
Durante horas, permaneció tendida, escuchando la respiración de Hunter. Supo el momento
exacto en el que por fin se quedó dormido, ya que sintió cómo su brazo se relajaba y
la respiración sobre su cuello se hizo más pausada.
Escuchaba los ruidos de la gente que iba y venía por el pasillo del despacho de Tate y las
voces de los conserjes, informando a través del sistema de megafonía o llamando a los doctores.
Poco después del mediodía, Tate le trajo el almuerzo, pero ella no quiso que despertara
a Hunter. Se comió la mitad del sándwich y continuó echada en el suelo, preguntándose
cómo podría sentirse tan segura junto a un vampiro al que apenas conocía.
Giró con cuidado para quedar tendida de espaldas y poder observarlo. Era magnífico. El
pelo le caía sobre los ojos mientras dormía y sus facciones tenían un encanto muy juvenil.
Observó su boca y recordó el sabor y las poderosas sensaciones que había despertado en
ella cuando se posó en su cuello. El recuerdo de aquel beso aún abrasaba sus labios y la
hacía estremecerse. La habían besado en más ocasiones de las que podía recordar, pero
ningún hombre había conseguido que sintiera aquello. El roce de la boca de Hunter sobre la
suya había incendiado su cuerpo.
¿Cómo lo hacía? ¿Qué tenía Hunter que despertaba su deseo hasta extremos casi dolorosos
en contra de su voluntad? ¿Tendría algo que ver con sus poderes de inmortal?
Ella no era una ninfómana. Llevaba una vida sexual saludable y muy normal, no demasiado
esporádica pero tampoco excesiva. Aun así, cada vez que lo miraba deseaba tocar su
piel, sus labios, su pelo…
¿Qué le estaba pasando?
Destiérralo de tu mente. Cerró los ojos y comenzó a contar desde el cien hacia atrás.
Cuando llegó a menos sesenta, se dio cuenta de que era inútil.
Con un suspiró, alargó el brazo de modo inconsciente y comenzó a juguetear con el anillo
que él llevaba de nuevo en la mano. Antes de darse cuenta sus dedos estaban entrelazados.
Hunter murmuró en sueños y se acurrucó más contra ella. Amanda abrió los ojos de par
en par cuando sintió su cálido aliento en el cuello y su erección presionándole perturbadoramente
la cadera. Él le apretó la mano con fuerza un momento antes de abrazarla hasta
rodearla por completo con su cuerpo. Susurró algo en una lengua extraña y se quedó quieto,
aún dormido profundamente.
El corazón de Amanda latía desbocado. Nadie la había abrazado nunca de ese modo. De
forma tan posesiva; tan completa. Se sentía protegida, rodeada por su fuerza. Lo más extraño
de todo era que, en el fondo, le gustaba la situación mucho más de lo que estaba dispuesta
a admitir.
Finalmente se quedó dormida, acurrucada entre sus brazos.
Amanda se despertó y sintió que la pierna de Hunter descansaba entre sus muslos y que
una de sus manos, que parecía quemarla con su contacto, vagaba bajo su sudadera, acariciándole
el estómago. La estaba abrazando con tanta fuerza que le costaba trabajo respirar.
–Te he echado de menos –susurró con ternura, segundos antes de deslizar la mano bajo
el sujetador y rodearle el pecho.
Amanda dejó escapar un siseo de placer al sentir que sus dedos la acariciaban trazando
lentos círculos, despertando su deseo y marcándola como si se tratase de un hierro candente.
Le costaba un enorme esfuerzo permanecer tendida de costado y no darse la vuelta
para besarlo.
–Theone –jadeó Kyrian dulcemente.
–¡Eh! –exclamó ella. Al llamarla por el nombre de otra persona se había sentido ofendida
hasta el alma. ¿Cómo se atrevía? Si quería meterle mano, joder, ya podría recordar con
quién estaba–. ¿Qué estás haciendo?
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Kyrian se tensó al despertarse por completo y abrir los ojos. Fue consciente del pecho
suave y cálido que estaba acariciando e, inmediatamente después, de un dolor punzante
que le exigía buscar un alivio inmediato.
¡Mierda!
Apartó la mano como si se hubiese quemado.
¿Qué coño estaba haciendo?
Su trabajo era protegerla, no tocarla. Y menos aún cuando parecía encajar a la perfección
entre sus brazos. La última vez que había cometido ese error con una mujer le había
costado el alma.
Amanda percibió la confusión en el rostro de Hunter mientras se separaba de ella y se
incorporaba hasta quedar sentado.
–¿Quién es Theone? –preguntó.
El odio llameó en sus ojos.
–Nadie.
Vale, no le gustaba mucho la tal Theone cuando estaba despierto, pero hacía un momento…
Hunter se puso en pie despacio y la ayudó a levantarse.
–No tenía intención de dormir tanto. Casi está anocheciendo.
–¿Lo tuyo con el sol es algún tipo de conexión psíquica extraña?
–Puesto que mi vida se rige por su presencia o su ausencia, sí. –Tiró de ella mientras se
dirigía hacia la puerta–. Entonces, ¿conoces a alguien que puede ayudarnos a librarnos de
esto?
–Sí. Deberían estar en casa, ¿quieres que llame para comprobarlo?
–Sí.
Amanda se acercó al escritorio, cogió el teléfono y llamó a Grace Alexander.
–Hola, Gracie –la saludó tan pronto como Grace cogió el auricular–. Soy Amanda. ¿Vais a
estar en casa esta noche? Necesito pediros un favor.
–Claro. Mis suegros estarán aquí un rato, pero así los niños estarán entretenidos. ¿Quieres
pedirme…?
–Por teléfono no. No tardaremos.
–¿Quiénes? –preguntó Grace.
–Iré con un amigo, si no te importa.
–No, para nada.
–Gracias. Hasta ahora. –Y colgó el teléfono.
–Vale –le dijo a Hunter–. Viven pasando St. Charles. ¿Conoces el lugar?
Antes de que él contestara, Tate entró en el despacho con un maletín negro en la mano.
–Hola –le dijo a Hunter–. Suponía que ya estarías despierto. Un chico llamado Nick vino
hace un par de horas y dejó esto para ti.
–Gracias –le contestó Hunter mientras cogía el maletín. Lo dejó sobre el escritorio y lo
abrió.
A Amanda casi se le salieron los ojos de las órbitas al ver el contenido: dos pistolas pequeñas,
una repetidora, un par de pistoleras, un móvil, tres navajas de aspecto peligroso y
unas gafas de sol pequeñas y de cristales muy oscuros.
–Tate –le dijo Hunter, con un tono tan amistoso que extrañó a Amanda–, tú sí que vales.
–Espero que Nick no haya olvidado nada.
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–No, no. Lo ha pillado todo.
Amanda alzó una ceja ante ese lenguaje tan informal, en un hombre con una voz tan
profunda y seductora.
Tate se despidió de ellos con un movimiento de cabeza y se marchó.
Amanda observó cómo se colocaba las pistoleras alrededor de las caderas, quitaba el
cargador y metía una bala en cada una de las armas. Acto seguido, les puso el seguro, las
hizo girar en ambas manos y las metió en las fundas, de modo que el abrigo las mantuviera
ocultas.
Después, cogió una navaja automática y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Las
otras dos fueron a parar a los bolsillos del abrigo antes de que asegurara el móvil y la PDA
al cinturón.
Amanda volvió a alzar una ceja ante semejante arsenal.
–Pensaba que bastaba una estaca de madera para matar a un vampiro.
–Una estaca de madera en el corazón acabaría con cualquiera. Y si no lo hace, sal corriendo
como alma que lleva el diablo –dijo Hunter suavemente–. Vuelvo a decirle, señora,
que ve usted demasiada televisión. ¿Es que no tienes vida?
–Sí, al contrario de lo que te ocurre a ti, tengo una vida felizmente aburrida en la cual
nadie intenta matarme. ¿Y sabes qué? Me gusta, y quiero que siga siendo así cuando salga
de ésta.
El humor chispeó en los ojos de Hunter.
–Muy bien, entonces vamos a ver a tus amigos para que nos separen, de modo que puedas
recuperar tu aburrida vida y yo pueda volver a tomar las riendas de mi peligrosa existencia.
Recorriéndola de arriba abajo con una mirada ardiente y lujuriosa, se pasó la lengua por
los colmillos y se colocó las gafas de sol.
El pulso de Amanda se aceleró. Con esas gafas de sol, su apariencia de poeta romántico
resultaba aún más intensa. Y le estaba costando la misma vida no regresar a sus brazos y
exigirle que la besara de nuevo.
Hunter cogió la mano de Amanda, la ocultó en el bolsillo de su abrigo, junto con la suya
–para ocultar los grilletes– y la guió hasta el exterior del despacho de Tate y a lo largo del
pasillo del hospital.
Mientras caminaba, percibió el modo de andar, ligero y ágil, de Hunter. Su elegancia. El
tipo se desenvolvía con una gracia innata. Había desarrollado unos andares arrogantes y
peligrosos que llamaban la atención de toda mujer que pasara a su lado. Pero él no parecía
ser consciente de la atracción que ejercía y continuó caminando hasta llegar a la salida
posterior.
Una vez en el oscuro estacionamiento, Amanda dejó escapar un silbido al ver un Lamborghini
Diablo en uno de los aparcamientos para empleados. La luz de la farola se reflejaba
sobre la chapa negra y lo rodeaba con una especie de halo. Normalmente, pasaba por
completo de los coches, pero el Lamborghini siempre había sido una excepción.
Debía ser de uno de los cirujanos.
O eso pensaba hasta que Hunter se acercó a él.
–¿Qué haces? –le preguntó.
–Abriendo mi coche.
Amanda lo miró boquiabierta.
–¿Este coche es tuyo?
–No –le contestó con ironía–. He sacado la llave para robarlo.
–Por Dios –jadeó–. ¡Debes estar forrado!
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Hunter se bajó las gafas de sol y la miró, furioso, por encima de los cristales.
–Es sorprendente lo mucho que puedes ahorrar durante dos mil años.
Amanda parpadeó mientras su cerebro registraba la información. ¿En serio podía
tener…?
–¿De verdad eres tan viejo? –le preguntó con escepticismo.
Él asintió.
–En julio cumplí dos mil ciento ochenta y dos años, para ser exactos.
Amanda se mordió el labio inferior mientras deslizaba la mirada por el fantástico cuerpo
de Hunter.
–Tienes una pinta estupenda para ser tan viejo. Yo no te habría echado más de trescientos.
Hunter soltó una carcajada mientras introducía la llave en la cerradura.
Ella no pudo evitar que el diablillo que llevaba dentro saliera a la luz en ese momento
para tomarle el pelo.
–¿Sabes una cosa? Dicen que los tíos que compran estos coches lo hacen para compensar
una equipación –dijo mientras sus ojos descendían por la parte delantera de su cuerpo y
se detenían en la protuberancia que se apreciaba bajo los vaqueros– pequeña.
Él alzó una ceja y la miró con una sonrisilla cálida y traviesa mientras abría la puerta.
Antes de que Amanda sospechara lo que iba a hacer, se acercó a ella y, abrumándola
con su poder y aroma masculinos, le cogió la mano apresada por el grillete y la apretó contra
su hinchado miembro.
No. Allí no había que compensar nada.
Hunter bajó la cabeza y le susurró al oído:
–Si aún no lo tienes muy claro…
Se quedó sin respiración al sentirlo bajo la mano. Eso no era un calcetín.
Hunter la miró a los labios y atrapó su rostro con la mano que tenía libre. Amanda supo
en ese instante que iba a besarla de nuevo.
¡Sí, por favor!
–Toc, toc –se escuchó la voz de Desiderius desde las sombras.
Cuatro
–Esto sí que es una putada –dijo Hunter con voz serena mientras se quitaba las gafas de
sol y las guardaba en el bolsillo del abrigo.
Sus movimientos eran deliberadamente lentos y Amanda supo al instante que era la forma
en la que el Cazador Oscuro hacía saber a Desiderius lo insignificante que le resultaban
sus amenazas.
–Aquí estoy, intentando besar a mi chica y tienes que llegar tú a interrumpirnos. ¿Qué
pasa?, ¿es que te criaste en un establo?
Con una calma que dejó pasmada a Amanda, Hunter se dio la vuelta para enfrentar a
Desiderius.
–Por cierto, toca a la chica, o al Lamborghini, y eres hombre muerto.
Desiderius salió de entre las sombras y se detuvo bajo un rayo de luna. El contraste con
la amarillenta luz de las farolas le confería una apariencia siniestra, a pesar de su belleza
angelical.
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–Bonito coche el tuyo, Cazador Oscuro –dijo Desiderius–. Gracias a él es muy fácil seguirte
la pista. Y, con respecto a tu amenaza, ya estoy muerto. –Sus hermosos labios se curvaron
con una sonrisa burlona–. Igual que tú.
Vestido con un traje de rayas azul, muy a la moda, Desiderius tenía toda la apariencia de
un modelo. Su piel tenía un color dorado, sin ningún defecto, y su cabello rubio era de un
tono ligeramente más claro que el de Hunter. Era tan apuesto que no parecía real. Y no
aparentaba más de veinticinco años. Un hombre en la cúspide de su magnetismo sexual y
de su fuerza.
Amanda sintió que el miedo le erizaba la piel y tragó saliva con fuerza.
Esa belleza sublime en un hombre tan perverso acrecentaba su aura malévola. La única
indicación de su verdadera naturaleza eran los dos largos colmillos que no se molestaba en
ocultar mientras hablaba.
–Casi me fastidia matarte, Cazador Oscuro. Tienes un sentido del humor muy especial
del que carecían los anteriores.
–Eso intento –dijo Hunter colocándose entre Desiderius y Amanda–. ¿Por qué no haces
esto aún más interesante y dejas que la mujer se vaya?
–No.
Y surgiendo de la nada, los secuaces de Desiderius atacaron en ese momento.
Amanda escuchó un chasquido metálico.
Agarrando la muñeca que la mantenía unida a él, de modo que no pudiera hacerle daño,
Hunter golpeó al primer vampiro rubio con la punta de la bota. Cuando vio que el Daimon
se desintegraba en el aire dejando una nube de polvo, Amanda se dio cuenta que el chasquido
lo había producido la hoja retráctil oculta en la bota. Al instante, el arma volvió a su
escondite.
Con un movimiento sacado directamente de Hollywood, Hunter golpeó a otro vampiro
con el codo y lo envió volando de espaldas al suelo. A la velocidad del rayo, se arrodilló,
sacó una navaja y la clavó profundamente en el pecho del Daimon; cuando éste también se
evaporó, la plegó y se puso en pie.
Un tercer atacante surgió de las sombras.
Dejándose guiar por el instinto, Amanda se giró y le dio una patada. Lo alcanzó en la ingle
y lo envió al suelo entre gemidos.
Hunter la miró y alzó una ceja.
–Cinturón negro en aikido –le dijo ella.
–Si las circunstancias fueran otras, te daría un beso. –Sonrió y miró por encima del hombro
de Amanda–. Agáchate.
Ella lo hizo y él lanzó una navaja directa al pecho de otro vampiro. La criatura se desintegró
dejando una nube negra.
Hunter desenfundó la pistola.
–Métete en el coche –le ordenó, empujándola hacia el asiento del conductor.
Amanda entró tan rápido como le permitieron los grilletes, presa de continuos estremecimientos
provocados por la sobrecarga de adrenalina. Pasó por encima del cambio de marchas
y se acomodó en el asiento del copiloto mientras Hunter disparaba a los Daimons.
Él entró al coche cuando ella estuvo lista, cerró la puerta y encendió el motor. Dios santo,
estaba sorprendentemente calmado. Jamás en su vida había visto algo así. El tipo era
imperturbable.
Otro apuesto vampiro rubio saltó al capó en el instante en que Hunter daba marcha
atrás y pisaba el acelerador. Enseñando los colmillos, el Daimon intentó golpear el parabrisas.
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–¿No os he dicho que no tocaseis el Lamborghini? –se quejó Hunter segundos antes de
tomar una curva cerrada haciendo que el vampiro volara por los aires–. Y yo que pensaba
que no podíais volar… –dijo mientras enderezaba el Lamborghini y salía a la carretera–. Supongo
que Acheron necesita actualizar el manual.
Amanda se dio cuenta de que los perseguían dos coches.
–¡Dios mío! –jadeó, rodeando la ancha y fuerte muñeca de Hunter con la mano para que
éste tuviera más movilidad y pudiera maniobrar mejor con el cambio de marchas. La cosa
se ponía fea y no quería ser un estorbo para él, que era el único que podía sacarla del atolladero.
–Agárrate fuerte –le dijo él mientras ponía la radio y aceleraba.
La música de Lynyrd Skynyrd con su «That Smell» resonó con fuerza en el interior del coche
justo cuando salían del aparcamiento y se internaban en el tráfico. Con el cuerpo rígido,
Amanda comenzó a rezar el rosario, aunque ni siquiera era católica.
–¡Las luces! –le gritó a Hunter al darse cuenta de que conducía con los faros apagados y
el coche tenía los cristales tintados, cosa que era ilegal–. ¡Las luces vendrían muy bien en
este momento!
–No lo creo, ya que me molestan hasta el punto de no ver nada. Confía en mí.
–¿Que confíe en ti? Y un cuerno –soltó Amanda, agarrándose con la mano libre al cinturón
de seguridad como si le fuese la vida en ello–. Por si no lo recuerdas, no soy inmortal.
Hunter soltó una carcajada.
–Sí, bueno, en un coche aplastado tampoco lo soy yo.
Amanda lo miró con la boca abierta.
–Odio tu sentido del humor, en serio.
La sonrisa de Hunter se intensificó.
Atravesaron las atestadas calles de Nueva Orleáns a toda velocidad, pasando de un carril
a otro hasta que Amanda creyó que iba a ponerse a vomitar. Por no mencionar que en
un par de ocasiones pensó que se quedaría sin mano debido a los movimientos bruscos de
Hunter. Tragó con fuerza, en un intento por calmar las nauseas, y se pasó el brazo por la
cintura, luchando por mantenerse derecha a aquella velocidad.
Un enorme Chevy negro se colocó a la altura del Lamborghini e intentó desviarlos para
que se estrellaran contra un trailer. Amanda contuvo un chillido apretando con fuerza los
dientes.
–No te dejes llevar por el pánico –le dijo Hunter, alzando la voz para hacerse escuchar
por encima del ruido de la música mientras giraba bruscamente para pasar por debajo del
trailer y pisaba a fondo el acelerador–. He hecho esto un montón de veces.
Amanda apenas podía respirar cuando se internaron en otro carril, donde un Firebird les
esperaba para intentar chocar con ellos. El Cazador Oscuro esquivó un coche aparcado a
duras penas. Estaba tan aterrorizada que sólo podía emitir pequeños jadeos. Y rezar. Cientos
y cientos de oraciones. Cuando llegaron a la interestatal, había visto toda su vida pasar
ante sus ojos. Y no le gustó nada lo que vio. Era demasiado breve y aún había muchas cosas
que quería hacer antes de morir… incluyendo agarrar a Tabitha y darle una buena paliza.
Súbitamente, el Chevy negro apareció junto a ellos e intentó sacarlos de la carretera.
Hunter pisó el freno y el coche derrapó hacia un lado.
A Amanda se le revolvió el estómago.
–¿Sabes una cosa? –le dijo Hunter muy tranquilo–. Odio a los romanos, pero debo reconocer
que sus descendientes han fabricado un vehículo extraordinario.
Cambió de marcha y aceleró de nuevo, dejando atrás al Chevy. Atravesando la mediana,
se internaron en el tráfico y tomaron una de las salidas a tal velocidad que lo único que
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Amanda vio fueron los destellos de las luces en una especie de mancha borrosa. Los chirridos
de los frenos y las pitadas de las bocinas llenaron sus oídos, seguidos por el estridente
sonido del metal cuando el Firebird, lleno de Daimons, chocó contra el Chevy negro. El Firebird
empujó al otro vehículo hasta el muro de contención, donde dio una vuelta de campana
y cayó sobre la autopista. Aún no era capaz de respirar con normalidad cuando el Chevy
de los Daimons se detuvo al lado de la calzada sin golpear a ningún otro coche.
Hunter dio un alarido de júbilo mientras hacía girar al Lamborghini bruscamente hasta
dejarlo en dirección contraria. Pisó los frenos a fondo y echó un vistazo al caos que acababan
de dejar atrás.
Amanda se limitó a mirarlo con la boca abierta y todo el cuerpo temblando.
Él quitó la radio y la miró con una sonrisa triunfal.
–Y sin un solo arañazo en el Lamborghini… ¡Ja! Morded el polvo, cabrones chupa-almas.
Redujo marcha, pisó a fondo el acelerador y dio una vuelta completa en mitad de la calle,
haciendo chirriar las ruedas antes de dirigirse al Barrio Francés.
Amanda permaneció en silencio, sin dar crédito a lo sucedido, y trató de relajarse tomando
profundas bocanadas de aire.
–Te has divertido de lo lindo, ¿verdad?
–Joder, sí. ¿Les has visto la cara? –preguntó, soltando una carcajada–. Adoro este coche.
Ella miró al cielo suplicando ayuda divina.
–Dios mío, por favor, apártame de este loco antes de que muera de un susto.
–Venga ya –le dijo con voz juguetona–. No me digas que no te ha hecho correr la sangre.
–Sí, sí, claro. De hecho, me la ha acelerado tanto que no estoy segura de cómo ha logrado
sobrevivir mi corazón. –Lo miró fijamente–. Eres un ser humano totalmente desquiciado.
La risa de Hunter murió al instante.
–Solía serlo, al menos.
Amanda tragó saliva al percibir el vacío de su voz. Sin quererlo, acababa de encontrar
un punto débil. El humor de ambos decayó bastante y Amanda le dio las indicaciones precisas
para llegar a la casa de Grace, en St. Charles.
Pocos minutos después, aparcaban en el camino de entrada tras el Range Rover negro
de Julian Alexander. El guardabarros trasero estaba ligeramente hundido tras su último encuentro
con una farola. Pobre Julian, era un peligro en la carretera.
Amanda miró de soslayo a su compañero. Después de todo, y siguiendo con las comparaciones,
Julian no era tan malo. Al menos, jamás la mataría de un infarto.
Hunter la ayudó a bajar del coche a través de la puerta del conductor y la precedió camino
de la puerta. La antigua casa estaba completamente iluminada y, a través de las ligeras
cortinas que cubrían las ventanas, Amanda pudo ver a Grace sentada en un sillón de la salita
de estar.
Bajita y morena, Grace llevaba la larga melena recogida en una cola de caballo y su tripa
había aumentado el doble desde la última vez que la vio. Aunque faltaban nueve semanas
para que saliera de cuentas, la pobre Grace tenía todo el aspecto de ir a dar a luz en
cualquier momento. Se estaba riendo de algo, pero no había señales de Julian ni de sus invitados.
Amanda se detuvo para acomodarse el pelo con la mano, enderezar su ropa sucia y
abrocharse el polar para ocultar las manchas de sangre.
–Grace dijo que tendrían compañía, así es que creo que deberíamos intentar pasar desapercibidos,
¿de acuerdo?
Hunter asintió con la cabeza en el mismo momento en que ella tocaba el timbre. Tras
una breve espera, la puerta se abrió y Julian Alexander apareció en el vestíbulo. Con su casi
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uno noventa de altura, Julian era tan deslumbrante como Hunter. Tenían el mismo color de
pelo, pero sus ojos eran del azul más profundo que ella hubiese visto jamás. Sus rasgos parecían
esculpidos pero, teniendo en cuenta que era el hijo de la diosa Afrodita, no era de
extrañar. La sonrisa de bienvenida se borró del rostro del hombre cuando miró a Hunter y al
instante se quedó con la boca abierta.
Amanda comprobó que Hunter reaccionaba de la misma forma; parecía estar perplejo.
–¿Julian de Macedonia? –preguntó Hunter con incredulidad.
–¿Kyrian de Tracia?
Antes de que Amanda pudiera moverse, los dos hombres se fundieron en un abrazo,
como si se tratara de dos hermanos largo tiempo separados. Su brazo siguió el movimiento
del de Kyrian al abrazar a Julian.
–¡Por todos los dioses! –jadeó Julian–. ¿De verdad eres tú?
–No puedo creerlo –dijo Hunter apartándose un poco para mirar a Julian de arriba abajo–.
Pensaba que estabas muerto.
–¿Yo? –le preguntó Julian–. ¿Y tú qué? Oí que los romanos te habían ejecutado. ¡Por Zeus!
¿Cómo es posible que estés aquí? –En ese momento, bajó la mirada y vio los grilletes–.
¿Qué…?
–Por eso hemos venido –dijo Amanda–. Nos han encadenado y esperaba que tú pudieras
separarnos.
–Los forjó tu padrastro –añadió Hunter–. ¿No tendrás una llave en algún lado, por casualidad?
Julian se rió.
–Supongo que no debería sorprenderme. Por lo menos esta vez no has traído a una princesa
amazona con una madre iracunda exigiendo que se te corten ciertas partes de tu
cuerpo… –Julian meneó la cabeza como si se tratase de un padre regañando a su hijo–. Dos
mil años después y aún sigues metiéndote en líos increíbles.
Hunter lo miró con una sonrisilla forzada.
–Algunas cosas no cambian jamás. Si consigues separarnos te deberé una, ¿no te importa?
Julian ladeó la cabeza.
–La última vez que hice recuento, me debías dos favores.
–¡Ah, sí! No me acordaba de lo de Prymaria.
Por la expresión del rostro de Julian, Amanda supo que a él no se le había olvidado y la
verdad era que mataría por enterarse de lo que había sucedido. Pero ya habría tiempo para
eso más tarde. Lo primero era liberar su brazo. Movió la cadena, haciendo que tintineara.
Julian retrocedió y los invitó a entrar a la casa.
–Habéis tenido suerte –les dijo mientras los acompañaba hasta la salita.
Grace no se había movido del sillón; ahora sostenía a Vanessa en su regazo mientras la
madre de Julian, rubia y espléndida, ocupaba un lugar en el sofá y jugaba con Niklos y uno
de sus peluches. Un hombre moreno y alto estaba sentado junto a Afrodita y sostenía al pequeño
en sus brazos, riéndose de los dos.
El Cazador Oscuro jadeó al ver la poco corriente escena familiar y apartó a Amanda con
un brusco empujón, momentos antes de que Afrodita alzara la vista y maldijera.
Antes de Amanda pudiera entender lo que sucedía, la diosa alargó un brazo y de su
mano surgió una especie de rayo luminoso que golpeó directamente a Hunter. El impacto lo
tiró al suelo de espaldas, arrastrándola junto a él.
Amanda aterrizó sobre el pecho de Hunter y en ese momento vio la quemadura que el
rayo le había provocado en el hombro. Olía a piel y carne quemada. Sabía que el dolor de la
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herida tenía que ser horroroso, pero él no parecía notarlo. Muy al contrario, Hunter se quitó
las gafas de sol con rapidez, la apartó de su pecho e intentó alejarla de él tanto como fuera
posible. Poniéndose en pie se colocó entre la diosa y Amanda.
–¡Cómo te atreves! –gritó Afrodita con el hermoso rostro desfigurado por la ira. Con los
ojos entrecerrados se levantó del sofá y se acercó a Hunter como si se tratase de una bestia
mortal acechando a su presa–. Sabes que te está prohibido mostrarte ante nosotros.
Julian agarró el brazo de su madre antes de que pudiera llegar hasta Kyrian.
–¡Madre, detente! ¿Qué estás haciendo?
Ella lo miró furiosa.
–¿Cómo te has atrevido a traer a un Cazador Oscuro ante mi presencia? ¡Sabes que está
prohibido!
Julian frunció el ceño y observó a Hunter. La incredulidad se reflejaba en su rostro.
Hunter miró a Amanda por encima de su hombro.
–Estás a punto de ser libre, pequeña –le susurró.
Afrodita alzó la mano.
Aterrorizada, Amanda se dio cuenta de que la diosa pretendía acabar con él. ¡No!, el grito
se atascó en su garganta mientras su corazón latía a toda velocidad, presa del pánico.
Julian atrapó la muñeca de su madre antes de que pudiera herir a Hunter de nuevo.
–No, mamá –la increpó Julian–. Cazador Oscuro o no, da la casualidad de que es el único
hombre que me guardó las espaldas mientras todos los demás rezaban para verme muerto.
Si lo matas, jamás te perdonaré.
El rostro de Afrodita adoptó una expresión pétrea.
Julian la soltó.
–Nunca te he pedido nada antes. Pero ahora lo hago, como tu hijo que soy. Ayúdalo. Por
favor.
Afrodita miró a Julian y a Hunter alternativamente. La indecisión en su mirada era tangible.
–¿Hefesto? –llamó Julian al hombre sentado en el sofá–. ¿Los liberarás?
–Está prohibido –contestó el dios bruscamente– y lo sabes. Los Cazadores Oscuros no
poseen alma y están más allá de nuestro alcance.
–No pasa nada, Julian –dijo Hunter en voz baja–. Pídele que el rayo no me atraviese para
que no hiera a la mujer.
Fue entonces cuando Afrodita vio a Amanda. Y su mirada se posó sobre los grilletes.
–¿Mamá? –le pidió Julian de nuevo.
Afrodita chasqueó los dedos y los grilletes desaparecieron.
–Gracias –le dijo Julian.
–Sólo lo he hecho para ayudar a la humana –dijo la diosa con gravedad antes de volver
al sofá–. El Cazador Oscuro puede apañárselas solo.
Hunter le dijo las gracias en silencio a Julian, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia
la puerta.
–Kyrian, espera –le dijo Julian, deteniéndolo–. No puedes marcharte estando herido.
La expresión del Cazador Oscuro era impasible.
–Ya conoces las normas, adelphos. Me las apaño solo.
–No, esta noche no.
–Si él se queda –dijo Afrodita–, tenemos que marcharnos.
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Julian miró a su madre y asintió con la cabeza.
–Lo sé, mamá. Gracias de nuevo por ayudarlo. Hasta luego.
La diosa desapareció con un destello luminoso. Hefesto dejó a Niklos en el suelo y acto
seguido también se evaporó.
–¿Julian? –lo llamó Grace desde la salita–. ¿Corre peligro Vanessa si la dejo en el suelo?
–No –le contestó él.
Amanda observó la mirada de tristeza en los ojos de Hunter cuando los gemelos se acercaron
corriendo a su padre.
Niklos se apartó, feliz de ver a Amanda, y comenzó a parlotear mientras le tendía los
brazos. Ella lo cogió y lo abrazó con fuerza antes de darle un beso sobre los suaves rizos rubios.
Dando saltos entre sus brazos, el niño soltó una carcajada y la abrazó.
Vanessa se dirigió directamente a Hunter, cosa absolutamente normal en ella; la pequeña
hechicera no se arredraba ante los extraños. Extendió el brazo y le ofreció la galleta a
medio comer que llevaba en la mano.
–¿Ga-lleta? –le preguntó con su hablar titubeante, propio de un bebé.
Arrodillándose ante ella, Hunter sonrió con ternura, cogió la galleta y acarició con suavidad
el cabello oscuro de la niña.
–Gracias cielo –le dijo con suavidad antes de devolverle la galleta–, pero no tengo hambre.
Vanessa dio un gritito y se arrojó a sus brazos.
Aunque Amanda viviera toda una eternidad, jamás sería capaz de olvidar la mirada desesperada,
de profundo dolor, que se reflejó en los ojos de Hunter mientras abrazaba a la
niña contra su pecho. Había anhelo. Sufrimiento. Era la mirada de un hombre que sabía que
sostenía entre sus brazos algo que no deseaba que le arrebataran.
Cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre la cabecita de Vanessa mientras apretaba los puños
y la abrazaba aún más fuerte.
–Por los dioses, Julian, siempre haces unos niños tan hermosos…
Julian no contestó mientras Grace se acercaba, pero Amanda reconoció la angustia en
sus ojos al observar cómo su amigo abrazaba a su hija.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
Recordaban algo, alguna pesadilla vivida por ambos de la que Amanda no sabía nada.
Julian tomó a Grace de la mano.
–Grace, éste es mi amigo Kyrian de Tracia. Kyrian, ésta es mi esposa.
Hunter se puso en pie con la misma agilidad que una pantera negra, sosteniendo a Vanessa
con mucho cuidado en sus brazos.
–Es un honor conocerte, Grace.
–Gracias –le contestó ella–. Lo mismo digo. Julian ha hablado tanto de ti que es como si
ya te conociera.
Hunter miró a Julian con los ojos entrecerrados.
–Teniendo en cuenta lo mucho que siempre ha censurado mi comportamiento, tiemblo al
pensar lo que ha podido contarte.
Grace se rió.
–Nada malo. ¿Es cierto que en una ocasión incitaste a toda una casa de putas a que…?
–¡Julian! –masculló Hunter–. No puedo creer que le contaras eso.
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Sin inmutarse siquiera, Julian se encogió de hombros e ignoró la irritación de su amigo.
–Siempre has sabido sacar a relucir tu ingenio bajo presión.
Grace jadeó y se llevó la mano hacia el voluminoso vientre. Su marido se acercó a ella y
la agarró del brazo, observándola con preocupación.
Respirando entrecortadamente, Grace se frotó el vientre y los miró con una débil sonrisa.
–Lo siento. El bebé da patadas como una mula.
Hunter miró el vientre de Grace y una extraña luz iluminó sus ojos. Por un instante,
Amanda hubiese jurado que los había visto brillar.
–Es otro niño –les dijo en voz baja y distante.
–¿Cómo lo sabes? –le preguntó Grace, sorprendida, mientras continuaba frotándose arriba
y abajo–. Sólo lo sé desde ayer mismo.
–Puede percibir el alma del bebé –le dijo Julian suavemente–. Es uno de los poderes protectores
de un Cazador Oscuro.
Hunter miró a su amigo.
–Éste va a tener un carácter fuerte. Generoso y tierno, pero muy imprudente.
–Me recuerda a alguien que conocí en una ocasión –comentó Julian.
Esas palabras parecieron torturar a Hunter.
–Venga –dijo Julian, tomando a Vanessa de los brazos de Kyrian y poniéndola en el suelo,
sin hacer caso a sus lloriqueos de protesta–. Necesito que me acompañes arriba para curarte
esa herida.
Amanda se quedó en el pasillo, sin saber qué hacer. Un millón de preguntas bullían en
su interior en busca de respuestas y, si no hubiese sido por la herida de Hunter, estaría de
camino al piso superior para formularlas todas. Pero Julian tenía razón. Esa herida tenía un
aspecto muy feo y necesitaba ser atendida. Tras echar una mirada pensativa a las escaleras,
se dio la vuelta para hablar con Grace.
–Pareces asombrosamente tranquila, a pesar del caos que se ha formado aquí. Dioses
desvaneciéndose, gente que llega cubierta de sangre y a la que lanzan un rayo en tu recibidor…
Cualquiera pensaría que a estas alturas deberías estar de los nervios, sobre todo, teniendo
en cuenta tu estado.
Grace rió mientras conducía a una llorosa Vanessa de vuelta a la salita de estar.
–Bueno, durante los últimos años casi me he acostumbrado a ver a dioses apareciendo y
desapareciendo de repente. Y a otras cosas en las que no quiero ni pensar. Estar casada
con Julian es, sin duda, un buen modo de aprender a mantener la calma.
Amanda se rió sin mucho entusiasmo y volvió a mirar hacia la escalera, preguntándose
de nuevo acerca de su enigmático Cazador Oscuro.
–Hunter, o Kyrian, ¿es también un dios?
–No lo sé. Por lo que Julian me ha contado, siempre he creído que era un hombre; pero
estoy tan a oscuras como tú.
Mientras Grace tomaba asiento, Amanda escuchó a los hombres hablar a través del
transmisor colocado en la habitación de los bebés.
Grace extendió el brazo para apagar el receptor.
–Por favor, espera.
Amanda se sentó y jugueteó con Niklos mientras escuchaba la conversación que se desarrollaba
en el piso superior.
–Joder, Kyrian –le dijo Julian tan pronto como éste le dio su camisa–. Tienes más cicatrices
que mi padre.
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Kyrian dejó escapar el aire lentamente mientras rozaba la quemadura que el rayo de
Afrodita le había causado en el hombro.
Se encontraban en la habitación de los gemelos, al fondo del pasillo. Kyrian entornó los
ojos, molesto por el brillo de la luz sobre el papel que cubría las paredes –amarillo y con ositos–
y sacó las gafas de sol. Julian debió recordar parte de la antigua mitología griega, porque
apagó la luz y encendió una lamparita pequeña que inundó la habitación con un suave
resplandor.
Debilitado por el dolor, Kyrian notó que su reflejo en el espejo apenas si era perceptible.
La capacidad de no reflejarse en los espejos era una de las medidas de protección de las
que gozaba un Cazador Oscuro. Para conseguir verse en uno de ellos, tenían que proyectar
una imagen mental, algo que resultaba muy duro estando herido o excesivamente cansado.
Kyrian se apartó un poco del armario pintado de blanco y se encontró con la interrogante
mirada de Julian.
–Dos mil años de lucha suelen dejar huella en el cuerpo.
–Siempre tuviste más pelotas que cerebro.
Un espeluznante escalofrío recorrió la espalda de Kyrian al escuchar esas palabras tan
familiares. Era imposible recordar las innumerables ocasiones en las que Julian las había
pronunciado en griego antiguo.
Cómo había echado de menos a su amigo y mentor a lo largo de los siglos… Julian había
sido el único al que había prestado atención. Y uno de los pocos hombres a los que había
respetado de verdad. Se frotó el brazo y continuó hablando.
–Lo sé. Pero lo gracioso es que siempre escucho tu voz en mi mente pidiéndome que
tenga paciencia. –Hablando con una voz más ronca, imitó el acento espartano de Julian–:
«Maldición Kyrian, ¿es que no puedes pensar nunca antes de actuar?»
Julian no respondió.
Kyrian sabía lo que pasaba por la mente de su amigo. Los mismos recuerdos agridulces
que le perseguían a él cada noche cuando se relajaba el tiempo suficiente como para dejar
que el pasado regresara. Imágenes de un mundo desaparecido hacía mucho tiempo; de
gente y de familia que no eran más que sombras difusas y sentimientos perdidos.
El suyo había sido un mundo muy especial, pero su elegancia primitiva aún caldeaba sus
corazones. Kyrian todavía podía oler el aceite de las lámparas que iluminaban su hogar y
sentir la brisa fresca y fragante del Mediterráneo que perfumaba su villa.
En una extraña contradicción con los pensamientos de Kyrian, Julian abrió el pequeño
botiquín y buscó un moderno paquete de hielo. Cuando lo encontró, quitó el cierre para liberar
el gel y lo sostuvo sobre el hombro de Kyrian. Éste siseó al sentir el frío sobre la herida.
–Siento mucho lo de la descarga astral –se disculpó Julian–. Si lo hubiese sabido…
–No tienes la culpa de nada. No había modo de que supieras que había entregado mi
alma. No es precisamente el modo de comenzar una conversación. «Hola, soy Kyrian. No
tengo alma. ¿Qué tal estás?»
–No tiene gracia.
–Claro que sí, lo que pasa es que nunca has entendido mi sentido del humor.
–Lo que pasa es que siempre salía a relucir cuando estábamos a un paso de la muerte.
Kyrian se encogió de hombros y deseó no haberlo hecho cuando el dolor le recorrió el
brazo.
–¿Qué puedo decir? Vivo para fastidiar al viejo Apollyon. –Cogió el paquete de las manos
de Julian y retrocedió un paso–. ¿Qué te ocurrió Julian? Me dijeron que Escipión te capturó
junto a tu familia y que os asesinó.
Julian soltó un bufido.
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–¿Y tú lo creíste? Fue Príapo quien mató a mi familia. Cuando los encontré muertos me
dejé llevar por un «momento Kyrian» y fui tras él.
Kyrian alzó una ceja. Que él supiera, Julian nunca había cedido a un impulso en toda su
vida. El tipo era la calma y la reflexión personificadas, sin importar el caos que hubiera a su
alrededor. Y eso había sido una de las cosas que más apreciara de su amigo.
–¿Tú hiciste algo impulsivo?
–Sí. Y lo pagué muy caro –dijo, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando a Kyrian a
los ojos–. Príapo me maldijo y me encerró en un pergamino. Pasé dos mil años como esclavo
sexual antes de que mi esposa me liberara.
Kyrian soltó un silbido de incredulidad. Había oído hablar de tales maldiciones. El sufrimiento
era agónico, y su orgulloso amigo debía haberlo pasado realmente mal. Julian nunca
había permitido que nadie dirigiese su camino. Ni siquiera los dioses.
–Y tú me llamas loco a mí… –dijo Kyrian–. Yo me limité a provocar el odio de los romanos.
Tú fuiste tras el panteón griego al completo.
Julian le pasó un tubo de crema para las quemaduras. Cuando habló, su voz sonó ronca.
–Me estaba preguntado… cuando me marché, ¿qué sucedió con…?
Kyrian lo miró a los ojos y vio la agonía reflejada en ellos. Descubrió que para su amigo
era demasiado doloroso el hecho de mencionar lo sucedido. Él todavía sentía el dolor al recordar
las muertes de los hijos de Julian. De cabellos rubios y mejillas sonrosadas, habían
sido dos niños preciosos y vivaces; resultaba imposible hacerles justicia con simples palabras.
Su simple presencia hacía que el corazón de Kyrian se encogiera de envidia.
¡Por los dioses! Cómo había deseado poder tener su propia familia, sus propios hijos.
Cada vez que visitaba el hogar de Julian, anhelaba poder vivir una existencia como la de su
amigo. Era lo único que había querido siempre. Un hogar acogedor, unos hijos a los que
amar y una esposa que lo quisiera. Cosas sencillas, en realidad, pero que siempre habían
resultado imposibles para él.
Y ahora, como Cazador Oscuro, esos deseos no eran más que sueños irrealizables.
Kyrian no podía ni imaginarse el horror que Julian debía sentir cada vez que recordara a
sus hijos. Dudaba mucho de que cualquier otro hombre pudiera amar a unos niños tanto
como su amigo. Recordaba el día en que Atolycus, con cinco añitos, había cambiado la cola
de caballo del yelmo de Julian por unas plumas, como regalo para su padre antes de cabalgar
a la batalla. Julian había sido uno de los generales más temidos de todo el ejército macedonio,
pero por no herir los sentimientos de su hijo, había llevado su regalo con orgullo
delante de todos sus hombres.
Nadie se atrevió a reírse. Ni siquiera Kyrian.
Se aclaró la garganta y desvió la mirada de la de su amigo.
–Enterré a Calista y a Atolycus en el huerto desde el que se veía el mar, donde solían jugar.
La familia de Penélope se hizo cargo de su cuerpo, y envié el cadáver de Jasón a casa
de su padre.
–Gracias.
Kyrian asintió con la cabeza.
–Era lo menos que podía hacer. Eras un hermano para mí.
Julian se rió con tristeza.
–Supongo que eso explica por qué tenías esa fijación por hacerme la vida imposible.
–Alguien tenía que hacerlo. Con veintitrés años eras demasiado duro y serio.
–No como tú.
Kyrian apenas recordaba al hombre que una vez fue y del que Julian estaba hablando.
Despreocupado y siempre listo para la batalla. De sangre caliente y con cabeza de chorlito.
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Era un milagro que Julian no lo hubiese matado. La paciencia de ese hombre no tenía límites.
–Mis gloriosos días de desperdiciada juventud –dijo Kyrian con melancolía.
Mirándose el hombro, comenzó a extender la crema sobre la quemadura. Dolía, pero ya
estaba acostumbrado al dolor físico. Y se había enfrentado a sufrimientos mucho peores
que ese minúsculo dolor.
Julian arqueó una ceja y lo miró de forma inquisitiva.
–Los romanos te capturaron por mi culpa, ¿no es cierto?
Kyrian se detuvo al ver el remordimiento en los ojos de su amigo. Después, siguió extendiéndose
la crema.
–Siempre fuiste muy duro contigo mismo, Julian. No fue por tu culpa. Tras tu desaparición
continué con la sangrienta cruzada contra sus ejércitos. Me forjé mi propio destino en
ese aspecto, y tú no tuviste nada que ver.
–Pero si hubiese estado allí, podría haber evitado que te cogieran.
Kyrian resopló.
–Eras muy bueno sacándome de los problemas, no hay duda. Pero ni quisiera tú podrías
haberme salvado de mí mismo. Si hubieses estado allí, los romanos habrían tenido a otro
general macedonio al que crucificar. Créeme, estabas mucho mejor en ese pergamino que
enfrentándote al destino que Escipión y Valerius tenían en mente para nosotros.
A pesar de sus palabras, Kyrian aún veía la culpa reflejada en el rostro de su amigo, y
quería librarlo de ella.
–¿Qué sucedió? –preguntó Julian–. Según los historiadores Valerius te capturó en plena
batalla. Pero no puedo creerlo. No luchando como luchabas.
–Y la historia dice que tú fuiste asesinado por los hombres de Escipión. Los ganadores
escriben su versión de los hechos.
Por primera vez desde hacía siglos, Kyrian dejó que los recuerdos lo transportaran de
vuelta a aquel aciago día del pasado. Apretó los dientes cuando una oleada de angustia y
rabia lo invadió al recordar vívidamente por qué había encerrado esos recuerdos en el fondo
de su mente.
–Ya sabes que las Parcas son unas putas traicioneras. No fui capturado por Valerius; me
tendieron una trampa y me ofrecieron a él como un regalo.
Julian frunció el ceño.
–¿Cómo?
–Mi pequeña Clytemnestra12. Mientras tú y yo luchábamos contra los romanos, mi esposa
los recibía en su lecho, en nuestra casa.
El rostro de Julian perdió el color.
–No puedo creer que Theone hiciese algo así, después de todo lo que sacrificaste por
ella.
–Toda buena acción tiene un precio.
Julian miró a Kyrian con el ceño nuevamente fruncido ante la amargura de sus palabras.
Éste no era el mismo hombre que había conocido en Macedonia. Kyrian de Tracia siempre
había estado lleno de alegría, generosidad y ternura. El hombre que se alzaba ante él carecía
de entusiasmo. Se mantenía en guardia. Era muy suspicaz y su comportamiento rayaba
en la frialdad.
–¿Te convertiste en un Cazador Oscuro a causa de la traición de tu esposa? –le preguntó
Julian.
12 Clytemnestra: Esposa de Agamenón, al que asesinó (ayudada por su amante Egisto) al regresar de la guerra
de Troya. (N. de la T.)
52
–Sí.
Julian cerró los ojos cuando sintió que la compasión por su amigo se abría paso hacia su
corazón de la mano de la ira. Veía a su amigo en sus recuerdos tal y como había sido siglos
atrás. Sus ojos siempre habían tenido una mirada alegre y traviesa. Kyrian amaba la vida
como muy pocas personas lo hacían. De espíritu generoso, amable por naturaleza y de corazón
valeroso, Kyrian siempre lograba desarmarlo y, en incontables ocasiones, había deseado
poder odiar al malcriado muchacho.
Pero le había resultado imposible.
–¿Qué te hizo Valerius? –preguntó Julian.
Kyrian respiró hondo.
–Créeme, no te gustaría conocer todos los detalles.
Julian observó cómo Kyrian hacía un leve gesto de dolor cuando un repentino recuerdo
asaltó su mente.
–¿Qué pasa?
–Nada –contestó Kyrian malhumorado.
Los pensamientos de Julian volvieron a la esposa de Kyrian. Pequeña y rubia, Theone había
sido más hermosa que Helena de Troya. Sólo la había visto una vez, y de lejos. Pero aún
así, supo al instante lo que había llamado la atención de Kyrian. Theone poseía un aura irresistible
que hablaba a las claras de su amplia experiencia sexual y de su habilidad en esos
menesteres. Cuando la conoció, con apenas veintidós años, el joven Kyrian se había enamorado
de ella al instante; de una mujer ocho años mayor que él. No le importó lo que los demás
dijeran sobre ella; Kyrian jamás escuchaba a nadie. Había amado a esa mujer con locura,
con toda su alma.
–¿Qué pasó con Theone? –preguntó Julian–. ¿Descubriste por qué lo hizo?
Kyrian arrojó el paquete de hielo a la bolsa.
–Me dijo que lo hacía por temor a que no pudiera protegerla.
Julian soltó una maldición.
–Yo dije algo más fuerte –contestó Kyrian en voz baja–. Estuve tres semanas allí tendido,
intentando descubrir qué era lo que ella odiaba tanto de mí como para entregarme a mi
peor enemigo. Jamás me había dado cuenta antes de lo imbécil que fui.
Kyrian mantuvo la mandíbula fuertemente apretada al recordar la mirada de su esposa
mientras comenzaba su ejecución. Lo había mirado frente a frente, sin demostrar ni pizca
de remordimiento.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que, aunque él le había dado lo mejor de sí mismo,
todo su corazón y su alma, ella no le había dado nada. Ni siquiera su ternura. Si sus
ojos hubiesen mostrado ese día un pequeño destello de remordimiento, un poco de pena…
Pero su rostro sólo reflejaba una morbosa curiosidad.
Y eso había destrozado su corazón. Si Theone no fue capaz de amarlo después de todo
lo que él le había dado, sólo podía significar una cosa: que no era digno de ser amado.
Su padre había estado en lo cierto.
«Ninguna mujer puede amar a un hombre de tu posición y riqueza. Afróntalo. Muchacho,
para ellas sólo serás un bolsillo bien repleto.»
Desde entonces, su corazón sangraba por la verdad que encerraban esas palabras. Jamás
volvería a permitir que una mujer tuviese ese tipo de poder sobre él. Se negaba a que
el amor –o cualquier otro motivo– lo cegara, apartándolo de sus necesidades. Su trabajo era
lo único que importaba.
–Lo siento muchísimo –susurró Julian.
Kyrian se encogió de hombros.
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–Todos tenemos algo de lo que arrepentirnos –le contestó mientras recogía la camisa.
–Escúchame –le dijo Julian, deteniéndolo–, ¿por qué no te das una ducha y me dejas que
te preste algo de ropa?
–He desaparecido en mitad de una cacería.
–No te ofendas Kyrian, pero estás hecho un desastre. Reconozco que hace mucho que no
participo en una lucha, pero sé que es mucho más fácil enfrentarse a la batalla después de
un baño caliente y con el estómago lleno.
Kyrian dudó.
–¿Quince minutos?
–De acuerdo, que sea rápido.
Kyrian dejó que el agua caliente relajara su magullado cuerpo. La noche aún era joven,
pero estaba muy cansado. El hombro le daba punzadas y no dejaba de dolerle y la herida
en el costado no estaba mucho mejor.
Pero aún dolorido, toda su atención estaba puesta en la mujer que lo esperaba escaleras
abajo.
¿Por qué lo atraía tanto? Había salvado a numerosos humanos a lo largo de los siglos y
no había sentido nada por ellos, aparte de una simple curiosidad.
Pero esta mujer, con su mirada franca y abierta y su sonrisa hechicera, le había llegado
al corazón. Un corazón que había perdido siglos atrás. Pero no lo necesitaba. A los Cazadores
Oscuros se les prohibía mantener una relación estable. En caso de necesidad, sus encuentros
sexuales se limitaban a una sola noche.
Volvían a nacer para caminar en soledad a lo largo de los siglos. Todos y cada uno de
ellos lo tenía muy presente. Lo habían jurado.
Y nunca antes le había molestado que fuese así.
Sólo había habido una ocasión, a lo largo de su vida, en la que la sonrisa de una mujer le
había provocado esta extraña y vertiginosa sensación en la boca del estómago.
Lanzó una maldición ante el recuerdo.
–Venga, Kyrian –se dijo a sí mismo mientras se duchaba–. Sal de esta casa, mata a Desiderius
y vuelve a tu hogar. Olvida que la has visto.
La mera idea de no volver a verla nunca más hacía que el dolor lo partiera en dos. Pero
tenía muy claro lo que debía hacer. Ésta era su vida y adoraba la oscuridad de la noche a la
que estaba ligado por un juramento. Sus obligaciones eran su única familia. Su juramento,
su corazón.
Su trabajo era su amor y lo seguiría siendo durante toda la eternidad.
–¿Amanda?
Alejando su pensamiento del atractivo Cazador Oscuro, Amanda miró a Grace, que estaba
sentada en el sillón.
–¿Te importaría subir a la habitación de los gemelos y traerme un pañal? –le preguntó
Grace–. Si subo esas escaleras de nuevo creo que no volveré a bajar.
Amanda se rió.
–Claro. No tardaré.
Subió las escaleras y atravesó el pasillo. Pasó por delante de la puerta del baño en el
mismo instante en que Kyrian salía de él con una toalla alrededor de la cintura. Y chocaron.
Hunter le puso las manos sobre los hombros para sujetarla y las pupilas se le dilataron al
reconocerla.
Amanda se quedó helada cuando se dio cuenta de que el brazalete de plata que llevaba
en la muñeca se había trabado en uno de los flecos de la toalla de Hunter.
54
Y, lo que era aún peor, se le estaba haciendo la boca agua al contemplar toda aquella
piel morena y sensual, al sentir sus fuertes manos sobre ella.
El poder y la fuerza que emanaban de él hacían que se le acelerara el corazón. Y el aroma
fresco y limpio de su piel… Llevaba el pelo húmedo peinado hacia atrás, lo que dejaba
los fuertes rasgos del rostro bien a la vista, y dudaba mucho de que pudiese haber un hombre
más apuesto.
Los ojos oscuros de Hunter, rodeados de pestañas pecaminosamente largas, la miraban
con intensidad. El deseo voraz que se leía en ellos la puso a cien e hizo que se estremeciera.
Tenía todo el aspecto de poder devorarla y, de hecho, Amanda deseaba que la devorara.
Completamente. Por entero.
Y que la saboreara.
–Esto sí que se pone interesante –dijo él con un asomo de diversión en la voz.
Amanda no sabía qué hacer, allí de pie, con la muñeca peligrosamente cerca de la súbita
protuberancia que había surgido bajo la toalla. ¿Qué pasaba con ellos que acababan unidos
cada dos por tres? Deslizó la mirada por la multitud de cicatrices que cubrían el cuerpo
de Hunter y no pudo evitar preguntarse cuántas de ellas habrían sido causadas por la tortura
que le había mencionado a Julian un rato antes.
–La mayoría –le susurró mientras alzaba un brazo para posar la mano sobre su nuca.
Amanda sintió cómo sus dedos le acariciaban el cabello. La otra mano, que aún estaba
sobre su hombro, la sujetó con más fuerza, aunque de modo muy sutil.
–¿Qué? –le preguntó ella alzando la vista.
–La mayoría de las cicatrices son de los romanos.
Ella frunció el ceño.
–¿Cómo sabías lo que estaba pensando?
–Estaba espiando tus pensamientos, del mismo modo que tú hiciste con Julian y conmigo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Amanda al caer en la cuenta de los poderes psíquicos
de Hunter.
–¿De verdad puedes hacer eso?
Él asintió sin mirarla a la cara. Tenía los ojos clavados en el lugar donde su mano le acariciaba
el cabello, como si estuviese memorizando su tacto.
La miró a los ojos de forma tan repentina que Amanda emitió un jadeo.
–Y con respecto a la pregunta que temes formular, lo único que tienes que hacer es mover
el brazo y lo sabrás.
–¿Saber qué?
–Si cuando me quite la toalla voy a estar igual de bueno que con ella.
Amanda se ruborizó intensamente al escuchar sus aterradores pensamientos en boca de
Hunter. Antes de que pudiera moverse, él la soltó y dejó caer la toalla, que quedó colgando
de su brazalete.
Al ver a Hunter completamente desnudo delante de ella, se quedó con la boca abierta.
Su cuerpo, de músculos duros y perfectamente definidos, parecía obra de un escultor. Y al
instante descubrió que su piel era de color dorado en todos sitios. No era producto de la exposición
al sol, sino natural.
Amanda lo deseaba de forma desesperada.
Lo único que tenía en mente era llevarlo a la habitación y tirar de él para tenerlo encima,
luego al lado y luego debajo durante el resto de la noche.
¡Ay! La de cosas que quería hacerle a este hombre.
55
Una ligera sonrisa curvó los labios de Hunter y, por el brillo que adquirieron sus ojos,
Amanda descubrió que estaba leyéndole el pensamiento. Otra vez.
Él se inclinó hacia delante hasta que sus mejillas se tocaron y su cálido aliento le rozó el
cuello, abrasándola.
–El nudismo nunca fue un problema para los antiguos griegos –le susurró al oído.
Los pezones de Amanda se endurecieron.
Muy lentamente, Hunter movió la mano y le alzó la barbilla. Sus ojos la atraparon; daba
la sensación de querer sondear su mente en busca de algo. Antes de que ella pudiese reaccionar,
bajó la cabeza y la besó.
Amanda gimió al sentir el roce de sus labios. Este beso era muy diferente al anterior. Era
tierno. Dulce.
Y la hacía arder.
Hunter abandonó sus labios y dejó un reguero de abrasadores besos desde el mentón
hasta el cuello, mientras su lengua le humedecía la piel con suaves caricias. Amanda colocó
los brazos sobre sus hombros desnudos y apoyó todo su peso sobre él.
–Eres tan tentadora –susurró Hunter antes de trazar la curva de su oreja con la lengua–.
Pero tengo trabajo que hacer, y tú odias todo lo que no sea humano. Y todo lo relacionado
con el mundo paranormal. –Se alejó un poco y la miró apesadumbrado–. Es una lástima.
Desenganchó la toalla del brazalete y, echándosela sobre un hombro, comenzó a andar
hacia la habitación. Amanda apretó los dientes al contemplar ese delicioso y magnífico trasero.
Con el cuerpo en llamas, recordó el pañal.
Tan pronto como pensó en él, Hunter abrió la puerta, le arrojó uno y cerró de nuevo.
Kyrian se apoyó contra la puerta cerrada, luchando contra el ardiente deseo que lo atravesaba.
Era una sensación voraz y traicionera que le hacía anhelar cosas que jamás podría
tener. Cosas que sólo conseguirían acrecentar su sufrimiento. Y ya había sufrido el equivalente
a diez mil vidas humanas.
Tenía que sacársela de la cabeza.
Pero mientras estaba allí plantado, la soledad de su existencia se posaba sobre él con
saña.
«Muchacho, te dejas guiar por el corazón con demasiada frecuencia. Algún día te llevará
a la ruina.»
Se encogió al recordar la advertencia de su padre. Ninguno de los dos sabía en aquel
momento lo ciertas que acabarían siendo esas palabras.
Soy un Cazador Oscuro.
Tenía que aferrarse a la realidad. Era lo único que se interponía entre Amanda y lo que
sería su aniquilación.
Desiderius estaba ahí fuera y él debía detenerlo.
Pero lo que en realidad deseaba hacer, era bajar las escaleras, alzar a Amanda entre sus
brazos y llevarla hasta su casa donde pasaría la noche entera explorando cada centímetro
de su cuerpo con los labios, con las manos. Con la lengua.
–Soy un imbécil –masculló mientras se obligaba a ponerse la ropa que Julian le había
prestado.
No volvería a pensar en Amanda ni en el pasado. Tenía algo mucho más importante que
hacer. Algo que no podía dejar de lado. Protegía a la gente. Y viviría y moriría protegiéndolos,
lo que significaba que los deseos físicos que despertaba una mujer como Amanda estaban
estrictamente prohibidos.
Unos minutos después, vestido con unos vaqueros de Julian y un jersey negro de cuello
56
de pico, salió de la habitación con el abrigo de cuero sobre el hombro y bajó hasta el recibidor,
donde lo esperaban Julian, Grace, Amanda y los niños.
Julian le ofreció una pequeña bolsa de papel.
–¡Jolines! –dijo Kyrian al cogerla–, gracias papi. Te prometo que seré un buen chico y que
me portaré bien con los otros niños.
Julian soltó una carcajada.
–Payaso.
–Es mejor que ser un hazmerreír. –Kyrian mantuvo la compostura cuando miró a Amanda
y sintió que el deseo lo abrasaba. ¿Qué tenía esa mujer que le resultaba imposible mirarla
sin desear probar sus labios o sentir su cuerpo entre los brazos? Se aclaró la garganta antes
de hablar–. Aseguraos de que se queda aquí hasta que amanezca. Los Daimons no podrán
entrar sin una invitación.
–¿Y qué pasará mañana por la noche? –preguntó Grace.
–Desiderius estará muerto para entonces.
Julian asintió.
Kyrian se dio la vuelta para marcharse, pero, antes de que llegar a la puerta, Amanda lo
agarró del brazo con suavidad y lo detuvo.
–Gracias –le dijo.
Él inclinó la cabeza.
Márchate. Porque si no lo hacía, acabaría sucumbiendo a la exigente necesidad que sentía
en su interior.
Apartó los ojos de Amanda y miró a Grace.
–Ha sido un placer conocerte, Grace.
–Lo mismo digo, general.
Antes de que pudiera moverse para acercarse a la puerta, Amanda volvió a sujetarlo y
tiró de él hasta que quedó frente a ella y, sin saber muy bien lo que hacía, le dio un beso en
la mejilla.
–Ten cuidado –le dijo en un susurro mientras se alejaba de él.
Petrificado, Kyrian sólo atinó a parpadear. Pero lo que más lo conmovió fue la preocupación
que vio en esos ojos de un azul cristalino; la preocupación que Amanda sentía en su
corazón. No quería que le hicieran daño.
Desiderius está esperando.
Ese pensamiento pasó veloz por su mente. Tenía que marcharse.
Pero alejarse de Amanda era lo más difícil que había hecho jamás.
–Sé feliz, bombón –le deseó él.
–¿Bombón? –preguntó Amanda, ofendida.
Él sonrió.
–Después de lo de «chulo vestido de cuero», te debía una –le dijo dándole unas palmaditas
en la mano antes de apartarla de su brazo–. Son casi las ocho, será mejor que llames a
tu hermana.
Kyrian le soltó las manos y, al instante, la echó en falta.
Intercambió una mirada con Julian. Ésta sería la última vez que se vieran y ambos lo sabían.
–Adiós, adelphos.
–Adiós hermano –le contestó Julian.
57
Kyrian se dio la vuelta, abrió la puerta y se dirigió en solitario hacia el coche. Una vez en
el interior del vehículo, no pudo resistir la tentación de mirar atrás. Aunque no pudiera ver
a Amanda, aún podía sentir su presencia al otro lado de la puerta, mirándolo.
Era incapaz de recordar la última vez que alguien se había entristecido al ver cómo se
marchaba. Y tampoco recordaba haber sentido antes esa absurda necesidad de mantener a
su lado a una mujer a cualquier precio.
Cinco
Después de que Kyrian se marchara, Amanda llamó a Tabitha y la tranquilizó, asegurándole
que se encontraba a salvo. Se dio una ducha rápida y se vistió con una sudadera y
unos pantalones deportivos de Grace. Cuando ésta y los niños se retiraron para dormir, ella
se sentó en el sofá con un plato de espaguetis.
Julian salió de la cocina y le ofreció una Coca-Cola antes de sentarse en uno de los sillones.
–Bien –dijo–, ¿por dónde empiezo?
Amanda no tuvo que pensarlo.
–Por el principio. Quiero saber exactamente qué es un Cazador Oscuro y qué son los Daimons.
De dónde vienen los apolitas y qué relación hay entre todos ellos.
Julian soltó una carcajada.
–Vas directa al grano, ¿verdad? –Mientras giraba el vaso de té helado entre las manos
pareció sopesar la mejor forma de contestar sus preguntas–. En momentos como éste me
gustaría que la Kynigostaia de Homero hubiese sobrevivido al paso del tiempo.
–¿Kyni qué?
Él se volvió a reír y tomó un sorbo de té.
–Recogía el nacimiento de los Kynigstosi, los Cazadores Oscuros, y podría haber respondido
a la mayoría de tus dudas. Narraba con detalle el nacimiento de las dos razas que una
vez dominaron la tierra: los humanos y los apolitas.
Amanda asintió brevemente.
–De acuerdo. Sé de donde vienen los humanos, pero no sé nada de los apolitas.
–Hace eones, Apolo y Zeus caminaban por la ciudad de Tebas cuando, de repente, Zeus
declaró la grandeza de la raza humana y la llamó «el pináculo de la perfección terrenal».
Apolo soltó un bufido y dijo que podía mejorarse en muchos aspectos. Se jactó de poder
crear fácilmente una raza superior y Zeus lo retó a que lo hiciera. Así es que Apolo buscó
una ninfa que estuviese de acuerdo en dar a luz a sus hijos.
»En tres días nacieron los primeros apolitas. Tres días más tarde esos niños habían alcanzado
la madurez y tres días después estaban preparados para ser los regentes de la tierra.
Amanda se limpió los labios con la servilleta.
–Entonces, los apolitas son los hijos de Apolo. Lo he pillado. ¿Y por qué algunos de ellos
se convierten en Daimons?
–¿Por qué no te esperas? Soy yo el que está contando la historia –le dijo Julian pacientemente,
con la misma voz que Amanda suponía que usaba con sus alumnos de la facultad–.
Puesto que los apolitas nacieron con un intelecto, una belleza y una fuerza superiores a los
de los humanos, Zeus los envió a vivir a la isla de la Atlántida, donde esperaba que vivieran
en paz. No sé si has leído los Diálogos de Platón...
–No te ofendas, pero me pasé toda la carrera evitando las asignaturas de letras…
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Julian sonrió.
–Da igual. De todos modos, la mayoría de lo que Platón escribió acerca de la Atlántida es
cierto. Eran una raza agresiva que quería dominar la tierra y, como broche final, también el
Olimpo. A Apolo no le importaba ya que, una vez cumplidos sus propósitos, él se convertiría
en el dios supremo.
Amanda supo a dónde llevaba todo esto.
–Apuesto a que el viejo Zeus estaba contentísimo con esa idea.
–Estaba encantado –le contestó Julian irónicamente–. Pero no tanto como los pobres griegos
que estaban siendo abatidos por los apolitas. Los humanos se dieron cuenta de que luchar
no los llevaría a ningún sitio, por lo que idearon un plan para que Apolo cambiara de
bando. Eligieron a la mujer más hermosa nacida entre la raza humana, Ryssa y se la entregaron
a Apolo como amante.
–¿Era más hermosa que Helena de Troya?
–Todo esto sucedió muchísimo antes de que Helena naciera y, sí, según las crónicas ella
era la mujer más hermosa que el mundo ha visto jamás. De cualquier forma, Apolo –siendo
como es…– no pudo resistirse a Ryssa. Se enamoró de ella y, finalmente, la mujer quedó
embarazada. Cuando la reina de los apolitas escuchó lo que sucedía, se enfureció tanto que
envió a un grupo de asesinos para que acabaran con la vida de la madre y del niño. La reina
dio instrucciones a sus hombres para que el crimen pareciera ser el ataque de un animal
salvaje, de modo que Apolo no se vengara de los apolitas.
Amanda soltó un silbido e imaginó lo que ocurrió después.
–Apolo lo descubrió.
–Exacto, y no le sentó muy bien. No sé si sabrás que Apolo es también el dios de las plagas.
Destruyó la Atlántida y hubiese destruido a todos y cada uno de sus habitantes si Artemisa
no lo hubiera detenido.
–¿Y por qué lo hizo?
–Porque los apolitas eran carne y sangre de Apolo. Destruirlos hubiese significado acabar
con el propio dios y eso habría supuesto el fin del mundo tal y como lo conocemos.
–¡Vaya! –exclamó Amanda con los ojos abiertos de par en par–. Qué desastre. Menos mal
que lo detuvo.
–Eso pensó el resto del panteón griego. Pero Apolo quería vengarse. Y lo hizo. Prohibió a
los apolitas caminar bajo la luz del sol para no tener que verlos nunca más y recordar su
traición. Puesto que habían intentado hacerle creer que Ryssa había sido atacada por un
animal salvaje, les dio características animales: colmillos, sentidos muy desarrollados…
–¿Y la velocidad y la fuerza?
–Ya la tenían; junto con las habilidades psíquicas que Apolo no pudo quitarles.
Amanda frunció el ceño.
–Pensaba que los dioses podían hacer cualquier cosa que se les antojase. ¿No consiste
en eso lo de ser dios?
–No siempre. Tienen leyes a las que atenerse, igual que nosotros. Pero en el caso de los
poderes psíquicos es diferente; una vez ese canal se abre no puede volver a cerrarse. Por
eso Apolo no pudo quitarle a Cassandra el don de la adivinación del futuro cuando ella lo rechazó.
Lo que hizo fue enmarañarlo todo, de modo que nadie creyera en sus profecías.
–¡Claro!, eso tiene sentido –dijo Amanda antes de beber un sorbo de Coca-Cola–. Vale,
entonces los apolitas tienen poderes psíquicos, son muy fuertes y, además, no resisten la
luz del sol. ¿Y lo de beber sangre? ¿Lo hacen o no?
–Sí. Beben sangre, pero sólo si proviene de otro apolita. De hecho, a causa de la maldición
de Apolo, están condenados a alimentarse los unos de los otros cada pocos días para
no morir.
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–¡Puaj! –exclamó ella arrugando la nariz–. Eso es asqueroso –dijo, temblando ante la
mera idea de tener que vivir de ese modo–. Algunos de ellos beben sangre humana, ¿no es
cierto?
Julian vaciló antes de contestar.
–No exactamente. Si se convierten en Daimons, beberán de los humanos; pero no es la
sangre lo que buscan… es el alma.
Amanda alzó una ceja y sintió un escalofrío en la espalda. Kyrian no había estado bromeando
en ese aspecto. Genial.
–¿Y por qué necesitan robar nuestras almas?
–Los apolitas sólo viven veintisiete años. El día de su vigésimo séptimo aniversario mueren
de forma lenta y dolorosa; sus cuerpos se desintegran, literalmente, y se convierten en
polvo en un plazo de veinticuatro horas.
En esta ocasión, Amanda hizo un gesto de dolor.
–Eso es horrible. Supongo que la moraleja de la historia es que no hay que cabrear al
dios de las plagas.
–Sí –contestó Julian sombríamente–. Para evitar su destino, la mayoría de los apolitas se
suicidan el día anterior a su cumpleaños. Otros deciden convertirse en Daimons. Como tales,
burlan la sentencia de muerte apropiándose de almas humanas y manteniéndolas en
sus cuerpos. En tanto las almas humanas vivan en su interior, podrán seguir existiendo.
Pero el problema reside en que el alma de un humano no puede vivir mucho tiempo en el
cuerpo de un apolita, y comienza a morir casi en el mismo instante en que es robada de su
verdadero dueño. Como resultado, los Daimons se ven obligados a perseguir y matar humanos
cada pocas semanas para poder seguir viviendo.
Amanda era incapaz de imaginarse el tormento que debía suponer ser asesinado por un
apolita y perder no sólo la vida, sino también el alma.
–¿Qué sucede con las almas que mueren?
–Están perdidas para siempre. Por eso existen los Cazadores Oscuros. Su trabajo consiste
en buscar a los Daimons y liberar las almas antes de que expiren.
–¿Y lo hacen de forma voluntaria?
–No, más bien son obligados.
Amanda lo miró, ceñuda.
–¿Obligados de qué forma?
Julian bebió otro sorbo de té y miró al suelo con una expresión extraña. Daba la sensación
de estar recordando su pasado. Algo doloroso.
–Cuando alguien sufre una horrible injusticia –explicó en voz baja–, su alma grita tan
fuerte que el sonido llega hasta el Olimpo. Si Artemisa lo escucha, se acerca a la persona
que acaba de gritar y le ofrece un trato: un solo Acto de Venganza en contra de aquellos
que hicieron el mal y, a cambio, ella obtiene un juramento de lealtad y un nuevo integrante
para su ejército de Cazadores Oscuros.
Amanda respiró hondo intentando procesar toda la información.
–¿Y tú cómo sabes todo esto?
Julian alzó la cabeza y la abrasó con su intensa mirada.
–Porque mi alma gritó así el día que mis hijos murieron.
Ella tragó saliva al observar el odio y el dolor que reflejaban los ojos de Julian. Eran tan
evidentes que hasta ella se sentía embargada por el sufrimiento.
–¿Fue Artemisa hasta ti para ofrecerte el trato?
–Sí, pero la rechacé.
60
–¿Y por qué?
Julian apartó la mirada.
–Mi venganza iba dirigida a otro dios y sabía que ella no podía permitirlo.
Amanda sabía que Julian había estado atrapado en un pergamino, conocía muy bien su
historia, pero ahora le interesaba más Kyrian.
–Kyrian vendió su alma a cambio de poder vengarse de su esposa, ¿verdad?
Él asintió.
–Pero no lo juzgues muy duramente.
–No lo hago –le dijo ella con honestidad. No sabía qué le había ocurrido a Kyrian y, hasta
que no lo averiguara, no podía juzgarlo responsable de nada–. Dime una cosa, Julian, ¿hay
algún modo de que un Cazador Oscuro recupere su alma?
–Sí, pero casi nadie lo ha conseguido. La prueba es diferente para cada uno de ellos.
–Lo que significa que no puedes decirme el modo de liberar a Kyrian.
–Lo que significa que no tengo la más remota idea de cómo liberar a Kyrian.
Amanda asintió y cambió el rumbo de sus pensamientos.
–¿Los Cazadores Oscuros también tienen que beber sangre?
–No. Puesto que en un principio eran humanos, no tienen necesidad de hacerlo. Además,
si tuviesen que preocuparse de alimentarse de ese modo, sus habilidades para detectar a
los Daimons se verían afectadas.
–¿Y entonces por qué tienen colmillos?
–Para poder detectar a los Daimons y darles muerte se les otorgaron las mismas características
que a éstos. Los colmillos van en el paquete.
Amanda no tuvo problemas en entenderlo.
–¿Por eso les resulta mortal la luz del sol?
–Más o menos. Pero en el caso de los Cazadores Oscuros es más una consecuencia de
servir a Artemisa, que es la diosa de la luna, y de resultar abominables para Apolo.
–Pero eso no parece justo.
–Los dioses rara vez lo son.
Horas más tarde, Kyrian permanecía sentado en su coche, maldiciendo el rumbo traicionero
de sus pensamientos. Todavía podía ver a Amanda. Escuchar el sonido de su dulce y
suave voz. Sentirla contra su cuerpo mientras le acariciaba el pecho.
Habían pasado siglos desde que deseara a una mujer de ese modo. Creía que esa parte
de sí mismo había quedado olvidada el día que se convirtió en un Cazador Oscuro. Según
pasaban los siglos, había ocasiones en que sentía un ligero interés por una mujer, pero había
aprendido a controlarlo. A enterrarlo.
Pero todas esas necesidades, olvidadas hacía tanto, habían despertado con las caricias
de una hechicera que estaba resultando ser letal para su cordura. Su recuerdo lo distraía.
Lo atormentaba.
La deseaba de un modo que rayaba la desesperación.
¿Por qué? ¿Qué tenía Amanda que él anhelaba tanto? No sabía nada de ella, excepto
que poseía un gran sentido del humor y que bajo su fuego se ocultaba una dulzura increíble.
Y la deseaba como jamás había deseado a una mujer. Ni siquiera a su esposa.
No tenía sentido.
61
Apagó el motor antes de bajarse del coche y entrar en casa. Arrojó las llaves sobre la encimera
de la cocina y se detuvo. La casa estaba en completo silencio, excepto por los sonidos
que llegaban del piso superior.
Kyrian atravesó las habitaciones oscuras y subió la escalera de caoba tallada hasta llegar
a la segunda planta y detenerse ante la puerta de su despacho. Un haz de luz se derramaba
sobre la alfombra persa, por debajo de la puerta cerrada.
Sin hacer ruido, giró el picaporte y abrió la puerta.
–Nick, ¿qué coño estás haciendo aquí?
Lanzando una sonora maldición, su Escudero se levantó de la silla giratoria de un salto.
Kyrian tuvo que reprimir una carcajada al ver a ese hombre de un metro y noventa y dos
centímetros dispuesto a matarlo. Los ojos azules de Nick lanzaban fuego y un músculo palpitaba
en su mandíbula, firmemente apretada. El joven se mesó la melena castaña que le
caía hasta los hombros.
–¡Jesús, Kyrian! ¿Es que nunca vas a aprender a hacer ruido cuando te mueves? Me has
dado un susto de muerte.
Kyrian se encogió de hombros con indiferencia.
–Pensaba que te irías a casa temprano.
Nick enderezó la silla y se sentó de nuevo, tomando impulso para colocarse de nuevo
tras el escritorio.
–Tenía intención de hacerlo, pero quise terminar la investigación sobre Desiderius.
Kyrian sonrió. Nick Gautier podía ser un listillo impetuoso y un coñazo la mayor parte del
tiempo, pero se podía confiar en él. Por eso lo había elegido como Escudero y lo había introducido
en el reino de los Cazadores Oscuros.
–¿Algo nuevo?
–Podría decirse que sí. He descubierto que tiene doscientos cincuenta años.
Sorprendido, Kyrian alzó una ceja. Que él supiera, ningún Daimon había vivido tanto.
–¿Cómo es posible?
–No lo sé. Todos los Cazadores Oscuros que van tras él acaban muertos. Parece que a tu
amiguito Daimon le gusta haceros sufrir. –Volvió a mirar el monitor–. No hay nada en la
base de datos de Acheron sobre su modus operandi y cuando hablé con Ash hace ya un
rato me dijo que no tenía ni idea de dónde procedía Desiderius ni de qué buscaba. Pero lo
estamos investigando.
Kyrian asintió.
–¡Ah, por cierto! –dijo Nick mirándolo por encima del hombro–. Estás hecho un desastre.
–Ya lo sé, todos os empeñáis en decirme lo mismo.
Nick sonrió hasta que se fijó en la ropa de Kyrian.
–¿Por qué no llevas tu uniforme de tipo-malo-mata-Daimons?
Kyrian no estaba de humor para explicárselo.
–Hablando de eso, necesito que me compres un abrigo de cuero hoy.
La sospecha oscureció los ojos azules de Nick.
–¿Por qué?
–El viejo tiene un agujero en el hombro.
–¿Y eso?
–Me atacaron. ¿Por qué si no?
Nick no pareció muy contento con las noticias.
62
–¿Estás bien?
–¿Qué aspecto tengo?
–Horrible.
No había modo de esconderse de Nick.
–Estoy bien. ¿Por qué no te vas a una de las habitaciones de invitados a dormir? Ya son
las cuatro de la madrugada.
–Dentro de un rato. Primero quiero dejar esto acabado. Además, estoy a punto de descubrir
qué hizo Sundown para cabrear a Ash.
Kyrian escuchó el sonido que avisaba a Nick de que tenía un nuevo mensaje en el ordenador.
–Dile a Jess que deje de burlarse de Ash si no quiere acabar chamuscado.
Nick frunció el ceño.
–¿Jess?
–El verdadero nombre de Sundown es William Jessup Brady. Creía que lo sabías.
Nick soltó una carcajada.
–Joder, no. Pero conozco a unos cuantos escuderos que pagarían bastante por saberlo –
dijo con una mirada especulativa–. Rogue tampoco es el verdadero nombre de Rogue, ¿verdad?
–No. Se llama Christopher «Kit» Baughy.
Nick soltó una risilla satisfecha.
–Eso sí que me reportaría serios beneficios.
–No –le corrigió Kyrian–. Eso te reportaría una buena patada en el culo si Rogue descubre
que lo sabes.
–Tú ganas. Lo guardaré en el archivador de chantajes, para cuando necesite que un Cazador
Oscuro me haga un favor.
Kyrian meneó la cabeza. El chico era incorregible.
–Hasta la noche.
–Vale, que descanses.
Kyrian cerró la puerta y cruzó el largo pasillo que llevaba hasta su cuarto. La enorme y
suntuosa habitación, de colores oscuros y relajantes que no herían los ojos, le dio la bienvenida.
Nick había encendido las tres velas del pequeño candelabro de pared y el suave resplandor
creaba sombras sobre el papel color borgoña.
Esa estancia era el santuario donde Kyrian se ocultaba de la luz del día.
Había ordenado que sellaran las ventanas y las cubrieran tan pronto como compró la antigua
casa colonial de estilo neoclásico. Ningún Cazador Oscuro dormiría en un lugar donde
el sol pudiera penetrar accidentalmente.
Se quitó la ropa y se tumbó en la enorme cama en la que dormía desde el siglo XIV, pero
su mente insistía en seguir dándole vueltas a sus tribulaciones.
Desiderius le había dado esquinazo y, durante los próximos días, estaría fuera de su alcance.
Joder.
No podía hacer nada. Excepto esperar y estar preparado en el momento en que Desiderius
emergiera. Al menos estaba tranquilo porque sabía que el Daimon iría primero a por él.
Eso le daría algo más de tiempo para mantener a salvo a Amanda y a Tabitha.
Amanda.
63
El nombre flotaba en su mente, junto con el recuerdo de sus brillantes ojos azules. La
entrepierna se le tensó al instante bajo las frescas sábanas de seda. Gruñó al sentir el dolor
del deseo no saciado.
–No es mía –murmuró.
Y, por todos los dioses del Olimpo, jamás lo sería, sin importar lo mucho que lo deseara
su destrozado corazón.
Seis
Amanda gimió al sentir que una mano, cálida y fuerte, le acariciaba el estómago desnudo
y se deslizaba hasta la cadera. De forma instintiva, se giró en dirección a las caricias,
con el cuerpo enfebrecido por el deseo.
Kyrian le dio la vuelta hasta dejarla tumbada de espaldas y capturó sus labios. Amanda
sintió que todo comenzaba a dar vueltas por el impacto de su fuerza y su poder. Jamás en
su vida había experimentado nada semejante al roce de su lengua jugueteando entre sus
labios. O a la sensación de ese cuerpo soberbiamente formado moviéndose de forma sinuosa
contra ella.
El deseo se acrecentó.
El beso de Kyrian era salvaje y ardiente, pero teñido de una extraña ternura. Cerró los
ojos y disfrutó del olor especiado de su piel, del calor de su boca. Enterró las manos en el
cabello dorado y se deleitó al sentir cómo las ondas se deslizaban entre sus dedos.
Él se apartó y la miró con una avidez tan palpable que Amanda se encendió aún más,
mientras sentía los deliciosos músculos de los hombros de Kyrian contrayéndose bajo sus
manos.
–Serás mía –le dijo con tono posesivo y cierta agresividad.
–Y tú serás mío –le contestó ella, sonriendo, y entrelazó las piernas alrededor de sus estrechas
caderas.
La diabólica sonrisa de Kyrian, que dejó a la vista sus colmillos, le robó el aliento. Sin dejar
de abrazarla, giró hasta quedar de espaldas con Amanda sobre su cuerpo.
Mordiéndose el labio, ella observó su apuesto rostro mientras sentía ese cuerpo, duro y
viril, entre los muslos. Con una necesidad abrumadora, comenzó a frotarse contra el largo y
endurecido miembro de Kyrian, que gimió en respuesta a sus caricias antes de recorrer su
cuerpo con una mirada famélica e incorporarse un poco para cubrirle los pechos con la calidez
de sus manos y apretarlos con suavidad, a lo que ella respondió cubriéndole las manos
con las suyas.
–Podría estar toda la noche mirándote –le susurró Kyrian.
Amanda no encontró objeción alguna al comentario, puesto que nada la complacería
más que contemplarlo durante el resto de la eternidad mientras se paseaba desnudo.
Esa forma de andar… ese cuerpo…
Eran mucho más de lo que una simple mortal podía soportar.
Kyrian alzó las caderas, impulsándola hacia delante. Amanda apoyó las manos a ambos
lados del cuerpo de él para sujetarse y se inclinó, dejando que el pelo cayera en cascada a
su alrededor y les proporcionara un oscuro dosel.
–Ahora te tengo donde quería. –Kyrian le tomó el rostro con ambas manos y buscó sus
labios. Su boca la atormentaba, chupando el labio inferior y mordisqueándolo con suavidad.
Un gemido escapó de sus labios cuando la mano de Kyrian bajó desde el pecho, deslizándose
por el costado, y llegó hasta el centro de su cuerpo.
–Y esto es lo que más deseo –dijo antes de introducir dos dedos en su interior.
64
Amanda siseó de placer mientras esos dos dedos la torturaban sin piedad. Dentro y fuera,
moviéndose en círculos, avivando el fuego que amenazaba con consumirla.
Él abandonó sus labios un momento.
–Dime qué es lo que deseas.
–A ti –jadeó ella sin aliento.
–Entonces, me tendrás. –Kyrian la agarró por las caderas y la acercó hasta su erección.
Amanda anhelaba sentirlo en su interior y aguardaba, expectante, mordiéndose los labios.
Deseaba con todas sus fuerzas tenerlo dentro y compartir la más íntima de las experiencias.
Sintió que el extremo de su verga presionaba sobre la entrada. Y justo cuando pensaba
que se deslizaría en su interior, la alarma del despertador comenzó a sonar.
Se despertó sobresaltada. Miró a su alrededor, aturdida, observando la desconocida habitación
donde se encontraba. Tardó todo un minuto en recordar que estaba en la habitación
de los mellizos, en casa de Grace. ¿Todo había sido un sueño? Pero era tan real… juraría
que aún sentía las manos de Kyrian sobre el cuerpo y su aliento rozándole el cuello.
–No es justo –gimoteó mientras salía de la cama y apagaba el despertador. Se había despertado
justo cuando llegaba lo interesante.
¿De verdad había sido sólo un sueño? ¿Tan sólo un sueño sobre un misterioso desconocido
que ocultaba su sufrimiento tras el sarcasmo y que la había cautivado con unos ojos oscuros
y letales?
Haciendo un enorme esfuerzo por olvidar la intensidad de las imágenes que había creado
su subconsciente, se envolvió en el grueso albornoz de Grace y salió para ir al baño.
–¿Quién los envía? –preguntó Grace.
Amanda se detuvo en mitad del pasillo al escuchar a Grace y Julian, que estaban hablando
en la planta baja.
–Supongo que son de Kyrian –le contestó su marido.
Bostezando, Amanda bajó las escaleras y los encontró a ambos en la sala de estar, rodeados
de bolsas y paquetes. Julian ya estaba vestido para ir a trabajar, con unos chinos y un
jersey. Grace llevaba un camisón premamá de color azul y, junto a ella, Niklos estaba haciendo
trizas un trozo de papel que sobresalía de una bolsa.
–¿Qué es todo esto? –preguntó Amanda.
Julian se encogió de hombros.
–Tienes razón –dijo Grace al encontrar una nota en una de las bolsas–. Son de Kyrian. –
Se detuvo para leer la nota y se rió–. Lo único que dice es: «Gracias por la tirita». –Le pasó
la nota a su marido.
Julian dejó escapar un exagerado suspiro mientras la leía.
–En nuestra época existía la costumbre de llevar regalos cada vez que se visitaba a un
amigo. Pero… joder, no tantos. –Se pasó una mano por el pelo mientras observaba la montaña
de paquetes–. Kyrian siempre ha sido un hombre generoso, pero… joder –volvió a repetir–.
Supongo que volvió anoche y dejó todo esto aquí mientras dormíamos.
Amanda estaba atónita. Parecía el día de Navidad… en casa de los Rockefeller. Observó
cómo Grace sacaba docenas de juguetes para los mellizos: muñecas para Vanessa, un juego
de construcción para Niklos, un tren, un caballito…
Grace sacó una caja pequeña de una de las bolsas.
–Éste es para ti –le dijo a su marido, ofreciéndole el regalo.
Julian abrió la caja y su rostro perdió todo el color. Grace miró el contenido y jadeó.
–Es tu anillo de general –dijo, intercambiando una mirada perpleja con Julian–. ¿Cómo lo
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habrá conseguido? –preguntó.
Amanda se acercó para echarle un vistazo al anillo. Como el de Kyrian, tenía una espada
de diamantes y una corona de laurel formada por esmeraldas sobre un fondo de rubíes.
–Se parece al que lleva Kyrian. Excepto que el suyo tiene una corona.
Julian asintió.
–El suyo lleva la marca de la realeza mientras que el mío es estrictamente militar.
Confundida, Amanda alzó la vista y miró a Julian.
–¿Realeza?
–Kyrian era un príncipe –le contestó escuetamente–. El único heredero al trono de Tracia.
Amanda se quedó con la boca abierta.
–¿Los romanos crucificaron a un príncipe heredero? Pensaba que no podían hacerlo.
La mandíbula de Julian se tensó.
–Teóricamente no podían, pero el padre de Kyrian lo desheredó el día que se casó con
Theone.
–¿Por qué? –preguntó Amanda.
–Porque era una hetaira. –Julian notó que Amanda fruncía el ceño, confundida, y añadió–:
Eran mujeres de clase baja, entrenadas para complacer a los hombres ricos y hacerles compañía.
–¡Ah! –exclamó ella, comprendiendo el motivo de la ira de la familia–. ¿Estaba buscando
compañía cuando la conoció?
Julian negó con la cabeza.
–Kyrian la conoció en la fiesta de un amigo y quedó subyugado. Juraba que había sido
amor a primera vista. Todos intentamos hacerle entender que Theone sólo iba tras su dinero,
pero se negó a escucharnos. –Soltó una carcajada teñida de amargura y continuó–. En
aquella época no escuchaba a nadie, era muy típico de él. Su padre lo adoraba, pero cuando
Alkis descubrió que Kyrian había roto el compromiso con la princesa macedonia con la
que estaba prometido, para casarse con Theone, se puso muy furioso.
»Alkis le dijo que un rey no podía gobernar con una puta al lado. Discutieron y, finalmente,
Kyrian se fue a caballo del palacio de su padre, directo a casa de Theone y se casó con
ella ese mismo día. Cuando su padre lo descubrió, le dijo que estaba muerto para él.
Amanda sintió una opresión en el pecho al escuchar a Julian; compartía su sufrimiento y
notó que el corazón se le desgarraba de dolor.
–Entonces, ¿lo dejó todo por ella?
Julian asintió, ceñudo.
–Lo peor de todo es que Kyrian jamás le fue infiel. Vosotras no podéis entender lo que
eso significaba. En nuestros días no existía la monogamia. No se sabía de ningún hombre
que fuese fiel a su esposa, especialmente uno de la posición y riqueza de Kyrian. Pero una
vez se casó con ella, jamás deseó estar con nadie más. Ni siquiera miró a otra mujer. –Los
ojos de Julian llamearon de furia–. En realidad vivió y murió por ella.
El corazón de Amanda sufría por Kyrian. Sabía que aún debía dolerle mucho.
Grace le ofreció tres bolsas que contenían cajas envueltas en papel de regalo.
–Éstas son para ti.
Amanda abrió la caja más grande y encontró un vestido camisero, de diseño y tejido
grueso. Deslizó la mano por la suave seda color azul marino. Jamás había tocado algo parecido.
Mirando en el interior de las bolsas, encontró unos zapatos y otras cajas con el nombre
de Victoria’s Secret. Ruborizada, no se atrevió a abrirlas delante de Julian y de Grace.
No a menos que quisiera morir de vergüenza.
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–¿Cómo sabía mi talla? –preguntó mientras comprobaba la etiqueta del vestido.
Julian se encogió de hombros.
Amanda se detuvo al encontrar una nota dirigida a ella. La letra era de trazo elegante y
resuelto.
«Siento mucho lo de tu jersey. Gracias por haberlo soportado todo tan bien.
Hunter.»
Amanda sonrió, aunque se sintió un poco dolida por el hecho de que se negara a usar su
verdadero nombre con ella. Sin duda era la forma que utilizaba para mantener las distancias
entre ellos. Que así fuera. Tenía derecho a mantener su intimidad. Tenía derecho a vivir
su peligrosa vida inmortal sin ningún tipo de relación con un humano. Si quería seguir siendo
Hunter para ella, lo respetaría.
Pero aún así… después de todo lo que habían compartido la noche anterior…
En su corazón, le daba igual el nombre que usara. Ella sabía quién era, conocía la verdad.
Recogió los regalos y se encaminó escaleras arriba para arreglarse antes de irse a trabajar.
No obstante, lo que en realidad deseaba era darle las gracias a Hunter por su amabilidad.
Después de la ducha, abrió los regalos y encontró un tesoro de lencería atrevida. Hunter
le había comprado unas medias de color azul marino que hacían juego con un liguero.
Como jamás había tenido uno, le llevó unos minutos imaginarse cómo se abrochaba. El conjunto
se completaba con un sujetador de seda y un tanga.
–Mmm… –para ser un hombre que quería mantener las distancias, había elegido algo
muy personal para ella. Pero claro, ¿qué era él sino un enigma?
Amanda se mordió el labio y acarició el vestido. Se sentía increíblemente femenina con
la suave lencería nueva y, cada vez que pensaba que las manos de Hunter habían tocado
su ropa interior, un escalofrío le recorría la espalda. Resultaba muy erótico saber que él había
deslizado sus dedos por el delicado encaje del tanga que ahora descansaba íntimamente
entre sus muslos. O por el interior del sujetador que ahora encerraba sus pechos.
Cómo deseaba tenerlo al lado para que la desvistiera... Para que la tocara de forma tan
íntima como había tocado la lencería. Al imaginar la expresión velada y oscura de su rostro
mientras la tomaba entre sus brazos y le hacía el amor, comenzó a respirar de forma entrecortada
y apretó los dientes con fuerza. Los pezones se le endurecieron, doloridos, ante la
idea.
Cogió el vestido, que estaba sobre la cama, y lo sostuvo sobre su cuerpo. Por un instante
creyó reconocer en él el exótico aroma de Hunter. El deseo la atravesó como una daga.
Mientras se lo ponía, la seda del vestido se deslizó sobre su piel y le hizo recordar el sueño.
Volvió a sentir las manos de Hunter recorriendo su cuerpo.
Dios, cómo deseaba que estuviese allí… Cómo deseaba poder observarlo mientras le desabrochaba
el vestido y descubría a la mujer que se escondía bajo él… Pero jamás sucedería.
Kyrian había desaparecido; había vuelto a su arriesgada existencia. Las punzadas de
deseo desaparecieron al instante, reemplazadas por un dolor agudo. Un dolor para el que
no encontraba explicación, pero que estaba allí. Profundo. Anhelante. Voraz.
Con un suspiro, se calzó los zapatos y bajó las escaleras; Julian la esperaba para llevarla
al trabajo.
–Siento mucho lo de Cliff.
Amanda apartó la mirada del escritorio, alzó la cabeza y contó hasta diez. Si una sola
persona más volvía a decírselo, se dejaría arrastrar por la locura, iría al despacho de Cliff y
lo despedazaría en trocitos pequeños y sangrientos.
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Le había contado a todo el personal de la empresa que habían roto y, arrogantemente,
había esparcido el rumor de que estaba tan destrozada que no había podido ir a trabajar el
día anterior.
¡Le daban ganas de matarlo!
–Estoy bien, Tammy –le dijo a la administradora de su sección con una sonrisa forzada.
–Eso es –contestó la mujer–. Mantén bien alto ese ánimo.
Amanda frunció los labios cuando Tammy se marchó. Al menos el día tocaba a su fin. Podría
irse a casa y…
Y soñar con el hombre alto y apuesto al que nunca volvería a ver.
¿Por qué le afectaba más la idea de no ver a Hunter que el hecho que de Cliff hubiera
cortado con ella? ¿Qué tenía Hunter que hacía que lo echara tanto de menos…?
En el fondo lo tenía muy claro: era guapísimo, inteligente y heroico; era misterioso y letal.
Y hacía que su corazón se acelerara cada vez que le dedicaba esa deslumbrante sonrisa.
Se había ido para siempre.
Deprimida, se preparó para marcharse. Tras meter los documentos en su maletín, salió
del despacho y se dirigió al ascensor. Pulsó el botón para bajar al vestíbulo; no quería dejar
a Grace esperándola durante mucho rato en el estacionamiento, con los mellizos. Además,
estaba cansada de estar en el despacho. Éste había resultado ser el día más largo de su
vida. ¿Por qué habría querido ser contable? Selena tenía razón, su vida era desquiciantemente
aburrida.
Al llegar al vestíbulo, las puertas se abrieron y echó un vistazo alrededor de la estancia
acristalada mientras salía. Aunque en el exterior ya había anochecido, las luces del estacionamiento
eran bastante potentes y vio que Grace aún no había llegado. ¡Joder! Estaba deseando
irse a casa.
Irritada, se acercó hasta la puerta para esperar allí. Mientras soltaba el maletín, Cliff salió
de uno de los ascensores, rodeado de sus amigos.
Genial, sencillamente genial. El día iba mejorando a pasos agigantados.
Al verla sola, Cliff se acercó a ella exhibiéndose como un pavo real.
–¿Ocurre algo? –le preguntó cuando se detuvo a su lado.
–No. Aún no han venido a recogerme –le contestó de forma educada.
–Bueno, si necesitas que te lleve a casa…
–No necesito nada de ti, ¿vale? –le espetó antes de cruzar la puerta y detenerse en el
exterior del edificio. Era mejor esperar fuera y congelarse por el viento helado antes que
pasar un solo minuto más al lado del último hombre al que le apetecía ver.
Cliff la detuvo al salir del edificio. Las luces de la calle arrancaban unos suaves destellos
a su pelo dorado.
–Mira, Mandy, no hay ningún motivo por el que no podamos ser amigos.
–No te atrevas a comportarte de forma caballerosa conmigo después de toda la basura
que dijiste ayer. ¿Quién te crees que eres para hablarle a todo el mundo de mi familia?
–Vale, Mandy, venga ya…
–Deja de llamarme Mandy cuando sabes que lo odio.
Él miró sobre su hombro y Amanda se dio cuenta de que la mitad del personal de la empresa
estaba escuchándolos.
–Vamos a ver, yo no fui el que se quedó ayer en casa porque estaba emocionalmente indispuesto
a causa de lo sucedido el sábado por la noche.
La furia de Amanda creció por momentos. ¿Emocionalmente indispuesta? ¿Ella?
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¿Por él?
Lo miró de arriba abajo. Y, por primera vez, fue consciente del gusano que tenía delante.
–Disculpa, pero yo tampoco estuve en casa ayer. De hecho, ¿quieres saber dónde estuve?
Me pasé todo el día en los brazos de un magnífico dios rubio. Fíjate lo deprimida que
estoy por ti.
Cliff soltó un resoplido.
–Ya veo. Sabía que era sólo cuestión de tiempo que tu familia acabara influyendo en tu
comportamiento. Estás tan loca como todos ellos. Apuesto a que no tardarás mucho en venir
a trabajar vestida de cuero negro y hablando sobre desintegrar vampiros a estacazos.
Amanda nunca había sentido un deseo tan fuerte de abofetear a alguien como el que
bullía en esos momentos en su interior. ¿Cómo había podido pensar que eran compatibles?
Era grosero y cruel. Peor aún, ¡juzgaba a la gente por las apariencias! Tabitha podía ser una
tarada, pero era su hermana ¡y nadie que no fuese de la familia tenía derecho a insultarla!
De repente, todos los defectos que no había visto en Cliff salieron a la luz. Y pensar que
había pasado todo un año de su vida intentando complacer a este cretino…
¡Era una idiota! Y una imbécil y una boba…
En ese momento notó cómo se le erizaba el vello de la nuca segundos antes de escuchar
el rugido de un motor bien afinado que se acercaba hasta donde estaban ellos.
Cliff giró la cabeza, miró a la calzada y se quedó boquiabierto.
Ella miró en la misma dirección, buscando el motivo de su distracción, y se quedó petrificada
al ver un impecable Lamborghini negro doblar para entrar en el estacionamiento y
aparcar en la acera, justo delante de ellos.
Sus labios dibujaron una sonrisa. No podía ser…
El corazón se le aceleró cuando la puerta se alzó y Hunter bajó del coche. Vestido con
unos vaqueros desgastados, un jersey gris y negro de cuello de pico y una chaqueta negra
de cuero, estaba tan imponente que quitaba el hipo.
Ese andar firme, arrogante y letal le estaba aflojando las rodillas.
–¡Ay Dios! –escuchó susurrar a Tammy mientras Hunter rodeaba el coche.
Él se detuvo delante de Amanda y la devoró con la mirada.
–Hola preciosa –le dijo con esa voz profunda y seductora–. Siento llegar tarde.
Antes de que pudiera reaccionar, Hunter la abrazó y le dio un beso sofocante. El cuerpo
de Amanda ardió en respuesta al roce de su lengua mientras él le presionaba la espalda
con los puños cerrados. Al momento se agachó y la cogió en brazos.
–¡Hunter! –balbució mientras la llevaba, sin esfuerzo aparente, hasta el coche.
Él le dedicó esa sonrisa tan suya, maliciosa y de labios apretados. El humor y el deseo le
daban un aspecto cálido y vivaz a esos ojos negros como la noche.
Con la punta del zapato abrió la puerta del asiento del acompañante y la dejó en el interior.
Recogió el maletín y el bolso que ella había dejado caer en la acera y se los dio antes
de darse la vuelta para mirar a Cliff con una sonrisa de complicidad.
–Es imposible no amar a una mujer cuyo único fin en la vida es verte desnudo.
La expresión del rostro de Cliff mientras observaba cómo Hunter cerraba la puerta del
coche antes de rodearlo –con su característico andar elegante–para ocupar su asiento, no
tenía precio.
Hunter se metió en el Lamborghini con un movimiento ágil y al instante abandonaron el
estacionamiento.
Mil emociones bullían en el interior de Amanda. Gratitud, felicidad y sobre todo, alegría
por verlo de nuevo, especialmente después de que tanto Julian como su propia mente hu-
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bieran intentado convencerla de que jamás volvería a encontrarse con él.
No podía creer lo que Hunter acababa de hacer por ella.
–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó mientras salían del estacionamiento.
–Me has estado volviendo loco durante todo el día –le contestó en voz baja–. Podía sentir
tu confusión y tu dolor, pero no sabía el motivo. Así es que llamé a Grace y me enteré de
que, supuestamente, tenía que recogerte a la salida del trabajo.
–Aún no me has explicado qué haces aquí.
–Tenía que comprobar que estabas bien.
–¿Y eso?
–No lo sé. Tenía que saberlo.
Reconfortada por sus palabras, Amanda comenzó a juguetear con el cinturón de seguridad.
–Gracias por la ropa. Y por lo que acabas de hacer con Cliff.
–Ha sido un placer.
En ese momento tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarse sobre él
y acariciarlo. Para no besar a su guapísimo héroe.
Hunter aceleró y se alejó del distrito empresarial.
–Hay una cosa que no entiendo, ¿por qué iba a querer una mujer como tú casarse con
alguien como él?
Amanda alzó una ceja.
–¿Cómo sabes que…?
–Tengo ciertas habilidades psíquicas, ¿lo recuerdas? Tu mente no deja de dar vueltas a
tus verdaderos sentimientos por el «estúpido cretino».
Amanda se encogió, avergonzada, y deseó poder ser capaz de bloquear sus pensamientos.
–También lo he oído –bromeó Hunter, haciendo que se preguntara si lo habría dicho en
serio.
–¿No puedes hacer algo para dejar de fisgonear en mi cabeza todo el tiempo? Me resulta
muy incómodo.
–Si quieres puedo renunciar a ese poder en tu caso.
–¿En serio? ¿Puedes prescindir de un poder cuando te venga en gana?
Él resopló.
–No exactamente. El único poder del que puedo prescindir es de la habilidad de leer los
pensamientos de otra persona.
–¿Y una vez que renuncias a él puedes recuperarlo?
–Sí, pero no es fácil.
–Entonces deshazte de él, tío.
Kyrian soltó una carcajada e intentó concentrarse en la carretera, pero sólo era consciente
de la abertura del vestido de Amanda, que dejaba una buena porción del muslo cubierto
de seda a la vista. Y, por si eso fuera poco, sabía lo que había debajo del vestido. Era
otra de las imágenes que lo habían torturado durante todo el día mientras intentaba dormir.
Las lujuriosas curvas de Amanda cubiertas por el liguero y el tanga… Sólo de pensarlo se
le hacía la boca agua. Lo único que quería era deslizar la mano bajo el exquisito dobladillo
hasta encontrar el pequeño trozo de seda que resguardaba la parte más privada de su
cuerpo.
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¡Uf, sí! Ya se imaginaba haciéndolo a un lado con los dedos para tener el camino despejado.
O desgarrando esa frágil y minúscula barrera antes de arrancársela de las caderas y
enterrarse en su cuerpo mientras ella lo rodeaba con las piernas enfundadas en las medias
de seda.
Hunter se movió y recordó, demasiado tarde, que debería haberse comprado unos pantalones
anchos.
Acariciarla sería llegar al paraíso.
Si el paraíso fuese una posibilidad para una criatura como él.
Apretó con más fuerza la palanca del cambio de marchas mientras la idea se abría paso
en su interior.
«Ninguna mujer te amará por otro motivo que no sea tu dinero. Recuerda lo que te digo,
muchacho. Los hombres como nosotros nunca conseguimos algo tan sencillo. Tu mayor esperanza
será tener un hijo que te quiera.»
Emitió un pequeño jadeo cuando los recuerdos, hacía tanto tiempo reprimidos, volvieron
a su mente con total claridad. Y al hilo de lo anterior rememoró las últimas palabras que le
dijo a su padre.
«¿Cómo podría amar a un hombre sin corazón como tú? No eres nada para mí, viejo. Y
no lo serás jamás.»
El dolor lo dejó sin aliento. La ira había sido la fuente de esas palabras, que ya jamás podrían
ser retiradas. ¿Cómo pudo hablarle así a la persona que más había amado y respetado?
–Entonces –dijo Amanda, distrayéndolo–, ¿qué pasó anoche con Desiderius? ¿Lo atrapaste?
Él agitó la cabeza para aclarar sus pensamientos y se concentró en el presente.
–Se metió en un refugio tras nuestro enfrentamiento.
–¿En dónde?
–En un refugio; el santuario de un Daimon –le explicó–. Son aberturas astrales entre dimensiones.
Los Daimons pueden quedarse en ellas durante un par de días, pero, cuando la
puerta vuelve a abrirse, se ven obligados a salir de nuevo.
Amanda estaba perpleja. ¿Sería cierto lo que describía?
–No puedo creer que haya algún tipo de poder que permita utilizar a los Daimons un refugio
para eludir la justicia.
–Y no lo hay. Los Daimons descubrieron los refugios por su cuenta. –La miró con una sonrisa
pícara–. Pero no me quejo. Eso hace que mi trabajo sea infinitamente más interesante.
–Bueno, mientras no te aburras… –le dijo con sarcasmo–. No me gustaría que tu trabajo
llegara a resultarte pesado algún día.
Hunter le lanzó una mirada que encendió su deseo.
–Chère, tengo la sensación de que sería imposible aburrirse contigo cerca.
Sus palabras tocaron uno de los puntos sensibles de Amanda.
–Eres el único que opina de ese modo –le dijo mientras recordaba la conversación con
Selena–. Siempre me han dicho que encabezo la fila que se dirige a la Ciudad del Aburrimiento.
Hunter se detuvo en un semáforo y clavó los ojos en ella.
–No entiendo el por qué de ese comentario; a mí no has dejado de sorprenderme desde
el momento en que me despertaste y me llamaste «guapetón».
Con el rostro encendido por el rubor, Amanda rió al recordarlo.
–Además –prosiguió él–, no puedes culpar a la gente por decir eso, cuando eres tú la que
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levanta la barrera protectora.
–¿Cómo dices?
Metió primera y continuó avanzando por la calle.
–Es verdad. Entierras la parte de ti misma que ansía las emociones bajo una profesión
tan aburrida que algún día sustituirá a los tranquilizantes. Vistes con colores apagados y
con jerseys de cuello vuelto que ocultan tu verdadera naturaleza.
–No es cierto –le contestó ella, temblando de rabia–. No me conoces lo suficiente para
decir eso. Y sólo me has visto vestida con un atuendo de mi elección.
–Cierto, pero conozco a la gente como tú.
–Sí, claro –murmuró con tono despectivo.
–Y he comprobado tu naturaleza apasionada de primera mano.
El rostro de Amanda se ruborizó aún más ante el comentario. No podía negar la verdad.
No obstante, eso no significaba que tuviera que gustarle el modo en que Hunter veía a través
de ella, como si se tratara de un cristal.
–Creo que tienes miedo de tu otra mitad –continuó él–. Me recuerdas a la ninfa griega
Lyta. Era un ser formado por dos mitades separadas. Las dos partes luchaban entre ellas,
haciéndola muy infeliz; y no sólo a ella, sino también a todo aquél que la conociese. Hasta
que un día, un soldado griego se encontró con las dos mitades y las reunió. Desde aquel
momento, Lyta vivió en armonía consigo misma y con los demás.
–¿Estás insinuando que te hago infeliz?
Él se rió a carcajadas.
–No. Me resultas muy divertida, pero creo que serías mucho más feliz si te aceptaras tal
y como eres y no lucharas tan enconadamente contra ti misma.
–¿Y eso me lo dice un vampiro que no bebe sangre humana? Dime, ¿no será que tú también
estás luchando contra tu verdadera naturaleza?
El comentario arrancó una sonrisa a Hunter.
–Quizás estés en lo cierto. Quizás yo también sería más feliz si liberara la bestia salvaje
que hay en mi interior. –La miró con desconfianza–. Me pregunto si serías capaz de manejar
esa parte de mí.
–¿A qué te refieres?
Él no contestó.
–¿Dónde te llevo, a casa de Julian, a la de tu madre o a la tuya?
–Bueno, ya que vas camino de mi casa supongo que me puedes dejar allí. Vivo cerca de
Tulane.
Kyrian hizo un esfuerzo supremo para permanecer atento al tráfico, pero seguía rememorando
una y otra vez escenas del sueño. Joder, no recordaba cuándo había sido la última
vez que tuvo un sueño tan real. Se había despertado muy temprano, duro y dolorido por el
deseo. Y, en aquel momento, creyó oler el aroma de Amanda en la almohada.
Sobre su piel.
Había pasado el resto del día intentando descansar todo lo posible, pero sólo había dormido
a ratos. Deseaba a esa mujer de un modo tan intenso que su simple proximidad lo hacía
temblar.
Nunca había anhelado algo con tanta fuerza como lo que ella había sugerido: liberarse y
devorarla.
Si se atreviera a hacerlo…
En cuanto oscureció salió de caza… a cazarla a ella. Era la primera vez en su vida como
Cazador Oscuro que había perseguido a un mortal.
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–¿Sabes una cosa? –le dijo ella con ese acento suave y cadencioso, provocándole una
descarga eléctrica que descendió por su espalda hasta llegar a la entrepierna–. No tenías
por qué recogerme. Podías haberme llamado a la oficina para saber si estaba bien.
Kyrian se aclaró la garganta al sentir que se ruborizaba. ¡Joder! ¿Iba a hacer que se le
subieran los colores? No se había ruborizado desde que era un jovenzuelo imberbe, hacía
ya dos mil ciento sesenta años.
–No tenía tu número.
–Podías haberlo buscado en la guía telefónica o pedirlo en información. Y, por supuesto,
Grace lo tiene.
Kyrian percibió su sonrisa sin mirarla.
–Coño, si hasta podías haberlo sacado de mi cerebro. –Lo miró con suspicacia y con una
súbita expresión perversa en el rostro–. Apuesto a que querías verme otra vez, ¿no es eso?
–No –contestó él demasiado rápido.
–Mmm… –La incredulidad se reflejó en su tono de voz–. ¿Por qué será que no acabo de
creérmelo?
–Seguramente porque nunca he sabido mentir.
Ambos rieron al unísono.
Lo observó mientras conducía. Se había puesto las gafas de sol y no era nada justo que
un hombre fuese tan guapo.
–¿Puedo preguntarte una cosa? –inquirió.
Él arqueó una ceja, expectante, pero no dijo nada y siguió mirando al frente.
–¿De verdad te gusta ser un Cazador Oscuro?
Hunter la miró y sonrió con esa sonrisa que dejaba ver los colmillos.
–Dime ¿cuántos trabajos hay por ahí que te permitan ser un héroe todas las noches? Mi
sueldo es astronómico y vivo eternamente. ¿Hay algo que no resulte atractivo en este empleo?
–¿Pero no te sientes solo a veces? –insistió ella.
–Puedes sentirte solo en mitad de una multitud.
–Supongo, pero…
Hunter la miró de soslayo.
–¿Por qué no me preguntas lo que en realidad quieres saber?
–Teniendo en cuenta que puedes leer mis pensamientos, ¿por qué no me respondes directamente?
Él sonrió con deleite, con la misma expresión que un lobo que acabara de encontrar su
próximo almuerzo.
–Sí, cielo, me pareces increíblemente sensual. Lo que más deseo en estos momentos es
llevarte a mi casa y hacerte gritar de placer.
El rubor cubrió de nuevo el rostro de Amanda.
–Odio cuando haces eso. Eres peor que Tabitha. ¡Dios Santo! ¿Todos los Cazadores Oscuros
compartís esta habilidad?
–No, nena, sólo la tengo yo. –Y después añadió–: Cada uno de nosotros tiene sus propias
habilidades.
–Si te soy sincera, me encantaría que la tuya fuese totalmente diferente.
–Muy bien cariño. Contigo, se acabó. Ya no volveré a leerte la mente.
Mientras lo observaba, Amanda se dio cuenta de que debajo de esa apariencia de chulo
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y fanfarrón había un buen corazón.
–Eres un buen hombre, Hunter.
–Soy un buen vampiro, querrás decir.
–Sí, pero no vas por ahí bebiendo la sangre de la gente.
Los labios de Hunter se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.
–Julian te lo dijo, ¿no?
–Sí. Me dijo que los Cazadores Oscuros, al contrario que los apolitas, se libraron de esa
parte de la maldición de Apolo.
–Para tu información –le dijo de forma inquietante–, no necesitamos sangre para vivir,
pero un cierto número de Cazadores Oscuros, a los que llaman Bebedores, sí la toman. –
Cambió de marcha–. Me parece que Julian y tú pasasteis demasiado tiempo hablando anoche.
–Es posible. –Pero claro, Hunter se había convertido en su tema de conversación favorito.
Había tenido al pobre Julian despierto hasta bien entrada la madrugada, preguntándole
cosas sobre Kyrian y los Cazadores Oscuros–. ¿Es verdad que los apolitas sólo viven veintisiete
años?
Él asintió.
–Eso es lo que los hace tan peligrosos. La mayoría de ellos darían cualquier cosa por vivir
un solo día más.
Y ésa era la razón –según Julian– de que los Cazadores Oscuros no tuvieran alma. Así se
evitaba que los Daimons se hicieran con las almas más poderosas. Cuanto más fuertes fuesen
las almas robadas, más podrían vivir los Daimons gracias a ellas.
–Alguien como tú –le dijo Kyrian–, es un objetivo primordial para los Daimons. Cuando roban
un alma como la tuya, obtienen todos los poderes psíquicos que la acompañan.
Amanda resopló.
–Yo no tengo poderes.
–Si esa mentira te hace feliz…
–No es ninguna mentira –se defendió ella–. No tengo ninguna habilidad provechosa. Por
lo menos ninguna que no esté relacionada con devorar números.
–Vale, devoradora de números, te creo. –Pero el tono con el que lo dijo desmentía sus
palabras.
Amanda miró con ojos entornados al pedazo de testarudo que tenía al lado y le dio las
indicaciones precisas para llegar a su casa. Según se acercaban al lugar, comenzó a ver algunas
nubes de humo que ascendían hacia el cielo.
–¿Eso es un incendio?
–Sí; y parece que es grande.
–¡Oh, no! –musitó al aproximarse y ver que era su casa la que ardía.
Pero Hunter no se detuvo allí, continuó bajando la calle hacia la casa de Tabitha que
también estaba siendo consumida por las llamas.
Amanda se abalanzó para abrir la puerta con los ojos arrasados de lágrimas.
–¡Tabitha! –chilló, aterrorizada ante la idea de que su hermana pudiera estar dentro del
edificio.
En un abrir y cerrar de ojos, Hunter salió del coche y entró corriendo en la casa. Con el
corazón martilleándole en el pecho, Amanda salió del Lamborghini a trompicones. Se quitó
los zapatos de tacón de una patada y se dirigió a toda prisa hacia el porche, pero no se
atrevió a entrar en la casa descalza.
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–¿Hunter? –lo llamó, intentando distinguir algo entre las llamas–. ¡Tabitha!
Por favor, que esté bien. Por favor, ¡que Tabby esté todavía en el trabajo!
Mientras esperaba allí, intentando vislumbrar a Kyrian o escuchar su voz, una moto entró
en el jardín y se detuvo con un chirrido de frenos junto al camino de entrada.
A la velocidad del rayo, el motorista se quitó el casco negro, lo tiró al suelo y entró en la
casa tan rápido que Amanda no pudo verle la cara. Pero se dio la vuelta ya que, en ese mismo
momento Hunter salía de la casa llevando en brazos a la compañera de su hermana.
Amanda lo siguió hasta el jardín, donde Hunter dejó a Allison tumbada en el césped.
–Tabitha no estaba dentro –le dijo él mientras inclinaba la cabeza hacia el cuerpo inconsciente
de la chica–. Ha inhalado mucho humo. –Comprobó los alrededores; varios vecinos se
habían asomado al lugar, pero ninguno hacía ademán de acercarse–. ¿Dónde está la maldita
ambulancia? –masculló.
Terminator se acercó corriendo a ellos. Lamió la cara de Allison y después la de Amanda.
Mientras saludaba al animal con unas palmaditas, alzó la mirada para observar al tipo que
había llegado en la moto. Era tan apuesto como Hunter, pero parecía estar envuelto en un
aura etérea, casi mística.
Tenía el pelo rubio y corto, a excepción de dos largas trenzas que le caían desde la sien
izquierda hasta la mitad del pecho. Iba ataviado con una chaqueta de cuero de motorista,
cubierta con inscripciones celtas en tonos rojos y dorados. De su cuello pendía un grueso
colgante de oro, también celta.
El hombre se arrodilló junto a Hunter y pasó una mano –aún cubierta por el guante–
unos centímetros por encima del cuerpo de Allison.
–Tiene los pulmones abrasados –dijo en voz baja.
–¿Puedes ayudarla, Talon? –le preguntó Hunter.
El recién llegado asintió. Se quitó los guantes y colocó las manos sobre las costillas de
Allison. Después de unos segundos, la respiración de la chica se hizo más tranquila y estable.
Talon buscó a Amanda con la mirada y ella se estremeció al darse cuenta de que tenía
los ojos exactamente iguales a los de Kyrian.
Había algo muy inquietante, algo muy extraño, en este nuevo Cazador Oscuro. Era el sosiego
personificado, decidió. Como un remanso de aguas oscuras pero insondables. Esa serena
calma que lo rodeaba resultaba seductora y escalofriante a la vez.
De repente, cayó en la cuenta de que debía estar sucediendo algo horrible. ¿Por qué
sino iba a aparecer otro Cazador Oscuro?
–Desiderius es el responsable de los incendios, ¿verdad? –les preguntó ella.
Los dos hombres negaron con la cabeza. Hunter miró a Talon.
–¿Crees que ha sido tu objetivo?
–En mi opinión, se han aliado. Mi objetivo está intentando quitarte de en medio mientras
el tuyo se esconde.
Por fin llegaron los servicios médicos. Un equipo de urgencias se hizo cargo de Allison y
ellos tres se apartaron hacia un lado.
–Bueno, joder, Talon. Esto es nuevo –dijo Hunter mesándose el cabello–. Y nos deja completamente
expuestos.
Talon señaló con la cabeza la casa de Tabitha.
–Sí, lo sé. Es una mierda que puedan unir sus fuerzas cuando nosotros no podemos hacerlo.
–¿Y por qué no?
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Talon miró a Hunter.
–¿Qué es lo que sabe?
–Más de la cuenta.
–¿Podemos confiar en ella?
Hunter la miró con suspicacia. La incertidumbre que mostraban sus ojos la hirió. Jamás
haría nada que pudiera perjudicar al hombre que le había salvado la vida.
–Esta tarde encontré un mensaje de Acheron en el buzón de voz diciéndome que podía
darle a Amanda toda la información que necesitara.
Talon frunció el ceño.
–Eso no es propio del T-Rex.
–Sabes que Acheron odia que lo llames así.
–Y por eso lo hago. Me resulta difícil creer que T-Rex le haya dado carta blanca.
–Sí, pero ya conoces a Acheron. Debe haber un motivo y, a su debido tiempo, cuando
menos lo esperemos, aparecerá para iluminarnos.
–Entonces decidme –los interrumpió Amanda–, ¿por qué no podéis unir vuestras fuerzas?
–Para evitar luchas territoriales e impedir que nos aliemos en contra de los humanos o
de los dioses –le explicó Hunter–. Como resultado, en cuanto estamos cerca nuestros poderes
comienzan a disminuir. Cuanto más tiempo estemos juntos, más nos debilitamos.
Amanda los miró boquiabierta.
–Eso no es justo.
–La vida rara vez lo es –le contestó Talon.
–¿Tienes idea de dónde puede estar tu objetivo? –preguntó Hunter a Talon.
–Perdí la señal justo aquí, así es que supongo que debe haber un refugio cerca.
–Genial –masculló Hunter.
–Sí, de puta madre –convino Talon–. Estaba pensando que deberíamos llamar a Kattalakis
para que los sacara de sus escondrijos.
–No –le contestó Hunter con rapidez–. Éste no es el típico Daimon con el que solemos enfrentarnos;
algo me dice que poner a un Cazador Katagari al alcance de Desiderius sería
como arrojar una granada a un barril de dinamita. Lo único que nos hacía falta es que se hiciera
con una de sus almas. ¿Te imaginas el daño que podría ocasionar?
–¿Cazador Katagari? –preguntó Amanda–. ¿Es como vosotros?
Talon se aclaró la garganta.
–No exactamente.
–Nosotros perseguimos a las criaturas nocturnas –le explicó Hunter–, de ahí lo de Cazadores
Oscuros. Y ellos… –hizo una pausa y miró a Talon suplicando ayuda.
Talon continuó con la explicación.
–Los Cazadores Katagari son… –y también se detuvo para mirar a Hunter en busca de la
palabra adecuada.
Hunter se encogió de hombros.
–¿Hechiceros?
–No está mal –le dijo Talon.
Pero Amanda no entendía nada, ya que no sabía de qué estaban hablando.
–¿Hechiceros? ¿Como Merlín?
–Joder –masculló Talon, mirando de nuevo a Hunter–. ¿Estás seguro de que T-Rex te dijo
76
eso?
Hunter retiró el móvil del cinturón, buscó entre los mensajes y se lo pasó a Talon.
–Escúchalo tú mismo.
Y Talon así lo hizo. Tras una breve pausa, le devolvió el teléfono a Hunter y miró a Amanda.
–Muy bien, vamos a explicarlo así: existen cuatro tipos de Daimons o vampiros: los que
beben sangre, los que roban almas, los que absorben energía durante el sueño y los asesinos.
Amanda asintió. Hasta ahí lo entendía.
–Vosotros sois los asesinos.
Hunter soltó un bufido.
–¿¡Qué!? ¿Es que naciste con el mando a distancia en la mano?
–No –la corrigió Talon, ignorando el sarcasmo de Hunter–. Los asesinos son los vampiros
más peligrosos, ya que no quieren nada de sus víctimas. Destruyen simplemente por mero
placer. Por no mencionar que son los más fuertes.
Amanda se estremeció.
–¿Desiderius es uno de ellos?
Hunter negó con la cabeza mientras Talon continuaba con la explicación.
–Para proteger el mundo que conocemos, se crearon tres tipos de Cazadores que persiguieran
a los Daimons para acabar con ellos. Es la llamada «Pirámide Protectora». Los Cazadores
Oscuros perseguimos a los vampiros que se alimentan de sangre humana y a los
que roban almas. Los Guardianes de los Sueños persiguen a los que absorben energía a través
de los sueños y los Cazadores Arcadios y Katagari persiguen a los asesinos.
Amanda frunció el ceño.
–Supongo que lo que no acabo de entender es por qué no existe un grupo que se ocupe
de todos ellos.
–Porque no es posible –le respondió Hunter–. Si una persona, o un solo grupo, fuera lo
suficientemente fuerte para caminar por los cuatro reinos de la existencia, sería capaz de
dominar el mundo. Nada ni nadie podría detenerlo. Y los dioses se cabrearían mucho.
–¿A qué cuatro reinos te refieres?
–El tiempo, el espacio, la tierra y los sueños –le contestó Talon.
Amanda dejó que el aire saliera lentamente de sus pulmones.
–Vale, eso sí es aterrador. ¿Algunos de vosotros viajáis a través del tiempo?
–Y del espacio y de los sueños.
–¡Ah! –exclamó ella mientras asentía–. ¿Rod Serling13 era un Cazador de los que viajan?
A ninguno de los dos pareció hacerles mucha gracia.
–Vale –dijo Amanda–. No ha sido gracioso. Sólo estoy intentando comprenderlo todo.
Talon se rió.
–No lo hagas. Yo llevo intentándolo mil quinientos años y aún sigo encontrándome cosas
nuevas.
Hunter hizo una mueca.
–¿Sólo tú? Cada vez que creo que lo he pillado, aparece alguien como Desiderius y lo
pone todo patas arriba.
13 Rod Serling: escritor y guionista de televisión americano, creador de la famosa serie de ciencia ficción The
Twilight Zone (La dimensión desconocida – En los límites de la realidad). (N. de la T.)
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–Eso es cierto –coincidió Talon con una carcajada, antes de comenzar a mover los hombros–.
Y hablando de cosas terroríficas, tengo que irme. Mis guías se desvanecen mientras
hablamos.
Hunter simuló un estremecimiento.
–Odio cuando hablas con los muertos delante de mí.
Talon lo miró con cara de pocos amigos.
–¿Has sido tú el imbécil que me ha mandado la camiseta con la frasecita «En ocasiones
veo muertos»?
Hunter se rió.
–Ha debido ser Wulf. Creía que estaba bromeando cuando lo contó.
–Pues hablaba en serio. Me llegó hace tres días. Ya me las pagará. –Talon miró a Amanda
antes de seguir hablando–. No la pierdas de vista.
Hunter asintió.
Talon echó un vistazo por encima del hombro a uno de los bomberos.
–¿Es cosa mía o el bombero apolita que está detrás de mí nos mira demasiado?
–Sí, ya me he dado cuenta. Creo que debería interrogarlo.
–Esta noche no. Asegúrate primero de que Amanda está a salvo. Yo interrogaré al apolita.
Hunter alzó una ceja y lo miró.
–¿No confías en mí?
–Joder, griego, claro que no. Te conozco demasiado bien. –Talon se acercó a su Harley-
Davidson y recogió el casco del suelo–. Te mandaré un correo electrónico más tarde con lo
que averigüe.
–¿Un correo electrónico? –preguntó Amanda–. ¿Puedo preguntar?
Hunter se encogió de hombros.
–Hemos avanzado mucho. Antes solíamos contratar mensajeros para que entregaran los
correos.
–Vaya –dijo Amanda un instante antes de ver a un hombre solitario que se ocultaba entre
las sombras, al otro lado de la calle. En lugar de observar el incendio, parecía más interesado
en Hunter y Talon.
Talon se acercó de nuevo a ellos.
–Una pregunta –susurró Amanda sin quitar la vista de encima al extraordinario hombre
rubio de enfrente–. ¿Todos los Daimons son rubios?
–Sí –respondió Hunter–. Como todos los apolitas.
–¿Y cómo distinguís a un apolita de un Daimon?
–A menos que consigan bloquearnos, podemos percibirlos –dijo Talon–. Pero para un humano,
la única pista visible es el símbolo negro, parecido a un tatuaje, que los Daimons tienen
en mitad del pecho, justo sobre el lugar donde se almacenan las almas que roba.
–Vaya –dijo de nuevo sin dejar de observar al hombre que, a su vez, los observaba a
ellos–. Una cosa, ¿creéis que vuestros objetivos os han reunido a propósito para debilitar
vuestros poderes antes de atacar?
Los hombres la miraron perplejos.
–¿Por qué dices eso? –preguntó Talon.
–Bueno, no soy ninguna experta, pero el chico que está detrás de ti tiene toda la pinta
de ser un Daimon.
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Apenas había acabado de hablar cuando un rayo impactó en la espalda de Talon, enviándolo
al suelo. Hunter lanzó una maldición, tiró de Amanda hasta dejarla tras el coche y saltó
sobre el Lamborghini para perseguir al Daimon que acababa de atacar a Talon. Los dos cayeron
al suelo en mitad de una violenta pelea.
Amanda se acercó a Talon, que estaba cubierto de sangre. Con el corazón martilleándole
en el pecho, intentó incorporarlo pero, antes de que pudiera lograrlo, otro Daimon los atacó.
Reaccionando de forma instintiva, agarró el puñal celta que Talon llevaba en el cinturón
e hirió al vampiro en el pecho. El Daimon siseó de dolor y retrocedió. Talon se puso en pie,
arrebató el puñal a Amanda y lo clavó en la espalda del Daimon, que se alejaba a la carrera.
El vampiro desapareció con un destello de luz.
Hunter salió de improviso de entre las sombras, respirando laboriosamente mientras recogía
el puñal de Talon del suelo para devolvérselo.
–¿Estás bien? –le preguntó.
Talon hizo una mueca de dolor al doblar el brazo.
–Las he tenido peores. ¿Tú qué tal?
–Las he tenido peores.
Talon miró a Amanda e hizo un gesto cortés con la cabeza.
–Gracias por la ayuda –le dijo mientras se frotaba el hombro con la mano–. Pon a salvo a
tu mujer. Luego hablamos.
–Vale.
Amanda se encogió al ver cómo Talon pasaba una larga pierna sobre la moto para sentarse.
Se movía lentamente y con mucho cuidado, señal del dolor que debía estar sufriendo.
–¿De verdad está bien?
–Nuestras heridas sanan rápido; la mayoría desaparecen en menos de veinticuatro horas.
A lo lejos se escuchó una sirena. Kyrian echó un vistazo a la calle, donde ya se veían las
luces.
–La policía. Tenemos que irnos antes de que lleguen.
–¿Y qué pasa con Allison?
–Cuando recobre el conocimiento estará perfectamente. Talon puede curar cualquier herida,
lo único que le resulta imposible es devolver la vida.
–¿Y Terminator?
Hunter dio un silbido y abrió la puerta del coche, dejando que el perro se colocase en el
asiento de Amanda.
–Estaremos un poco apretados, pero nos las arreglaremos.
Amanda entró en el coche y acomodó a Terminator en su regazo lo mejor que pudo. Hasta
que Hunter no se sentó frente al volante no vio la sangre que le cubría el brazo y la
mano.
–¿Estás herido?
–En el antebrazo. Se curará.
–¡Jesús, Hunter! ¿Cómo puedes seguir dedicándote a esto?
Él se echó a reír.
–Hace ya tanto tiempo que lo hago que, honestamente, no recuerdo cómo era mi vida
antes de que muriera.
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Amanda se estremeció al escuchar el comentario.
–Pero en realidad no estás muerto, ¿verdad? Todo esto me parece un poco confuso. A
ver: sangras, te late el corazón y tu piel es cálida al tacto. Eso significa que estás vivo ¿no?
Hunter puso en marcha el coche y bajó la calle, alejándose de la policía.
–Sí y no. Cuando un humano muere, Artemisa utiliza sus poderes para capturar su alma.
Una vez atrapa nuestras almas, somos devueltos a la vida.
–¿Cómo?
–Teniendo en cuenta que en ese momento estaba muerto, no tengo ni la menor idea. Lo
único que recuerdo es que todo se volvió negro y que, cuando me desperté, era más fuerte
que nunca y además tenía habilidades psíquicas.
Amanda meditó acerca de lo que Hunter había dicho mientras acariciaba las orejas de
Terminator y le sujetaba la cabeza para mantenerlo tranquilo.
–¿Eso significa que puedes morir otra vez?
–Sí.
–¿Y qué sucede entonces?
Hunter respiró hondo.
–Cuando uno de nosotros muere antes de reclamar su alma, vaga eternamente por la
tierra sin ningún tipo de poder. Es una Sombra atrapada en un cuerpo sin sustancia. Me explico:
no puede tocar nada, nadie le escucha a excepción de los Oráculos y pasa hambre y
sed pero no podremos comer ni beber. Es un pequeño salto que nos lleva de un estado maldito
a otro peor.
Amanda se quedó boquiabierta ante semejante destino. No podía soportar la idea de
que algo le sucediera a Hunter.
–¿Y eso es lo que sucede si un Daimon te mata?
Él asintió.
–Pero es injusto.
Él la miró brevemente.
–Pequeña, ¿en qué mundo has vivido que todo te parece una cuestión de justicia? La
vida y la muerte son como son. La justicia o la falta de ella no tienen nada que ver.
Ese comentario era muy revelador. ¿Cuántas injusticias habría sufrido para pensar así?
A esa idea le siguió otra con extrema rapidez.
–Julian dijo que podrías recuperar tu alma.
–En teoría, sí.
–¿Cómo que en teoría? –preguntó mientras Terminator alzaba la cabeza para mirar a
Hunter.
Él alargó el brazo y le dio unas palmaditas para que se tranquilizara de nuevo.
–Se nos concede una vía de escape, pero en los últimos dos mil años sólo unos cuantos
han tenido éxito. Casi todos los que lo han intentando han acabado siendo meras Sombras.
Amanda frunció el ceño. Era horrible. Por su forma de contarlo, sabía que Hunter estaba
resignado y que jamás intentaría recuperar su alma. ¿Por qué?
–¿Qué tendrías que hacer para que te devolvieran tu alma?
Él se encogió de hombros.
–No lo sé. Nadie lo sabe, ya que es distinto para Cazador Oscuro. Lo único que tengo claro
es que, llegado el momento de la verdad, el Cazador Oscuro es liberado o maldecido
para toda la eternidad.
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Lo que Kyrian no quiso contarle es que, para poder conseguir su libertad, los Cazadores
Oscuros tenían que depositar sus almas en manos de alguien que los amara. Habiendo sido
herido de manera tan cruel por su esposa, jamás volvería a confiarle a nadie su cuerpo o su
corazón y mucho menos su alma inmortal. Había visto a muchos hermanos atrapados como
Sombras porque las personas que debían completar la prueba habían fallado. Y, en el fondo
de su mente, estaba la certeza de que ninguna mujer podría amarlo jamás. Ni siquiera un
poquito. ¿Por qué iba a pensar, por tanto, que alguien podría liberarlo?
–¿Por qué estuviste de acuerdo en vivir así? –le preguntó.
Él la miró y alzó una ceja.
–Ya te lo he dicho, los ingresos son ilimitados y además soy inmortal. ¿No es tentador?
Aún así, Amanda no estaba muy convencida. Era una respuesta demasiado simple y él
no parecía ser un hombre superficial.
–No creo que seas un avaricioso.
–¿Ah, no?
–No. Eres mucho más íntegro, más generoso. La gente avariciosa no tiene el detalle de
dejar los regalos que tú dejaste para Julian y su familia. –Vio cómo tensaba la mandíbula y
supo que lo había calado a la perfección–. Por cierto, ¿cómo conseguiste su anillo? Dijo que
lo había vendido hacía un par de años.
Hunter se quedó tan callado que Amanda creyó que no respondería. Finalmente habló.
–Hace un par de años, salvé a un hombre que estaba siendo atacado por un Daimon. Lo
llevaba en la mano y, cuando lo vi, apenas podía creerlo. Le dije que se lo compraba, pero
me lo regaló por haberle salvado la vida.
Ella lo observó con los ojos entrecerrados, deseando poder leer sus pensamientos igual
que hacía él.
–¿Por qué querías quedarte con él?
Kyrian desterró toda emoción de su rostro y ella supo que el tema era muy delicado para
él.
–¿No me vas a contestar?
–¿Qué quieres que diga? –preguntó él, irritado y con brusquedad–. ¿Que tuve un momento
de debilidad? ¿Que por un instante sentí una punzada de añoranza? Pues sí, es cierto.
Ahora ya sabes que el Cazador Oscuro tiene corazón, aunque carezca de alma. ¿Estás contenta?
–Ya sabía que tenías corazón.
Él se detuvo en un semáforo y la miró. Fruncía el ceño con intensidad y la observaba
como si estuviese intentando comprenderla.
–Lo creas o no –prosiguió Amanda–, se refleja en todo lo que haces.
Kyrian meneó la cabeza, como si no pudiese creerla, y volvió a mirar al semáforo.
–No sabes nada de mí.
Eso era cierto pero…
Amanda se sentía muy intrigada por él. Cautivada. Este hombre, que no era un hombre,
la atraía, la seducía. Pero lo único que siempre había deseado en la vida era ser normal. Tener
un hogar acogedor, lleno de amor, con niños. Una vida tranquila.
Él no podía ofrecerle nada de eso.
No obstante, cada vez que lo miraba, cada vez que pensaba en él, le sucedía algo de lo
más extraño. Y no era sólo lujuria. Era algo más. Algo indefinible que la hacía sentirse un
poco más feliz y que despertaba su cariño. Estar cerca de él la hacía volar.
Y se preguntaba si a Kyrian le sucedería lo mismo.
81
Si era así, lo ocultaba bastante bien bajo esa fachada de tipo duro.
–¿Puedo hacerte otra pregunta?
Él suspiró, irritado.
–¿Y ahora qué? Ya me lo has preguntado todo.
Haciendo caso omiso de sus punzantes palabras, formuló la pregunta.
–¿Por qué te convertiste en un Cazador Oscuro?
–Quería vengarme a cualquier precio.
–¿De Theone?
En esta ocasión, Kyrian no pudo ocultar el dolor que reflejó su rostro, ni evitar que se le
ensancharan las aletas de la nariz. Agarraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se
veían claramente bajo la piel.
Amanda respiró hondo y comenzó a acariciar de nuevo las orejas de Terminator. No podía
culparlo por querer vengarse de una mujer que había sido tan desalmada como para
entregarlo a sus enemigos.
–Julian me contó que los dioses te concedieron veinticuatro horas para que llevaras a
cabo tu venganza. ¿Qué hiciste con ella?
En la mandíbula de Kyrian comenzó a palpitar un músculo y, cuando habló, su voz estaba
teñida de furia.
–Di la espalda a mi familia por ella. Di la espalda a todo un reino y a la gente que me
amaba. Por su culpa, las últimas palabras que dirigí a mis padres fueron hirientes y crueles.
Y cuando le comunicaron a mi padre la noticia de mi muerte, el dolor lo volvió loco.
»Se arrojó desde la ventana de la habitación que yo ocupaba cuando era niño y murió
aplastado contra las piedras del suelo, llamándome. Mi madre no volvió a pronunciar ni una
sola palabra más hasta el día de su muerte y mi hermana pequeña se rapó el pelo para hacer
saber al mundo lo mucho que sufría.
»Sin mi guía, los romanos vencieron a nuestros ejércitos e invadieron mi hogar. Mis gentes
perdieron la dignidad, la nacionalidad y sufrieron durante siglos el yugo romano.
En ese momento la miró, furioso.
–Dime, ¿qué habrías hecho tú con mi esposa?
Amanda tenía los ojos llenos de lágrimas por el dolor que reflejaba su voz. Entendía perfectamente
su sufrimiento. Dios santo, nadie se merecía un castigo semejante por haber
amado a quien no le correspondía.
Pero lo que más le sorprendía era que no había dicho nada de lo que Theone le había hecho
a él. Kyrian sólo sufría por lo que habían padecido su familia y su país.
El deseo de acariciarlo era tan fuerte que no sabía muy bien cómo lograba contenerlo.
Se obligó a concentrarse en Terminator, abrazándolo del modo que le gustaría abrazar a
Hunter.
–No lo sé –le susurró una vez que desapareció el nudo que le obstruía la garganta–. Supongo
que yo también la habría matado.
–Eso es lo que todo el mundo supone.
Amanda sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
–No lo hiciste, ¿verdad?
–No. Le rodeé el cuello con las manos y estaba a punto de acabar con su vida cuando
me miró con los ojos llenos de lágrimas y presa del pánico. Durante un minuto quise matarla
y, un instante después, sentía deseos de enjugar sus lágrimas, besar sus temblorosos labios
y dejar que siguiera viviendo en paz. –Apretó los dientes al acabar–. Así que ya ves,
estás sentada junto al imbécil más grande que jamás ha pisado la tierra. Un hombre que
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vendió su alma a cambio de una venganza que jamás llevó a cabo.
Amanda se sintió abrumada por todo el horror que había soportado Kyrian. A pesar de
todo lo que había sufrido a causa de esa mujer, después de todo lo que había perdido, había
seguido amándola. Profundamente.
No importaba lo que Theone le hubiese hecho, al final la había perdonado.
¿Cómo podía alguien traicionar a un hombre capaz de demostrar tanto amor y fidelidad?
No le cabía en la cabeza.
–Lo siento.
–No lo hagas. Como dice el refrán, yo mismo me hice la cama. Fui un estúpido que no
quiso ver la verdad. Me di cuenta demasiado tarde de que jamás me había dicho que me
amaba; ni una sola vez.
El pesar y el dolor que reflejaba su voz la estaban desgarrando.
–Tú no tuviste la culpa –le dijo mientras enfilaban el Garden District–. Ella no tenía derecho
a traicionarte.
–Theone no me traicionó. Yo mismo lo hice.
¡Por amor de Dios! Era obstinado. Jamás había conocido a nadie que estuviese tan dispuesto
a cargar con más responsabilidades. Ojalá pudiese encontrar el modo de penetrar el
muro de hierro que había alzado a su alrededor.
Con el corazón en un puño, vio que pasaban frente a las mansiones de estilo neoclásico,
donde los enormes pinos y los robles estaban cubiertos de musgo español.
Hunter se desvió por un camino al final de la calle. Los árboles impidieron que Amanda
viera la casa con claridad antes de llegar a una pesada puerta de hierro de más de tres metros
de altura, flanqueada por dos enormes pedestales de piedra. Un alto muro de ladrillo
rojo rodeaba la propiedad y parecía extenderse hasta el infinito.
El lugar se asemejaba a una fortaleza.
Hunter sacó un mando a distancia de la guantera, apretó el botón y las pesadas puertas
comenzaron a abrirse.
Amanda se quedó sin aliento y con la boca abierta de par en par cuando avanzaron por
el largo y sinuoso camino y por fin pudo ver la casa donde él vivía. ¡Era enorme! El estilo
neoclásico era de lo mejor que ella había visto jamás. Unas altas columnas flanqueaban el
porche alrededor de toda la planta inferior y los balcones estaban adornados con rejas de
hierro forjado pintadas de blanco.
Hunter siguió conduciendo hasta la parte trasera del edificio y entró en un garaje con
capacidad para seis vehículos, donde ella pudo ver que también tenía un Mercedes, un
Porsche, un Jaguar Vintage y un Buick último modelo que parecía estar fuera de lugar.
Vale, el Lamborghini la había hecho pensar que Hunter tenía mucho dinero, pero jamás
se hubiera imaginado que pudiera vivir así. Como si perteneciera a la realeza.
Al pensarlo se estremeció.
Por supuesto que pertenecía a la realeza. Era un príncipe. Un príncipe de la Antigua Grecia.
Mientras la puerta del garaje se cerraba tras ellos, Hunter la ayudó a bajar del coche y
dejó a Terminator suelto en el patio posterior antes de guiarla hacia el interior de la casa.
Amanda intentaba mirarlo todo a la vez mientras caminaban por el pequeño pasillo que
llevaba hasta la cocina, en la que una mujer delgada, entrada en años y de apariencia latina,
sacaba del horno algo de aspecto delicioso.
La cocina era descomunal, equipada con electrodomésticos de acero inoxidable y antiguas
vasijas, que adornaban las paredes pintadas de verde oscuro y la encimera de mármol.
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–Rosa –dijo Hunter con tono de reproche mientras dejaba las llaves en la encimera, cerca
de la puerta–. ¿Qué haces aquí?
Rosa dio un respingo y se llevó la mano al pecho.
–¡Por el amor de Dios!, m’ijo14 acabas de quitarme diez años de vida.
–Y voy asustarte mucho más si no haces caso al médico. Tú y yo tenemos un trato. ¿Tengo
que llamar otra vez a Miguel?
La mujer lo miró con los grandes ojos castaños entrecerrados mientras colocaba la sartén
con el pollo sobre el fuego.
–No me vengas con amenazas. Yo di a luz a ese chico y no voy a permitir que me diga lo
que tengo que hacer. Y eso también va por ti.
–Sí, señora.
Rosa se detuvo al ver a Amanda y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
–Me alegra verte con una chica, m’ijo.
Hunter miró con timidez a Amanda y se acercó a la cocina para inspeccionar la comida.
–Esto huele de maravilla, Rosa, gracias15.
La mujer sonrió encantada mientras le observaba probar el pollo.
–Ya lo sé; por eso lo hice. Estoy cansada de ver bolsas de comida rápida y paquetes de
precocinados en la basura. Necesitas comer algo de verdad, para variar. Esas porquerías industriales
van a matarte.
Hunter le dedicó una sonrisa afable.
–Ya me las arreglaré.
Rosa resopló.
–Eso decimos todos y mira cómo estoy yo ahora: tomándome medicinas para el corazón.
–A propósito –siguió Hunter mirándola con enfado–, se supone que deberías estar en
casa a estas horas. Me lo prometiste.
–Ya me voy. He dejado una ensalada en el frigorífico. Debería haber suficiente para los
dos.
Hunter cogió el abrigo de Rosa del respaldo de una silla y la ayudó a ponérselo.
–Mañana vas a tomarte el día de descanso.
–Pero ¿y el jardinero?
–Nick se encargará de darle paso.
–Pero…
–Nick se ocupará de todo, Rosa.
La mujer le dio unas cariñosas palmaditas en la mano.
–Eres un buen chico, m’ijo. Hasta el miércoles.
–No aparezcas antes del mediodía.
Ella sonrió.
–De acuerdo. Buenas noches.
–Adiós16.
–Vaya –comenzó Amanda tan pronto estuvieron solos–, después de todo eres capaz de
ser agradable con alguien.
14 En castellano en el original (N. de la T.)
15 En castellano en el original. (N. de la T.)
16 En castellano en el original. (N. de la T.)
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Se dio cuenta de que Hunter hacía un esfuerzo para suprimir la sonrisa, pero acabó fracasando
y sus labios se curvaron levemente.
–Sólo cuando estoy de humor.
Tras sacar de un cajón un tenedor y un cuchillo, cortó un pedacito de pollo.
–Mmm esto está muy bueno –dijo antes de cortar otro trozo–. Ten, tienes que probarlo.
Sin pensar en lo que hacía, Amanda dejó que Hunter le acercara el tenedor a los labios y
le diera de comer. Los sabores de las especias inundaron su paladar en el mismo instante
en que caía en la cuenta de lo íntimo del momento que estaban compartiendo. La mirada
de Hunter le dio a entender que él había pensado lo mismo segundos antes.
–Está muy bueno –le contestó ella, alejándose un poco.
Sin decir nada más, Hunter se dio la vuelta y sacó un par de platos. Mientras lo observaba,
el horror de los acontecimientos cayó sobre ella como una losa.
–Mi casa ha desaparecido –murmuró–. No queda nada de ella.
Kyrian dejó los platos a un lado al percibir su dolor, provocado por el sentimiento de pérdida.
Ella lo miró con los ojos llorosos.
–¿Por qué quemó mi casa?, ¿por qué?
–Al menos no estabas dentro.
–Pero podía haber estado allí. ¡Dios mío, Hunter! ¡Tabitha suele estar en casa a esa hora!
¿Y si no hubieses estado allí? Allison estaría muerta y podrían haber asesinado a mi hermana
–dijo sollozando y mirando a su alrededor, presa del pánico–. No va a detenerse hasta
matarnos a todos, ¿verdad?
Hunter tiró de ella y la abrazó con fuerza, casi sin ser consciente de lo que hacía.
–No pasa nada Amanda, yo te protegeré. –Y al instante se quedó helado al darse cuenta
de lo que había dicho.
La había llamado por su nombre. Y, al hacerlo, una de sus barreras acababa de desmoronarse.
El rostro de Amanda estaba surcado por las lágrimas.
–Sé que solo se trata de una casa, pero todas mis cosas estaban allí. Mis libros preferidos,
la colcha de ganchillo que mi abuela me hizo antes de morir… todo lo que había en esa
casa formaba parte de mí.
–Pero tú todavía estás aquí.
Siguió sollozando, apoyada sobre su pecho. Kyrian cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre
la cabeza de Amanda mientras ella se aferraba a él. Habían pasado siglos desde la última
vez que consolara a una mujer. Siglos desde que sintiera lo que sentía en esos momentos.
Y eso lo desconcertaba profundamente.
–¿Puede Desiderius atrapar a Tabitha?
–No –le contestó, susurrando sobre su pelo mientras intentaba no inhalar su dulce olor a
rosas; pero no pudo evitarlo y, al instante, su cuerpo reaccionó y su miembro se tensó, ardiente
de deseo–. Mientras permanezca en casa de un humano, Desiderius no podrá atraparla.
Es una de las limitaciones que Apolo estableció cuando lanzó su maldición, para dar
algún tipo de protección a los mortales.
Amanda se alejó de él, respirando aún entrecortadamente.
–Lo siento –le dijo, limpiándose las lágrimas.
Él apretó los dientes al notar cómo le temblaba la mano. Mataría a Desiderius por haberle
hecho daño.
–No suelo llorar delante de la gente.
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–No tienes que disculparte –murmuró él, tomándole el rostro entre las manos–. En realidad
lo estás soportando mucho mejor de lo que se podría esperar, dadas las circunstancias.
Ella lo miró con las pestañas aún humedecidas por las lágrimas. Kyrian no pudo evitar
que el corazón se le acelerara al contemplar la fragilidad que reflejaban esos ojos. Una fragilidad
que lo afectaba de un modo que no quería analizar.
La deseaba. Con desesperación.
Hacía tanto que no sentía un deseo semejante… No, se corrigió, jamás había sentido
algo así por una mujer, ni siquiera por Theone. No se trataba tan sólo de lujuria o de amor.
Entre ellos había un vínculo. Eran como dos mitades de un mismo corazón.
No podía ser cierto. Era una mentira. Ya no creía en el amor. No creía en nada.
Pero aun así…
Ella había hecho que volviera a creer. Había despertado anhelos olvidados hacía mucho
tiempo: las suaves caricias de una mano enredada en el cabello al despertar, la sensación
de dormir junto a un cuerpo cálido.
Se sentía indefenso.
En ese momento sonó su móvil. Lo cogió del cinturón y contestó.
Era Talon.
–¿La mujer está contigo? –le preguntó.
–Sí, ¿por qué?
–Porque tienes un enorme problema. El apolita me ha dicho que los incendios fueron provocados
por dos temporizadores escondidos en el interior de las casas.
Kyrian frunció el ceño y se sobresaltó al recordar algo que Amanda había dicho el día anterior.
–¿Amanda? –la llamó–, ¿no me dijiste que Desiderius te había capturado cuando estabas
en casa de tu hermana?
Ella asintió.
–En la salita de estar.
Kyrian notó que el miedo le provocaba un nudo en el estómago.
–¿Has oído eso? –le dijo a Talon. El otro Cazador Oscuro lanzó una maldición–. ¿Cómo es
posible?
–Alguien debe haber invitado a Desiderius a entrar. Lo que significa que hay un humano
trabajando con él, o para él. Mi intuición me dice que Tabitha no es tan estúpida.
–Allison tampoco –los interrumpió Amanda–. Sabe cuidarse de la gente con apariencia
sospechosa.
Kyrian meditó un instante.
–¿Se te ocurre algo? –le preguntó a Talon.
–No.
–¿Qué dice tu guía?
–Ceara no sabe nada. Y, además, hay otro pequeño contratiempo: mi espalda no está
sanando.
Si se le hacía otro nudo más en el estómago acabaría teniendo un rosario.
–¿Cómo que no está sanando?
–Me hirieron con una descarga astral exactamente igual a la de los dioses.
Kyrian se quedó petrificado.
–No maté a ningún dios, era un Daimon.
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–Ya lo sé.
Kyrian maldijo en voz baja.
–¿En qué nos hemos metido?
–No tengo ni idea, pero hasta que tengamos más información te sugiero que no te alejes
de la chica. Con los poderes reprimidos que tiene, Desiderius irá tras ella con todo su arsenal.
Estoy seguro de que la preferirá antes que a su hermana.
Kyrian se cambió el teléfono al otro lado mientras observaba a Amanda, que acababa de
sentarse a la mesa. ¡Por los dioses! No podía soportar la idea de que resultase herida. El
simple hecho de imaginárselo lo atormentaba.
–¿Necesitas ayuda con la espalda?
–No, pero duele horrores.
Kyrian lo sabía por experiencia. El hombro aún le daba pinchazos tras el ataque de Afrodita.
–Empiezo a comprender cómo mató Desiderius a los últimos ocho Cazadores Oscuros
que se enfrentaron a él.
–Sí –asintió Talon–. Y no quiero que seamos el noveno y el décimo.
–Yo tampoco. Vale, mantendré a Amanda a salvo a mi lado, pero aún nos queda el problema
de que su hermana ande suelta por ahí.
–Haré que Eric la ate en corto de momento. Tú asegúrate de que Amanda se mantiene
en contacto con ella, o nos complicará la vida todavía más.
–De acuerdo –y colgó antes de dejar el teléfono sobre la encimera.
–¿Algo va mal? –le preguntó Amanda.
Él rió a pesar de las circunstancias.
–Creo que la pregunta correcta sería: ¿algo va bien?
–¿Y eso qué significa?
–Significa que tu aburrida vida acaba de llegar a su fin y que, durante los próximos días,
vas a descubrir de primera mano lo peligrosa que es la mía.
Siete
–¡Ah, no! –exclamó Amanda, poniéndose de puntillas para quedar nariz con nariz frente
a Kyrian. Arqueó una ceja y lo desafió con la mirada a que negara sus palabras. Cuando habló,
hizo hincapié en cada palabra–. Estás muy equivocado. Quiero volver a mi vida anterior.
Quiero una vida aburrida y quiero que sea larga.
A Kyrian le hizo gracia el énfasis que dio a la última palabra. Estaba espectacular cuando
se enfadaba y él no podía evitar preguntarse cuánto tiempo podría mantenerla con ese rubor
en las mejillas y echando fuego por esos increíbles ojos azules.
Mejor aún… mientras sus pechos subían y bajaban debido a la respiración agitada, se le
ocurrieron unas cuantas cosas más que podrían causarle aún más dificultades para respirar.
Quería dejarla sin aliento. Quería comprobar la fuerza de su pasión.
Le dolían los labios por el deseo de besarla y las manos por el ansia de acariciar su cuerpo
hasta hacerla gritar de placer.
¡Por los todos los dioses! Esa mujer era la mayor tentación que había sentido jamás. Y
menuda paradoja, porque hubo una época en la que adoraba las tentaciones más allá de lo
racional. A lo largo de los siglos, había olvidado ese pequeño defecto de su carácter pero,
desde que despertara con ella al lado, había ido recordando, dolorosamente, al hombre que
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una vez fue. Podía sentir cómo Amanda iba derribando, poco a poco, cada una de las barreras
que él había construido durante los años, poniendo fin al entumecimiento en el que se
refugiaba. Había conseguido mantenerse alejado de sus propios sentimientos durante siglos
y, aunque había conocido a muchos mortales por los que había sentido cierto cariño,
ninguno de ellos había conseguido afectarlo como ella.
Era algo muy extraño. ¿Por qué Amanda? ¿Y por qué ahora? Ahora que necesitaba de
toda su lucidez para enfrentarse a Desiderius.
Las Parcas estaban jugando de nuevo con él y eso no le gustaba en absoluto.
Sentía cómo la sangre corría con fuerza por sus venas mientras contemplaba los labios
húmedos y llenos de Amanda. Casi podía saborearlos. Sentirlos. Que los dioses se apiadasen
de él, porque la deseaba con desesperación.
Sólo ella era capaz de despertar a la bestia hambrienta que moraba en su interior. Esa
parte de él que quería rugir y devorar todo su cuerpo, centímetro a centímetro, durante
toda la noche. Pero ella era humana y él no tenía nada que ofrecerle. Su alma y su lealtad
pertenecían a Artemisa. Además, Amanda tenía todo el derecho a soñar con una vida normal;
con una familia y un hogar al lado de un hombre común y corriente.
Después de haber visto cómo sus propios sueños habían sido destrozados de un modo
cruel y vengativo, se negaba a que Amanda pasara por el mismo trance. Ella se merecía tener
una vida larga, dichosa y aburrida. Todo el mundo merecía la oportunidad de cumplir
sus deseos.
Se tragó el nudo que le obstruía la garganta, dolorido aún por el deseo insatisfecho y
supo, en ese mismo instante, que tenía que alejarla de sus pensamientos.
Jamás podría ser suya.
Su destino era regresar junto a una familia que la amaba y encontrar un hombre que la
ayudara a…
No pudo acabar. Le dolía tan sólo de pensarlo.
–Por tu bien –le susurró, luchando contra el impulso de acariciarle el pelo– espero que
sea verdad, pero me temo que con los poderes que mantienes ocultos y la caza de vampiros
que está llevando a cabo Tabitha, no va a ser posible que regreses a tu aburrida vida
durante los próximos días.
Amanda apartó la mirada.
–No tengo poderes –dijo con voz afilada, pero sin la convicción de antes.
Kyrian alargó la mano y con un dedo le alzó la barbilla; quería ayudarla a aliviar la preocupación
que veía en su rostro. Amanda tenía miedo y él no entendía la causa. ¿Por qué no
era capaz de reconocer los dones con los que había nacido?
–Puede que no quieras utilizarlos, Amanda, pero están ahí. Tienes premoniciones y eres
telépata, empática y además puedes proyectarte fuera de tu cuerpo. Tus poderes son muy
parecidos a los de tu hermana pero mucho más fuertes.
El brillo intenso del color zafiro volvió a sus ojos.
–Estás mintiéndome.
La acusación lo sorprendió.
–¿Por qué iba a hacerlo?
Ella se aclaró la garganta.
–No lo sé. Sólo sé que no tengo poderes.
–¿Por qué tienes tanto miedo de ellos?
–Porque…
Él ladeó la cabeza cuando la voz de Amanda se desvaneció y dejó la frase sin acabar.
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–¿Por qué? –la instó.
Ella alzó la mirada y el dolor que se reflejó en sus ojos lo dejó sin aliento.
–Cuando tenía quince años –comenzó casi en un susurro– tuve un sueño. –Parpadeó para
apartar las lágrimas mientras se agarraba a la encimera que estaba justo a su lado–. En
aquella época solía tener muchos. Y siempre se hacían realidad. En éste del que te hablo,
mi mejor amiga moría en un accidente de coche. La vi. Sentí su miedo y escuché los últimos
pensamientos que cruzaron por su mente antes de morir.
Kyrian apretó la mandíbula al percibir el dolor que transmitía su voz. Alargó el brazo y la
tomó de la mano. Estaba helada y temblaba.
–Cuando la vi en el instituto hice todo lo que estuvo en mis manos para que no se fuese
ese día a casa con Bobby Thibideaux. Incluso le conté lo del sueño. –Las lágrimas empezaron
a caer por sus mejillas–. No me escuchó. Me dijo que era una imbécil y que lo que me
ocurría era que tenía celos porque Bobby estaba con ella y no conmigo. –Sacudió la cabeza
mientras recordaba lo sucedido aquel día–. No estaba celosa, Hunter; lo único que quería
era evitar su muerte.
Kyrian le acarició los dedos, intentando que entrara en calor.
–Lo sé, Amanda.
–Se metió en el coche gritándome que la dejara en paz. Todo el instituto me estaba mirando,
pero me daba igual. Tabitha me apartó para que pudieran marcharse y la gente empezó
a reírse. –Se humedeció los labios resecos–. No se rieron a la mañana siguiente, cuando
se enteraron de que los dos habían muerto camino de casa. Empezaron a llamarme
monstruo. Durante los tres años siguientes nadie quiso acercarse a mí. Para ellos yo era
esa chica rara que veía cosas.
La ira brilló en los ojos de Amanda cuando lo miró.
–Dime, ¿qué hay de bueno en esos poderes cuando hacen que la gente se asuste de mí?
¿Por qué veo cosas si no las puedo cambiar? ¿Qué tiene eso de bueno?
Kyrian no supo qué contestarle. Percibía el torbellino de sus emociones y su angustia.
–¿No lo entiendes? –prosiguió ella–. No quiero conocer el futuro si no puedo detenerlo.
Quiero ser normal –insistió con la voz rota al pronunciar la última palabra–. No quiero ser
como Talon ni como mi abuela y tener a los muertos hablándome a todas horas. No quiero
saber lo que estás sintiendo. Sólo quiero vivir mi vida como el resto de la gente ¿Nunca has
deseado eso mismo?
Cerrando los ojos ante la absurda agonía que le atenazaba el corazón, Kyrian dejó de
acariciar la suave piel de Amanda y se alejó de ella.
–Qué más da lo que yo desee.
Ella se sorprendió cuando lo miró a los ojos. Lo había herido de algún modo.
–Lo siento, Hunter. No pretendía…
–No pasa nada –le contestó lentamente. Se acercó a una silla y Amanda observó la fuerza
con que se agarraba al respaldo. Aunque luchaba por ocultar su dolor, Amanda lo distinguía
con claridad.
–Tienes razón –le dijo por fin–. Hay ocasiones en las que echo de menos la sensación del
sol en la cara. He aprendido que lo mejor que puedo hacer es no torturarme con esos recuerdos.
–La miró con tal pasión que su cuerpo se incendió–. Pero los que tenemos dones
especiales no podemos ser normales.
Amanda no quería oír esas palabras. Su corazón no podía resistirlo.
–Quizás tú no puedas serlo. Pero yo sí. No permitiré que esos poderes regresen. Están
muertos para mí.
Kyrian soltó una risa amarga.
–Y tú me llamas testarudo.
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–Hunter, por favor –le rogó ella, odiándose por el dolor que oía en su propia voz–. Lo único
que deseo es volver hacia atrás, despertarme por la mañana y descubrir que todo ha
sido una pesadilla.
En ese momento sintió algo que la asustó. Un pequeño estremecimiento provocado por
los poderes que él había mencionado. La sensación la recorrió de arriba abajo mientras escuchaba
los pensamientos de Hunter.
Quieres decir que desearías no haberme conocido jamás.
Amanda se acercó a él.
–Hunter…
Él eludió su contacto y se acercó a la encimera, donde había dejado el teléfono. Lo cogió
y se lo ofreció.
–Llama a Tabitha y dile que se quede con tu madre hasta el viernes. Puede entrar y salir
durante el día, pero una vez el sol se ponga, es esencial que permanezca en casa.
–No le va a gustar nada.
Una furia intensa hizo brillar esos ojos negros.
–Entonces que tu madre la ate. No estamos hablando de vampiros normales. Estos Daimons
han desatado algún tipo de poder extremadamente peligroso y, hasta que Talon y yo
descubramos de qué se trata, necesita ocultarse.
–Vale, haré lo que pueda.
Él asintió.
–Mientras hablas con ella voy a cambiarme de ropa.
Amanda lo observó, apesadumbrada, mientras salía de la cocina. No quería separarse
de él, ni siquiera el breve lapso de tiempo necesario para cambiarse. Sentía un peculiar impulso
de seguirlo y ayudarlo a quitarse la ropa… en lugar de hacerlo, marcó el número del
móvil de Tabitha.
–¡Gracias a Dios que estás bien! –le dijo su hermana con voz llorosa–. La policía acaba de
contarme lo de los incendios y sé que a esa hora sueles estar en casa.
Los ojos de Amanda volvieron a llenarse de lágrimas, pero se sobrepuso. Llorar no iba a
solucionar nada. Las casas habían desaparecido y todas las lágrimas del mundo no iban a
traerlas de vuelta. Ahora necesitaba concentrarse para que todos consiguieran sobrevivir a
la ira de Desiderius.
–¿Cómo está Allison? –le preguntó en un intento de sofocar el miedo.
–Está bien. Su madre ya está en el hospital con ella. Yo voy de camino para verla. Nadie
sabe qué ocurrió con Terminator.
–Está conmigo.
Tabitha suspiró, aliviada.
–Gracias, hermanita. Te debo una. ¿Dónde estas?
Ésa era la pregunta que Amanda tenía miedo de responder. A su hermana le iba a dar un
ataque cuando se enterara.
–Mejor no te lo digo –contestó de forma evasiva.
Silencio. Tabitha permaneció callada durante unos minutos. Hasta Amanda sólo llegaba
el ruido del tráfico desde el otro lado de la línea. ¡Estaba intentando leerle la mente!
Joder.
Tabitha dijo la misma palabra en el instante que Amanda lo pensó.
–Estás otra vez con el vampiro, ¿verdad?
Amanda hizo una mueca. ¿Cómo le decía una a su hermana –una cazadora de vampiros–
90
que había perdido la cabeza por uno de ellos y que pensaba pasar la noche en su casa? No
había modo de suavizarlo. Suspirando, intentó buscar una explicación.
–No es un vampiro… exactamente. Se parece a ti.
–¡Vaya, vaya! –exclamó Tabitha–. ¿En qué sentido? ¿Tiene tetas? ¿Tiene novio? ¿O le gusta
matar cosas porque sí?
Amanda apretó los dientes.
–Tabitha Lane Devereaux, deja de hacer el gilipollas. Sé que no te gusta matar cosas y
no quiero jugar a Verdad, beso o atrevimiento contigo. El tío que me atacó en tu casa es
aterrador y no creas que se parece a esos tipos con los que soléis jugar. Esto es diferente.
Hunter quiere que te quedes en casa y yo estoy de acuerdo con él.
–¿Hunter? ¿Es el mismo demonio chupasangre que me amenazó con matarte?
–No lo decía en serio.
–¿Ah, no? ¿Apostarías tu vida?
–Apuesto la tuya y la mía.
–Estás como una puta cabra, ¿lo sabes?
–Esa boca, señorita. Al contrario que tú, sé lo que estoy haciendo. Confío en Hunter. Y el
tal Desiderius es un demonio. Es tan malo como Hannibal Lecter.
Amanda podía ver a su hermana poniendo los ojos en blanco mientras bufaba de indignación.
–Ninguno de los dos me da miedo.
–Quizás te vendría bien que alguien te asustara un poco. Yo estoy aterrorizada.
–¿Y entonces por qué no vienes a casa donde podemos protegerte?
Porque quiero quedarme con Hunter.
No supo muy bien de dónde había salido esa idea. Pero tampoco iba a negarlo. Con él se
sentía segura y protegida. Ya se había ofrecido a llevarla a cualquier otro sitio. Y sabía que,
si se lo pedía, la dejaría marchar, pero…
No quería hacerlo.
No obstante, no se atrevía a decírselo a Tabitha. Las cosas ya estaban bastante tensas
entre ellas, así que le ofreció la única excusa que le vino a la cabeza.
–No puedo ir a casa. No mientras esta criatura vaya detrás de mí.
Tabitha volvió a maldecir.
–¿Cómo sabes que el tal Hunter no te mantiene a su lado con algún tipo de control mental?
Amanda se rió al recordar lo que Hunter le dijo en la fábrica.
–Porque, al igual que tú, soy demasiado obstinada para que funcione. Además, es amigo
de Julian Alexander. Confías en Julian y Grace, ¿no es cierto?
–Sí, claro, cómo no.
–Entonces confía en su amigo.
–Vale –concedió Tabitha de mala gana–. Pero mi confianza pende de un hilo. No quiero
que te pase nada.
–Lo mismo digo. Hunter dice que estarás a salvo mientras haya luz, pero debes asegurarte
de estar en casa de mamá al atardecer y quedarte allí. De hecho, no creo que debas ir
al hospital. Tendrías que ir directamente a casa de mamá ya.
–Allison es mi mejor amiga, tengo que ir a verla.
–¿Y si los llevas hasta ella? Por lo que sabemos también te vigilan a ti.
91
Tabitha gruñó.
–No me gusta esto. No me gusta nada, pero bueno. Tienes razón. No quiero conducirlos
hasta Allison. Mamá puede hacerse cargo de cualquier cosa. Daré la vuelta en la siguiente
calle y me iré a pasar la noche a su casa. Llámame si necesitas algo.
–Lo haré.
Amanda colgó el teléfono y cogió el plato de la encimera, donde Hunter lo había dejado.
Lo llevó hasta la mesita situada delante del enorme ventanal y echó un vistazo al hermoso
patio de estilo antiguo que se abría en la parte trasera de la casa. No le faltaba ningún detalle:
el enrejado para los rosales trepadores, las estatuas griegas y los setos podados de
forma artística. Unos antiguos candiles inundaban el lugar con una luz espectral que hacía
bailar las sombras sobre las paredes de estuco blanco.
Estuvo sentada unos minutos a solas hasta que Hunter regresó. Se había puesto una camiseta
negra de manga larga que le marcaba los anchos hombros. Como llevaba las mangas
alzadas, Amanda pudo echar un vistazo al feo corte que tenía en el antebrazo.
–¿Eso es un mordisco del Daimon o un corte?
Hunter miró la herida mientras se sentaba en frente de ella.
–Un mordisco.
Amanda se quedó helada.
–Tienes que curártelo, ¿no?
–No. Para mañana por la noche habrá sanado por completo.
–Sí, pero ¿no se supone que así te conviertes en vampiro, con un mordisco?
A Kyrian le hizo gracia y se rió a carcajadas.
–Técnicamente, ya soy un vampiro. Y, con respecto a la transformación, es imposible a
menos que seas un apolita.
–Entonces, ¿no pueden convertir a los humanos mediante un mordisco?
–Eso es un cuento de niños.
Amanda reflexionó unos instantes.
–¿Y de dónde provienen todas estas nociones infundadas acerca de los vampiros?
Kyrian dio un sorbo a la bebida y tragó la comida antes de responderle.
–Mayormente, de gente asustada. Desde el día en que la Atlántida desapareció bajo las
aguas del océano, los apolitas y los Daimons han sido perseguidos. Hubo una época en la
que todas las ciudades-estado de Grecia conocían y reverenciaban a los Cazadores Oscuros.
Pero, según pasó el tiempo, nos hicimos cada vez más solitarios y nos olvidaron; nos
convertimos en los protagonistas de mitos y leyendas. A Acheron y al resto les pareció mejor
así. Ash incluso llegó al extremo de localizar y reunir todos los escritos de la Antigüedad
en los que se hacía mención de nuestro nombre, para ocultarlos.
–¿Acheron? –preguntó ella mientras cortaba un trozo de pollo–. Es la segunda vez que lo
mencionas. ¿Quién es?
–El primer Cazador Oscuro elegido por Artemisa.
–¿Y aún está vivo?
–Claro. Creo que esta semana está en California.
Amanda lo miró y alzó una ceja. Hunter sonrió.
–Cambia de residencia cada pocos días.
–¿Cómo? ¿Por qué?
Él se encogió de hombros.
92
–Supongo que cuando se tienen once mil años todo acaba por aburrirte. Y con respecto
al cómo, tiene un helicóptero fabricado especialmente para él, que puede romper la barrera
del sonido.
Amanda asimiló las noticias e intentó imaginarse el aspecto del Cazador Oscuro más antiguo.
Por algún motivo, Yoda le vino a la mente. Un anciano pequeño, de piel gris verdosa,
que caminaba encorvado y que iluminaba con su sabiduría a todos los demás, hablando incansablemente
con palabras inconexas.
–¿Lo conoces? –le preguntó ella.
Kyrian asintió.
–Todos lo conocemos. Él entrena a todos los nuevos Cazadores Oscuros y podría decirse
que es nuestro líder no oficial. También existe la teoría de que es el ejecutor a quien los dioses
acuden cuando uno de nosotros cruza la línea.
A Amanda no le gustó nada aquello.
–¿Cruzar la línea en qué sentido?
–Pues, en primer lugar, atacar a los humanos. Tenemos un Código de Conducta que debemos
seguir a rajatabla; no podemos utilizar nuestros poderes en mitad de una aglomeración
de personas, no podemos asociarnos ni con los apolitas ni con los Daimons, etcétera,
etcétera.
Era extrañamente alentador saber que tenían tal cosa, pero también asustaba bastante
pensar que uno de estos chicos se pasara al otro bando con los poderes que poseían.
–Si os está prohibido haceros daño y cada vez que os reunís vuestros poderes se debilitan,
¿cómo puede Acheron ser un ejecutor?
–Él no debilita nuestros poderes –le explicó antes de dar un sorbo al vino–. Ash fue el conejillo
de indias de los Cazadores Oscuros. Puesto que fue el primero, los dioses no habían
perfeccionado mucho el sistema y por eso sufrió… digamos… unos efectos secundarios peculiares.
Definitivamente, después de lo que acababa de oír, se imaginaba una forma de vida mutante.
Un Cazador Oscuro diminuto, jorobado y que ceceaba al hablar.
–¿Y cuántos Cazadores Oscuros hay? –preguntó.
–Miles.
Amanda se quedó boquiabierta.
–¿En serio? –por la forma en que Hunter la miró, supo que era verdad–. Y ¿cada cuánto
se crea uno nuevo?
–No muy a menudo –le dijo en voz baja–. La mayoría llevamos por aquí un tiempecillo…
–¡Vaya! –exclamó–. Entonces, si Acheron es el más viejo, ¿quién es el más joven?
Kyrian frunció el ceño mientras pensaba la respuesta.
–Sin comprobarlo diría que Tristan, Diana o Sundown, pero tendría que consultarlo con
Acheron.
–¿Sundown? ¿Eso es un apodo o es que su madre no lo quería mucho?
Kyrian soltó una carcajada.
–Era un pistolero y ése era el nombre con el que se le conocía en los carteles de búsqueda.
Las autoridades afirmaban que sus mejores trabajos los hacía de noche.
–Vale –dijo Amanda despacio. Ahora se imaginaba a un personaje del estilo de Wild Bill
Hickok, con las piernas arqueadas, barba desaseada y mascando tabaco–. Ya veo que los
Cazadores Oscuros no erais precisamente comerciantes ni…
–¿Tipos decentes que acataran la ley?
Ella sonrió.
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–No quería insinuar que fueses indecente; ya sabes a qué me refería.
Kyrian le devolvió la sonrisa. «Indecente» era un término que se ajustaba a la perfección
al tipo de pensamientos que cruzaban por su mente cada vez que miraba a su invitada.
–Para ser un Cazador Oscuro hay que tener un cierto tipo de comportamiento y una naturaleza
exaltada. Artemisa no quiere malgastar su tiempo, ni el nuestro, eligiendo a alguien
que sea incapaz de matar. Supongo que podría decirse que somos malos, locos e inmortales.
La sonrisa de Amanda se ensanchó y mostró un hoyuelo en su mejilla derecha. Qué extraño
que no lo hubiese notado antes.
–Malos e inmortales no te lo discuto pero, ¿de verdad os comportáis como locos?
–Si te refieres a que somos unos chiflados, ¿tú qué opinas al respecto?
Los ojos de Amanda brillaron con picardía.
–Que es completamente cierto en tu caso. Pero ¿sabes lo que te digo? Que me gusta eso
de ti. Tu forma de ser, tan impredecible, me encanta.
Kyrian no estaba muy seguro de quién de los dos se había sorprendido más a causa de
la inesperada confesión. Amanda apartó rápidamente la mirada con las mejillas arreboladas.
Le gustas…
Esas palabras le hacían regresar a sus años de juventud; sentía el extraño impulso de
salir corriendo y gritarle al primero que se encontrara: «Le gusto, le gusto».
¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Qué le estaba pasando?
Tenía dos mil años; hacía mucho que dejó atrás la edad propia de semejante comportamiento.
Aunque era inútil negar la satisfacción y la felicidad que lo embargaban.
Un incómodo silencio cayó entre ellos mientras acababan la cena. Amanda se esforzó
por no pensar en su hogar. En todo lo que había perdido. Ya se enfrentaría a eso por la mañana.
De momento, tenía que pensar en sobrevivir a la noche.
–Tabitha va a quedarse en casa –le dijo a Hunter mientras observaba cómo él llevaba su
plato al fregadero y lo enjuagaba.
–Bien.
–¿Sabes? –le dijo en voz baja–. Aún no me has contado cómo es que sabías tantas cosas
sobre mi hermana la noche que nos conocimos.
Él dejó el plato y los cubiertos en el lavavajillas.
–Talon y Tabitha tienen un amigo en común.
Amanda abrió los ojos de par en par. Un topo… quién lo habría imaginado.
–¿Uno de los integrantes del Circo de Tabitha?
Él asintió.
–¿Quién?
–Puesto que espía para nosotros, no tengo intención de decirte quién es.
Amanda se rió, entrecerró los ojos e intentó imaginarse quién podía ser.
–Apuesto lo que quieras a que es Gary.
–No voy a soltar nada.
Era un asunto fascinante, pero no tanto como el Cazador Oscuro que tenía delante. Con
un suspiro, continuó comiendo y echó un vistazo a la cocina, a la que no le faltaba detalle,
mientras Kyrian guardaba la comida. Había una encimera de mármol, para desayunar, que
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recordaba vagamente a un templo griego y que servía para separar la mesa donde ella estaba
sentada del resto de la estancia. A lo largo de la encimera se habían dispuesto tres taburetes
altos.
Todo estaba nuevo, limpio y resultaba enorme.
–Es una casa muy grande para una persona. ¿Hace mucho que vives aquí?
–Poco más de cien años.
Amanda estuvo a punto de atragantarse.
–¿Lo dices en serio?
–No me apetece mudarme; me gusta Nueva Orleáns.
Ella se puso en pie y le dio el plato.
–Has echado raíces, ¿verdad? ¿Dónde viviste antes?
–En París una temporada –le contestó, dejando el plato en la encimera–. Génova, Londres,
Barcelona, Hamburgo y Atenas. Y antes de establecerme en esos lugares me dedicaba
a vagar por ahí.
Amanda observó el rostro de Hunter mientras hablaba. No había modo de saber lo que
estaba pensando. Estaba ocultando sus sentimientos y se preguntaba si existiría alguna forma
de resquebrajar su coraza.
–Me da la sensación de que estuviste muy solo.
–No fue tan malo. –Ni una mueca.
–¿Hiciste amigos en esos lugares?
–En realidad, no. He tenido unos cuantos Escuderos a lo largo de los siglos pero, por lo
general, prefiero la soledad.
–¿Escuderos? –le preguntó–. Qué raro. ¿Cómo los que había en la Edad Media?
–Algo parecido. –La miró pero no explicó nada más–. ¿Y tú? ¿Has vivido aquí toda tu
vida?
–Nacida y crecida aquí. Mis abuelos maternos eran emigrantes rumanos que escaparon
de la Depresión y la familia de mi padre era de origen Cajun y se dedicaba a la agricultura.
Él se rió al escucharla.
–He conocido a un montón de ésos.
–Supongo que es normal si llevas más de cien años viviendo aquí.
Amanda reflexionó acerca de la vida que Hunter habría llevado. Todos esos siglos de soledad,
siendo testigo de las muertes de las personas a la que apreciaba, viéndolos envejecer
mientras él permanecía igual. Debía haber sido muy duro. Pero a la par, seguro que había
tenido momentos estupendos.
–¿Qué se siente sabiendo que vas vivir eternamente?
Él se encogió de hombros.
–Si te soy sincero, hace mucho tiempo que dejé de pensar en eso. Supongo que, como el
resto de la humanidad, me limito a levantarme, hacer mi trabajo y volver a la cama.
Qué sencillo. Sin embargo, percibía algo más; una profunda tristeza. Vivir sin sueños debía
ser muy doloroso. El espíritu humano necesita objetivos por los que luchar, y a ella no le
parecía que matar Daimons fuese un verdadero objetivo.
Desvió la mirada hasta la encimera e intentó imaginarse al hombre que una vez fue
Hunter. Julian le había dicho que solían beber hasta emborracharse después de una batalla
y que siempre había deseado tener hijos.
Sí, recordaba el modo en que había abrazado a Vanessa y la expresión de su rostro
mientras la sostenía.
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–¿Has tenido algún hijo?
Sus ojos reflejaron un intenso dolor un instante antes de volver a mostrarse impasible.
–No, los Cazadores Oscuros somos estériles.
–Así que eres impotente…
–Claro que no. Puedo mantener relaciones sexuales, pero no puedo tener descendencia.
–¡Ah! –exclamó Amanda, haciendo un mohín con la nariz que confirió a su rostro una
apariencia traviesa y, al instante, intentó aligerar la conversación–. Estoy siendo muy entrometida,
no debería haber preguntado eso. Lo siento.
–No pasa nada. –Mientras ponía en marcha el lavavajillas le preguntó–: ¿Te gustaría dar
una vuelta por la casa?
–¿Casa? –preguntó ella, alzando una ceja con incredulidad–. Si esto es una casa, yo vivo
en una choza. –Al instante recordó que ya no tenía un hogar donde vivir y jadeó. Se aclaró
la garganta e intentó alejar esos pensamientos–. Sí –dijo en voz baja–. Me encantaría verla.
Hunter la guió hasta la puerta situada a la izquierda de la cocina y entraron en un gigantesco
salón. Las paredes estaban decoradas con molduras y medallones, con un estilo elegante
y maravillosamente neoclásico, pero los muebles eran actuales y muy modernos. La
estancia estaba decorada para resultar cómoda, no para impresionar a las visitas. Pero claro,
se suponía que los vampiros no tenían muchos invitados a los que agasajar.
En una de las paredes se había instalado un equipo completo de imagen y sonido JVC,
con una enorme pantalla de televisión, un sistema de video y un reproductor de DVD.
Aunque había lámparas por toda la estancia, la luz provenía de las velas de tres vistosos
candelabros.
–Parece que no te gustan las bombillas, ¿eh? –le preguntó a Hunter mientras lo observaba
encender más velas.
–No –le contestó–. La luz es demasiado brillante para mis ojos.
–¿Te hace daño?
Él asintió.
–Los ojos de los Cazadores Oscuros están especialmente creados para ver en la oscuridad.
Nuestras pupilas son más grandes que las de los humanos y no se dilatan del mismo
modo. Como resultado, dejan pasar mucha más luz.
A la par que lo escuchaba, Amanda observó que las ventanas que se alzaban desde el
suelo hasta el techo estaban cubiertas con cortinas negras que debían resguardar la casa
de la luz del sol.
Rodeó un sofá de piel negra y se quedó plantada en el sitio. ¡Había un ataúd delante de
los sillones!
–¿Eso es…? –fue incapaz de acabar la frase. No mientras se imaginaba la siniestra imagen
de Hunter durmiendo ahí dentro todos los días.
Él le echó un vistazo y la miró sin parpadear. Amanda parecía realmente atónita.
–Sí –contestó con voz neutra–, es un ataúd. Es mi… mesita de café. –Se acercó a ella, levantó
la tapa y cogió un mando a distancia–. Ten, por si te apetece ver la televisión mañana.
Amanda meneó la cabeza. Una vez recuperada de la impresión, reconoció unos cuantos
objetos típicamente vampíricos colocados por la habitación. Miniaturas, pequeñas ballestas
e incluso una baraja de tarot encima de una repisa.
–Nick cree que es gracioso –le explicó Hunter mientras ella cogía la baraja–. Cada vez
que encuentra algo relacionado con vampiros, lo trae y lo deja aquí para que yo lo vea.
–¿Te molesta?
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–No, es un buen chico… casi siempre.
A medida que él la conducía a través de las dependencias de la antigua mansión, llegó
un momento en que Amanda se sintió perdida.
–¿Pero cuántas habitaciones hay en este lugar? –preguntó al entrar a una sala de juegos.
–Hay doce dormitorios y tiene más o menos unos dos mil metros cuadrados.
–¡Jesús! He estado en centros comerciales más pequeños.
Él soltó una carcajada.
En el centro de la habitación había una mesa de billar tallada, y en uno de los laterales
podían verse unas cuantas máquinas de videojuegos, sacadas de algún salón recreativo, y
una gran pantalla de televisión a cuyos pies se alineaba una colección de videoconsolas,
sobre una mesita de café. Pero lo que le resultó más sorprendente, fueron unos guantes de
béisbol y una pelota que estaban sobre una mesita plegable en un rincón. Amanda se acercó
a la mesa.
–Algunas noches Nick y yo nos lanzamos unas cuantas bolas –le explicó.
–¿Por qué?
Hunter se encogió de hombros.
–Es una forma de aclararme las ideas cuando estoy en un aprieto.
–¿Y a Nick no le importa?
Él se rió.
–A Nick le importa todo. No recuerdo ni una sola ocasión en la que le haya pedido algo
sin tener que escuchar sus quejas después.
–Y entonces, ¿por qué dejas que siga trabajando para ti?
–Soy masoquista.
En esta ocasión le tocó reír a Amanda.
–Me encantaría conocer al tal Nick.
–Sin duda, lo harás mañana.
–¿De verdad?
Él asintió.
–Cualquier cosa que necesites pídesela y él te la conseguirá. Si te ofende en lo más mínimo,
házmelo saber y lo mataré en cuanto me levante.
Amanda percibió algo en su tono de voz que le hizo pensar que, posiblemente, no se tratara
de una falsa amenaza.
Hunter abrió las enormes puertas francesas y entró en un atrio acristalado. El techo estaba
muy limpio y dejaba ver las miles de estrellas que brillaban en el cielo mientras los pasos
de ambos resonaban sobre las baldosas del suelo.
–Es precioso.
–Gracias.
Amanda se acercó a una gran escultura, en el centro de la estancia, que mostraba a tres
mujeres jóvenes. La pieza era extraordinaria. La más joven de las tres estaba tumbada de
costado con un pergamino entre las manos, mientras las otras dos se sentaban de espaldas
la una a la otra. Una sostenía una lira y la otra parecía estar cantando. El modo en que estaban
pintadas resultaba muy extraño. Las tres parecían reales y todas ellas tenían un
asombroso parecido con Hunter.
–¿Es griega? –le preguntó.
Una mirada apenada ensombreció su rostro y asintió.
97
–Eran mis hermanas.
Con el corazón en un puño, Amanda las observó con más atención.
Hunter acarició con ternura el brazo de la chica que sostenía el pergamino. Había fruncido
ligeramente el ceño mientras estudiaba la estatua a tamaño real de la joven, que no
tendría más de dieciocho años. El peplo azul hacía juego con sus ojos.
–Althea era la más pequeña de los cuatro –le explicó con voz ronca–. Era callada, tímida
y tartamudeaba de un modo muy gracioso cuando se ponía nerviosa. ¡Por los dioses! Ella lo
odiaba pero a mí me parecía muy tierno. Diana –siguió con la explicación, señalando la chica
que portaba la lira y que iba vestida de rojo–, era dos años mayor que yo y tenía el carácter
de una arpía. Mi padre solía decir que nos parecíamos demasiado y que por eso no
nos llevábamos bien. Y Phaedra era un año más joven que yo y cantaba como los ángeles.
Amanda observó a la muchacha vestida de amarillo.
Las tres compartían una dulzura muy especial. El escultor las había representado como
si estuviesen en movimiento, incluso los pliegues de los peplos parecían reales y delicados.
Nunca había visto una maestría igual en una escultura. Parecían tan reales que casi esperaba
que una de ellas empezara a hablar en cualquier momento.
No era de extrañar que Hunter estuviera tan afectado.
–Las querías mucho.
Él asintió.
–¿Qué les sucedió?
Antes de contestar, Hunter se alejó un poco.
–Se casaron y tuvieron unas vidas largas y felices. Diana le puso mi nombre a su primer
hijo.
Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Amanda al pensar que la hermana que peor
se había llevado con él hubiese hecho tal cosa. Decía mucho de la relación que habían compartido.
Observando a las jóvenes, recordó lo que él le había contado sobre Althea en el coche:
la muchacha de largo cabello rubio ondulado se había rapado la cabeza al enterarse
de la muerte de su hermano. Debían haberlo amado tanto como él a ellas.
–¿Qué pensaron sobre tu transformación en Cazador Oscuro?
Él se aclaró la garganta.
–Nunca lo supieron. Para ellas, yo estaba muerto.
–Entonces, ¿cómo sabes tanto sobre…?
–Podía escucharlas mientras vivieron. Sentirlas; del mismo modo en que tú puedes abrir
tu corazón a Tabitha y saber si está preocupada.
Ella se tensó al escucharlo.
–¿Cómo lo sabes?
–Ya te lo he dicho, puedo percibir tus poderes.
Un escalofrío le recorrió la espalda y Amanda se preguntó si podría ocultarle algo.
–Eres un hombre aterrador.
Una extraña luz brilló en los ojos oscuros.
–No soy un hombre. Dejé atrás mi humanidad al morir.
Quizás él lo creyera así, pero Amanda sabía que no era cierto. Puede que no tuviese
alma, pero era un hombre de buen corazón y era humano.
–¿Por qué accediste a convertirte en Cazador Oscuro a pesar de que nunca te vengaste
de Theone?
–En ese momento me pareció una buena idea.
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Con esas palabras, Amanda sintió que algo se derretía en su interior. Quizás fuese la soledad
que se filtraba en su voz o la resignación que mostraban sus ojos. No podía decirlo
con certeza, pero sabía que sería incapaz de regresar a su antigua vida y olvidar a este
hombre. Había sido testigo de su bondad. De su dolor. Y, que Dios la ayudara, cuanto más
sabía de él más lo deseaba.
Lo deseaba de un modo que iba más allá de todo razonamiento. Apenas se conocían y
aún así había un vínculo entre ellos.
Observó los atormentados ojos oscuros que la miraban con pasión y deseo. Él era lo que
su madre llamaba «la otra mitad». Ésa era la expresión que su madre usaba para describir
a su padre, y Selena para referirse a Bill.
Por primera vez en su vida, Amanda comprendía su significado. No podía dejarlo escapar
ahora que lo había encontrado.
No sin luchar.
Ajeno a los pensamientos de Amanda, Hunter se dio la vuelta y la instó a regresar a la
casa. La acompañó a una suite situada en la planta baja.
–Puedes pasar la noche aquí. Te traeré algo más cómodo para dormir.
Amanda vagó alrededor de la suntuosa habitación. La enorme cama tallada parecía recién
sacada de una antigua película. El color verde oscuro que decoraba las paredes habría
hecho parecer diminuta cualquier habitación pero, en un lugar tan espacioso, el efecto era
sorprendente; le daba una apariencia cálida y acogedora.
Hunter regresó al instante con una camiseta negra y unos pantalones de deporte que se
la tragarían entera.
–Gracias –le dijo mientras cogía la ropa.
Él se quedó frente a ella, inmóvil, mirándola a los ojos.
Para sorpresa de Amanda, alzó la mano y le recorrió el mentón con un dedo, erizándole
la piel con el suave roce de la uña. Intuyó que deseaba besarla y se quedó sorprendida al
comprender lo mucho que ella deseaba que lo hiciera.
Pero no la besó. Se limitó a observarla con esos voraces ojos oscuros antes de pasar el
pulgar por sus labios, obligando a Amanda a reprimir un gemido ante la arrolladora sensación
que despertaban sus caricias. Y su olor. La atmósfera entre ellos estaba cargada de
tensión; el deseo y la necesidad eran recíprocos y su intensidad la debilitaba y a la vez la
hacía sentirse más fuerte que nunca.
Justo cuando pensaba que iba a besarla, Hunter se alejó.
–Buenas noches, Amanda.
Ella observó cómo se marchaba con el corazón en un puño.
Kyrian se maldijo a sí mismo con cada paso que lo acercaba a su despacho. Debería haberla
besado. Debería…
No. Había hecho lo correcto. No podría haber nada entre ellos. Los Cazadores Oscuros
podían tener una aventura de unas cuantas noches con una mujer, pero les estaba prohibido
involucrarse en una relación seria. Era demasiado arriesgado. Las mujeres se convertían,
de ese modo, en objetivo de los Daimons y debilitaban a los Cazadores, que se volvían más
prudentes. Y en este trabajo, la prudencia conducía a la muerte.
El tema nunca le había preocupado con anterioridad. Pero esa noche, el dolor era tan
fuerte que casi estaba acabando con él. Odiaba los sentimientos que estaban creciendo en
su interior. Odiaba la necesidad que Amanda despertaba en él. Hacía mucho tiempo que
había desterrado todas sus emociones y prefería vivir de ese modo. Era una especie de capullo
que lo mantenía libre de cualquier tipo de confusión.
–Tengo que sacármela de la cabeza.
Entró en el despacho, y se conectó a la web de los Cazadores Oscuros, Dark-Hunter.com.
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Al instante, otros Cazadores Oscuros le abrieron unas cuantas ventanas y el icono del correo
comenzó a parpadear. La tecnología era algo maravilloso. Poder comunicarse de ese
modo era un regalo de los dioses. Hacía que las largas noches fuesen más soportables y les
permitía intercambiar información importante.
Se sentó en el sillón de cuero negro y abrió una de las ventanas. Era Acheron.
«Nick ha llamado. Dice que Desiderius te ha pateado el culo. ¿Estás bien?»
Kyrian apretó los dientes y tecleó la respuesta.
–Voy a matarlo por esto. Estoy bien. Desiderius se ha escondido en un refugio. ¿Qué sabes
de él?
«Fue el que eliminó a Cromley hace unos años, así que te estás enfrentando a unos poderes
nada despreciables. He hablado con el Escudero de Cromley y me ha dicho que Desiderius
se lo pasó en grande volviéndolo loco. Mejor no comentar cómo lo mató. Personalmente,
me gustaría que el tal D. viniera a por mí. Necesito una buena pareja de baile. Mis
Daimons cojean.»
Kyrian se echó a reír ante el despliegue de humor de Ash. El hombre verdaderamente no
tenía paciencia con los Daimons lerdos.
–Talon dice que usan descargas astrales. ¿Te has encontrado con algo así alguna vez?
«Si te soy sincero, en mis once mil años… joder, no. Es la primera vez. He hablado con
los Oráculos y ahora mismo están consultando a las Parcas. Pero ya sabes cómo son. Estoy
seguro de que nos saldrán con algo como: “Cuando el cielo verde esté y el negro cubra de
la tierra su faz, un ataque de los Daimons os sorprenderá. Si queréis al que tiene el poder
capturar, algo especial tenéis que hallar”, o una porquería por el estilo. Odio a los Oráculos.
Si quisiera ejercitar la mente, me compraría un Cubo de Rubik.»
–Yo no lo veo tan claro, Ash, eres un especialista en esas adivinanzas. ¿Estás seguro de
que no quieres convertirte en Oráculo?
«Apúntate esto, General: que te jodan. Ahora, déjame trabajar. Tengo Daimons que perseguir,
Cazadores con los que pelearme y mujeres que seducir. Luego hablamos.»
Sin muchas ganas de mantener otra conversación, Kyrian abandonó la web y abrió el correo,
pero tampoco le apetecía leer los mensajes.
Lo que quería estaba más allá de su alcance.
En contra de su voluntad, cruzó lentamente el pasillo y descendió las escaleras. Antes
de ser consciente de lo que estaba haciendo, se descubrió junto a la habitación de Amanda.
Apoyó la mano sobre la oscura madera de la puerta y extendió los dedos mientras cerraba
los ojos. Podía verla sentada en la cama. Se había puesto su camiseta negra, que dejaba a
la vista esas largas piernas desnudas.
El fuego incendió su cuerpo, recorriéndole las venas. Sentía el dolor de Amanda por la
pérdida de su hogar; el miedo a la posibilidad de que Desiderius hiciera daño a su hermana;
la preocupación por la compañera de Tabitha, Allison.
Y, lo que era peor, percibía las lágrimas que se esforzaba por contener. Era tan fuerte,
tan resuelta... Jamás había conocido a una mujer igual.
El sueño que lo había despertado esa mañana le volvió a la mente. Aún podía sentirla
entre sus brazos.
«Te deseo»
Daría cualquier cosa porque esas mismas palabras fuesen una realidad y Amanda lo mirara
con ganas de devorarlo. En ese preciso momento, lo único que quería era tirar la puerta
abajo de una patada y hacerle el amor. Sentir sus caricias. Dejar que lo abrazara.
Que le diera la bienvenida.
Pero no podía ser.
Con el corazón encogido, se obligó a marcharse. Tenía trabajo que hacer.
100
Amanda miró el reloj. Las doce y media. Por regla general, a esa hora estaba profundamente
dormida. Pero para Hunter la noche aún sería joven.
Comenzó a preguntarse qué haría él a esa hora tan temprana. Con toda seguridad, no
se dedicaría todas las noches a matar Daimons. No podría haber tantos… ¿o sí?
Antes de darse cuenta de lo que hacía, salió de la cama y comenzó a vagar por la enorme
casa. No sabía dónde estaba Hunter. No se había molestado en mostrarle su habitación
cuando le enseñó la casa. Pero el instinto le decía que debía estar en la planta alta. Probablemente,
tan lejos de la suya como fuese posible.
Estaba a mitad de la escalera cuando escuchó un ruido extraño en el patio. Una especie
de silbido. Dio la vuelta y se encaminó hacia la sala de juegos. No había ninguna luz encendida,
pero la luna y las estrellas eran tan brillantes que podía distinguir una figura oscura
en el atrio. Su primer impulso fue llamar a Hunter pero, antes de hacerlo, se detuvo.
Había algo familiar en ese perfil. Se acercó un poco más a las puertas francesas y reconoció
a Hunter y a Terminator. Llevaba una camiseta de manga corta y unos pantalones de
deporte y estaba lanzando la pelota de béisbol a una especie de red que se la devolvía. En
cuanto tiraba la bola, Terminator comenzaba a correr, persiguiéndola, para volver al instante
junto a él. La escena le arrancó una sonrisa. Hunter daba unas palmaditas al perro y volvía
a lanzar la bola.
Comenzó a alejarse de allí, pero se detuvo. No podía hacerlo. En lugar de regresar a la
habitación abrió las cristaleras.
Hunter se giró de inmediato. La bola, que había olvidado al escuchar sus pasos, rebotó
en la red y le dio en la cabeza. Soltó un siseo de dolor mientras se frotaba el lugar del impacto
y Terminator se marchaba en persecución de la pelota.
–¿Necesitas algo? –le preguntó con brusquedad.
Que me beses.
Amanda tragó saliva.
–Nada; no sabía dónde estabas.
–Pues ya lo sabes.
Su voz volvía a ser gélida. Éste no era el Hunter que la había acompañado hacía poco
rato. El que tenía delante era el Cazador Oscuro que había despertado en la fábrica encadenado
a ella. En guardia y distante.
Y le estaba rompiendo el corazón. No se trataba de que estuviera molesto por el golpe
de la bola en la cabeza, no. Ella sabía que había vuelto a alzar las barreras. Quería mantenerla
alejada.
Captando la indirecta, asintió.
–Sí, ya. Buenas noches.
Kyrian la observó mientras se alejaba. Le había hecho daño. Lo sabía, lo sentía y se odiaba
a sí mismo por ello.
Llámala.
¿Para qué?
Jamás podría haber algo entre ellos. Ni siquiera una simple amistad.
Apretando la mandíbula, regresó al ejercicio. Intentaría concentrarse en Desiderius. Intentaría
atraer al Daimon hasta que estuviese a su alcance.
Era inútil.
Amanda seguía con él. Era su rostro lo que veía si cerraba los ojos. Era su olor lo que
respiraba. Si no se la sacaba de la cabeza iba a acabar muerto. Y si él moría, Desiderius iría
tras ella.
Volvió a arrojar la bola contra la red con un gruñido. Saltó y alzó el brazo para cogerla de
101
nuevo pero, antes de rozarla, sintió un dolor intenso y agudo en la cabeza. Lanzó una maldición
e intentó aliviar el dolor presionando la palma de la mano sobre el ojo derecho. Mientras
se esforzaba por recuperarse, lo asaltó una visión.
Desiderius.
Mientras la imagen cobraba fuerza, se quedó petrificado. Con una sorprende nitidez vio
cómo Desiderius lo mataba.
Y escuchó los sollozos de Amanda.
Ocho
Cuando consiguió dormirse, sus sueños se convirtieron en un calidoscopio de imágenes
confusas sin orden ni concierto. Rostros y lugares giraban y desaparecían en su mente, hasta
que sintió que el torbellino la arrastraba.
Pasaron unos minutos hasta que todo se tranquilizó y Amanda consiguió ver las imágenes
con claridad. Unas personas desconocidas la saludaban al pasar junto a ellas. Todo era
increíblemente real; parecía un recuerdo olvidado, más que un simple sueño. Incluso conocía
los nombres de todos esos hombres sin haberlos visto antes. Sabía cosas sobre ellos de
las que sólo un amigo podría estar al tanto.
Escuchó las risas de los soldados entregados a la celebración de la victoria y sintió una
curiosa mezcla de alegría y tristeza cuando llegó a una tienda de color rojo desvaído, donde
estaban reunidos un buen número de ellos, pertrechados con antiguas armaduras.
–Has estado brillante –le dijo un veterano soldado dándole una palmada en la espalda.
Ella lo reconoció como su lugarteniente. Un hombre en el que podía confiar y que la idolatraba.
Dimitri siempre había buscado su consejo y su fuerza. Tenía una herida abierta en
el lado izquierdo de la cara, pero los cansados ojos grises resplandecían. Aunque tenía la
armadura cubierta de sangre, no parecía estar herido de gravedad.
–Es una lástima que Julian no esté aquí para ver esta victoria. Habría estado muy orgulloso
de ti, comandante. Toda Roma debe estar llorando.
En ese momento Amanda se dio cuenta de que no era ella la que estaba soñando. Era
Kyrian…
El rostro de Kyrian estaba manchado de sangre, sudor y polvo; el cabello, largo y sujeto
con una tira de cuero, no tenía mejor aspecto. De la sien izquierda caían tres finas trenzas
hasta la mitad del pecho. Era un hombre absolutamente devastador y completamente humano.
Sus ojos, de un profundo color verde, resplandecían por la victoria. Su porte era el de
un hombre sin igual, un hombre cuyo destino era la gloria.
Kyrian alzó la copa de vino y se dirigió a los hombres reunidos en su tienda.
–Dedico esta victoria a Julian de Macedonia. Donde quiera que se encuentre, sé que, en
estos momentos, se estará riendo por la derrota de Escipión.
Los hombres le respondieron con un clamoroso rugido.
Kyrian dio un sorbo al vino y miró al veterano soldado que estaba a su lado.
–Es una pena que Valerius no estuviese con Escipión. Estaba deseando enfrentarme con
él. Pero no importa. –Alzando la voz para que todos los presentes pudieran escucharlo continuó–:
Mañana marcharemos sobre Roma y pondremos a esa puta de rodillas.
Todos gritaron su aprobación.
–En el campo de batalla, con la espada en la mano, eres invencible –le dijo su lugarteniente,
con un tono de voz que delataba su admiración–. Mañana a esta hora serás el gobernador
del mundo conocido.
Kyrian meneó la cabeza, expresando su negativa.
102
–Andriscus será mañana el gobernador de Roma, no yo.
El hombre pareció horrorizado; se inclinó hacia Kyrian y le habló en voz baja, de modo
que nadie más lo escuchara.
–Hay quienes piensan que es débil; los mismos que te apoyarían si…
–No, Dimitri –lo interrumpió de forma educada–. Aprecio el gesto, pero he jurado poner
mi ejército a disposición de Andriscus y así será hasta el día que muera. Jamás lo traicionaré.
La expresión del rostro de Dimitri dejó clara la confusión que sentía. No estaba muy seguro
de si debía aplaudir la lealtad de su Comandante o maldecirlo por ella.
–No conozco a ningún otro hombre que dejase pasar la oportunidad de gobernar el mundo.
Kyrian soltó una carcajada.
–Los reinos y los imperios no dan la felicidad, Dimitri. Es el amor de una buena mujer y
de unos hijos lo que hacen a un hombre feliz.
–Y la victoria –añadió Dimitri.
La sonrisa de Kyrian se ensanchó.
–Esta noche, al menos, parece que es cierto.
–¿Comandante?
Kyrian se giró al escuchar que alguien lo llamaba y vio a un hombre que se abría camino
entre los congregados en la tienda. El soldado le tendió un pergamino sellado.
–Un correo trajo esto. Lo llevaba un mensajero romano que fue apresado esta mañana.
Al cogerlo, Kyrian observó el sello de Valerius el Joven. Lo abrió con curiosidad y lo leyó.
Con cada nueva palabra, sentía que su pánico aumentaba. El corazón comenzó a latirle con
más fuerza.
–¡Mi caballo! –gritó mientras salía corriendo de la atestada tienda–. Traed mi caballo.
–¿Comandante?
Kyrian se dio la vuelta para mirar a su lugarteniente, que lo había seguido. El hombre
fruncía el ceño, visiblemente preocupado.
–Dimitri, quédate al mando hasta que regrese. Que el ejército se repliegue de nuevo hacia
las colinas, lejos de los romanos, hasta nueva orden. Si no estoy de regreso en una semana,
dirígete con todo el grueso de la tropa a Punjara y únete a Jasón.
–¿Estás seguro?
–Sí.
En ese momento llegó un muchacho, tirando de las riendas del semental negro de Kyrian.
Con el corazón desbocado, lo montó de un salto.
–¿Dónde vas? –le preguntó Dimitri.
–Valerius se dirige a mi villa. Tengo que llegar antes que él.
El hombre agarró las riendas, horrorizado.
–No puedes enfrentarte a él tú solo.
–No puedo perder tiempo esperando a que alguien me acompañe. Mi esposa está en peligro.
No vacilaré. –Y dándole la orden a su montura, atravesó el campamento a todo galope.
Amanda se agitaba en la cama al tiempo que sentía el creciente pánico de Kyrian.
Necesitaba proteger a su esposa a toda costa. Los días pasaban uno tras otro y él seguía
cabalgando velozmente, cambiando de montura cada vez que llegaba a un pueblo. No se
103
detuvo a comer ni a dormir. Parecía que un demonio lo hubiese poseído y un solo pensamiento
ocupaba su mente: Theone. Theone. Theone.
Llegó a su casa en mitad de la noche. Exhausto y aterrorizado, bajó de un salto del caballo
y golpeó con fuerza las puertas de la villa para que lo dejaran entrar.
Un hombre mayor abrió las pesadas puertas de madera.
–¿Su Alteza? –preguntó el sirviente, incrédulo.
Kyrian entró, dejando atrás al hombre mientras recorría con la mirada el vestíbulo, en
busca de alguna señal del enemigo. No encontró nada fuera de lo normal. Pero seguía intranquilo.
Aún no podía relajarse. No se calmaría hasta que no viese a su esposa con sus
propios ojos.
–¿Dónde está mi esposa?
El viejo sirviente pareció confundido por la pregunta. Abrió y cerró la boca, como un pez
fuera del agua, antes de hablar.
–En el lecho, Alteza.
Cansado, débil y muerto de hambre, Kyrian se apresuró a cruzar el largo pasillo porticado
que conducía a la parte trasera de la villa.
–¿Theone? –la llamó mientras corría, desesperado por verla.
Una puerta se abrió al final del pasillo. Una mujer rubia y menuda, increíblemente hermosa,
salió de la habitación, cerró la puerta a sus espaldas y miró a Kyrian de arriba abajo
con una mirada gélida, estudiando su desaliño.
Estaba sana y salva. Y era la imagen más hermosa que sus ojos habían contemplado jamás.
Las mejillas le brillaban con un rubor rosado y sus largos mechones rubios caían desordenados
a ambos lados del rostro. Había envuelto su cuerpo desnudo con una fina sábana
blanca que sujetaba con las manos.
–¿Kyrian? –preguntó, con voz airada.
El alivio lo inundó a la vez que se le llenaban los ojos de lágrimas. ¡Estaba viva! Gracias
a los dioses. Parpadeando para evitar el llanto, la estrechó entre sus brazos y la sostuvo
con fuerza. Jamás había estado más agradecido a las Parcas por su misericordia.
–Kyrian –masculló ella, forcejeando para librarse de su abrazo–. Bájame. Hueles tan mal
que apenas puedo respirar. ¿Tienes la más ligera idea de lo tarde que es?
–Sí –le contestó, intentando aflojar el nudo que sentía en la garganta y dejando que la
alegría lo inundara. La dejó en el suelo y le tomó el rostro entre las manos. Estaba tan cansado
que apenas si podía mantenerse en pie ni pensar, pero no pensaba dormir. No hasta
que ella estuviese a salvo–. Y debo llevarte lejos de aquí. Vístete.
Ella lo miró, frunciendo el ceño.
–¿Llevarme a dónde?
–A Tracia.
–¿A Tracia? –repitió, incrédula–. ¿Te has vuelto loco?
–No. Me ha llegado la información de que los romanos se encaminan hacia aquí. Voy a
llevarte a casa de mi padre para ponerte a salvo. ¡Apresúrate!
Pero no se movió. En lugar de hacerlo, su rostro se ensombreció y los ojos grises chispearon
de furia.
–¿Con tu padre? Hace siete años que no hablas con él, ¿qué te hace pensar que va a
acogerme ahora?
–Mi padre me perdonará si se lo pido.
–Tu padre nos echará de su casa a los dos; lo dijo de un modo bastante público. Ya me
han avergonzado demasiadas veces en mi vida; no necesito oír cómo me llaman puta en mi
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propia cara. Además, no quiero abandonar mi villa. Me gusta vivir aquí.
Kyrian hizo oído sordos a sus palabras.
–Mi padre me quiere y hará lo que yo le pida. Ya lo verás. Ahora, vístete.
Ella miró detrás de Kyrian.
–¿Polydus? –llamó al anciano sirviente que había estado esperando tras Kyrian todo el
tiempo–. Prepara un baño para el señor y tráele comida y vino.
–Theone…
Ella lo detuvo, tapándole la boca con la palma de la mano.
–Shhh, mi señor. Es más de medianoche. Tienes un aspecto espantoso y hueles aún
peor. Déjame lavarte, alimentarte y prepararlo todo para que duermas y, después, por la
mañana, discutiremos lo que es preciso hacer para protegerme.
–Pero los romanos…
–¿Te has cruzado con alguno de camino hacia aquí?
–Bueno… no.
–Entonces, de momento no hay peligro, ¿o sí?
Demasiado cansado para discutir, le dio la razón.
–Supongo que no.
–Ven, acompáñame. –Lo tomó de la mano y lo llevó hasta una pequeña estancia situada
a un lado del pasillo principal.
Amanda vio una habitación iluminada por la luz de las velas y con una pequeña chimenea.
Kyrian estaba recostado en una bañera dorada mientras su esposa lo bañaba.
Atrapó una de las manos de Theone y la acercó a su mejilla, ensombrecida por la barba.
–No sabes cuánto te he echado de menos. Nada me reconforta más que tus caricias.
Ella le ofreció una copa de vino con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
–He oído que has arrebatado Tesalia a los romanos.
–Sí. Valerius estaba furioso. Estoy impaciente por marchar sobre Roma. Y lo conseguiré,
recuerda lo que te digo.
Vació la copa de un trago y la dejó a un lado. Con el cuerpo enfebrecido, atrapó a su mujer
y la metió en la bañera con él.
–¡Kyrian! –jadeó ella.
–Shhh –susurró él sobre sus labios–. ¿No vas a darme un beso?
Ella consintió, pero sin mostrarse muy receptiva. Kyrian lo notó de inmediato.
–¿Qué ocurre, amor mío? –le preguntó, echándose hacia atrás–. Esta noche pareces muy
distante, como si tus pensamientos estuvieran en otro lugar.
El rostro de Theone se suavizó antes de colocarse a horcajadas sobre él e introducirse su
miembro.
–No estoy distante. Estoy cansada.
Él sonrió y gimió cuando ella comenzó a moverse.
–Perdóname por haberte despertado. Sólo quería saber que estabas bien. No podría seguir
viviendo si algo te sucediera –le dijo tomándole el rostro con ambas manos y acariciándole
las mejillas con los pulgares–. Siempre te amaré, Theone. Eres el aire que respiro.
La besó para saborearla por completo.
Ella pareció relajarse un poco entre sus brazos mientras seguía montándolo. Su mirada
jamás se apartaba de él, como si estuviese esperando algo…
105
Tan pronto como alcanzó el clímax, Kyrian se echó hacia atrás y la observó. Se sentía tan
débil como un recién nacido, pero estaba en casa y su esposa le daba fuerzas. Estaba a salvo.
En cuanto ese pensamiento cruzó su mente comenzó a escuchar un extraño zumbido y
todo empezó a darle vueltas. Comprendió al instante lo que su esposa había hecho.
–¿Veneno? –masculló.
Theone se apartó de él y salió de la bañera. Se envolvió con rapidez en una toalla y le
contestó.
–No.
Intentó salir de la bañera, pero estaba demasiado mareado y volvió a caer al agua. Le
costaba trabajo respirar y apenas si podía hilar dos pensamientos seguidos con la mente
tan embotada. Lo único que tenía claro era que la mujer que amaba lo había traicionado. La
misma mujer a cuyos pies había puesto el mundo.
–Theone, ¿qué me has hecho?
Ella alzó la barbilla y lo contempló con frialdad.
–Lo que tú no eres capaz de hacer. Asegurar mi porvenir. Roma es el futuro, Kyrian, no
Andriscus. Jamás sobrevivirá para ascender al trono de Macedonia.
La oscuridad lo engulló.
Amanda gruñó al sentir un lacerante dolor en la cabeza. Cuando la luz regresó, encontró
a Kyrian tumbado desnudo sobre una fría losa de piedra, inclinada en un ángulo de cuarenta
y cinco grados.
Tenía los brazos y las piernas atados con cuerdas a unos tornos. Estaba observando una
vieja mesa, dispuesta al otro lado de la habitación, sobre la que se habían desplegado toda
clase de instrumentos de tortura. Dándole la espalda a Kyrian y estudiando con atención los
artefactos, había un hombre alto, de pelo oscuro.
Se sentía solo, indefenso y traicionado. Sentimientos aterradores para alguien que jamás
había sido vulnerable.
La temperatura de la habitación era sofocante debido al fuego que crepitaba en la chimenea.
De algún modo, Amanda supo que era verano. Las ventanas estaban abiertas y la
suave brisa del Mediterráneo refrescaba la habitación y traía el aroma del mar y de las flores.
Kyrian escuchó las risas en el exterior y se le hizo un nudo en el estómago.
Era un día demasiado hermoso para morir.
El hombre que estaba junto a la mesa ladeó la cabeza. Se giró abruptamente y lo miró
con furia. Aunque era increíblemente apuesto, su rostro estaba contorsionado por la ira,
restándole parte de su belleza. Sus ojos eran crueles y brillantes, semejantes a los de una
víbora. Vacíos, calculadores y carentes de compasión.
–Kyrian de Tracia –dijo con una perversa sonrisa–. Por fin nos conocemos. Aunque supongo
que esto no cuadra exactamente con tus planes, ¿no es cierto?
–Valerius –masculló tan pronto como vio el emblema que colgaba de la pared, sobre el
hombro de su captor. Reconocería el águila en cualquier parte.
La sonrisa del romano se ensanchó mientras cruzaba la habitación. Su rostro no mostraba
el más mínimo asomo de respeto. Sólo presunción. Sin pronunciar una sola palabra más,
comenzó a girar la manivela de los tornos a los que estaban unidas las cuerdas. Al estirarse,
los músculos de Kyrian se tensaron también y los tendones comenzaron a desgarrase al
mismo tiempo que las articulaciones se desencajaban.
Kyrian apretó los dientes y cerró los ojos ante la agonía que su cuerpo padecía.
Valerius soltó una carcajada y volvió a girar la manivela.
–Eso está bien, eres fuerte. Me resulta odioso torturar a esos jovenzuelos que no paran
de llorar y de gritar. Le resta diversión.
Kyrian no contestó.
106
Tras asegurar la manivela de modo que el cuerpo de Kyrian se mantuviera dolorosamente
estirado, Valerius se acercó a la mesa de los artilugios y cogió una pesada maza de hierro.
–Puesto que eres nuevo en estos lares, permíteme que te muestre cómo tratamos los romanos
a nuestros enemigos… –regresó junto a él con una insultante sonrisa de satisfacción
en el rostro–. En primer lugar, les rompemos las rodillas. De este modo, sé que no cederán
a la tentación de escapar a mi hospitalidad hasta que sea yo quien decida si están preparados
para marcharse.
Con esas palabras, golpeó la rodilla izquierda de Kyrian, destrozando la articulación al
instante. Un dolor inimaginable lo recorrió. Mordiéndose los labios para no gritar, se sujetó
con fuerza a las cuerdas que le rodeaban las muñecas. La sangre se deslizaba, en un cálido
reguero, por sus antebrazos.
Una vez hubo roto la otra rodilla, Valerius cogió un hierro candente del fuego y se lo
acercó.
–Sólo tengo una pregunta que hacerte. ¿Dónde está tu ejército?
Kyrian lo miró con los ojos entrecerrados, pero no le dijo nada.
El romano le colocó el hierro sobre la cara interna del muslo.
Amanda perdió la cuenta de todas las heridas que Kyrian sufrió a manos del tal Valerius.
Hora tras hora, día tras día, la tortura continuaba con renovado vigor. Resultaba increíble
que una persona pudiera continuar viviendo entre tanto sufrimiento. Jadeó al sentir que
arrojaban agua fría al rostro de Kyrian.
–No creas que voy a permitir que pierdas el conocimiento para escapar de mí. Y tampoco
voy a dejarte morir de hambre hasta que me venga en gana.
Valerius lo agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás con crueldad para meterle
algo líquido en la boca. Kyrian siseó cuando el caldo salado cayó sobre las heridas que tenía
en las mejillas y en los labios. Estuvo a punto de ahogarse, pero su captor continuó haciéndolo
tragar.
–Bebe, maldito seas –masculló Valerius–. ¡Bebe!
Kyrian volvió a desmayarse y de nuevo el agua fría lo despertó.
Días y noches se mezclaban al tiempo que el romano continuaba con la tortura sin la
más mínima compasión. Y siempre la misma pregunta.
–¿Dónde está tu ejército?
Kyrian jamás pronunciaba una sola palabra. Tampoco gritaba. Mantenía las mandíbulas
apretadas con tanta fuerza que Valerius tenía que abrirle la boca a la fuerza para darle de
comer.
–Comandante Valerius –lo llamó un soldado, entrando a la estancia mientras el general
tensaba las cuerdas de nuevo–. Perdón por la interrupción, señor, pero ha llegado un emisario
de Tracia que pide audiencia.
El corazón de Kyrian estuvo a punto de dejar de latir. Por primera vez desde hacía semanas
sintió un rayo de esperanza y la alegría lo traspasó.
Su padre…
Valerius arqueó una ceja y miró con curiosidad a su subordinado.
–Esto va a ser muy entretenido. ¡Claro que sí! Lo atenderé.
El soldado se esfumó.
Unos minutos después, un hombre mayor, muy bien vestido, entró en la habitación tras
dos soldados romanos. El recién llegado se parecía tanto a Kyrian que, por un momento,
Amanda creyó que se trataba de su padre.
No bien el hombre estuvo lo suficientemente cerca como para reconocer a un sangriento
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y destrozado Kyrian, soltó un jadeo de incredulidad. Olvidando toda dignidad, su tío corrió a
su lado.
–¿Kyrian? –balbució, aún incrédulo, tocando con precaución el brazo roto de su sobrino.
Los ojos azules mostraban su dolor y su preocupación–. ¡Por Zeus! ¿Qué te han hecho?
Amanda sintió la vergüenza de Kyrian y el dolor que le producía ser testigo del sufrimiento
de Zetes. Sintió la necesidad de aliviar la culpa que reflejaban los ojos del anciano y
el impulso de suplicarle el perdón de su padre.
Pero cuando abrió la boca, tan sólo salió un gemido ronco. Estaba tan malherido que los
dientes le castañeteaban debido a la intensidad del dolor que padecía. Tenía la garganta
tan dolorida y seca que le costaba trabajo respirar pero, por pura fuerza de voluntad, consiguió
hablar con voz trémula.
–Tío.
–Vaya, ¿será posible que realmente pueda hablar? –preguntó Valerius acercándose a
ellos–. No ha dicho nada en cuatro semanas. Nada más que esto…
Y acercó de nuevo el hierro candente al muslo. Apretando los dientes, Kyrian siseó y dio
un respingo.
–¡Basta! –gritó Zetes, apartando al romano de un empujón.
Con mucho cuidado, tomó el rostro de su sobrino en las manos mientras las lágrimas le
caían por las mejillas al intentar limpiar la sangre de los labios hinchados de Kyrian.
Alzó la mirada hacia Valerius.
–Tengo diez carros de oro y joyas. Su padre promete aún más si lo liberas. Estoy autorizado
a presentarte la rendición de Tracia. Y su hermana, la princesa Althea, se ofrece como
tu esclava personal. Lo único que tienes que hacer es dejar que me lo lleve a casa.
¡No!
Amanda escuchó el gritó de Kyrian, pero en realidad ningún sonido había salido de su
garganta.
–Es posible que permita que te lo lleves a casa… una vez lo ejecute.
–¡No! –exclamó Zetes–. Es un príncipe y tú…
–No es ningún príncipe. Todo el mundo sabe que fue desheredado. Su padre hizo pública
su decisión.
–La ha revocado –insistió Zetes, antes de volver a mirar a Kyrian con cariño–. Quiere que
sepas que nada de lo que te dijo era cierto, que debería haberte escuchado y confiado en ti
en lugar de actuar como un imbécil, tonto y ciego. Tu padre te ama, Kyrian. Lo único que
quiere es que regreses a casa para poder daros la bienvenida, a ti y a Theone, con los brazos
abiertos. Te pide que lo perdones.
Las últimas palabras le quemaron más que los hierros candentes de Valerius. No era su
padre el que debía implorar perdón. No era su padre el único que había actuado como un
imbécil. Había sido él quien se había mostrado cruel con un hombre que jamás había hecho
otra cosa más que amarlo. Era tan doloroso que no podía pensarlo. Que los dioses se apiadaran
de ambos, porque los argumentos de su padre habían resultado ser ciertos.
Zetes echó un vistazo a Valerius.
–Te dará cualquier cosa a cambio de la vida de su hijo. ¡Cualquier cosa!
–Cualquier cosa… –repitió el romano–. Una oferta muy tentadora, pero ¿no sería muy estúpido
de mi parte liberar al hombre que ha estado a punto de derrotarnos? –preguntó mirando
con furia a Zetes–. Jamás. –Sacó la daga de su cinturón, agarró con rudeza las tres
trenzas que proclamaban que Kyrian era comandante y las cortó–. Aquí tienes –dijo ofreciéndoselas
a Zetes–. Llévaselas a su padre y dile que eso es lo único que le devolveré de
su hijo.
–¡No!
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–Guardias, aseguraos de que Su Alteza se marcha.
Kyrian observó como agarraban a su tío y lo sacaban a la fuerza de la habitación.
–¡Kyrian!
Kyrian forcejeó contra las cuerdas, pero estaba tan malherido y mutilado que lo único
que consiguió fue hacerse aún más daño. Quería llamar a Zetes para que regresara, tenía
que decirle lo arrepentido que estaba por todo lo que les había dicho a sus padres.
No permitas que muera sin que lo sepan.
–¡No puedes hacer esto! –gritó Zetes un momento antes de que las puertas se cerraran
con un golpe seco, sofocando su voz.
Valerius llamó a su sirviente.
–Trae a mi concubina.
Tan pronto el criado se marchó, el romano se acercó a Kyrian y suspiró, como si estuviese
muy desilusionado.
–Parece que nuestro tiempo de compañía llega a su fin. Si tu padre está tan desesperado
por tu regreso, es tan sólo cuestión de tiempo que reúna su ejército para marchar contra
mí. Obviamente, no puedo permitir que tenga oportunidad de rescatarte, ¿no crees?
Kyrian cerró los ojos y apartó la cabeza para no ver la expresión triunfal de Valerius. En
su mente volvió a contemplar a su padre, aquel último y aciago día, cuando los dos se enfrentaron
en la sala del trono. Julian había bautizado aquel momento como «el día del Duelo
de los Titanes». Ninguno de los dos, ni él ni su padre, habían estado dispuestos a escuchar
al otro, ni a ceder.
Escuchó de nuevo las palabras que dijera a su padre. Palabras que ningún hijo debía decirle
a un padre. El sufrimiento era mil veces más intenso que el que provocaban las torturas
de Valerius.
Mientras recordaba con pesar sus pasadas acciones, las puertas de la estancia se abrieron
y entró Theone. Cruzó la habitación con la cabeza bien alta, como una reina ante su
corte, y se detuvo junto a Valerius, mirándolo con una sonrisa cálida e incitante.
Kyrian la contempló mientras la magnitud de la traición de su mujer se abría camino en
su mente.
Que sea una pesadilla. Por favor, Zeus, no permitas que esto sea real.
Era más de lo que su mutilado cuerpo y su alma podían soportar.
–¿Sabes Kyrian? –le dijo el romano, con un brazo sobre los hombros de Theone al tiempo
que le mordisqueaba el cuello–. Alabo tu gusto para elegir esposa. Es excepcional en la
cama, ¿verdad?
Era el peor golpe que le podía infligir.
Theone lo miró a los ojos, sin asomo de pudor, y dejó que Valerius se colocara a su espalda
y le tocara los pechos, alzándolos. No había rastro de amor en el rostro de su esposa.
Ni remordimiento. Nada. Lo miraba como si fuese un extraño.
Kyrian sintió que se le desgarraba el alma.
–Vamos, Theone, mostrémosle a tu marido lo que interrumpió la noche que llegó a casa.
El romano desprendió el broche del peplo de Theone, que cayó al suelo. Tomando su
cuerpo desnudo en brazos, la besó.
El corazón de Kyrian se hizo pedazos al ver cómo su esposa despojaba a Valerius de la
armadura, al ser testigo de que ansiaba sus caricias con vehemencia. Incapaz de soportarlo,
cerró lo ojos y volvió la cabeza. Pero siguió escuchándolos. Escuchó cómo su mujer suplicaba
a Valerius que la poseyera. La escuchó gemir de placer. Y, cuando alcanzó el clímax
en brazos de su enemigo, sintió que su corazón se marchitaba y moría.
Al fin, Valerius había acabado con él.
109
Dejó que el dolor lo inundara. Dejó que lo traspasara hasta que sólo fue capaz de sentir
una desolación atroz y absoluta.
Cuando acabaron, el romano se acercó a él y le restregó la mano, aún húmeda, por el
rostro. Kyrian maldijo ese olor que le resultaba tan familiar.
–¿Tienes alguna idea de lo mucho que me gusta el olor de tu mujer sobre mi cuerpo?
Kyrian le escupió en la cara.
Enfurecido, Valerius cogió una daga de la mesa y se la clavó con saña en el vientre. Él
jadeó al sentir cómo el frío metal desgarraba su cuerpo. Con malicia, el romano giró la muñeca
e hizo rodar la hoja, introduciéndola aún más profundamente.
–Dime, Theone –dijo Valerius sin dejar de mirar a Kyrian mientras sacaba la daga y lo dejaba
tembloroso y débil–. ¿Cómo debería matar a tu esposo? ¿Debería decapitarlo, como
corresponde a un príncipe?
–No –contestó ella, arreglándose el peplo y asegurándolo sobre el hombro con el broche
que Kyrian le había regalado el día de su boda–. Es el espíritu y la espina dorsal de los rebeldes
macedonios. No permitas que se convierta en un mártir. Si la decisión estuviese en
mis manos, lo crucificaría como a un vulgar ladrón. Deja que sea un ejemplo para los enemigos
de Roma; deja que sepan que no hay honor ni gloria enfrentándose a Roma.
Valerius sonrió con crueldad y se dio la vuelta para mirarla de frente.
–Me gusta cómo trabaja tu mente. –Le dio un casto beso en la mejilla y comenzó a vestirse–.
Despídete de tu esposo mientras lo arreglo todo –le dijo antes de marcharse.
Kyrian luchaba por seguir respirando entre tanto dolor cuando, por fin, Theone se acercó.
El sufrimiento y la ira lo hacían temblar de la cabeza a los pies. No obstante, la mirada
de su esposa seguía siendo vacía. Helada.
–¿Por qué? –le preguntó.
–¿Por qué? –repitió ella–. ¿Tú qué crees? Fui la hija de una prostituta. Crecí pasando hambre
y sin dinero, sin otro remedio que dejar que cualquier hombre usara mi cuerpo cómo le
diera la gana.
–Yo te protegí –dijo con aspereza, moviendo apenas los labios partidos y ensangrentados–.
Te amé. Te mantuve a salvo de todo aquél que pudiera hacerte daño.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
–No iba a permitir que te fueras a luchar contra Roma mientras yo me quedaba en casa,
temiendo que echaran mi villa abajo cualquier día. No quería acabar como la mujer de Julian,
asesinada en mi propia cama, o vendida como esclava. He llegado demasiado lejos
como para volver a vender mi cuerpo o suplicar por unas sobras. Quiero conservar mi seguridad
y haré todo lo que sea preciso para que así sea.
No podía haber encontrado palabras que lo hirieran más. Jamás lo había considerado
otra cosa que un abultado saco de oro. No, no podía creerlo. Se negaba a creerlo. Tenía que
haber un momento, uno solo en el que ella lo hubiese amado. ¿De verdad había estado tan
ciego?
–¿Alguna vez me amaste?
Ella se encogió de hombros.
–Si te sirve de consuelo, has sido el mejor amante que jamás he tenido. Ciertamente, te
voy a echar de menos en la cama.
Kyrian dejó escapar un agónico rugido de rabia.
–Maldición, Theone –dijo Valerius al regresar–. Debería haber dejado que lo torturaras tú.
Yo no he conseguido hacerle tanto daño.
Los soldados llegaron en aquel momento con una cruz enorme. La dejaron en el suelo,
junto a la mesa, y cortaron las cuerdas que mantenían atrapado a Kyrian. Al tener las piernas
rotas cayó de bruces al suelo.
110
Lo levantaron sin muchos miramientos y lo tumbaron sobre el madero.
Kyrian continuó mirando a Theone; ni siquiera sentía lástima. Los ojos de su mujer reflejaban
una fascinación morbosa.
De nuevo, volvió a recordar los rostros de sus padres. Volvió a verlos aquel día que
abandonó su hogar, el día de su boda. Y escuchó otra vez la oferta que Zetes le había hecho
a Valerius.
Los había traicionado a todos por ella. Y, a cambio, Theone ni siquiera fingía sentirse
apenada por lo que le había hecho. Lo que le había hecho a su familia y a su país.
Él era la última esperanza que tenía Macedonia para librarse del yugo romano. Era lo
único que se interponía entre su gente y la esclavitud. Con un solo acto de traición, Theone
había echado por tierra todos sus sueños de libertad.
Y todo porque él había sido un estúpido…
Las últimas palabras de su padre resonaron en su cabeza.
Ella no te ama, Kyrian. Ninguna mujer te amará jamás y ¡eres un maldito imbécil si no lo
ves así!
Uno de los soldados sostuvo un clavo de hierro sobre su muñeca al tiempo que otro alzaba
un pesado mazo.
El soldado romano golpeó con fuerza el clavo…
Amanda despertó con un grito, alarmada al sentir el dolor que le atravesaba el brazo. Se
sentó y se agarró la muñeca para asegurarse de que todo había sido un sueño. Se frotó el
brazo mientras lo miraba fijamente. No había ninguna herida pero…
El sueño había sido real. Lo sabía.
Empujada por una fuerza que no acababa de entender, salió de su habitación en busca
de Kyrian. Atravesó a la carrera la casa, sin encender ninguna luz. Estaba a punto de amanecer.
Subió las escaleras de caoba y atravesó un largo pasillo. Siguiendo sus instintos, se
acercó a unas puertas dobles en el ala oeste de la casa. Sin dudarlo, las abrió y entró en
una habitación dos veces más amplia que la suya.
Junto a la antigua cama con dosel había una vela encendida que proyectaba sombras
extrañas sobre la pared. Las cortinas doradas y marrones estaban sujetas a los postes; sólo
unos diáfanos visillos de color crema protegían el lecho. A través de ellos, veía a Hunter
agitándose entre las sábanas rojizas, como si estuviese en mitad de la misma pesadilla de
la que ella había sido testigo.
Con el corazón atronándole los oídos, corrió hacia la cama.
Kyrian se despertó en el mismo instante que sintió la mano de Amanda, tibia y suave,
sobre el pecho. Abrió los ojos y la encontró sentada a su lado, con los ojos oscurecidos por
el horror y examinándolo con el ceño fruncido.
Él también frunció el ceño al sentir cómo le acariciaba el pecho, como si no pudiese verle
y se encontrara perdida en una especie de trance. Esperó en silencio, tumbado, asombrado
por su presencia.
Amanda apartó la sábana de seda que lo cubría y tocó la cicatriz que tenía en el vientre,
justo al lado del ombligo.
–Te clavó la daga aquí –susurró, acariciando la delgada cicatriz. Al instante lo cogió de
las muñecas y siguió las líneas blanquecinas que las cruzaban–. Aquí te hundieron los clavos.
–Sujetando las manos, le pasó el pulgar sobre las uñas–. Te arrancaron las uñas.
Alargando el brazo, le acarició la mejilla con la palma de la mano. En sus ojos se leían
miles de emociones y a Kyrian esas profundidades de azul cristalino le estaban robando el
aliento. Ninguna mujer lo había mirado así jamás.
–Mi pobre Hunter –murmuró. Las lágrimas le bañaban las mejillas y, antes de saber lo
que estaba haciendo, apartó la sábana por completo, dejando a Kyrian desnudo, sometido a
111
su escrutinio.
Su miembro respondió al instante, endureciéndose y palpitando ante la preocupación
que ella demostraba. Amanda le tocó el muslo donde Valerius lo había marcado con el hierro
candente.
–¡Dios mío! –jadeó mientras sus dedos trazaban la piel rugosa–. Era real. Te lo hicieron
de verdad… –lo miró con los ojos bañados de lágrimas–. Te vi. Te sentí.
Kyrian la miró frunciendo aún más el ceño. ¿Cómo era posible? Había estado soñando
con su ejecución hasta que ella lo despertó. ¿Se habrían fusionado los poderes de ambos de
modo que, de forma inconsciente, sus mentes se unieran mientras dormían? Era una idea
aterradora. Si resultaba ser cierto, la única explicación posible era que estaban unidos a un
nivel mucho más profundo, más allá del mero plano físico.
Y eso significaba que…
No pudo terminar el razonamiento. No existía esa otra persona a la que llamaban «la
otra mitad del alma», especialmente si uno no tenía alma. No era posible.
Amanda se sentía embargada por un profundo dolor mientras observaba al hombre que
tenía delante. ¿Cómo podía haber sobrevivido a una tortura y a una traición semejantes? Y
había cargado con ese fardo durante siglos. Solo. Siempre solo. Sin nada que aliviara su dolor
ni su desdicha.
Sin esperanza.
–Tanto dolor –susurró Amanda.
Deseaba con toda su alma la cabeza de Theone en una bandeja por lo que le había hecho.
Pero sobre todo, deseaba reconfortarlo. Quería aliviar el tormento que habitaba en su
corazón. Borrar el dolor de su pasado. Quería darle esperanza. Quería devolverle su sueño:
una mujer y unos hijos que lo amaran.
Y que Dios se apiadara de ella, porque deseaba ser esa mujer.
Antes de poder detenerse, se inclinó y atrapó sus labios. Él gimió ante el contacto y le
rodeó la cara con las manos para devolverle el beso.
Amanda lo saboreó como jamás lo había hecho con ningún hombre. Podía sentir cómo
Hunter le llegaba al alma mientras sus lenguas se rozaban. Nunca había sido audaz en la
cama, pero es que nunca había deseado a un hombre como ahora lo deseaba a él.
Con todo su ser.
Enterró los labios en el hueco de su hombro y los ojos se le llenaron de lágrimas de nuevo
al encontrar el lugar donde Valerius le había clavado el anillo, haciéndolo sangrar y dejándole
otra cicatriz.
Tanto coraje. Tanto amor.
Ella daría cualquier cosa por encontrar a un hombre que la amara como él había amado
a su esposa. Pero no a cualquier hombre. Sus deseos iban más allá; quería que Hunter la
amara. Quería su corazón. Quería a este hombre que sabía lo que significaba el amor, que
entendía lo que era un compromiso y que era capaz de mostrar compasión.
Y estuviese dispuesto a admitirlo o no, él la necesitaba a ella.
Ningún hombre debería vagar solo eternamente. Ninguno debería soportar las heridas
que él había soportado; no cuando su único crimen había sido amar a alguien más que a sí
mismo.
Su aliento se mezcló con el de Hunter mientras se tumbaba sobre él, a horcajadas sobre
su cintura.
Él gruñó al darse cuenta de que no llevaba nada bajo la camiseta. Sentía la piel caliente
y húmeda de los muslos de Amanda mientras se deslizaba sobre su vientre desnudo, encendiendo
una hoguera en su interior que lo aterrorizaba.
Apártala.
112
No podía. Esa noche no. No con la pesadilla aún tan fresca en su memoria. Estuviese
bien o no, necesitaba consuelo. Quería volver a sentirse amado. Quería sentir la suavidad
de unas manos femeninas sobre su cuerpo. Deseaba que el aroma de Amanda quedase impregnado
sobre su piel.
No pudo evitar dar un respingo cuando Amanda tomó su miembro con la mano.
–Por todos los dioses –balbució sin aliento. Nadie lo había tocado de ese modo en dos mil
años.
Todo su cuerpo empezó a temblar de deseo mientras ella acariciaba su ardiente y rígida
verga.
Hoy sería suya. Ya no había modo de apartarse de ella.
El movimiento de la mano de Amanda, que aferraba su miembro con delicadeza deslizándose
arriba y abajo, desde la punta hasta la base, le erizaba la piel y hacía que le resultase
muy difícil respirar. Sus dedos le rozaron los testículos, endureciéndolo tanto que pensó
que estallaría allí mismo.
Mientras tanto, él recorría el cuerpo femenino con las manos, disfrutando de cada curva
y cada hueco. Disfrutando del tacto suave de su piel bajo la camiseta. Le mordisqueó el
cuello y, por primera vez desde que se convirtiera en Cazador Oscuro, sintió un sobrecogedor
deseo de alimentarse de un humano. El sonido de su sangre latiendo por las venas le
rugía en los oídos. La energía de Amanda lo tentaba, atrayendo al Cazador Oscuro que ansiaba
probarla. Pero estaba prohibido. No les estaba permitido morder el cuello de un humano.
No obstante, mientras pasaba la lengua por el hueco de la garganta de Amanda, ese
profundo deseo se agitaba sin remedio. Sus colmillos la rozaron sin querer y tuvo que emplear
todo su autocontrol para no tomar un sorbo de esa sangre que corría bajo sus labios.
La piel de Amanda se erizó ante el contacto y el pezón que Kyrian acariciaba se endureció
aún más bajo su mano.
Abandonando su cuello con un gruñido, asaltó sus labios y la besó con ansia mientras
deslizaba la mano bajo la camiseta, buscando los oscuros rizos de su entrepierna. Cuando
sintió el roce del vello sobre los dedos al apartar los húmedos labios y tocarla allí por primera
vez, no pudo reprimir un gemido.
Amanda se sobresaltó y dejó escapar un murmullo de satisfacción, aumentando el ritmo
de las caricias sobre su miembro.
Kyrian no podía creer que estuviese tan preparada. Por los dioses, cómo la deseaba.
Quería saborear cada centímetro de su cuerpo. Quería hundirse profundamente en ella y
comprobar su salvaje pasión. Pero reprimió esos deseos para saborear el momento. Para
explorarla lentamente y con ternura.
Deseaba que ese amanecer durara una eternidad.
–Sabes tan bien… –le susurró al tiempo que desgarraba la camiseta tirando del cuello y
se la arrancaba para arrojarla al suelo. Al instante, trazó un sendero de pequeños besos
desde el cuello hasta el pecho.
Amanda se arqueó hacia él cuando la lengua y los colmillos de Hunter le acariciaron el
pezón. La sensación de esos afilados colmillos rozándole la piel la hacía derretirse como
lava ardiente.
De nuevo, Hunter volvió a introducir la mano entre sus cuerpos y la acarició donde más
lo deseaba. Sus dedos comenzaron a trazar lentos círculos, enardeciéndola para al instante
reconfortarla, presionando para después acariciarla levemente, hundiéndose en ella profundamente
para que el fuego la consumiera aún más mientras él le hacía el amor con la
mano.
–Te deseo, Hunter –le murmuró sin aliento al oído–. Nunca he sentido algo así por nadie.
Él sonrió, dejando a la vista los colmillos y girando a la vez sobre el colchón para quedar
sobre ella con una facilidad que sorprendió a Amanda. Dejó escapar un gemido al sentir ese
cuerpo ágil y duro sobre ella. Su peso la dejaba sin aliento. Le rodeó las caderas con las
piernas. Hunter irradiaba fuerza, poder. Esos músculos fuertes y definidos se contraían a su
113
alrededor con cada pequeño movimiento que realizaba. Pero lo que más la cautivaba era la
contención que demostraba, todo ese poder sujeto bajo control que le hacía recordar a un
león preparado para atacar.
Quería más. Quería sentirlo dentro. Quería hacerlo suyo como ninguna mujer lo había
hecho en más de dos mil años. Quería su corazón. No, más aún. Quería hacerlo suyo como
ninguna mujer lo había hecho jamás. Quería ser todo lo que él necesitaba. Su aliento, su corazón
y, sobre todo, su alma.
Ansiaba devolverle su alma. Rescatarlo de su sufrimiento. Liberarlo de su pasado.
Alzándose un poco, le dio un profundo beso antes de confesar involuntariamente sus
pensamientos. Si Hunter lo descubriera, se alejaría de ella sin ninguna duda. No podía permitir
que algo así sucediera; por eso, invocó los poderes que había reprimido durante más
de diez años y los utilizó para resguardar sus pensamientos en lo más profundo de su mente
y de su corazón, por si él aún podía leer en su interior.
Hoy, ella sería su consuelo.
Kyrian gruñó al sentir a Amanda bajo su cuerpo. Había pasado una eternidad desde que
se permitiera confiar en una mujer de ese modo. Una capa de sudor cubría su cuerpo mientras
abandonaba sus pechos para descender por su torso, hasta las caderas y volver a ascender.
La deseaba con una intensidad sobrehumana. Deseaba cosas de ella que no se
atrevía a nombrar. No debería pensar en hacerla suya y en mantenerla a su lado. Pero no
podía evitarlo.
Amanda enterró la mano en su cabello y lo acercó aún más mientras él descendía, mordisqueándola
desde los labios hasta la garganta y de allí hasta el pecho, donde se entretuvo
en saborearla a conciencia. Su lengua se movía en círculos alrededor del endurecido pezón,
acariciando y atormentando. Parecía devorarla con un ansia insaciable, como un hambriento
que festejara un banquete.
Muy lentamente, descendió dejando que los colmillos la arañaran suavemente, con tanta
delicadeza que Amanda no pudo más que sorprenderse. Su cuerpo ardía en cada lugar
donde él posaba las manos en su camino de descenso hacia las caderas. Allí deslizó la lengua,
pasándola por encima de la pelvis hasta llegar al muslo. Le separó las piernas muy lentamente
y siguió lamiéndole la cara interna del muslo.
Amanda contuvo el aliento, estremeciéndose ante lo que estaba por venir. Al percibir su
vacilación, alzó la cabeza para mirarlo y lo descubrió mirándola. La observaba de un modo
posesivo e intenso que la dejó sin respiración. En una especie de trance, observándolo
mientras él la sometía a un intenso escrutinio, vio cómo, muy lentamente y con mucho cuidado,
deslizaba un dedo sobre su sexo y lo retiraba. Ella se estremeció en respuesta a su
caricia. Hunter le separó los labios y la tomó en la boca sin dejar de mirarla a los ojos.
Amanda gritó ante el salvaje éxtasis que la inundó. Ningún hombre le había hecho eso
antes.
Él cerró los ojos y gimió, haciendo que todo el cuerpo de Amanda temblara por la vibración.
Deslizó la lengua dentro y fuera de su vagina trazando lentos círculos; Amanda se revolvía
y se agitaba con cada húmeda caricia.
Kyrian se sobresaltó al paladear su sabor. Nunca había sentido un deseo tan intenso
como el que sentía por esa mujer. Algo en ella sacaba a la superficie su lado más salvaje;
estimulaba sus poderes de Cazador Oscuro y hacía que el animal que habitaba en él comenzara
a despertarse. Esos poderes eran los que utilizaba cuando luchaba o perseguía a
un objetivo. Gracias a ellos, percibía todo lo que ocurría a su alrededor a un nivel mucho
más profundo. Era consciente de los frenéticos latidos del corazón de Amanda, de los pequeños
temblores que sacudían su cuerpo como respuesta a las caricias de sus labios y su
lengua. Sentía el placer que le estaba proporcionando; sentía en las mejillas cómo corría la
sangre de Amanda a través de los muslos y su miembro latía al ritmo de esa marea. Cerró
los ojos, luchando de nuevo contra el impulso de hundir los colmillos en su carne y dejar
que el sabor de su sangre se deslizara por la lengua.
Amanda se aferró a él mientras Hunter seguía haciendo que se estremeciese de placer.
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El roce de los colmillos le erizaba la piel. Abrió los ojos y lo contempló, inmerso en lo que
estaba haciendo, ajeno a cualquier otra cosa que no fuese ella. Hunter era la personificación
del sexo, pensó ella. Todo su ser estaba entregado a darle placer con la misma energía,
presumía, que utilizaba para perseguir a los Daimons.
Cuando alcanzó el orgasmo, resultó tan salvaje y sobrecogedor que echó la cabeza hacia
atrás y dejó escapar un grito.
Pero aún no había acabado con ella. Hunter gruñó al sentir su satisfacción, pero no detuvo
las caricias de su lengua. Al contrario, aumentó el ritmo y la fricción, como si estuviese
degustando un festín.
Amanda siseó de placer.
No se detuvo hasta que ella se corrió dos veces más, apartándose tan sólo cuando dejó
de estremecerse. Se incorporó entre las piernas de Amanda y avanzó sobre ella muy lentamente,
como un animal hambriento y poderoso a punto de zamparse la cena. Le brillaban
los ojos y los colmillos quedaban claramente a la vista con cada respiración entrecortada.
–Mírame, Amanda –le ordenó mientras le pasaba la mano por el muslo–. Quiero ver tus
ojos cuando te haga mía.
Tragando saliva, ella cedió a sus deseos.
Hunter acunó su rostro entre las manos y le dio un beso profundo al tiempo que la tomaba
de la mano y la guiaba hacia su hinchada verga.
Sin más palabras, ella comprendió lo que quería. Alzó las caderas y lo guió hasta su interior,
despacio, centímetro a centímetro, hasta que todo su miembro la llenó por completo.
Un gemido escapó de su garganta al sentirlo dentro y observar el deseo voraz que reflejaban
sus ojos.
Hizo un intento de separar la mano pero él la detuvo cubriéndola con la suya. La pasión
de su mirada se hizo más patente.
–Quiero que me toques mientras estamos unidos, quiero que lo sientas –le dijo sin aliento.
Amanda volvió a tragar mientras Hunter comenzaba a moverse entre sus dedos y la penetraba
aún más. Dentro y fuera. Era la experiencia más erótica e increíble que había sentido
jamás.
Gimieron al unísono.
Vio la expresión satisfecha en el rostro de él mientras la embestía con toda la fuerza de
sus caderas.
–Oh, Hunter –balbució.
Deteniéndose, la miró a los ojos.
–No es el Cazador Oscuro el que está dentro de ti, Amanda. Soy yo, Kyrian.
Cuando comprendió lo que le estaba ofreciendo, se sintió en las nubes. La había dejado
penetrar en su coraza, del mismo modo que ella le había permitido que penetrara su cuerpo.
Alzando los brazos, le acarició las mejillas.
–Kyrian –dijo, con un suspiro.
Él sonrió.
–Estar dentro de ti es mucho mejor de lo que había imaginado –le confesó.
Amanda notaba los estremecimientos que sacudían el cuerpo de Kyrian.
Él bajó la cabeza y la besó con ternura mientras la penetraba con envites salvajes, a un
ritmo frenético. Con fuerza y hasta el fondo. Sacando su verga para volver a penetrarla una
y otra vez. Cada una de sus embestidas proporcionaban una oleada de puro placer.
–Oh, Kyrian –gimió bajo sus labios al sentir que otro nuevo orgasmo se acercaba.
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Tan pronto como dijo su nombre, sucedió algo extraño; algo despertó en su interior y de
repente se sintió sacudida por una descarga erótica.
–¡Dios mío! –jadeó.
¡Podía sentir el placer de Kyrian!, podía sentir cómo su vagina lo rodeaba. Como si fuesen
un solo ser, lo sentía dentro y, al mismo, tiempo alrededor.
Él se esforzó por respirar, sobrecogido ante la experiencia y sosteniéndole la mirada.
Amanda le acarició la espalda y sintió el roce de su mano en su propia carne. Era lo más increíble
que había experimentado jamás.
Kyrian aumentó el rimo de sus caderas mientras ella se aferraba a sus hombros, ambos
perdiendo todo rastro de cordura, inmersos en un estallido de deseo.
Se corrieron a la vez, compartiendo un sublime a la par que violento placer. Kyrian echó
la cabeza hacia atrás y rugió mientras la penetraba una última vez. Ella gritó, agitándose
entre sus brazos.
Cuando él se derrumbó sobre su cuerpo, Amanda lo abrazó con fuerza, acunándolo
mientras se recuperaba. Sin muchos deseos de separarse de él, sintió cómo Kyrian salía de
ella.
–¿Qué ha sucedido? –preguntó él en voz baja.
–No lo sé, pero ha sido maravilloso. Increíble. Grandioso.
Soltando una breve carcajada, alzó la cabeza y ella frunció el ceño al ver sus ojos a la
suave luz de las velas. Ya no era negros, sino de un peculiar verde azulado.
–¿Kyrian?
Él recorrió la habitación con la mirada e hizo un gesto de dolor.
–Mis poderes han desaparecido –susurró.
Y en ese momento, con él al lado, Amanda lo sintió debilitarse.
Apenas si podía moverse. Su agonía era casi palpable para ella. Kyrian se llevó una
mano al rostro e hizo presión con la palma sobre el ojo derecho, siseando de dolor.
–¡Dios mío! –exclamó Amanda mientras lo veía tendido a su lado, sufriendo–. ¿Qué puedo
hacer?
–Llama a Talon –le contestó entre dientes–. Marca el dos y después la almohadilla.
Giró sobre el colchón y se acercó a la mesita de noche para coger el teléfono y marcar
sin perder un instante.
Talon contestó al segundo tono. Por el sonido de su voz, estaba claro que acaba de despertarse.
–¿Qué pasa? –preguntó tranquilamente una vez que Amanda se identificó.
–No lo sé. Le he hecho algo a Kyrian.
–¿Qué quieres decir? –preguntó él, dando a entender que le resultaba muy difícil creer
que pudiese hacerle algo a su amigo.
–No estoy segura. Sus ojos son de un color diferente y está doblado por el dolor.
–¿De qué color son sus ojos?
–Verdes.
Talon permaneció unos segundos en silencio antes de volver a hablar.
–Pásamelo.
Ella le ofreció el teléfono a Kyrian.
Al coger el auricular, una nueva oleada de dolor lo atravesó. Nunca había sentido nada
parecido. Era como si sus dos mitades, el Cazador Oscuro y el hombre, estuviesen luchando
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la una contra la otra.
–Talon –jadeó.
–Hola, colega –lo saludó Talon–. ¿Estás bien?
–Joder, no. ¿Qué me está pasando?
–Así de repente, se me ocurre que acabas de encontrar el modo de deshacerte de tus
poderes de Cazador Oscuro. Felicidades, tío, acabas de encontrar tu vía de escape.
–Sí, yo también estoy que me salgo de contento.
–No seas imbécil. Recuerda que es temporal… Creo.
Percibiendo la duda en la voz de Talon, Kyrian le preguntó intranquilo:
–¿Cuánto tiempo?
–Ni idea. Nunca he perdido mis poderes.
Kyrian siseó ante otra oleada de dolor.
–Deja de rebelarte, no luches –masculló Talon–. Estás empeorándolo. Relájate.
–Sí, claro. Como si fuese tan fácil.
Talon resopló.
–Confía en mí; hay ocasiones en la que es necesario rebelarse, pero ésta no es una de
ellas. Acéptalo.
–Que lo acepte… y una mierda. No es tan fácil. Da la casualidad de que me siento como
si me estuviesen partiendo en dos.
–Ya lo sé –le dijo Talon, con la voz ronca por la preocupación–. ¿Qué estabas haciendo
cuando perdiste los poderes?
Kyrian se aclaró la garganta y echó una tímida mirada a Amanda.
–Yo… esto… –dudó, sin saber cómo explicarlo. Lo último que quería era avergonzarla.
Pero no tuvo porque explicar nada.
–Diarmuid Ua Duibhne –rugió Talon en gaélico–, te acostaste con ella y por eso se esfumaron,
¿no es cierto?
Kyrian volvió a aclararse la garganta y se dio cuenta de lo inútil que sería ocultar algo a
un Cazador Oscuro capaz de averiguar casi todo lo que se le antojaba.
–No ocurrió nada hasta justo el final.
–¡Aaaaaah! Ya entiendo –le dijo Talon, arrastrando las palabras como si hubiese entendido
perfectamente. Cuando volvió a hablar, su voz sonó muy parecida a la de la doctora
Ruth17–. Ese momento justo después de correrte, cuando estás exhausto, saciado e indefenso,
¿me sigues? ¿Te apuestas algo a que fue por eso por lo que desaparecieron tus
poderes?
Pero Kyrian seguía sin entender nada.
–Todos vosotros os acostáis con mujeres cada dos por tres y no os sucede esto.
–Sí, pero cada uno aguanta la presión de un modo distinto y tú lo sabes. En tu mente,
debes haber equiparado ese momento álgido al instante en que te convertiste en Cazador
Oscuro. O eso, o fueron los poderes de Amanda. Quizás se mezclaron con los tuyos hasta
absorberlos.
–Eso es una locura.
–Sí, claro. Exactamente igual que el dolor de cabeza que tienes y que, de paso, me está
afectando a mí también. Pásame a Amanda.
17 Doctora Ruth: Conocida sexóloga estadounidense, famosa por sus programas de consejos en radio y televisión.
(N. de la T.)
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Kyrian le hizo caso.
–Quiere hablar contigo.
Ella cogió el teléfono.
–Escucha –comenzó Talon con voz afilada y desagradable–. Tenemos un problema serio.
Kyrian está perdido hasta que sus poderes regresen.
–¿Cuánto tardarán?
–Ni idea. Pero supongo que pasará bastante y, hasta entonces, es humano y, puesto que
hace más de dos mil años que dejó de serlo, está débil. Es vulnerable.
El pánico la atenazó mientras giraba la cabeza para mirar a Kyrian. Aún tenía una mano
sobre los ojos y, por la rigidez de su postura, estaba claro que le dolía bastante.
–¿Volverá a la normalidad con la puesta del sol?
–Eso espero. Porque si no es así, los Daimons lo tendrán muy fácil.
Amanda sintió que se le cerraba la garganta por el pánico. Lo último que quería era que
Kyrian acabara herido por su culpa.
–¿No puedes ayudarlo?
–No. Va en contra del Código. Cazamos solos. No puedo ir tras Desiderius hasta que Kyrian
esté muerto.
–¿Qué clase de Código es ése? –gritó ella.
–Uno que normalmente no me perfora el tímpano –siseó Talon–. Joder, nena, con esos
pulmones tendrías un brillante futuro como soprano.
–No tiene gracia.
–Lo sé. Nada de esto la tiene. Ahora, escúchame un segundo. Esto va a ser embarazoso,
¿lo soportarás?
El tono funesto de su voz hizo que Amanda se detuviera a pensar un instante. ¿Qué iba
a decirle?
–Creo que sí.
–Bien. Veamos, creo que nuestro problema empieza en el momento en que Kyrian se corre.
Es imperativo que no dejes que suceda de nuevo. Porque hay bastantes posibilidades
de que vuelva a quedarse sin sus poderes si ocurre otra vez. Tienes que mantenerte alejada
de él.
Amanda sintió que el corazón se le encogía al escucharlo. Alargando una mano, acarició
a Kyrian.
–Vale –le contestó en voz baja.
–Bien. Son las siete de la mañana. Haznos un favor a los dos y vigílalo hasta que Nick llegue.
–Lo haré.
Talon se despidió y ella colgó antes de devolver el teléfono a la mesita de noche.
Kyrian la miró y el sufrimiento que reflejaban esos ojos verdes la partió en dos.
–Sólo quería que te sintieras mejor. No fue mi intención hacerte daño.
Él la cogió de la mano y la sostuvo con ternura.
–Lo sé.
Le dio un pequeño tirón para acercarla y la abrazó con fuerza, aunque Amanda aún podía
sentir la rigidez de su cuerpo.
–Me ayudaste, Amanda –le murmuró al oído–. No eches a perder lo que me has entregado
por sentirte culpable.
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–¿Puedo hacer algo por ti?
–Déjame que te abrace un poco más.
Al escucharlo, el corazón se le subió a la garganta. Se quedó tumbada entre sus brazos,
sintiendo el cálido aliento de él sobre la garganta.
Kyrian enterró el rostro en su pelo y aspiró el ligero aroma que desprendía. Jamás se había
sentido tan débil como en esos momentos; no obstante, había algo en la presencia de
Amanda que le daba fuerzas.
Has encontrado tu vía de escape.
Las palabras de Talon no dejaban de dar vueltas en su cabeza. Cuando un Cazador Oscuro
encontraba el modo de deshacerse de sus poderes, podía volver a reclamar su alma. Era
una opción que nunca antes había considerado. Algo que jamás se había atrevido a soñar.
Podía volver a ser humano. De modo definitivo.
¿Pero para qué? Era lo que era. Un guerrero inmortal. Amaba su estilo de vida. Amaba la
libertad y el poder que le otorgaba.
Pero aun así, allí tumbado con Amanda entre sus brazos, piel contra piel, comenzó a recordar
otras cosas olvidadas hacía siglos. Cosas que había enterrado en lo más profundo
del corazón.
Cerró los ojos y rememoró la imagen de Amanda con Niklos en los brazos. Sería una madre
estupenda. Y, mientras se dejaba vencer por el sueño, una parte de él supo que también
sería una esposa maravillosa.
Amanda se despertó al sentir que alguien la acariciaba, dejando un rastro abrasador alrededor
de sus pechos. Abrió los ojos y bajó la mirada para descubrir la mano de Kyrian tocándola
con ternura mientras uno de sus muslos descansaba enterrado entre sus piernas.
El corazón comenzó a latirle con rapidez al ver que la mano descendía hasta su estómago
al tiempo que le mordisqueaba el cuello con los afilados colmillos.
–¿Vas a morderme? –le preguntó.
La risa de Kyrian reverberó por su garganta.
–No, amor. Voy a devorarte.
Girando hasta quedar de espaldas sobre el colchón, lo miró a los ojos y descubrió que el
verde era aún más intenso que antes. Un verde claro y devastador. Alzó la mano y le acarició
la mejilla derecha con un dedo.
–¿Por qué han cambiado de color?
–Al perder mis poderes de Cazador Oscuro, mis ojos volvieron a ser humanos.
Lo miró con el ceño fruncido e intentó recordar el color de sus ojos durante el sueño.
–¿Éste era su color antes de que perdieras el alma?
Él asintió y bajó la cabeza para darle un lametón en el hueco de la garganta.
–Se supone que no deberías estar haciendo esto –lo reprendió, pasándole la mano por la
espalda–. Talon dijo que tenías que descansar.
–Estoy descansando.
Amanda contuvo el aliento, sobresaltada al sentir que Kyrian separaba los tiernos pliegues
de su sexo y la acariciaba con los dedos, largos y fuertes.
–No estás descansando. Estás jugando.
La buscó con la mirada.
–Quiero jugar contigo.
–¿Y si te debilitas más?
–No veo cómo.
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–Pero, ¿y si…?
La hizo callar con un beso tórrido y abrasador y, al instante, los pensamientos de Amanda
perdieron toda cordura.
Kyrian le mordisqueó los labios y tironeó de ellos con suavidad mientras sus ojos verdes
buceaban en el cuerpo de Amanda, tratando de llegar a su corazón.
–Ya no puedo sentir lo que hay en tu interior, Amanda. Dime que no me deseas y te dejaré
ir.
–Te deseo Kyrian. Ni te imaginas cuánto.
Él le sonrió y se hundió en ella, que gimió al sentir cómo la llenaba por completo.
Para Kyrian, todo comenzó a dar vueltas, allí, inmerso en la calidez del cuerpo de Amanda.
¿Cómo era posible que fuese aún mejor que horas antes? La miró fijamente y le encantó
ver sus ojos nublados por el deseo y las mejillas cubiertas por el rubor. Era realmente
hermosa.
Lo asaltó una oleada de posesividad; un sentimiento intenso que había olvidado hacía siglos.
No acababa de entender de dónde había salido, pero le estaba retorciendo las entrañas.
Y, en comparación, dejaba a la altura del betún lo que una vez sintiera por Theone. No
lo comprendía y, si era sincero consigo mismo, no se atrevía a profundizar en las razones.
Saber con exactitud cuáles eran sus sentimientos sólo le haría más daño.
Amanda entrelazó las piernas con las de Kyrian mientras saboreaba cada una de sus
profundas y delirantes embestidas. Ni en sus sueños más atrevidos se había imaginado que
hacer el amor pudiese ser algo así. Jamás había soñado con experimentar un placer tan intenso.
Gritó cuando alcanzó el orgasmo.
Kyrian cubrió sus labios con los suyos y con tres poderosos envites se unió a ella.
La miró, con la respiración agitada.
–Creo que soy un adicto a tu cuerpo.
Ella sonrió y el corazón de Kyrian dio un respingo.
–¡Oye, Kyrian!
Sin apenas tiempo para alzar las sábanas y cubrirse, la puerta de la habitación se abrió
de par en par y un hombre alto y apuesto, de no más de veinticinco años, entró en la estancia.
Amanda se quedó helada al encontrarse con la atónita mirada azul-verdosa de Nick.
Llevaba el pelo, de color castaño oscuro, recogido en una coleta y, cuando sonreía, aparecían
un par de hoyuelos en sus mejillas.
–Joder, ¿no me digas que te he pillado en la cama?
–Nick –rugió Kyrian–. Sal de aquí.
–Vale, pero las noticias que tengo sobre Desiderius te van a encantar. ¿Por qué no te pones
algo de ropa y te reúnes conmigo en el despacho dentro de unos minutos? –Con actitud
desvergonzada, los miró de arriba abajo sin ocultar lo divertida que le resultaba la escena,
y salió rápidamente de la habitación.
–Recuérdame luego que es urgente que lo mate.
Amanda se rió hasta que se encontró con sus ojos.
–Pareces muy distinto con los ojos verdes –susurró mientras le colocaba la mano sobre la
mejilla, áspera por la barba.
Como respuesta, Kyrian volvió a capturar sus labios para entregarse a otro tórrido beso.
Su lengua la atormentaba con burlonas caricias, pero de forma tan posesiva que la dejaba
débil y casi sin aliento.
–¿Qué es lo que tienes que me resulta imposible resistirme a ti?
120
–¿Mi encantadora personalidad? –bromeó ella.
Riéndose, Kyrian depositó un ligero beso sobre su nariz. Amanda lo observó mientras salía
de la cama y se dio un festín con esa espalda desnuda mientras atravesaba la habitación,
camino del cuarto de baño.
Se acurrucó en la cama y escuchó cómo caía el agua de la ducha. No dejaba de recordar
lo bien que se había sentido entre los brazos de Kyrian. Le había dejado su olor impregnado
en el cuerpo y la sensación era fascinante, como si ella le perteneciera por completo… aunque
sabía que eso jamás podría suceder.
Él era un Cazador Oscuro y ella era una simple contable. Jamás habían nacido dos personas
más dispares. Pero su corazón se negaba a escuchar. Una parte de ella lo deseaba a un
nivel que no había conocido hasta entonces.
Y, en el fondo de su mente, no podía evitar pensar en lo maravilloso que sería poder liberarlo
del juramento que lo había convertido en Cazador Oscuro.
Nueve
Kyrian atravesó el pasillo, abrió la puerta de su despacho y se encontró a Nick sentado
tras el antiguo escritorio de caoba, de espaldas a la puerta. El sillón reclinable de cuero negro
crujió cuando se movió su Escudero, cuyos dedos volaban sobre el teclado del ordenador.
Era una imagen cotidiana.
Nick era un dios en Internet, lo que en terminología hacker significaba que podía entrar
en cualquier sitio, sin importar lo seguro que fuese el servidor. Gracias a sus habilidades,
Nick, junto a Chris Eriksson y Daphne Addams habían sido encargados del diseño y mantenimiento
la web de los Cazadores Oscuros, lugar utilizado por los Cazadores y por los Escuderos
para guardar todos sus archivos y comunicarse unos con otros.
Era bueno saber que a Nick le servía la Universidad para algo más que para conocer a
mujeres de moral cuestionable.
–Dime, ¿por qué has entrado a mi habitación sin permiso?
Nick lo miró de soslayo con una sonrisa maliciosa.
–Tío, te habías quedado dormido. Era tarde.
–¡Vamos, hombre!
Con un bufido, Nick volvió a prestar atención al ordenador, ya que acababa de recibir un
mensaje.
–Eres el único hombre que conozco que puede tener un humor tan desagradable diez
minutos después de haber echado un polvo con una mujer tan estupenda. Joder, ¿no sabes
que el sexo sirve para que te sientas mejor?
Kyrian puso los ojos en blanco ante los comentarios de su insolente Escudero; las normas
e instrucciones le resbalaban y jamás había logrado intimidarlo. Ni siquiera la noche
que le confesó qué tipo de criatura era en realidad.
–Nick… –lo increpó a modo de advertencia.
El Escudero abrió el correo.
–Vale, vale. Aquí está el mensaje de los Oráculos:
«De apolita y Daimon nacido será el que os mantenga en vilo.
Sangre de dioses corre por sus venas y la ira es su mejor compañera.
Si queréis a este ser controlar, un Cazador Oscuro con alma debéis encontrar.»
121
Kyrian frunció el ceño al escuchar el acertijo; la típica basura de los Oráculos. Por los dioses,
cómo los odiaba. ¿Es que no podían, por una sola vez, decir lo que tuvieran que decir
hablando en cristiano? Claro que no. No quisiera Zeus que los Oráculos los ayudaran de
verdad a proteger a los humanos…
–¿Qué coño significa eso? –le preguntó a Nick.
Su Escudero giró el sillón para quedar de frente.
–Según Acheron, lo que quiere decir es que sólo un Cazador Oscuro con alma puede acabar
con Desiderius. Por eso ninguno de vosotros ha logrado matarlo antes. Es una simple
profecía, ya sabes cómo funciona esto.
–No existe ningún Cazador Oscuro con alma. Al menos, no con el alma en el cuerpo.
–Entonces, de acuerdo con los Oráculos y con Acheron, Desiderius es invencible.
Kyrian dejó escapar un profundo suspiro.
–Eso no es lo que quería oír esta mañana.
–Sí; lo único que tengo que decir es que me alegro de no estar en tu pellejo. –Nick frunció
el ceño–. Tienes los ojos verdes. ¿Qué te ha pasado?
–Nada.
Nick ladeó la cabeza y lo miró con suspicacia.
–Algo sucede –dijo antes de coger el móvil–. ¿Tengo que llamar otra vez a Acheron?
Kyrian le quitó el teléfono de las manos y lo miró con una furia asesina.
–No metas a Acheron en esto. Puedo arreglármelas solo.
–Más te vale. Eres un coñazo, pero no me gustaría nada tener que empezar a trabajar
para otro Cazador Oscuro.
Kyrian soltó un bufido.
–¿Y eso qué significa? ¿Es una declaración de amor?
–No, de lealtad. No quiero verte caer como le sucedió a Streigar.
La idea hizo que Kyrian dejara las bromas a un lado. Streigar había sido un implacable
Cazador Oscuro al que atraparon unos humanos, fanáticos de la caza de vampiros, que lo
expusieron a la luz del sol. Su muerte había sobrecogido a Cazadores Oscuros y a Escuderos
por igual.
–No te preocupes –le dijo a Nick para tranquilizarlo–, no voy a acabar dándole los buenos
días al sol. Sé cómo arreglármelas.
–¿Qué te apuestas a que ésas fueron las mismas palabras de Streigar?
Kyrian dejó escapar un gruñido.
–¿No tienes clase hoy?
Nick soltó una carcajada.
–Tío, soy un Cajun de los pantanos, no necesito ir a clase, cher. –Se aclaró la garganta y
dejó de utilizar el acento cajun–. Y no, hoy hay que hacer la matrícula. Tengo que pensar las
asignaturas que voy a coger el próximo semestre.
–Genial, pero necesito que hagas unas cuantas cosas.
–¿Y qué tiene eso de nuevo?
Sarcasmo, tu nombre es Nick Gautier.
–Quiero que lleves de compras a Amanda; necesita ropa. Los Daimons quemaron su casa
y no tiene nada, excepto lo puesto.
Nick alzó una ceja.
–En ese caso, sus pertenencias son escasas porque me ha parecido que puesto,
122
puesto… llevaba más bien poco.
Kyrian miró a su Escudero con los ojos entrecerrados.
–No te pongas histérico –dijo Nick, alzando las manos en señal de fingida rendición–. Ya
sé que es tuya y jamás se me ocurría invadir tu terreno, pero tío, tampoco soy ciego.
–Un día de éstos… te convertiré en aperitivos para caimanes…
–Ya, ya. La amenaza tendría más peso si no supiera lo mucho que te gusta darme órdenes.
Si no pudieses mangonearme a cualquier hora de la noche, te volverías loco.
No podía negarlo. Las noches se hacían especialmente tediosas y largas cuando no había
Daimons que perseguir, y fastidiar a Nick a las tres de la mañana hacía que fuesen algo
más entretenidas.
El Escudero sacó su Palm Pilot y comenzó a tomar notas.
–Vale. Misión secreta: llevar a la chica de compras. –Cuando acabó de escribir alzó la cabeza
y miró a Kyrian–. Por cierto, quiero un plus de peligrosidad este mes. Odio los centros
comerciales.
Kyrian se rió.
–No hay más que mirarte para darse cuenta.
Nick fingió que el comentario le había dolido y lo miró simuladamente ofendido.
–Perdóneme, señor Armani. Es que me gusta la moda grunge.
–Lo siento, siempre se me olvida que ahora está de moda vestirse como si acabases de
salir de debajo de un contenedor de basura.
Nick continuó haciéndose el ofendido y le contestó con un fingido tartamudeo.
–¿Por qué no te vuelves a la cama de una puñetera vez y utilizas todo ese encanto con
tu mujer? Porque si sigues fastidiándome voy a acabar clavándote una estaca… –y en voz
muy baja añadió–…mientras duermes.
Kyrian cruzó los brazos delante del pecho.
–Vale, te daré una paga extra, pero no te pases con Amanda. Los comentarios sarcásticos
los reduces al mínimo.
–Sí, ¡oh gran Amo y Señor! –dijo al tiempo que añadía otra nota–: Ser agradable con la
chica; mantener la boca cerrada. –Y volvió a mirarlo–. Por cierto, ¿algún límite de dinero
para las compras?
–No. Todo lo que ella quiera gastar.
–Visitar tiendas pijas y Lord and Taylor18. Muy bien, ¿algo más?
–Tráela de vuelta antes de que oscurezca o voy a usar tu pellejo cajun para dar de comer
a los caimanes de Talon.
El miedo chispeó en los ojos de Nick. El muchacho odiaba a los caimanes, aunque Kyrian
no sabía por qué.
–Vale, eso sí me ha asustado.
–También quiero que vayas a casa de Talon y recojas un srad. Desiderius no se imagina
la sorpresa que vamos a darle.
Nick tembló ante la mención de las dagas circulares de Talon. Eran armas muy antiguas
y, a su lado, un Ginsu parecía un simple cuchillo para untar mantequilla.
–¿Sabes cómo usar esas cosas?
–Sí –le contestó Kyrian, respirando hondo–. Necesito dormir. Nick, lo más importante es
que cuides de Amanda.
Nick apagó la Palm Pilot y la colocó en la funda del cinturón.
18 Lord and Taylor: Grandes almacenes, muy conocidos por la alta calidad de sus productos. (N. de la T.)
123
–Te gusta, ¿verdad?
Kyrian no contestó; no se atrevía. Ninguno de los dos necesitaba saber la respuesta.
Dándole la espalda a su Escudero, salió del despacho y se dirigió al dormitorio.
Tras darse una ducha rápida, Amanda regresó en silencio a la habitación para vestirse,
mientras Kyrian dormía en la enorme cama con dosel. El lugar estaba completamente a oscuras,
la única luz provenía del baño. Resultaba imposible saber si era de día o de noche,
aunque Kyrian siempre parecía saber el momento exacto en que salía el sol.
Se acercó a la cama para observarlo; la sábana le tapaba hasta la cintura, ocultando su
desnudez. Ufffff, ese hombre tenía un cuerpo… Podría pasarse todo el día mirándolo, sin
cansarse de observar esa piel bronceada y exquisita que ansiaba explorar con los labios y
las manos. ¿Qué había en él que le resultaba tan adictivo?
Estaba deseando volver a besar esos labios exuberantes y enterrar las manos en ese
pelo rubio, pero no quería perturbar su sueño. Kyrian necesitaba recuperar fuerzas.
Salió de puntillas de la habitación y bajó las escaleras, camino de la cocina.
La luz del día se reflejaba sobre las superficies de mármol blanco, dando a la estancia un
aspecto alegre y luminoso. Rosa estaba friendo beicon y Nick ojeaba unos folletos informativos
de la universidad, sentado en un taburete.
De cuerpo esbelto y muy apuesto, el muchacho no aparentaba tener más de veinticuatro
años. No le vendría nada mal un corte de pelo, pero había que reconocer que la melena
a la altura de los hombros le sentaba muy bien a ese rostro de rasgos cincelados. Llevaba
una sudadera ancha que había visto mejores días y unos vaqueros desgastados con un
agujero en la rodilla.
–Oye, Rosa –increpó a la mujer sin levantar la vista del folleto–, si cojo español para el
próximo semestre, ¿me ayudarás a estudiar?
–Sí19, e imagino que Kyrian también te echará una mano.
–Genial –dijo con ironía–. Entre eso y la Historia de la Antigua Grecia me lo voy a pasar
de puta madre.
–¡Nick! –lo reprendió Rosa–. Ese lenguaje no es propio de un caballero.
–Lo siento.
La mujer puso un plato con beicon, huevos y tostadas delante de Nick y, al darse la vuelta,
vio a Amanda de pie en la puerta.
–Aquí está, señorita. ¿Tiene hambre?
–Un poco.
–Venga –le dijo, señalándole el taburete vacío junto a Nick–. Siéntese y le prepararé el
desayuno.
–Gracias, Rosa.
La mujer le contestó con una sonrisa.
Amanda se sentó junto al Escudero, que se limpió la mano en los pantalones y se la ofreció.
–Nick Gautier –se presentó, con una sonrisa encantadora y llena de hoyuelos–. Más conocido
como Nick-mueve-el-culo-necesito-que-hagas… y ahí es donde la cosa varía.
Amanda soltó una carcajada.
–Es un poco mandón, ¿verdad?
–No lo sabes muy bien. –Nick cogió el móvil, que llevaba en una funda sujeta al cinturón,
y se lo ofreció–. Y hablando de él, me ha dicho que tienes que llamar al trabajo.
19 En español en el original (N. de la T.)
124
–Gracias.
Mientras Rosa le preparaba el desayuno, Amanda llamó a su jefe y le explicó lo ocurrido.
Afortunadamente, el director se mostró muy comprensivo y le dio dos semanas libres para
que se hiciera cargo de la situación.
Tan pronto como colgó, comenzó a sentirse mal por la pérdida de su hogar.
–No puedo creer que incendiaran mi casa.
–¿Su casa? –preguntó Rosa–. ¿Quién ha hecho eso?
–Las autoridades lo están investigando –contestó Kyrian desde el salón.
Amanda se giró y lo vio de pie en la puerta. Estaba muy pálido y parecía incómodo.
Rosa le sonrió.
–M’ijo, estás en casa. Nick me dijo que ibas a salir.
–No me encuentro muy bien. –Aunque la expresión de su rostro era amable, miró a Rosa
con los ojos entrecerrados–. Esta mañana llegaste a tu hora, ¿no es cierto?
Rosa hizo caso omiso de su pregunta.
–Ven y siéntate. Te prepararé algo de comer.
Kyrian observó la luz que entraba a través de las ventanas abiertas con una mirada cautelosa
y retrocedió, internándose en la oscuridad del salón.
–Gracias, Rosa, pero no tengo hambre. Nick, necesito hablar contigo. Sólo será un minuto.
El muchacho miró a Amanda con una sonrisa satisfecha.
–Por lo menos no me ha dicho que mueva el culo.
–Nick –lo llamó Kyrian–. Mueve el culo, chico.
Mientras Nick salía de la cocina para hablar con Kyrian, Rosa colocó un plato delante de
Amanda.
–Pobrecita, ¿qué vas a hacer sin tu casa?
–No lo sé. Supongo que tendré que llamar a la compañía aseguradora; encontrar un lugar
donde vivir… –su voz se desvaneció al pensar en todas las cosas que tenía que hacer.
Tendría que reemplazar toda su vida. Todo: el cepillo de dientes, los zapatos, los libros…
hasta los teléfonos. ¡Ni siquiera tenía ropa interior!
Abrumada, perdió el apetito.
¿Qué iba a hacer?
Nick regresó y cogió el folleto informativo para mostrárselo a Kyrian, que esperaba en la
puerta.
–Necesito que me hagas un favor. Tengo que matricularme a la una; si no estamos de regreso
para esa hora, ¿podrías rellenar el formulario en la página web? Sé que necesitas dormir,
pero tengo muchas ganas de coger Historia Griega el próximo semestre.
–¿Por qué?
–Las clases las dará el profesor Alexander y, según dicen, es muy bueno.
–¿Julian Alexander? –le preguntó Amanda.
–Sí –le contestó, Nick, mirándola sobre el hombro–. ¿Lo conoces?
Ella intercambió una mirada con Kyrian.
–Ni la mitad de bien que Kyrian.
Nick fingió un escalofrío.
–¡Ja! Tío, otro de los vuestros no. Genial. Mátame ahora mismo y así me ahorrarás el su-
125
frimiento.
–No me tientes –le dijo Kyrian cogiendo el folleto–. A la una en punto. ¿Algo más?
–Sí; haz algo con esos ojos, me ponen la carne de gallina.
Kyrian alzó una ceja en señal de advertencia ante el tono altanero de su Escudero.
–Pasadlo bien.
–¿A qué se refiere? –preguntó Amanda a Nick en cuanto Kyrian se hubo marchado.
Él se sentó de nuevo en el taburete antes de contestarle.
–Vamos de compras –le dijo, haciendo un mohín y temblando teatralmente al pronunciar
la palabra.
–¿Qué tenemos que comprar?
Nick tomó un sorbo de zumo de naranja.
–Cualquier cosa que usted necesite, señora. Abrigos de piel, diamantes… lo que sea.
–¿Diamantes? –repitió Amanda, riéndose ante la escandalosa idea.
–Paga Kyrian, así es que te aconsejo que vayas a por todas. Literalmente hablando.
Ella sonrió.
–No puedo permitir eso. Pagaré con mi propio dinero.
–¿Y para qué vas a gastarlo? No tienes ni idea de lo forrado que está. Te aseguro que si
compras todo el centro comercial, ni siquiera lo notará.
Amanda no tenía la intención de seguir los consejos del Escudero pero, de cualquier forma,
necesitaba algo de ropa.
–De acuerdo, ¿podemos parar un momento en casa de mi madre?
–Claro. Mi misión de hoy es complacerte… en todo lo que me pidas.
Ella meneó la cabeza al ver la pícara sonrisa en el rostro de Nick.
Se marcharon después de hacer una llamada a la compañía aseguradora para informarles
del incendio.
Amanda no pudo evitar sentirse más y más frustrada cada vez que Nick pagaba las facturas
sin dejar que ella se gastase nada.
–Cumplo órdenes –le dijo el Escudero por quinta vez–. Tú compras, yo pago.
Ella le contestó con un gruñido amistoso.
–¿Siempre obedeces sus órdenes?
–Siempre… pero sin dejar de quejarme.
Amanda soltó una carcajada mientras salían de la tienda y continuaban caminando por
los pasillos del centro comercial. Nick cargaba con todas las bolsas.
–¿Cuánto hace que trabajas para Kyrian? –le preguntó cuando llegaron a las escaleras
mecánicas.
–Ocho años.
Ella lo miró con la boca abierta.
–Pues no pareces tan mayor.
–Sí, bueno. Es que tenía sólo dieciséis años cuando empecé.
–¿Se puede ser un Escudero a esa edad?
Nick volvió la cabeza para echar un vistazo a una joven muy atractiva, vestida con una
estrecha minifalda, que bajaba junto a ellos y le dedicó su típica sonrisa plagada de hoyuelos
antes de contestar a Amanda.
126
–No me enteré de lo que era Kyrian hasta mucho después. Al principio, creía que no era
más que un tío podrido de dinero con el complejo de «vamos a ayudar al chico pobre».
Amanda lo miró con el ceño fruncido al tiempo que llegaban a la planta baja y se encaminaban
por el pasillo.
–¿Y por qué te dio esa impresión?
Nick acomodó las bolsas que sujetaba.
–Señora, tiene junto a usted al hijo de un criminal reincidente. Mi padre murió en Angola,
hace ya once años, durante un motín en la prisión.
Amanda hizo una mueca al pensar en lo doloroso que debía ser perder a un padre de
esa manera.
–¿Y tu madre?
–Era una bailarina exótica en uno de los garitos de Bourbon Street. Crecí en la parte trasera
del club donde trabajaba, ayudando a los gorilas a echar a los clientes.
Ella sintió una punzada de dolor ante el panorama que Nick describía.
–Lo siento.
Él se encogió de hombros, como si no le diera mucha importancia.
–No te preocupes. Puede que mi madre haya cometido errores, pero es una madre estupenda;
una señora de armas tomar. Hizo todo lo que pudo con lo que teníamos. Mi padre la
abandonó cuando sólo tenía quince años y mi abuelo la echó de casa. Así es que nos quedamos
ella y yo y, mientras tanto, mi padre se dedicaba a entrar y salir de la prisión. Nunca
tuvimos gran cosa, pero siempre me ha querido mucho.
Amanda sonrió al percibir el amor que destilaba la voz de Nick. Era obvio que adoraba a
su madre.
–¿Y cómo conociste a Kyrian?
Nick se detuvo unos instantes, como si estuviese sopesando el mejor modo de contarlo.
–Cuando llegué a la adolescencia, estaba ya harto de ver a mi madre agachar la cabeza,
avergonzada; de ver cómo se quedaba sin comer para que yo tuviese un poco más. Recuerdo
que la acompañaba al trabajo y veía el hambre que se reflejaba en su rostro cada vez
que miraba los escaparates de las tiendas –dijo, suspirando–. Esa mirada hambrienta nunca
la abandonaba.
El rostro de Nick adoptó una expresión dura antes de continuar.
–Mi madre es la mujer más dulce y con mejor corazón que Dios ha puesto en este mundo
y no podía soportar ver cómo se degradaba para que yo tuviese un plato de comida; ni
cómo los hombres la buscaban a todas horas; ni la expresión de sus ojos cada vez que deseaba
algo que jamás podría tener.
»A los trece años, decidí que no podía más y comencé a robar.
Amanda sintió que el corazón se le encogía. No podía felicitarlo por lo que había hecho,
pero tampoco iba a condenarlo.
–Una noche, los chicos de la pandilla con la que me movía decidieron asaltar a una pareja
de turistas y me negué. Una cosa era robar en las tiendas y entrar en las casas de los ricos,
y otra muy diferente hacer daño a la gente. No estaba dispuesto a hacerlo.
Así que, aunque fuese un ladrón, Nick había conservado su sentido del honor, pensó
Amanda.
–¿Qué sucedió? –le preguntó.
–Los chicos se enfadaron y decidieron que no les iría mal practicar unos cuantos golpes
conmigo. Me tumbaron en el suelo y comenzaron a aporrearme; pensé que iba a morir allí
mismo pero, no sé cómo, de repente, lo único que vi fue la mano de un tío que me ayudaba
a levantarme y me preguntaba si estaba bien.
127
–¿Era Kyrian?
Nick asintió.
–Me llevó al hospital y pagó la factura. Me cosieron las heridas de los navajazos y las
brechas de la cabeza. Se quedó conmigo hasta que llegó mi madre y, mientras la esperábamos,
me preguntó si quería trabajar para él, haciendo encargos después de las clases.
A Amanda le resultaba muy fácil imaginarse al adolescente enterado y sabelotodo que
había sido Nick. Haber sido capaz de penetrar en esa personalidad tan cáustica y ver lo
bueno que había debajo, decía mucho a favor de Kyrian.
–¿Y accediste?
–Al principio no. No estaba muy seguro de querer estar cerca de un tío que tenía todo el
dinero del mundo. Además, mi madre sospechaba de él. Aún lo hace, de hecho. No le entra
en la cabeza por qué me paga tanto por hacer prácticamente nada –dijo con una
carcajada–. Todavía cree que nos dedicamos al tráfico de drogas.
Ella resopló por la ocurrencia. Pobre mujer.
–¿Y qué le has dicho?
–Que Kyrian es un Howard Hughes con complejo de Dios. –Al instante se puso serio y la
miró con gravedad–. Le debo la vida. No sé dónde estaría ahora mismo si no me hubiese
encontrado aquella noche. Bueno, seguro que no sería un estudiante de derecho de la universidad
de Loyola ni conduciría un Jaguar. Puede que Kyrian sea un capullo de primera,
pero debajo de esa fachada hay un tío decente.
Amanda reflexionó sobre las palabras de Nick mientras salían del centro comercial y colocaban
las bolsas en el maletero de su flamante Jaguar negro. Nada más sentarse en el
asiento, se colocó el cinturón de seguridad antes de seguir con la conversación.
–¿Cuándo te dijo Kyrian la verdad?
Nick puso en marcha el coche y salió del estacionamiento.
–Cuando me gradué en el instituto y me hizo la oferta de ser su Escudero de forma permanente.
–¿Qué es exactamente un Escudero?
Nick se incorporó al tráfico y, al cambiar de marcha, Amanda vio en su mano derecha un
curioso tatuaje, con una extraña inscripción en griego que se asemejaba a una tela de araña,
y comenzó a preguntarse si todos los Escuderos tendrían la misma marca.
–Nuestro trabajo consiste en proteger a los Cazadores Oscuros durante el día y en proporcionarles
cualquier cosa que necesiten: comida, ropa, coches, mantenimiento de sus hogares…
lo que sea. En una época montábamos guardia, literalmente hablando, delante de
las criptas donde dormían; y de ahí proviene el mito de que los vampiros duermen en ataúdes.
Como la luz del sol es su mayor enemigo, solían dormir en cuevas o en cámaras ocultas
que no tuvieran el más mínimo resquicio por donde pudiera pasar la luz. Como recompensa
por nuestros servicios, ellos nos proporcionan apoyo financiero.
–Entonces, ¿cada Cazador Oscuro tiene un Escudero?
–No. Algunos prefieren estar solos. Yo soy el primero que Kyrian ha tenido en los últimos
trescientos años.
Amanda se encogió al pensar en la soledad que debía haber sufrido Kyrian durante todo
ese tiempo. Se lo imaginaba vagando por su mansión, como un espíritu incapaz de encontrar
el descanso, buscando un consuelo que nunca llegaba.
–¿Y si quisieras abandonarlo? –le preguntó ella.
Nick tomó una profunda bocanada de aire y apretó con fuerza la mandíbula.
–No es tan sencillo. Hay una organización muy compleja alrededor de los Escuderos;
como la del Hotel California… puedes entrar cuando quieras, pero no puedes marcharte jamás.
Si alguien abandona su puesto, es sometido a vigilancia durante toda su vida y si trai-
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ciona a los Cazadores Oscuros o a los mismos Escuderos, no vivirá mucho para arrepentirse.
La funesta declaración consiguió que a Amanda se le pusiera la carne de gallina.
–¿En serio?
–Sí, claro. Algunos de mis compañeros provienen de familias cuya antigüedad como Escuderos
se remonta a miles de años atrás.
–Pues a mí me parece una especie de esclavitud –dijo Amanda.
–No. Si quiero puedo dejarlo en cualquier momento, pero no puedo romper el juramento
que he hecho como Escudero. Una vez se hace, es inquebrantable y eterno. El día que me
case mi esposa no sabrá nada de la verdadera naturaleza de Kyrian ni de lo que hago para
él, a menos que ella también haya hecho el juramento. Cuando mis hijos se conviertan en
adultos, tendré que decidir si entran a formar parte de esto o no. Si elijo contarles todo,
tendrán que presentarse ante Acheron y Artemisa; ellos estudiarán las solicitudes y decidirán
si sirven o no.
Eso sí que resultaba aterrador ya que, mientras lo escuchaba, se le ocurrió algo espantoso.
–¿Y qué pasa conmigo? No irán a pensar que soy una amenaza, ¿verdad?
El rostro de Nick adoptó una expresión mortalmente seria cuando la miró, tras detenerse
en un semáforo.
–Si así lo consideraran, uno de los Escuderos acabaría contigo.
Amanda tragó saliva.
–Eso no es muy reconfortante.
–No pretendo que lo sea. Nos tomamos nuestras obligaciones muy en serio. Los Cazadores
Oscuros son los únicos que garantizan que la humanidad no sea esclavizada o extinguida.
Sin ellos, los apolitas o los Daimons acabarían dominándonos.
Kyrian estaba tumbado en la cama, haciendo todo lo posible para conciliar el sueño
pero, una y otra vez, sentía a Amanda en su interior. Estaba viendo los restos de su casa. Lo
sabía. Sentía sus lágrimas, su ira y su desesperación.
Cómo la deseaba.
Cómo deseaba poder estar junto a ella en esos momentos para consolarla. Nunca antes
le había molestado el hecho de no poder salir a la luz del día, pero ahora lo fastidiaba. Si no
fuese un Cazador Oscuro podría estar con ella y ofrecerle su fuerza y su apoyo.
Cerrando los ojos, respiró hondo e intentó alejar el dolor. Había elegido su destino en un
momento en que se encontraba cegado por la rabia y la angustia, y ahora no podía escapar
a él. Artemisa guardaba su ejército celosamente y había puesto tan alto el listón que sólo
se sabía de tres Cazadores Oscuros que hubieran recuperado su alma en todos esos años.
El resto había muerto en el intento.
–¿Y, de todos modos, para qué necesito el alma? –se preguntó en voz baja al tiempo que
abría los ojos y fijaba la mirada en el dosel de tonos dorados y marrones que cubría la
cama–. Lo único que hace es debilitar a un hombre.
Su vida tenía una razón de ser. Un propósito.
¿Y entonces por qué deseaba a Amanda en lo más profundo de su ser y tan desesperadamente?
Era una sensación que no había experimentado desde hacía siglos y, en la única ocasión
en la que había sentido algo así, acabó traicionando a todos los que le habían amado.
–No volveré a ser débil –susurró. No es que es pensara que Amanda pudiera hacerle
daño intencionadamente, no. Lo que temía es que una vez le entregara su corazón y su lealtad,
para él no habría marcha atrás. La cosa era bien simple: estaba asustado de sí mis-
129
mo y de lo que estaba dispuesto a hacer para mantenerla a salvo.
Tras visitar los restos de la casa de Amanda y detenerse unos momentos en casa de su
madre, Nick condujo hasta el corazón del Barrio Francés y aparcó en una calle lateral, cerca
de Chartres, hacia donde se dirigieron a pie. El Escudero guió a Amanda a través de la concurrida
zona comercial y se detuvo frente a una tiendecita llamada Dream Dolls and Accesories.
Amanda lo miró con el ceño fruncido. ¿Por qué se detenían en una tienda de muñecas?
–¿Qué hacemos aquí? –le preguntó mientras él le abría la puerta para dejarla pasar.
–Vamos a ver a la señora que hace las muñecas.
Normal, si haces una pregunta estúpida…
Ella lo miró con escepticismo.
–¿Sabes una cosa? No creo que haga Barbies de tamaño real.
Nick resopló y la dejó pasar delante de él.
–No estoy buscando ninguna Barbie y este encargo no es para mí. Es para Kyrian.
Ahora sí que estaba preocupada.
–¿Por qué?
Antes de que el Escudero contestara, una señora mayor que estaba sentada en un banco
de trabajo situado junto a la puerta, llamó la atención de Amanda. Sostenía una Barbie a
la que estaba retocando el rostro.
La mujer llevaba un extraño artefacto de color naranja en la cabeza, con un pequeño reflector
y una lente bifocal. El artilugio le cubría el pelo, totalmente blanco, que llevaba recogido
en un apretado moño. Sus ojos marrones eran alegres y brillantes.
–Nicky, chiquitín –le dijo con tono maternal–. ¿Qué te trae por aquí en una tarde como
ésta y con una acompañante tan hermosa? Espera, creo que es la primera vez que te veo
con una chica. –Mientras hablaba lo señalaba con un diminuto pincel–. Una chica que bien
merece la pena llevar al lado. Es guapísima, y no me refiero a su aspecto físico; tú ya me
entiendes.
Nick se mesó el cabello y, avergonzado, miró a Amanda.
–Liza, amor mío –le dijo casi a gritos, dedicándole su pícara y encantadora sonrisa–. ¿Es
que necesito una razón para venir a ver tu encantador rostro?
La anciana rió ante el comentario.
–Puede que sea vieja, Nicholas Gautier, pero no soy estúpida –dijo dándose unos golpecitos
en la cabeza que hicieron que el artefacto se agitara–. Mi vieja antena aún funciona y, si
mal no recuerdo, hace ya más de un siglo que un hombre como tú vino a hacerme una visita
por gusto. Ahora, acércate y dime al oído lo que necesitas.
Nick la obedeció y Amanda comprendió que la señora estaba sorda. De hecho, el Escudero
le hablaba tan alto que podía escuchar todas y cada una de las palabras.
Hasta escuchó cómo le pedía explosivos plásticos.
–Recuerda –le dijo él–. Kyrian quiere uno exactamente igual al de Talon.
–Ya te he oído, Nicky –le contestó Liza pacientemente–. ¿Acaso crees que estoy sorda? –
le preguntó mientras miraba a Amanda y le guiñaba un ojo.
–¿Cuándo vengo a por todo? –le preguntó Nick.
Liza hizo un mohín con los labios.
–Dame un día o dos, ¿vale? –Alzó la muñeca que tenía en las manos y lo amonestó–: Una
Barbie no espera, ni siquiera por un Cazador Oscuro.
Nick soltó una carcajada.
130
–Claro Liza, gracias.
Camino de la puerta, la anciana los detuvo.
–¿Sabes, querida? –le dijo a Amanda, acercándose a ella. La señora apenas medía metro
y medio. Le dio unas palmaditas en el brazo y continuó–: Tienes un aura muy especial.
Como la de un angelito.
Amanda sonrió, agradecida.
–Gracias.
Liza se alzó las lentes y se acercó a una estantería colocada junto a la puerta. Se puso
de puntillas y cogió una Barbie que había restaurado ella misma. La muñeca tenía el pelo
largo, rizado y negro, unas diáfanas alitas de ángel e iba vestida con un hermoso vestido
blanco bordado con perlas.
Amanda jamás había visto nada tan hermoso y delicado.
Liza se la ofreció.
–Se llama Starla. Le pinté el rostro como el de una señora que viene muy a menudo por
aquí. –Se acercó la muñeca al oído, como si la Barbie le estuviera hablando; asintió y se la
dio a Amanda–. Dice que quiere irse a casa contigo.
Amanda la miró boquiabierta. Más aún al ver el precio en la etiqueta que colgaba de la
muñeca: cuatrocientos dólares.
–Gracias, Liza, pero no puedo aceptarla –rehusó, intentando devolvérsela.
Liza hizo un gesto con la mano, negándose a aceptar la muñeca de nuevo.
–Es tuya, cariño. Necesitas un ángel que cuide de ti.
–Pero…
–Está bien… –le dijo Nick, indicándole con un gesto que saliera de la tienda. En voz baja
añadió–: Si la rechazas herirás sus sentimientos. Le encanta regalarlas.
Amanda le dio un abrazo a la señora.
–Gracias, Liza. La guardaré como un tesoro.
Estaban ya en la puerta cuando Liza los detuvo de nuevo y cogió a Starla de los brazos
de Amanda.
–Se me olvidaba una cosa –les dijo–. Starla es muy especial. –La anciana sujetó a la muñeca
por las piernas y presionó la cabeza hacia abajo. De los pies de la Barbie surgieron dos
finas hojas metálicas de unos ocho centímetros de largo.
–Especialmente diseñadas para los Daimons –anunció Lisa, tirando de la cabeza de la
muñeca para que las hojas volvieran a ocultarse–. La belleza, si es letal, resulta mucho más
práctica.
Estupendo, pensó Amanda. No estaba muy segura de cómo manejar la situación.
La anciana le devolvió la muñeca de nuevo y le dio unas palmaditas en el brazo.
–Tened mucho cuidado.
–Lo tendremos –le contestó Nick y, en esta ocasión, consiguieron llegar a la calle.
Amanda no podía dejar de mirar la muñeca, sin saber muy bien qué pensar.
Nick se estuvo riendo de ella todo el camino de regreso al coche.
–Liza es una Escudera, ¿verdad? –le preguntó Amanda, al tiempo que entraba en el Jaguar
y colocaba a Starla, con mucho cuidado, en su regazo.
–Está retirada, pero sí. Ha sido Escudera y uno de los Oráculos durante treinta y cinco
años, hasta que dejó el cuidado de Xander a manos de Brynna.
–¿Liza es quien fabrica las botas de Kyrian?
131
Él negó con la cabeza mientras ponía en marcha el motor.
–Las armas más grandes las fabrica otro Cazador Oscuro; las espadas, las botas y ese
tipo de material. Liza hace armas pequeñas, como colgantes con explosivos. Es una artista
consumada a la que le encanta transformar joyas y otros objetos de aspecto inofensivo en
armas letales.
Amanda soltó el aire lentamente.
–En serio, dais mucho miedo.
El comentario hizo que Nick soltara una carcajada antes de mirar el reloj.
–Son casi las tres. Aún tenemos que ir a casa de Talon y tengo que llevarte de vuelta antes
de que oscurezca, así es que hay que darse prisa.
–Vale.
Salieron de la ciudad y tardaron unos cuarenta minutos en llegar a los pantanos.
Tras descender por un largo y sinuoso camino sin asfaltar, llegaron a una enorme y vieja
construcción que se asemejaba a un cobertizo. Si no hubiera sido por las cerraduras que
aseguraban las puertas, Amanda habría creído que hacía por lo menos un siglo que no se
utilizaba. Bueno, por eso y por el extraño buzón que había en frente; negro y atravesado
horizontal y verticalmente por lo que parecían ser unos gigantescos clavos plateados.
–Talon es raro –le dijo Nick al ver cómo ella miraba fijamente el buzón–. Cree que tener
un buzón atravesado con clavos es divertido.
Abrió la puerta del cobertizo con el mando a distancia y, cuando entraron para aparcar
el Jaguar, Amanda se quedó boquiabierta. El interior, hecho de ladrillos y vigas de acero, albergaba
un Viper, una colección de cinco Harley Davidsons y un pequeño catamarán, amarrado
en el muelle que había en la parte trasera del edificio.
–¡Guau! –balbució al fijarse en una Harley que estaba apartada del resto, negra y reluciente
bajo la tenue luz. Obviamente, era una preciada posesión y recordó que era la moto
que Talon montaba la noche anterior.
Nick ignoró tanto el descapotable como las motos y se fue directo al catamarán.
–¿Es que vive en el interior del pantano? –preguntó Amanda a Nick al acercarse al pequeño
embarcadero, limpio y despejado, con espacio de sobra como para albergar otra embarcación
más.
Nick la ayudó a subir al catamarán y fue a abrir la puerta que daba al pantano.
–Sí, siendo un antiguo celta, le encanta la naturaleza. Aunque sea espantosa.
Amanda alzó una ceja.
–¿De verdad es un antiguo celta?
–Ajá. Del siglo V o VI d.C. Era jefe de un clan. Su padre era un Sumo Sacerdote Druida y
su madre lideró al clan antes que él.
–¿En serio?
Asintió mientras soltaba las amarras del bote y saltaba a su interior. Una vez Amanda se
acomodó, Nick arrancó la embarcación.
–¿Cómo se convirtió en Cazador Oscuro? –le preguntó ella a voz en grito para hacerse oír
sobre el ruido del motor.
–Los miembros del clan lo traicionaron –le contó Nick al tiempo que salían del cobertizo y
se internaban en el pantano–. Le dijeron que necesitaban sacrificar a alguien de su sangre.
La elección estaba entre él o su hermana. Él se ofreció pero, tan pronto como lo tuvieron
atado, mataron a su hermana delante de sus narices. Se volvió loco pero, puesto que estaba
atado, no podía hacer nada. Cuando se acercaron a él para matarlo juró vengarse de todos
ellos.
¡Jesús!, ¿es que ninguno de ellos había tenido una vida feliz?
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–¿Mató a todos los miembros del clan? –le preguntó.
–Supongo.
Amanda permaneció en silencio, pensando en lo que acababa de escuchar. Pobre Talon.
Ni siquiera podía imaginar lo horrible que sería ver cómo asesinaban a una de sus queridas
hermanas delante de sus ojos. Puede que estuvieran todo el día fastidiándola, pero lo eran
todo para ella y mataría a cualquiera que les hiciese daño.
El horror que ese hombre debía haber presenciado aquel día… Aún debía torturarlo.
Nick siguió internándose en el pantano hasta que llegaron a una cabaña increíblemente
pequeña. Amanda dudaba que llegara a los doscientos cuarenta metros cuadrados. El exterior
parecía aún más destartalado que el cobertizo donde habían dejado el coche de Nick.
Los toscos tablones de madera eran de un color grisáceo y daba la sensación de que podía
derrumbarse al soplo de la más ligera brisa.
Según se aproximaban, vio un embarcadero detrás de la cabaña, con dos generadores
enormes y otro catamarán.
–¿Cómo se las apaña en la época de los huracanes? –preguntó Amanda a Nick mientras
éste apagaba el motor.
–Pues muy bien. Como uno de sus poderes es el de controlar el clima, no corre peligro
alguno. Pero siempre existe la posibilidad de que el lugar se desplome a la luz del día,
mientras él está desprevenido, durmiendo… y acabe frito.
–Les gusta el peligro, ¿no es cierto?
Nick soltó una carcajada.
–Sí, hay que tener bastante coraje para hacer lo que ellos hacen. Y coquetear con la
muerte es un requisito básico.
El Escudero salió del catamarán y le advirtió que no se moviera. Caminó con mucha precaución
a lo largo de un antiguo y estrecho sendero que llevaba desde el embarcadero hasta
la puerta de la cabaña , y luego le hizo un gesto para que se reuniera con él.
–Atrás, Beth –le espetó a un caimán que había comenzado a acercarse a Amanda.
Ella regresó al bote de un salto.
–No pasa nada –la tranquilizo Nick–. Protegen a Talon durante el día. Mientras estés conmigo
no te harán nada.
–No estoy muy segura –le dijo mientras bajaba otra vez de la embarcación sin muchas
ganas.
Cuatro gigantescos caimanes le lanzaron malévolas miradas y empezaron a seguirla de
camino a la puerta. Amanda sintió que el miedo le impedía respirar cuando vio al más grande
de los cuatro reptiles subir al porche tras ella y comenzar a agitar la cola con fuerza.
El animal lanzó un temible siseo.
–Cállate Beth –lo reprendió Nick–, o te juro que me haré unas maletas muy bonitas contigo.
–Se dio la vuelta y llamó a la puerta.
–Todavía no ha oscurecido, Nick –se escuchó la voz de Talon, con ese acento tan marcado,
del otro lado de la puerta; Amanda no pudo evitar preguntarse cómo sabía que eran
ellos–. ¿Qué quieres?
–Necesito tu srad para Kyrian antes de que se ponga el sol.
Amanda escuchó unos ruidos en el interior de la cabina. Segundos después, sonó la cerradura
y la puerta se movió, dejando una estrecha abertura. Nick la abrió del todo e invitó
a Amanda a entrar.
Ella intentó ver algo en la oscuridad que reinaba en la estancia, pero no lo consiguió
hasta Nick encendió una lamparita de escritorio. Cuando vio la habitación, se quedó helada.
Las paredes estaban pintadas de negro y aquello parecía el centro de control de una insta-
133
lación militar. Había ordenadores y equipos electrónicos por todos lados. Aunque el lugar y
el aspecto externo del edificio no dieran muestras de ello, ese tipo era un adicto a la tecnología.
Al mirar a Talon, su mandíbula estuvo a punto de desencajarse. El tío estaba completamente
desnudo.
Y tenía un cuerpo increíble.
Tenía tatuada toda la parte izquierda del torso –por delante y por detrás– y todo el brazo
con unos extraños símbolos celtas en color rojo y negro. El enorme colgante, que representaba
una cabeza de dragón, brillaba en la pálida luz. Y, aunque el hombre era pecaminosamente
apuesto, de algún modo extraño, no se sentía atraída por él.
Obviamente, disfrutaba del fantástico espectáculo que tenía delante pero se dio cuenta
de que no lograba acelerarle el corazón como Kyrian. Ni siquiera le despertaba el más leve
deseo sexual.
Por otra parte, Talon no parecía sentirse avergonzado por su desnudez.
Nick la miró con una sonrisa jocosa.
–Debería haberte advertido que los guerreros de la antigüedad ven el nudismo como
algo natural. El hecho de llevar ropa es una costumbre moderna que ninguno de ellos parece
haber adoptado del todo –dijo mirando a Talon–. Celta, ponte algo antes de que le dé un
pasmo.
La respuesta de Talon consistió en un gruñido.
–¿Para qué? Me vuelvo a la cama. Coge lo que necesites y cierra con llave cuando os
marchéis. –Se detuvo junto al futón, situado en la pared del fondo de la estancia, y echó
una mirada hambrienta a Amanda–. Claro que, si quieres dejar aquí a Amanda, es posible
que hasta me quede levantado y me muestre sociable.
Nick resopló.
–Joder, Talon ¿es que no puedes estar una hora sin una mujer?
–Una hora no es problema, pero cuando pasan dos o tres empiezo a ponerme nervioso. –
Se recostó en el futón negro, se dio la vuelta hasta quedar de costado y cerró los ojos.
Por lo menos hasta que sonó el teléfono. Lanzando una maldición, Talon salió de la cama
y contestó mientras Nick se acercaba al enorme armario donde estaban las armas y cogía
dos dagas de forma circular y aspecto letal.
–Wulf, ni siquiera estoy despierto todavía –masculló Talon–. Me da igual. Y además, ¿para
qué me preguntas a mí sobre la antigua Grecia? ¿Viví yo allí, acaso? Coño, la respuesta es
no… no lo sé; no me importa… Cuelga. –Se dio la vuelta y miró a Nick–. Nick, ¿sabes algo
del culto de Pólux?
Nick lo miró por encima del hombro.
–Deberías llamar a Kyrian o a cualquiera de los griegos.
–¿Lo has oído? –Talon escuchó a su interlocutor un segundo antes de volver a hablar con
Nick–. Ash está de paseo, Brax, Jayce y Kyros están desaparecidos en combate y Kyrian no
contesta al teléfono. Wulf dice que es muy importante.
Ambos comprendieron a la vez la relevancia de lo que Talon acababa de decir.
Talon volvió a hablar con Wulf:
–¿Cuándo llamaste a Kyrian por última vez?
Entretanto, Nick cogió el móvil y marcó el número de Kyrian.
–Puede que esté en la ducha –sugirió Amanda.
Nick meneó la cabeza en forma de negativa.
–Aunque lo estuviera, Rosa contestaría al teléfono.
134
Tras un minuto de espera, Nick soltó el móvil.
–Algo va muy mal.
Diez
Kyrian se despertó en cuanto se abrió la puerta de su habitación. Adormilado, notó cómo
Rosa entraba al dormitorio y se preguntó el motivo, ya que la anciana jamás lo había hecho
antes.
Se dio la vuelta hasta quedar de espaldas sobre el colchón.
–¿Qué pas…?
Su voz se desvaneció al tiempo que una red ligera y brillante lo inmovilizaba en la cama.
La furia lo dejó petrificado. No podía soportar que lo mantuvieran atrapado, especialmente
si estaba tumbado de espaldas. Una locura asesina se apoderó de él, exigiéndole la sangre
de su captor.
Hasta que vio a Rosa.
La mujer estaba junto a la cama, con la frente cubierta de sudor, mirándolo con los ojos
vacíos e inexpresivos. Murmuraba la misma letanía en español una y otra vez:
–Tienes que matarlo, tienes que matarlo.
Muy lentamente, alzó el cuchillo que llevaba en la mano.
–Rosa –la llamó Kyrian con la voz más tranquila de la que fue capaz–. Baja el cuchillo.
–Tienes que matarlo… –la anciana dio un paso hacia la cama.
–Rosa, no lo hagas. Deja que me levante, por favor.
La mujer temblaba tanto que Kyrian temía que sufriera un infarto en cualquier momento.
Ese frágil cuerpo no podría soportar la presión a la que lo estaban sometiendo.
–Desiderius dice que eres malo, m’ijo. Debes morir.
Intentó pensar en algún modo de alcanzar la mente de Rosa, confundida por toda esa locura,
y traerla de vuelta a la realidad.
–Rosa, tú me conoces y sabes que eso no es cierto.
La anciana alzó el cuchillo aún más.
Totalmente indefenso bajo la red, miró la brillante hoja metálica, esperando que cayera
sobre él. Quería suplicar a Rosa que se detuviera, gritarle hasta que lograra escucharlo,
pero no se atrevía por temor a lo que le pudiera suceder. Rosa estaba sometida a una enorme
presión y él no quería empeorar la situación. Moriría antes de hacerle daño a la anciana.
En ese momento su móvil sonó.
–Lo sé, Desiderius –susurró en español–. Lo sé. Debe morir. –Le colocó una mano sobre el
pecho, como si de ese modo pudiera inmovilizarlo aunque, de todos modos no podía moverse;
la red lo tenía totalmente atrapado–. Debo despedazarlo.
Kyrian se puso rígido en el instante en que el cuchillo descendió.
Se clavó en el colchón, a escasos centímetros de él.
–M’ijo –susurró Rosa. Sus ojos recobraron la expresión habitual, un segundo antes de
quedarse en blanco y caer al suelo.
Aterrorizado por el estado de la mujer y frenético por su propia vulnerabilidad, Kyrian
forcejeó para librarse de la red, pero fue inútil. Era una de las redes de Artemisa y ninguna
presa escapaba una vez capturada bajo ellas.
¡Por todos lo dioses! ¿Cómo había llegado a manos de Rosa semejante arma? Ni siquiera
135
Desiderius debería tener acceso a ella. Sólo un dios o un semidiós podían reclamar el uso
de un arma inmortal y sacarla del lugar donde se custodiaba. Y Artemisa, en particular, se
encargaba de que sus armas estuvieran a buen recaudo.
¿Y cómo podía el Daimon haber controlado la mente de Rosa desde un refugio? Ninguno
de ellos era tan poderoso.
¿Qué coño estaba pasando?
Aunque sabía que era inútil, siguió forcejeando para liberarse de su confinamiento. Con
cada minuto que pasaba los recuerdos afloraban a su mente.
«¿Qué se siente, comandante?» La voz de Valerius se burlaba de él desde el pasado.
«Estás totalmente sometido a mi voluntad. Indefenso.» Todavía podía ver con nitidez la sonrisa
burlona del romano, y sentir la agonía de la tortura. «Voy a disfrutar viendo cómo te retuerces
de dolor y me pides clemencia.»
La realidad comenzó a difuminarse para Kyrian. Luchó para respirar con normalidad. No
volverían a atraparlo, no así. Comenzó a luchar como un poseso para librarse de la red, utilizando
toda la fuerza de la que era capaz.
Una hora después del anochecer, Nick entró en la casa seguido de Amanda y Talon.
–¿Rosa? –gritó mientras atravesaba a la carrera la cocina y el salón, de camino hacia las
escaleras–. ¿Kyrian?
No hubo respuesta. El extraño silencio resonaba en los oídos de Amanda mientras seguía
al Escudero hasta la habitación de Kyrian.
Nick abrió las puertas con tanto ímpetu que las cortinas que rodeaban la cama se agitaron
por el aire.
La habitación estaba vacía.
Amanda se detuvo, temerosa, en la puerta mientras echaba un vistazo a su alrededor.
No había nada fuera de lo normal, excepto las sábanas.
Aunque… Sentía que algo iba mal. Los poderes que tanto tiempo había mantenido a
buen recaudo comenzaron a agitarse en su interior y conectó con Kyrian sin esfuerzo. Estaba
preocupado y furioso.
Talon se acercó a la cama y lanzó una maldición al coger una red plateada.
–Esto es increíble –masculló mientras arrugaba la malla hasta reducirla a una bola que
cabía perfectamente en un puño.
–¿Qué es eso? –preguntó Amanda.
–Una diktyon. Una de las redes de Artemisa.
No tenía ni idea de lo que significaba pero, por la expresión del celta, supo que aquello
no era normal. Intuyó que la red no debería estar en la cama de Kyrian cuando él no aparecía
por ningún lado. Una oleada de pánico, más fuerte que la anterior, comenzó a apoderarse
de ella.
–¿Y qué hace en la cama de Kyrian?
–No lo sé, pero si él estaba debajo, me temo que quienquiera que lo atrapara se lo ha
llevado. –Talon se inclinó y recogió un cuchillo del suelo.
Amanda sintió que el pánico aumentaba y, en contra de su voluntad, sus poderes se
despertaron por completo y conectaron con Kyrian. No le gustaba en absoluto dejar que sus
habilidades psíquicas tomaran el control de su mente, pero necesitaba saber si él estaba
bien. Necesitaba saber algo, cualquier cosa.
Cerró los ojos y lo vio en una estancia de aspecto aséptico. Estaba preocupado, pero no
se detectaba ninguna amenaza a su alrededor.
–Llámalo al móvil –le dijo a Talon.
136
Él la miró con una expresión que decía a las claras: «¿Otra vez?».
–Ya lo hecho una docena de veces.
–Pues que sean doce y una más.
A Talon no le gustó ni un pelo ese tono tan autoritario y así se lo hizo saber con la mirada.
–Vale –le concedió de mala gana–. ¿Qué más da? En ocasiones hasta las cosas más inútiles
tienen un propósito en la vida. –Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó.
–No hay indicios de lucha –dijo Nick, que estaba echando un vistazo por la habitación.
–Kyrian –espetó el celta, mirando a Amanda de forma extraña–. ¿Dónde coño estás?
Ella se acercó un poco más mientras el corazón le latía con fuerza al darse cuenta de
que sus poderes no se habían equivocado.
–No te muevas hasta que lleguemos. –Talon colgó y miró a Nick–. Está en el hospital.
Rosa ha sufrido un infarto.
–¡Dios mío! –jadeó Nick–. ¿Cómo se encuentra?
–No me ha dicho nada más, porque no está permitido usar el móvil allí dentro. Dice que
nos lo contará todo cuando lleguemos.
Kyrian se paseaba nervioso por la habitación, mitad furioso y mitad asustado. Quería la
cabeza de Desiderius por lo que acababa de hacer. De un modo u otro, iba a conseguir hacerle
pagar por todo.
–Por favor, que no le pase nada a Rosa –balbució por enésima vez.
–¿Kyrian?
Al escuchar la voz de Amanda se dio la vuelta y se sintió extrañamente feliz y aliviado
cuando la vio acercarse.
Antes de ser consciente de lo que hacía, la atrajo hasta sus brazos y la sostuvo con tanta
fuerza que ella protestó. Pero no podía evitarlo. El alivio que había sentido al verla sana y
salva era demasiado intenso. Ahora que sabía lo fácil que le resultaba a Desiderius penetrar
en cualquier casa, no estaba segura en ningún sitio. El Daimon podía llegar hasta ella en
cualquier lado. Podía usar a cualquier persona para matarla.
La idea lo aterrorizaba y, para empeorarlo todo, en el fondo de su mente, una vocecita le
dijo que Desiderius también podía usarla contra él.
Si le daban la oportunidad.
Le tomó el rostro entre las manos y la besó con ansia. Iba a matar a ese Daimon. En
cuanto Desiderius saliera de su refugio, acabaría con él. Y, por primera vez en toda su vida,
no se arrepentiría de darle muerte a otro ser.
Al levantar la cabeza vio la censura en los ojos de Talon. Sabía exactamente lo que pasaba
por la mente del celta en esos momentos. Los Cazadores Oscuros tenían prohibido involucrarse
en una relación sentimental. Era la primera norma del Código, y la más necesaria.
Nadie podía pensar con claridad si interferían los sentimientos, y él lo sabía de primera
mano.
Aún así, la existencia de esa norma no cambiaba lo que sentía por Amanda.
–Necesito que la protejas –le dijo al celta.
Talon lo miró con los ojos entrecerrados.
–Dime qué ha sucedido.
–Desiderius utilizó a Rosa para atraparme. La controló por completo. Si ha podido lograrlo
con ella, puede hacerlo con cualquiera.
Sorprendido, Talon soltó un pequeño silbido.
137
–Y tú me preguntas que por qué vivo solo…
Ignoró la advertencia que yacía tras las palabras de su amigo, así como la mirada cargada
de significado que lanzó a la mujer que estrechaba entre sus brazos.
Kyrian miró a Amanda a los ojos y comenzó a acariciarle la mejilla con el pulgar.
–Amanda, necesito que hables con tu hermana. Dile que tenga mucho cuidado y que
nunca se quede sola. Que una de tus hermanas prepare un hechizo de protección, o lo que
quiera que sea que hagan, para que Desiderius no llegue hasta ella. No tenemos ni idea de
los poderes que puede tener.
–Supongo que no nos enfrentamos a un Daimon normal, ¿no? –le preguntó ella.
–No. Jamás nos hemos encontrado con algo así. –Volvió a mirar a Talon–. He hablado con
D’Alerian y me ha dicho que Desiderius es capaz de entrar en el subconsciente de los humanos
para debilitar cualquier tipo de resistencia a sus poderes. La ayuda de D’Alerian debería
ser suficiente, pero no nos garantiza protección absoluta. Llama a Acheron y dile que
creo que tenemos a un dios haciendo travesuras. Alguno de ellos tiene que estar ayudando
a Desiderius; no hay otra explicación posible. Y nos resultaría de gran ayuda si supiésemos
quién es y por qué.
Talon asintió con la cabeza.
–¿Qué vas a hacer?
–Todo lo que pueda para poner fin a esto hoy mismo. Si consigo encontrar su refugio,
voy a entrar.
Talon lo miró disgustado.
–Kyrian, no eres un Cazador Arcadio, ni un Katagari. Si entras, no serás capaz de regresar.
Morirás en el intento o te quedarás atrapado para siempre entre dos dimensiones. Déjame
llamar a Kattalakis…
–Ya te he dicho que no podemos poner a un Cazador Katagari cerca de este tío. Ahora lo
tengo más claro que antes. Que Zeus nos ayude a todos si Desiderius consigue una de sus
almas. No podemos asumir ese riesgo. –Miró a Amanda de soslayo y captó la preocupación
que se reflejaba en su rostro. La protegería, sin importar lo que tuviese que hacer–. Segunda
regla del Código: haz lo que tengas que hacer. Si muero, tú eres el siguiente. Y si llegamos
a ese punto, no falles.
El celta asintió mientras Amanda agarraba a Kyrian del brazo.
–Kyrian –murmuró–. No quiero que salgas solo.
–Lo sé, Amanda. Pero Desiderius es demasiado poderoso y peligroso para dejar que campe
a sus anchas. Ha estado a punto de matar a Rosa. –No quiso mencionar que también había
estado a punto de matarlo a él. Ninguno de ellos necesitaba saberlo.
Gracias a los dioses que D’Alerian había sentido la confusión del subconsciente de Rosa
y había llegado a punto. Si no hubiese sido por la intervención del Guardián de los Sueños,
aún estaría atrapado en la cama.
Y estar atrapado en la cama sin Amanda era algo que no le apetecía demasiado.
–Nick –lo llamó. El Escudero estaba junto a Talon–. Llámame en cuanto el médico te diga
algo. –Hizo el intento de marcharse, pero Amanda lo detuvo.
Antes de darse cuenta de sus intenciones, Amanda tiró de él hasta que sus labios quedaron
a la misma altura y lo besó apasionadamente. Le abrió la boca con los labios para poder
alcanzar su lengua. Kyrian sentía sus manos aferrando las solapas del abrigo. Sentía la
preocupación por él y eso inundó de puro gozo su malherido corazón.
–Ten cuidado –le dijo ella con brusquedad.
Él le acarició la barbilla con ternura.
–Lo tendré.
138
Lo vio marcharse con una extraña sensación en el estómago.
–Talon, ¿estás seguro de que no puedes ayudarlo?
–Créeme, odio la regla de «nada de ayuda» tanto como tú. Pero si intento echarle una
mano, sólo conseguiré debilitar sus poderes.
Nick le ofreció el móvil.
–Llama a Tabitha y avísala.
Al marcar el primer número, la asaltó otra duda.
–¿Quién es el tal D’Alerian y cómo puede proteger nuestro subconsciente?
–Es uno de los Guardianes de los Sueños de los que te hablamos –le contestó Talon.
Amanda frunció el ceño.
–¿Podéis elegir a qué categoría queréis pertenecer?
Talon negó con la cabeza.
–Los Guardianes de los Sueños son una raza diferente. Son hijos de los dioses; no hay
una gota de sangre humana en sus venas.
–¿Y los Cazadores Arcadios?, ¿de dónde vienen?
–Son mitad humanos, mitad apolitas. Hay Cazadores Arcadios y Cazadores Katagaria. Algunos
de ellos utilizan sus poderes para fines no muy altruistas.
Amanda intentó contener el miedo que la atenazaba en esos momentos. Lo que Talon
contaba parecía ser bastante serio.
–Pensaba que eran de los buenos.
–Algunos sí lo son, pero otros son asesinos.
–… con los poderes de un hechicero que puede viajar en el tiempo y en el espacio –siguió
ella, sintiendo que se le hacía un nudo en el estómago.
–Y, en ocasiones, también penetran en los sueños –añadió Nick.
Amanda soltó una risa nerviosa.
–¿Sabéis una cosa? Era mucho más feliz cuando no sabía nada de todo esto.
–Precisamente por eso hacemos todo lo que podemos para que nada de esto salga a la
luz –le dijo Talon–. Créeme, los humanos no volverían a dormir por las noches si supiesen lo
que los acecha en la oscuridad.
Aterrorizada, le dio razón con un ligero movimiento de cabeza mientras pensaba si sería
capaz de volver a dormir algún día.
Acabó de marcar el número de Tabitha. Ahora que sabía con qué se estaban enfrentando
necesitaba que su hermana se cuidara del Malvado Señor de los Daimons y vigilara al Cazador
Oscuro que se había convertido en su única esperanza.
Kyrian pasó gran parte de la noche rastreando las calles de Nueva Orleáns sin encontrar
nada. Desiderius aún estaba en su refugio y no había ni rastro de él ni de ningún otro Daimon
en las cercanías. Posiblemente se debiera a que sus poderes aún no estaban del todo
bien o a que Desiderius era capaz de ocultar su presencia. Fuera lo que fuese, no encontró
ni una sola pista del Daimon. Ni siquiera con la ayuda del rastreador electrónico.
Menuda suerte la suya. Jamás se había sentido tan inseguro desde que se convirtiera en
Cazador Oscuro. Y no le gustaba nada la sensación. No cuando la vida de Amanda dependía
de que él encontrara a su enemigo y le parara los pies.
Asqueado y exhausto, regresó a casa. Todo estaba oscuro y silencioso. Amanda estaba
en el segundo piso. Sentía su presencia como si fuera una caricia y saber que estaba allí lo
reconfortaba de un modo que no se atrevía a analizar en profundidad.
Con sólo sentirla en su casa… lo invadía la felicidad.
139
Pero no fue a buscarla. Tenía demasiadas cosas en la mente. Asuntos que necesitaba
meditar. Incógnitas que resolver.
Entró en la sala de juegos y cogió el guante y la pelota de béisbol. Acto seguido, salió al
atrio para lanzar unos tiros. Se concentró en la pelota y dejó que su mente vagara a través
del doloroso pasado y de las dudas que aún lo asaltaban.
¿Por qué no lo había amado su esposa?
Desde el día en que Theone lo traicionó, había sospechado de todo aquél que se acercaba
a él. Se había entregado en cuerpo y alma a su esposa, pero aun así no había sido suficiente.
Si no había sido capaz de ganar el amor de su mujer, no podría ganar el de nadie
más. Lo tenía muy claro; había asimilado ese hecho con el paso de los siglos. Al igual que
se había convencido de que no necesitaba a nadie.
Hasta que apareció Amanda.
La chica había resquebrajado sus defensas y ahora se sentía desnudo frente a ella. Tenía
el poder de abrir su corazón y llegar hasta lo más hondo. La deseaba en cuerpo, mente y
alma. Quería reclamarla por entero.
Un movimiento a su izquierda le llamó la atención. Giró la cabeza y vio cómo Amanda
entraba al atrio vestida con un chándal. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas que le caían
a ambos lados del rostro. La indumentaria le confería un aura inocente y casi infantil,
pero no había nada que recordara a una niña en la mujer que se aproximaba a él en esos
momentos.
Y esa mujer causaba una verdadera conmoción en el hombre que había en él.
–¿Hace mucho que has vuelto? –le preguntó.
Estaba a punto de contestar la pregunta cuando ella se acercó y le dio un beso en la mejilla,
haciendo que una extraña sensación se adueñase de él. Todos sus gestos eran cariñosos.
–¿Qué haces levantada? –le preguntó él a su vez–. Son más de la cuatro de la madrugada.
–No podía dormir –contestó mientras caminaba hacia el otro extremo del atrio.
Cuando se dio la vuelta, Kyrian se dio cuenta de que llevaba el guante de Nick. Hizo el
gesto de los jugadores profesionales: alzar la mano enfundada en el guante para indicar
que estaba lista.
Sonriendo, él le lanzó la bola con suavidad.
Ella la cogió y se la devolvió con tanta fuerza que, al chocar con su guante, el golpe resonó
en las paredes del atrio y la palma de la mano comenzó a picarle.
–¡Uf! –jadeó, exagerando el dolor. Lanzaba mejor que Nick–. Estoy impresionado.
Ella le guiñó un ojo.
–Soy lo más parecido a un hijo que mi pobre padre ha tenido. Él me enseñó a jugar.
Kyrian le lanzó de nuevo la bola.
–Pues lo hizo bien.
La sonrisa de Amanda se ensanchó.
Estuvieron varios minutos lanzándose la pelota en silencio.
¡Por los dioses! Nunca se había imaginado que pudiese encontrar a una mujer dispuesta
a hacer esto con él a semejante hora de la madrugada. Nick se quejaba, pero ella parecía
estar contenta por el simple hecho de pasar un rato con él.
–¿Qué tal te ha ido? –le preguntó ella–. ¿Lo has encontrado?
–No –contestó con un suspiro–. No puedo descubrir su escondite.
–Ya lo harás.
140
La absoluta seguridad que transmitía la voz de Amanda le resultó extraña.
–¿Tanto confías en mis habilidades?
–No tengo ninguna duda. No dejarás que nos haga daño.
–No pude ayudar a Rosa.
–Lo siento –le dijo ella mientras cogía la pelota y se la devolvía–. Debe ser duro para ti
aceptar lo ocurrido, pero tú no tuviste la culpa. Hiciste todo lo que estuvo en tu mano para
protegerla.
Kyrian apretó la mandíbula.
–Pero duele. Más de lo que creía. Aún no puedo creer que lograra controlarla.
Amanda le sonrió débilmente; sus ojos tenían una mirada cálida y afectuosa.
–Supongo que eso explica cómo entró en mi casa y en la de mi hermana.
Kyrian asintió.
–Lo más probable es que utilizase a Allison. La encontré desmayada en su habitación,
igual que le ocurrió a Rosa. Supongo que la mente humana no puede soportar esa presión
durante mucho tiempo.
–Si te sirve de consuelo, Tabitha me dijo que Allison está muy bien y que pronto estará
en casa, así que Rosa se curará y volverá a la normalidad sin ningún tipo de secuelas.
–Es bueno saberlo.
No podía dejar de observarla mientras jugaba con él. Con cada lanzamiento, sentía
como caía más y más. Sabía que se estaba enamorando de ella y no podía evitarlo. No podía
luchar contra ese sentimiento.
Y, según el juego se fue alargando, su deseo se intensificó. Cada vez que Amanda echaba
el brazo hacia atrás y cogía impulso para lanzar la pelota, la camiseta se le ceñía al pecho.
Le encantaba la forma en que se apartaba de la cara los mechones que habían quedado
sueltos con el ejercicio. Y el modo en sus labios se separaban para respirar entre jadeos,
cansada por el esfuerzo.
Comenzó a arrojarle la pelota por encima de la cabeza, de forma intencionada, para que
tuviera que estirar el brazo al recogerla. Cada vez que lo hacía, la sudadera se alzaba y dejaba
al aire una pequeña porción de su vientre que él se encargaba de devorar con los ojos.
Y, cuando no lograba cogerla y tenía que ir corriendo tras ella, el movimiento hacía que sus
pechos botaran y que sus caderas se balanceasen de un lado a otro. Pero lo mejor de todo
era cuando se agachaba para recoger la bola y dejaba bien a la vista ese proporcionado trasero.
¡Por los dioses! Esa mujer tenía el mejor culo…
Incapaz de soportarlo durante más tiempo, se quitó el guante y lo arrojó al suelo.
Amanda se quedó helada al ver cómo Kyrian se acercaba con pasos largos y decididos.
Antes de poder imaginarse lo que sucedía, la cogió en brazos y la besó ferozmente.
Esos maravillosos músculos la alejaron del suelo mientras se contraían a su alrededor.
Debido a su altura, ningún hombre había sido capaz de alzarla antes, pero Kyrian parecía
hacerlo sin que le costara ningún esfuerzo. El corazón le latía frenético; al lado de él se sentía
tan femenina… tan pequeña… y eso le encantaba.
Le rodeó la cintura con las piernas al tiempo que él la devoraba con la lengua. Sentir
esos duros abdominales contrayéndose bajo los muslos era como alcanzar el cielo… Ese
hombre era la perfección personificada.
Kyrian le mordisqueó los labios y ahuecó las manos en torno a su trasero. Gruñendo,
abandonó los labios y bajó hasta el cuello, no sin antes depositar un húmedo beso en su
barbilla.
Amanda se derretía cada vez que sentía el cálido aliento de Kyrian sobre la piel. ¡Dios,
sí! Esto era lo que había estado deseando durante todo el día: estar encerrada entre sus
brazos, rodearlo con su cuerpo y demostrarle todo el amor que sentía por él. La necesidad
141
de sentirlo de nuevo dentro de ella hizo que se estremeciera.
Kyrian también temblaba por la intensidad del deseo. No podía evitar recordar la noche
anterior, cuando se había hundido en ella, o la expresión de su rostro cuando se corrió entre
sus brazos. Estaba ardiendo, pero no se atrevía a hacerle el amor. No ahora. No cuando
más necesitaba toda su fuerza para acabar con Desiderius. Pero su cuerpo no entendía de
razones. Tenía que acariciarla, tenía que sentir el roce de su piel.
Antes de poder detenerse, cayó de rodillas y la tumbó en el suelo, sobre las frías baldosas.
Amanda tragó saliva al ver esa hambrienta mirada. Kyrian le estaba quitando la ropa con
tanta rapidez que apenas si sentía sus manos. Pero, una vez que la tuvo totalmente desnuda,
la cosa cambió. Sus caricias se hicieron más lentas. Completamente vestido, observaba
su cuerpo desnudo a la luz de la luna mientras le acariciaba los pechos, trazando su redondeado
contorno y atormentando los pezones con las palmas de las manos.
–Eres la mujer más hermosa que he visto jamás –le dijo en voz baja.
Amanda sabía que no era cierto. Ella conocía la belleza de Theone; pero, de todos modos,
saber que él lo sentía de aquel modo le provocó un delicioso escalofrío. Él sí que era el
hombre más apuesto que ella había visto jamás. Punto.
Cuando Kyrian se inclinó para besarla, ella alzó los brazos y comenzó a desabrocharle la
camisa, pero él la sujetó por las muñecas y negó con la cabeza. Si dejaba que esas delicadas
manos lo tocaran, estaba perdido. En lugar de decir nada, se las llevó a la boca y besó
las palmas antes de volver a prestar atención a su garganta y sus pechos.
Saboreó todo ese cuerpo con los labios, la lengua y los colmillos. Y, mientras lo hacía,
notó cómo despertaban sus poderes. Desesperado y consumido por el deseo, descendió depositando
un reguero de besos desde sus pechos hasta la suave piel del vientre y, desde
allí, siguió bajando hasta llegar a los muslos. Al instante, escuchó el jadeo de Amanda que,
de forma instintiva, separó las piernas, quedando totalmente expuesta a él. En ese momento,
el deseo se intensificó de tal modo que se sintió sobrecogido. Era una sensación primitiva
y arrolladora. El mundo se reducía a ella. Lo único que escuchaba eran los latidos del corazón
de Amanda resonando en sus oídos.
Temblando a causa de la fuerza de la pasión que lo consumía, cerró los ojos y la tomó
con la boca, saboreando la dulzura de ese cuerpo que tanto anhelaba.
Amanda gimió al sentir cómo la lengua de Kyrian la penetraba. Enterró las manos en su
cabello y alzó las caderas, acercándose aún más a sus labios, estremecida por la ferocidad
de sus caricias. No pudo evitar sisear ante la increíble experiencia de sentir a Kyrian haciéndole
el amor con la boca de un modo tan voraz y desesperado. Se mostraba implacable,
moviendo la lengua sobre su sexo hasta que Amanda se corrió y gritó, sin poder dejar de
agitarse, mientras experimentaba el orgasmo más intenso de su vida.
Pero Kyrian no se apartó. Siguió atormentándola, besándola, trazando pequeños círculos
con la lengua y con los labios, sin apenas rozarla, e intensificando sus caricias después para
llevarla de nuevo a las puertas de otro orgasmo que prometía ser más devastador que el
anterior.
Y así fue.
Cuando se relajó, todo daba vueltas a su alrededor y las terminaciones nerviosas de su
cuerpo reaccionaban al más mínimo estímulo, sobrecargadas por las sensaciones.
Con la respiración agitada, Kyrian se apartó en ese momento y, gateando al estilo de un
felino, se acercó hasta cubrirla por completo. Sus ojos eran aún más oscuros que antes. Separó
los labios y se quedó mirando fijamente el cuello de Amanda con un deseo tan voraz
que ella se quedó perpleja.
–¿Kyrian? –lo llamó.
Apenas la escuchó a través de la neblina que le embotaba la mente. Lo único que percibía
en esos momentos era su aroma, y ese cuerpo presionado bajo el suyo mientras el fuego
lo consumía, exigiéndole más y más.
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Tómala. Pruébala. Reclámala.
Hazla tuya…
Apretó los dientes mientras contemplaba la vena que latía en el cuello de Amanda.
Sólo una vez…
Una vez…
Pero ella no lo consentiría, la estaría forzando.
–¿Te pasa algo? –le preguntó Amanda.
Luchó contra la parte de sí mismo que le exigía tomarla sin miramientos. La entrepierna
le ardía por el deseo. Estaba fuera de control.
El aroma de Amanda lo rodeaba; no había nada más. No existía nada que no fuese ella.
Y eso lo hacía muy peligroso.
Letal.
Con un gruñido, echó mano de la poca fuerza de voluntad que le quedaba y se obligó a
apartarse de ella.
–Corre, Amanda –masculló.
Ella no dudó ni un instante. Algo iba muy mal. Agarró la ropa y salió corriendo hacia su
habitación.
Kyrian escuchó, tendido en el frío suelo, cómo los pasos se alejaban. Rodeó su miembro
con una mano y notó cómo se agitaba, dolorido, bajo la palma. Nunca había experimentado
algo parecido a lo que le estaba sucediendo. ¡Por Zeus! Un minuto más y le habría hundido
los colmillos en el cuello.
Cerró los ojos y siguió temblando mientras luchaba por dominarse. Por someter a esa
bestia que le exigía tomar a Amanda una y otra vez, sin importar las consecuencias.
Amanda no dejó de temblar hasta que llegó a su habitación. Nunca podría olvidar la expresión
animal del rostro de Kyrian cuando le había ordenado que huyera. No había tenido
miedo de él antes pero, ahora que había visto claramente al Cazador Oscuro, comprendía
por qué los Daimons se meaban encima cuando se topaban con él.
Intentó calmarse respirando profundamente. Lo único que siempre había deseado era
una relación normal.
Pero claro, pedir normalidad a un vampiro era excederse…
Con el corazón desbocado, se miró al espejo. Tenía los labios hinchados por sus besos y
el cuello enrojecido allí donde la barba de Kyrian la había rozado.
–¿Amanda?
Se quedó petrificada al oír su voz al otro lado de la puerta.
–¿Qué? –le contestó, insegura.
Él abrió la puerta pero no entró.
–¿Te he asustado?
–¿Quieres que sea sincera?
Él asintió con la cabeza.
–Sí.
Esa mirada ardiente se clavó con más intensidad en ella.
–Lo siento.
Amanda supo que era verdad. Kyrian se sentía culpable y sus ojos lo decían con claridad.
–Si es así, ¿por qué no me has pedido que te lleve a casa? –le preguntó él. Aunque hablaba
casi en un susurro, su voz resonó en el pesado silencio de la habitación.
143
Ella se puso nerviosa.
–¿Quieres que me vaya?
Kyrian tardó tanto en contestar que pensó que no diría nada. Finalmente, murmuró:
–No.
La sinceridad de la respuesta la dejó atónita. Ni una declaración de amor en toda regla
habría conseguido sorprenderla tanto como esa escueta respuesta.
Estaba a punto de acercarse a él cuando Kyrian retrocedió y ella se dio cuenta de que
aún no debía haber recuperado del todo el control de sus acciones. Pero aún así lo deseaba.
–Entonces no me iré hasta que me eches.
Se quedó helado. El mundo dejaría de existir antes de que él la apartara de su lado. Y, al
instante, lo asaltó otra idea: cuando el mundo dejara de existir, él aún estaría vivo, mientras
que ella… se estremeció al recordar el significado de la palabra «inmortal». Era muy
consciente de que para ellos dos no habría un «y vivieron felices para siempre».
Once
Kyrian seguía atormentado por lo que había sucedido con Amanda la noche anterior. Había
estado muy cerca de estropearlo todo. Había estado tan cerca de…
Desechó la idea de su mente y siguió caminando sobre los tejados del Barrio Francés;
era casi medianoche. Las ráfagas de aire helado agitaban su abrigo de cuero mientras caminaba
por el borde del tejado, mirando los callejones adyacentes al edificio. Solía encaramarse
a los lugares más altos, como un gato; de ese modo, nadie advertía su llegada. Al
menos no hasta que era demasiado tarde. Se detuvo al escuchar algo.
–No me hagáis daño.
El viento trajo el débil sonido de una voz, procedente de unos edificios cercanos al lugar
donde se encontraba.
Se deslizó sobre los tejados, más ágil y rápido que un guepardo, hasta que encontró a la
persona que acababa de hablar. Si alguien se asomaba al oscuro callejón, sólo vería a un
pobre hombre al que estaban asaltando; pero los cuatro Daimons rubios no podían pasar
desapercibidos a los ojos de un Cazador Oscuro.
Arqueó una ceja. Era la misma imagen de siempre. Por alguna razón, a los vampiros les
gustaba moverse en grupos de cuatro o seis. Habían acorralado al humano en un rincón,
junto a un viejo edificio en ruinas. Sorprendentemente, la víctima le resultaba familiar.
Rodeado por el insoportable olor a basura, el hombre intentó ofrecerles a los Daimons la
cartera.
–Tomad –les dijo con voz insegura–. Pero no me hagáis daño.
El vampiro más alto del grupo soltó una carcajada.
–¡Vaya! Pero si no vamos a hacerte daño, humano… vamos a matarte.
Kyrian saltó desde el tejado, con los brazos extendidos para guardar el equilibrio. Mientras
descendía los tres pisos que le separaban del callejón, el abrigo flotaba a su alrededor
empujado por el viento. Aterrizó sin hacer ningún ruido, agazapado tras los Daimons.
–¿Habéis oído eso? –preguntó uno de los vampiros, mirando a uno y otro lado.
–Lo único que oigo son los latidos de un corazón humano. –Nada más decirlo, el más alto
de los Daimons agarró al hombre.
–O… –dijo Kyrian, alzándose muy despacio hasta quedar completamente erguido. Apartó
el abrigo y colocó la mano sobre la empuñadura del srad de Talon–… el sonido de cuatro
Daimons a punto de morir.
144
Cuando los vampiros se apartaron de su víctima, Kyrian reconoció al humano. Era Cliff
que, a su vez, también lo reconoció al instante.
–¡¿Tú?! –rugió–. ¿Qué estás haciendo aquí?
Malditas sean las Parcas, pensó. No le apetecía nada ayudar al hombre que había hecho
daño a Amanda. Ella le había contado toda la historia, junto con las duras críticas que su
ex-prometido había dedicado a la familia Devereaux al completo. El tipo no se merecía su
ayuda.
Maldito sea el Código.
Kyrian le contestó en voz alta.
–Según parece, te estoy salvando la vida.
–No necesito tu ayuda.
Los cuatro Daimons se dieron la vuelta para mirar a Cliff y estallaron en carcajadas.
–Ya lo has oído, Cazador Oscuro –dijo el líder del grupo–. No necesita tu ayuda, así que te
puedes largar.
Kyrian suspiró, tentado por la idea de marcharse.
–Sí, pero ¿sabes una cosa? A veces hay que salvarlos aunque no quieran.
En ese momento, el más alto de los cuatro vampiros atacó. Kyrian arrojó el srad pero,
antes de pudiera golpear al Daimon, Cliff agarró a su atacante y tiró de él hasta hacerlo
tambalearse y perder el equilibrio.
–Ahora vas a saber quién es el malo aquí. –Y, diciendo esto, dio un puñetazo al vampiro,
que no pareció notarlo, ya que siguió en pie riéndose de él.
El srad se estrelló contra la pared y se rompió en dos. ¡Gilipollas! De no ser por la bravata
de Cliff, el Daimon ya estaría muerto. Haciendo un esfuerzo supremo, Kyrian corrió a interponerse
entre el humano y el vampiro antes de que éste atacara. No llegó a tiempo;
apenas se había acercado a Cliff cuando el Daimon le dio una patada que lo lanzó sobre el
cuerpo endeble del humano. Los dos cayeron al suelo, pero Kyrian rodó sobre sí mismo y se
puso en pie con agilidad mientras el ex-novio de Amanda forcejeaba para levantarse. Le
costó la misma vida no poner los ojos en blanco ante la inutilidad del tipo.
–¿Te importaría salir corriendo?
Cliff volvió a adoptar una actitud arrogante nada más ponerse en pie.
–Soy perfectamente capaz de luchar contra ellos, igual que tú.
Kyrian reprimió un gruñido de exasperación. Ese tío era un imbécil. En primer lugar, apenas
si llegaba al metro ochenta, mientras que los Daimons igualaban su altura e incluso la
superaban. En segundo lugar, el cuerpo del humano era el de un experto en el sillón-ball…
muy diferente al musculoso y letal de los vampiros.
Sin ninguna duda, Cliff era una enorme amenaza…
Antes de que pudiera moverse, dos de los vampiros fueron a por él. Kyrian golpeó al primero
con una bota y lo pulverizó. El otro lo atacó con una espada. Impulsándose hacia un
lado, saltó, dio una vuelta hacia atrás en el aire y aterrizó sobre la escalera de incendios,
justo encima del Daimon.
–¡Oye! –exclamó Cliff–. ¿Cómo has hecho eso?
No hubo tiempo de responder, ya que los tres Daimons restantes se abalanzaron sobre
la escalera, tras él. Kyrian volvió a saltar al callejón.
Lógicamente, los vampiros lo siguieron.
Kyrian se preparó para el ataque. Tan pronto como el líder se acercó, Cliff llegó corriendo
y se colocó a su lado, empuñando un palo de madera. Se dispuso a golpear a los vampiros
al mismo tiempo que éstos se acercaban a Kyrian.
145
Atrapado entre Cliff y los Daimons, Kyrian fue incapaz de maniobrar. Como resultado, el
ex-novio de Amanda acabó golpeándole en la cabeza con el palo. El dolor estalló de repente
en el cráneo del cazador y se tambaleó hacia atrás. Sacudió la cabeza para despejarse y se
recuperó un instante antes de que dos de los vampiros lo agarraran por la cintura y lo echaran
al suelo. Sujetándole las muñecas, extendieron sus brazos a los lados y lo inmovilizaron.
El pánico se adueñó de él al instante, asaltado por los viejos recuerdos.
–Hemos encontrado su punto débil –dijo uno de los Daimons–. Decidle a Desiderius que
con los brazos extendidos se vuelve loco.
Vale, puede que lo hubieran descubierto. Pero ninguno de ellos iba a vivir lo suficiente
como para revelarlo. Rugiendo de rabia, Kyrian alzó las piernas hasta subirlas por encima
de la cabeza y se impulsó con fuerza, saltando hasta quedar en pie, libre de sus captores.
Con los colmillos bien visibles, apuñaló a un Daimon y luego al otro. El vampiro restante comenzó
a alejarse camino de la calle principal. Kyrian le lanzó el otro srad a la espalda y el
Daimon se desintegró.
Cuando se dio la vuelta, vio a Cliff mirándolo con la boca abierta y el rostro ceniciento.
Se le pusieron los ojos en blanco y cayó al suelo, desmayado.
Kyrian se acercó para comprobar su estado, totalmente asqueado. Tenía el pulso acelerado,
pero estable.
–¿Qué vería en ti? –se preguntó mientras cogía el móvil y llamaba a una ambulancia.
Horas después –una vez se convenció de que el ex-novio de Amanda sobreviviría–, volvió
a casa. No había modo de localizar a Desiderius.
Joder.
Se detuvo en la puerta de la cocina y observó a Amanda con curiosidad. Eran casi las
cinco de la mañana y, según parecía, estaba haciendo sopa y unos sándwiches.
¿Y esto?
Se movía por la cocina con la elegancia de una ninfa, totalmente ajena a su presencia.
Estaba tarareando una melodía, «In the hall of the Mountain King», de Grieg, si no estaba
equivocado. Una elección extraña…
No había conocido a una mujer más fascinante en toda su vida. Llevaba un camisón de
seda ligeramente transparente, pero que ocultaba sus curvas. El suave color azul le sentaba
de maravilla a esa piel pálida y al pelo cobrizo.
Su miembro reaccionó al instante y se endureció. Cuanto más la miraba, más la deseaba.
Estaba echando la sopa en dos cuencos y, una vez acabó, metió un dedo para comprobar
la temperatura.
Eso era más de lo que un inmortal podía soportar. Se movió como una sombra hasta ponerse
a su espalda y la cogió de la mano.
Ella alzó la vista con un jadeo, asustada hasta que lo reconoció. Sin dejar de sonreírle,
Kyrian se llevó su dedo a la boca y pasó la lengua a su alrededor, saboreando tanto la sopa
como la piel de Amanda.
–Delicioso –le dijo.
Ella se sonrojó.
–Hola, cielo, ¿qué tal te ha ido en el trabajo?
Kyrian soltó una carcajada por la imitación de Donna Reed.
–¿Otra vez has estado viendo Nick at Nite?
Amanda se encogió de hombros con timidez.
–Pensé que te gustaría un poco de comida caliente, para variar, cuando llegaras a casa.
Debes sentirte muy solo cuando llegas a una casa vacía y oscura, sin nadie que te dé la
146
bienvenida.
No podía imaginarse cuánto. La miró, observando esos labios abiertos que lo llamaban a
gritos. Habían pasado muchos siglos desde la última vez que alguien le diera la bienvenida
al volver a casa. Siglos de inenarrable soledad y abandono.
Pero ambos sentimientos habían desaparecido en el mismo instante que despertó en
aquella fábrica abandonada y contempló esos enormes y vivaces ojos azules que lo hacían
arder.
Amanda no estaba preparada para lo que Kyrian hizo a continuación. La besó como un
poseso. Le introdujo la lengua en la boca, saboreando sus profundidades, mientras le acariciaba
la espalda con las manos antes de colocarlas sobre su trasero. Era la primera vez que
permitía a un hombre tomarse esas libertades; claro, que tampoco es que le importara demasiado.
Nunca había creído ser una mujer particularmente atractiva. No hasta que lo conoció
a él. Tratándose de Kyrian, parecía no tener inhibiciones. Quería estar con él a todas
horas; quería abrazarlo, tocarlo… estar a su lado. Si pudiera, se volvería a ponerse los grilletes
y, esta vez, para siempre.
Sin interrumpir el beso, Kyrian deslizó las manos por debajo del borde del camisón, en
busca de ese lugar cálido y húmedo que latía de deseo. Amanda gimió cuando la tocó;
cuando sus dedos se deslizaron en su interior y comenzaron a atormentarla sin piedad.
¡Dios! Qué facilidad tenía ese hombre para ponerla a cien.
–Kyrian, la sopa –le dijo sin aliento.
Él se retiró un poco, con la respiración alterada y los labios hinchados por el beso.
–Que espere.
Esa noche lo rodeaba un aura un poco más indómita; algo salvaje y malicioso. La llevó
hasta la mesa y la ayudó a tenderse sobre ella. Con una mirada hambrienta y apasionada,
se puso en pie entre sus piernas y la observó.
–Esto sí que es un banquete digno de un rey.
Y se inclinó. Ella emitió un jadeo al sentir la furia de esas manos inquisitivas, que parecían
estar en todos sitios a la vez. Sus caricias la electrificaban; la dejaban saciada y la hacían
ansiar mucho más.
Mientras la besaba hasta hacerla perder la cordura, ella estiró un brazo en busca de la
cremallera de los pantalones y la bajó para poder tocarlo. Ya estaba duro como una roca y
lo notó palpitar entre los dedos. Kyrian soltó un gemido sobre sus labios.
Su actitud no dejaba de sorprenderla. Un guerrero inmortal que no necesitaba a nadie y
que, aun así, se comportaba con exquisita ternura entre sus brazos. Un hombre que se estremecía
cuando ella acariciaba su miembro y deslizaba la mano sobre él.
Las caricias de Amanda le nublaban la mente. No podía pensar. Sólo podía inhalar su
aroma y saborearla. La deseaba con toda el alma. La pasión y el deseo le impedían razonar
más allá de lo que estaba sucediendo y, sin darse cuenta de lo que hacía, le apartó las manos
y se hundió en ella.
Amanda dejó escapar un gemido ante la increíble sensación de tenerlo profundamente
enterrado en su cuerpo. Su miembro era tan grueso y estaba tan duro… la llenaba por completo.
Le envolvió la cintura con las piernas al mismo tiempo que Kyrian comenzaba a mover
las caderas, alternando un ritmo suave con embestidas largas y profundas.
Se amaron muy lentamente. Ella se retorcía bajo los poderosos envites de Kyrian mientras
éste le mordisqueaba el cuello, arañándola con los colmillos. Al cerrar los ojos, volvió a
sentir el increíble vínculo que los unía. Eran un solo ser. En ese instante, Kyrian se estremeció
y susurró su nombre sobre sus labios, haciéndola temblar de deseo.
Y cuando el mundo se desintegró, Amanda creyó ver un millar de colores girando a su
alrededor.
Kyrian la observó mientras llegaba al orgasmo y sintió cómo envolvía su miembro con
más fuerza. ¡Por los dioses! Cómo anhelaba poder satisfacerse, pero no podía; sus poderes
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ya se estaban debilitando, y los necesitaba para mantenerla a salvo.
Salió de ella de mala gana, rechinando los dientes.
Se colocó la ropa sin decir una sola palabra, aunque por dentro se moría de dolor, y dio
un tirón a los vaqueros intentando aliviar la incomodidad que le producía la presión de la
tela sobre su erección.
Resultó inútil.
Amanda sintió pena por él al percibir su incomodidad y la rigidez de sus movimientos.
¿Cómo podía llevarla al orgasmo y no buscar su propia satisfacción? Debía estar sufriendo
una agonía.
Y sin quejarse.
Ninguno de los dos dijo nada mientras comían, pero Amanda lloraba por dentro. Por su
pobre guerrero. En el fondo de su mente, una vocecilla le decía que no importaba lo mucho
que lo quisiera, porque entre ellos nunca habría lugar para una relación.
Se despertó pasadas las tres de la tarde. Salió de la cama, se dio una ducha y se vistió
mientras Kyrian seguía durmiendo.
¡Dios santo! Era tan guapo… tenía un brazo alzado sobre la cabeza y, en esa posición,
se asemejaba más a un niño dormido que a un sombrío guerrero inmortal. Siguiendo un impulso,
se inclinó y lo besó en los labios. Él se incorporó y la aferró por el cuello; la apretaba
con tanta fuerza que apenas podía respirar.
–¿Kyrian? –jadeó, forcejeando para soltarse–. Cariño, me estás ahogando.
Él no le hizo caso. Le costó más de tres minutos librarse de sus manos.
–Muy bien –dijo sin aliento, mientras observaba cómo él se daba la vuelta y se quedaba
de costado–. Recuérdame que no se me ocurra volver a hacerlo.
Lo tapó con las sábanas y salió de puntillas de la habitación.
Encontró a Nick en el salón de la planta baja; se había calzado unos patines y se deslizaba
de un lado a otro de la estancia, sorteando montañas de papeles.
–¿Qué estás haciendo? –le preguntó.
Él se detuvo y se encogió de hombros.
–Kyrian se cabrea si uso el monopatín dentro de la casa.
Amanda soltó una carcajada.
–Vale; aunque supongo que tampoco le harán mucha gracia los patines.
–Probablemente no, pero, ¡joder!, este lugar es enorme y tengo que ir del sitio A al B sin
que me acaben temblando las piernas.
Ella volvió a reírse. El humor del Escudero era contagioso, una vez que te acostumbrabas
a él.
Describió una pequeña circunferencia y entró patinando a la cocina. Antes de que ella
pudiese llegar a mitad de la sala, Nick regresó, trayéndole un vaso de zumo de naranja.
–Gracias –le dijo mientras lo cogía–. ¿Qué se sabe de Rosa?
–Miguel dice que está mejor. Cuando llamé se había despertado y estaba viendo La Rueda
de la Fortuna.
–Estupendo.
–Sí, Kyrian se alegrará mucho.
Súbitamente, se escuchó tras ella un estruendo horrible. Aterrorizada por la idea de que
fuese Desiderius irrumpiendo de forma repentina, se dio la vuelta y vio en el suelo un enorme
montón de oro y diamantes; exactamente en el mismo lugar en el que solía estar una
mesita tallada a mano del siglo XII.
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–¡Mierda! –exclamó el Escudero con una mirada hastiada–. A Kyrian le encantaba esa
mesa. Ahora sí que va a cabrearse.
–¿Qué es eso? –preguntó Amanda, acercándose para ver mejor lo que podría ser el rescate
de un rey en lingotes de oro y diamantes.
Nick suspiró.
–Estamos a primeros de mes.
–¿Cómo?
El Escudero se encogió de hombros.
–Artemisa no acaba de entender que es más sencillo hacer una transferencia a las cuentas
de sus Cazadores Oscuros. Así que, una vez al mes, nos encontramos una montaña de
oro y diamantes donde menos lo esperamos. En una ocasión, todo cayó a la piscina; imagínate
la putada.
–No te lo tomes a broma –contestó Amanda, maravillada por la cantidad–. Alguien podría
acabar herido.
–Eso es cierto. El tercer Escudero de Kyrian murió así.
Amanda se dio la vuelta para mirarlo a la cara y, al instante, se dio cuenta de que Nick
no estaba bromeando.
–Y, ¿qué hacéis con todo eso? –preguntó, señalando el montón de oro.
Él sonrió.
–Ejerzo de San Nick. Hay un Escudero en la ciudad que se encarga de cambiarlo a dólares.
Desde allí, la mayoría del dinero se destina a obras de caridad. El dos por ciento va a
una fundación que se dedica a cuidar de las familias de los Escuderos que murieron cumpliendo
con su deber y a los Escuderos que se han retirado; otro dos por ciento se destina a
una empresa de investigación, encargada de hacer juguetitos electrónicos para los Cazadores
Oscuros.
–¿Con cuánto se queda Kyrian?
–Con nada. Vive de los intereses del dinero que tenía cuando era humano.
–¿En serio?
Nick le contestó con un movimiento de cabeza.
¡Guau! Debía haber estado forrado en aquella época.
–Vale, ¿puedo hacerte una pregunta un poco impertinente?
Nick sonrió.
–¿Quieres saber cuánto gano?
–Sí.
–Lo suficiente para hacer de mí un hombre muy feliz.
En ese momento sonó el teléfono.
El Escudero se alejó patinando mientras Amanda se tomaba el zumo sentada en el sofá
y leía el periódico. Cuando acabó dejó el vaso en la mesa de café... o ataúd.
Unos minutos después, Nick volvió con muchas prisas; tenía una expresión ceñuda y ni
siquiera le habló mientras se acercaba al armario situado en la pared del fondo. Cuando
abrió la puerta, Amanda vio un impresionante arsenal.
El terror se apoderó de ella.
–¿Qué ocurre?, ¿Quién ha llamado?
–Era Acheron, avisando que entramos en alerta roja.
Amanda frunció el ceño. Por las prisas que llevaba el Escudero, sabía que algo debía ir
149
muy mal.
–¿Y eso qué significa?
La expresión de Nick le erizó la piel.
–¿Conoces el dicho «El infierno acaba de desatarse»?
–Sí.
–Se inventó para designar una situación de alerta máxima. Por alguna razón, hay una
alta concentración de Daimons en esta zona. Acaban de abandonar sus refugios. Cuando
hay una aglomeración de esta magnitud, los vampiros alcanzan su fuerza máxima y se alimentan,
lo necesiten o no. No hay nada más peligroso que una alerta máxima, exceptuando,
claro está, un eclipse de sol. Las cosas se van a poner muy feas esta noche.
A las siete en punto, Amanda supo –de primera mano– que Nick no mentía. Estaba limpiando
los restos del «desayuno» de Kyrian mientras su Escudero le contaba la conversación
que había tenido con Acheron.
Kyrian había cogido el doble de armas que de costumbre e iba de camino a la puerta
cuando sonó el teléfono. Amanda contestó.
–¿Mamá? –preguntó al reconocer la voz llorosa. El corazón dejó de latirle un instante–.
¿Qué pasa?
Kyrian se detuvo junto a la entrada y, sin perder un minuto, voló hasta su lado.
–Mandy –continuó la señora Devereaux entre sollozos–. Se trata de Tabby…
Amanda no quiso escuchar nada más. A punto de ahogarse por las lágrimas, dejó caer el
teléfono al suelo. Sólo era consciente de los brazos de Kyrian a su alrededor, sosteniéndola,
y de Nick hablando con su madre.
Kyrian comenzó a verlo todo rojo mientras escuchaba la explicación de la señora Devereaux,
presa de la histeria, y sentía a Amanda temblar entre sus brazos. Sus lágrimas le estaban
mojando la camiseta y, en ese momento, juró que mataría a Desiderius por haber
provocado esta situación.
–No pasa nada –le susurró al oído–. Sólo está herida.
Ella se echó hacia atrás y lo miró a los ojos.
–¿Qué dices?
Kyrian le limpió las lágrimas con la mano.
–No la ha matado, cariño. –Aunque su estado era grave, según había dicho su madre, Tabitha
sobreviviría.
Desiderius, al contrario, no.
–Tabitha está en el hospital –dijo Nick mientras colgaba el teléfono–. Afortunadamente,
sólo se encontraron con dos Daimons y ella y su grupo fueron capaces de acabar con ellos.
–Miró a Kyrian–. ¿Sabes lo que creo? Me da la sensación de que Desi sólo estaba jugando
con ella, lo justo para cabrearte y hacer que pierdas la cabeza. No hay otra explicación posible.
Si no, no hubiese enviado sólo a dos vampiros.
–¡Cierra la boca, Nick! –masculló Kyrian. Lo último que quería era que Amanda se preocupara
aún más. La besó suavemente en los labios–. Nick te acompañará al hospital.
Cogió el móvil y llamó a Talon, que ya iba de camino a la ciudad. Le dijo que se pasara
por su casa y se encargara de proteger a Amanda, por si Desiderius estuviera esperándolos
en el hospital.
–Kyrian –lo increpó Amanda cuando él acabó de hablar–, no quiero que salgas esta noche.
Tengo un mal presentimiento.
Y él también.
–Tengo que hacerlo.
150
–Por favor, escúchame…
–Shhh –murmuró, colocándole un dedo sobre los labios–. Éste es mi trabajo, Amanda.
Esto es lo que soy.
No tardó mucho en dejarla en el coche de Nick, con Talon en la Harley siguiéndolos de
cerca; en cuanto se alejaron, se encaminó al centro de la ciudad en busca de ese cerdo
chupa-sangre y devora-almas para hacerle lo que debía haber hecho la noche que se conocieron.
Las horas fueron pasando mientras recorría el Barrio Francés en busca de Desiderius.
Los Daimons recuperarían fuerzas esa noche y sabía que, tarde o temprano, harían su aparición
en busca de sangre. Más peligrosos que nunca. Y Desiderius, al igual que sus congéneres,
prefería salir de casa en el Barrio Francés, donde resultaba muy fácil encontrar turistas
descuidados y borrachos.
Pero, de momento, no había ni rastro de ellos.
–Oye, nene –lo llamó una prostituta al pasar a su lado–. ¿Quieres compañía?
Kyrian se giró para mirarla, sacó todo el dinero que tenía en la cartera –unos quinientos
dólares– y se los ofreció.
–¿Por qué no te tomas la noche libre y te vas a cenar a un buen restaurante?
La chica lo miró, atónita, pero cogió el dinero antes de salir corriendo.
Kyrian suspiró cuando la vio escabullirse entre la multitud. Pobre mujer. Ojalá le diera un
buen uso al dinero. De todos modos, estaba claro que le hacía más falta que a él. En ese
momento, vio un destello metálico por el rabillo del ojo. Al girar la cabeza distinguió a dos
muchachos entre la multitud. Definitivamente, eran humanos.
Al principio, su apariencia le recordó a la de los chicos de la pandilla callejera con la que
Nick se relacionaba; tipos duros con chaquetas negras. Hasta que se dio cuenta de que lo
estaban observando… como si supieran lo que era en realidad.
Con todos los instintos en estado de alerta, Kyrian les devolvió la mirada. El más alto de
los dos, que aparentaba tener poco más de veinte años, arrojó el cigarro al suelo, lo pisó y
cruzó la calle sin quitarle los ojos de encima.
Al acercarse, estudió a Kyrian de arriba abajo con total frialdad.
–¿Eres el Cazador Oscuro?
Kyrian alzó una ceja.
–¿Eres el chico de los recados?
–No me gusta tu tono de voz.
–Y a mí no me gustas tú. Ahora que hemos acabado con las presentaciones y nos hemos
declarado nuestro mutuo desagrado, ¿por qué no me llevas hasta tu jefe?
El chico lo miró con los ojos entrecerrados.
–Sí, ¿por qué no?
Era una trampa. Kyrian lo sabía. Que así fuera. Estaba deseando enfrentarse a Desiderius.
Estaba más que preparado.
Los siguió sin que tuvieran que obligarlo. Atravesaron los callejones traseros hasta llegar
a un pequeño patio, rodeado por una verja. Los arbustos tapaban los muros e impedían que
la luz de las farolas penetrase en el lugar. Kyrian no reconoció el sitio. Pero tampoco es que
importara mucho.
Al rodear un seto muy alto, vio a Desiderius esperándolo. Tenía a una mujer embarazada
entre los brazos, a la que amenazaba con un cuchillo sobre la garganta, y exhibía una sonrisa
diabólica.
–Bienvenido, Cazador Oscuro –lo saludó mientras acariciaba con la mano libre el abultado
vientre de la mujer–. ¿Sabes lo que me ha deparado la suerte? Acabo de encontrar dos
151
vidas por el precio de una. –Agachó la cabeza y frotó la nariz sobre el cuello de la embarazada–.
Mmm… se huele la fuerza...
–Por favor –suplicó la mujer, histérica–. Por favor, ayúdeme. No deje que haga daño a mi
bebé.
Kyrian respiró hondo, luchando contra el impulso a derramar la sangre de Desiderius y
sentirla correr entre los dedos.
–Déjame suponer… ¿su vida a cambio de la mía?
–Exactamente.
Intentando poner nervioso a su oponente, Kyrian resopló con cansancio mientras tomaba
nota de los seis Daimons y los dos delincuentes humanos que lo rodeaban. Si no fuera por
la mujer, podría encargarse de todos ellos fácilmente, pero el más leve movimiento por su
parte haría que Desiderius le cortara la garganta a la mujer, sin duda alguna. De hecho,
para un Daimon no había nada mejor que conseguir el alma de una embarazada.
–¿No podías haber planeado algo un poco más original? –se burló Kyrian, a sabiendas
que Desiderius era lo bastante pomposo como para tomarse el insulto al pie de la letra–. Lo
que quiero decir es que a ver si te superas un día de estos. Se supone que tienes una mente
privilegiada y ¿esto es todo lo que se te ocurre?
–Bueno, ya que no te veo muy impresionado, permíteme acabar con ella –contestó el
Daimon acercando aún más el cuchillo al cuello de la mujer.
La chica gritó.
–¡Espera! –exclamó Kyrian antes de que Desiderius le hiciera un corte–. Sabes que no
puedo permitir que le hagas daño.
El vampiro sonrió.
–Entonces, tira los srads y acércate a la valla.
¿Cómo sabe lo de los srads?
–Vale –contestó muy lentamente–. Y, ¿por qué tengo que hacerlo?
–¡Porque lo digo yo!
Intentando imaginarse lo que pasaba por la cabeza del Daimon, Kyrian sacó las armas
de Talon de debajo del abrigo y se acercó muy despacio a la valla. Una vez estuvo frente a
ella, los dos humanos lo agarraron por las muñecas y comenzaron a enrollarle unas cuerdas
alrededor.
Súbitamente, se encontró atrapado, con los brazos totalmente extendidos a los lados y
atados a los barrotes de hierro. Luchó como si fuese un salvaje. Tiró de las cuerdas que lo
mantenían inmóvil mientras el corazón le latía en los oídos. La mente fría y racional del Cazador
Oscuro lo abandonó, dejándolo al borde del pánico. Luchó contra las cuerdas como un
animal atrapado en un cepo.
Tenía que salir de allí. No iba a permitir que lo ataran hasta dejarlo indefenso. Así, no.
Nunca más. Los continuos tirones le estaban desgarrando la piel de las muñecas, pero no le
importaba. Estaba concentrado en recuperar la libertad.
–Ya te dije que sabía cuál era tu debilidad –le dijo Desiderius–. Aparte de saber que jamás
permitirías que hiciese daño a una embarazada. –Se inclinó y besó a la chica en la mejilla–.
Melissa, sé una buena chica y agradécele al Cazador Oscuro su sacrificio.
Kyrian se quedó petrificado cuando la mujer se apartó de Desiderius y caminó hasta llegar
junto al humano que lo había atado. Había estado de acuerdo con ellos todo el tiempo.
Hijo de puta, ¿cuándo iba a aprender la lección?
–¿Estás preparado para morir? –le preguntó Desiderius.
Kyrian le enseñó los colmillos.
–Yo no sería tan arrogante. Aún no me has matado.
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–Eso es cierto, pero la noche es joven, ¿no es verdad? Tengo mucho tiempo para jugar
con el chico de los recados de Artemisa.
Kyrian agarró las cuerdas y tiró de ellas con todas sus fuerzas, asaltado por una nueva
oleada de pánico. Tenía que calmarse. Lo sabía. Pero los recuerdos de las torturas a las que
fue sometido en Roma lo angustiaban.
–¿Qué te pasa? –le preguntó el Daimon, acercándose–. Estás un poco pálido, comandante.
¿Acaso estás recordando la humillación de tu derrota? ¿O las manos de los soldados romanos
mientras te clavaban en la cruz?
–¡Vete al mierda! –Kyrian liberó con el dedo del pie la hoja retráctil oculta en la bota, y
atacó a Desiderius.
El Daimon se alejó de un salto, quedando fuera de su alcance.
–¡Vaya! Me olvidé de esas botas. Una vez acabe contigo, el siguiente Cazador Oscuro de
mi lista va a ser el viejo Kell. Con él fuera de combate y sin sus armas, ¿qué será de todos
vosotros? –Inclinó la cabeza hacia la chica–. Melissa, pórtate bien y quítale las botas al comandante.
Kyrian apretó los dientes al ver cómo la mujer se acercaba. El Código le permitía protegerse
de los humanos que quisieran hacerle daño, pero no era capaz de atacar a una mujer,
y menos estando embarazada. No era más que una criatura, aunque ella quisiera dar
otra imagen.
–¿Qué estás haciendo con esta gente? –le preguntó mientras le quitaba las botas.
–Cuando nazca mi bebé, él me hará inmortal.
–No puede hacerlo. No tiene ese poder.
–Estás mintiendo. Todo el mundo sabe que los vampiros pueden quitarte la vida, o hacer
que vivas eternamente. Quiero ser uno de los vuestros.
Entonces, así era cómo Desiderius conseguía a sus secuaces humanos.
–No podrás ser uno de nosotros jamás. Te matará cuando todo esto acabe.
La chica soltó una carcajada, burlándose de él.
Desiderius chasqueó la lengua.
–Eres capaz de seguir protegiéndola aun cuando te está preparando para que seas sacrificado.
Qué enternecedor. Dime, ¿con tus hermanos, los romanos, también fuiste tan considerado?
Kyrian se abalanzó hacia Desiderius, tirando de nuevo de las cuerdas.
En ese momento, salió un Daimon de las sombras, con una enorme maza en las manos.
Kyrian se paralizó en cuanto reconoció el instrumento. Hacía dos mil años que no veía uno
igual.
–Sí –le dijo Desiderius al acercarse–. Sabes lo que es, ¿verdad? Dime, ¿recuerdas el dolor
que sentiste cuando Valerius la usó para romperte las piernas? –El Daimon lo miró mientras
ladeaba la cabeza–. ¿No lo recuerdas? Permíteme que te refresque la memoria.
Kyrian apretó los dientes cuando Desiderius le golpeó la rodilla izquierda con la maza,
destrozándole la articulación al instante. Sólo cuando la rodilla derecha recibió el mismo
tratamiento, el vampiro se atrevió a plantarse delante de él.
Kyrian se mantuvo en pie aferrándose con las manos a los barrotes. Intentaba sostener
su peso con las piernas, pero el dolor lo hacía imposible.
Desiderius le sonrió mientras le entregaba la maza al vampiro y sacaba algo del bolsillo.
La rabia se apoderó de Kyrian cuando reconoció los antiguos clavos romanos que habían
utilizado para crucificarlo.
–Dime, Cazador Oscuro –le dijo Desiderius sin dejar de sonreír–, ¿quieres que te ayude a
pasar en pie el resto de la noche?
153
Doce
Amanda se despertó sobresaltada y tardó más de un minuto en darse cuenta de que se
había quedado dormida, apoyada sobre Nick, en la habitación del hospital donde Tabitha
estaba ingresada. Su madre dormía en la cama plegable, mientras que el Escudero y ella lo
hacían en las dos incómodas sillas cercanas a la puerta.
Tabitha seguía dormida. Los médicos querían que permaneciera en observación hasta el
día siguiente. Uno de los Daimons le había hecho un corte en la mejilla que le dejaría una
fea cicatriz. Tenía todo el cuerpo lleno de heridas y moratones pero, según los especialistas,
no era nada grave y se recuperaría completamente.
Sus hermanas se habían marchado a sus respectivos hogares, siguiendo órdenes de la
señora Devereaux, pero ella había preferido quedarse, por si necesitaban algo. Aún con los
nervios de punta, miró hacia la puerta y vio que su padre regresaba con dos tazas de café,
una para él y otra para Nick.
–¿Quieres la mía, gatita? –le preguntó a ella, ofreciéndole su taza.
Amanda respondió al ofrecimiento con una sonrisa, hasta que recordó el sueño.
–¿Estás bien? –le dijo el señor Devereaux.
Ella miró a Nick, notando como el corazón comenzaba a latirle más rápido.
–Kyrian tiene problemas.
El Escudero soltó una carcajada antes de tomar un sorbo de café.
–Ha sido un sueño.
–No, Nick. Está en peligro. Lo he visto.
–Tranquilízate, Amanda; lo que pasa es que has tenido un mal día y estás preocupada
por Tabitha. Es comprensible, pero Kyrian nunca se mete en camisas de once varas. Seguro
que está bien. Hazme caso.
–No –insistió ella–, escúchame Nick. Soy la primera en admitir que odio mis poderes,
pero en este momento no me están mintiendo. Puedo percibir el dolor y el miedo que está
sufriendo. Tenemos que encontrarlo.
–No puedes salir, Amanda –le recordó su padre–. ¿Qué pasa si Desiderius te está esperando?
¿Y si envía a alguien para que te haga daño, como hizo con Tabitha?
Amanda miró los ojos azules de su padre y le sonrió débilmente.
–Papi, tengo que ir. No puedo dejarlo morir.
Nick suspiró.
–Venga, Amanda. No va a morirse.
Ella cogió el abrigo del Escudero y comenzó a hurgar en los bolsillos.
–Entonces dame las llaves de tu coche y voy yo sola.
Nick le quitó las llaves con un gesto juguetón.
–Kyrian pedirá mi cabeza por esto.
–Si lo matan, no podrá hacerlo.
Amanda vio la expresión indecisa del Escudero. Nick dejó la taza en el suelo, cogió el
móvil y marcó.
–¿Lo ves? –le dijo ella–, no contesta.
–A esta hora, eso no significa nada. Puede estar en mitad de una pelea.
–O gravemente herido.
154
Nick sacó la PDA de la funda del cinturón y la encendió. Tras unos segundos de espera,
el color abandonó su rostro.
–¿Qué pasa?
–Tiene el dispositivo de rastreo apagado.
–¿Y eso qué significa?
–Que no sé dónde está. Ningún Cazador Oscuro desconecta el transmisor; es su salvavidas.
–Se puso de pie de un salto y cogió el abrigo–. Muy bien, vámonos.
El señor Devereaux se interpuso entre ellos y la puerta. Era casi tan alto como Nick y estaba
preparado para pelear.
–No vas a llevarte a mi niña ahí afuera, donde pueden hacerle daño. Antes te mato.
Amanda pasó junto al Escudero y le dio un beso a su padre.
–No pasa nada, papi. Sé lo que estoy haciendo.
La mirada del señor Devereaux dejó muy claras las dudas que tenía al respecto.
–Deja que se vayan, Tom –dijo su madre desde la cama–. Esta noche no corre ningún peligro.
Su aura es pura.
–¿Estás segura? –le preguntó su marido.
La señora Devereaux asintió.
Su padre suspiró, sin estar del todo convencido, y miró furioso a Nick.
–Que no le ocurra nada.
–Puede estar tranquilo –le aseguró él–. He dado mi palabra de que la cuidaré a una persona
que me asusta mucho más que usted.
De mala gana, el señor Devereaux dejó que se marcharan.
Amanda salió del hospital a toda prisa y cruzó el estacionamiento hasta llegar junto al
Jaguar de Nick. Una vez en el coche, hizo todo lo que pudo para recordar el lugar donde había
visto a Kyrian en el sueño.
–Estaba en un patio sombrío y pequeño.
Nick resopló.
–Estamos en Nueva Orleáns, chère. Con esa descripción no hacemos nada.
–Ya lo sé. Creo que tenemos que ir al Barrio Francés, pero no estoy segura. Joder, no lo
sé. –Observaba con atención las calles oscuras por las que pasaban–. ¿No hay algún Cazador
Oscuro al que podamos llamar para que nos ayude a encontrarlo? ¿Y si se lo decimos a
Talon?
–No. Está ocupado persiguiendo a su objetivo –le contestó, pasándole el móvil–. Pulsa el
botón de rellamada e intenta localizar a Kyrian.
Lo hizo, repetidas veces, pero no hubo respuesta.
Con la inminente llegada del amanecer, Amanda comenzó a desesperarse. Si no lo encontraban
pronto moriría. Completamente aterrorizada, hizo lo que no había hecho nunca:
reclinó la cabeza en el asiento y recurrió de forma intencionada a sus poderes, dejando que
la poseyeran por completo. La recorrió una terrorífica descarga, inundándola de calor y dejándola
temblorosa. Su mente se vio asaltada por multitud de imágenes, algunas antiguas y
otras imprecisas. Justo cuando estaba segura de que así no conseguiría nada, vio algo con
total claridad.
–St. Philip Street –susurró–. Allí está.
Aparcaron en la calle y salieron del coche. No sabía muy bien por dónde buscar, pero
guió a Nick por los callejones traseros, directa a un patio muy oscuro. Rodearon el edificio
sin ver nada.
155
–Joder, Amanda, no está aquí.
Ella apenas lo escuchaba. Haciendo caso a su instinto, rodeó un seto muy alto y se detuvo,
paralizada.
Kyrian estaba colgado en una valla, tan maltrecho que no se sostenía en pie.
–¡Dios mío! –exclamó mientras corría para acercarse a él.
Con mucho cuidado, le alzó la cabeza y jadeó al ver su rostro ensangrentado. Le habían
golpeado tanto que casi no podía abrir los ojos.
–¿Amanda? –susurró él–. ¿De verdad eres tú o estoy soñando?
Ella sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
–Sí, Kyrian. Soy yo.
Nick soltó una maldición al llegar junto a ellos y extendió un brazo para tocar uno de los
clavos que atravesaban el brazo de Kyrian. Apartó la mano, sin llegar a tocarlo, por si el
simple roce pudiera hacerle más daño. Amanda vio la furia en los ojos del Escudero y lo escuchó
maldecir otra vez.
–¡Por amor de Dios! Lo han clavado a una tabla.
Amanda sintió nauseas sólo de pensarlo. Nada más ver a Kyrian supo exactamente lo
que Desiderius había hecho: había recreado su ejecución.
–Tenemos que sacarte de aquí –le dijo.
Kyrian tosió, medio ahogándose con su propia sangre.
–No hay tiempo.
–Tiene razón –confirmó Nick–. Amanecerá en cinco minutos, como mucho diez. No podremos
llevarlo a casa antes de que salga el sol.
–Entonces llama a Tate.
–No llegará a tiempo. –Un músculo comenzó a palpitar en la mandíbula del Escudero
mientras tocaba la mano de Kyrian, de cuyo centro sobresalía un clavo–. No estoy seguro
de cómo vamos a poder liberarlo aunque Tate llegue a tiempo.
–No pasa nada –dijo Kyrian, con voz cansada. Tragó saliva y miró a Nick a los ojos–. Lleva
a Amanda con Talon y dile que las proteja, a ella y a su hermana.
Nick se alejó corriendo.
Ignorando al Escudero, Amanda se concentró en Kyrian.
–No voy a dejarte morir –insistió con voz chillona y brusca–. Joder, Kyrian. No puedes morir
así y convertirte en una Sombra. No voy a permitirlo.
La ternura con la que la miró le robó el aliento.
–Siento mucho haberte fallado. Ojalá hubiese podido ser el héroe que mereces.
Amanda le tomó el rostro entre las manos y lo obligó a mirarla a los ojos. Le limpió la
sangre que le manchaba los labios y la nariz con manos temblorosas.
–No te atrevas a rendirte, ¿me oyes? Si te mueres, ¿quién dice que Desiderius no acabará
también con Talon? Lucha por mí, Kyrian, ¡por favor!
Kyrian esbozó una sonrisa.
–Está bien, Amanda. Me alegro mucho de que me hayas encontrado. No quería morir
solo… otra vez.
Al escuchar sus palabras, Amanda comenzó a llorar y el corazón se le subió a la garganta.
¡No!, gritó su alma en ese instante.
No podía dejarlo morir. Así no. No después de que la había protegido y la había cuidado.
No cuando se había convertido en algo tan importante para ella.
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Su mente no dejaba de imaginarse a su adorado Cazador Oscuro vagando por la tierra,
atrapado entre dos mundos. Siempre hambriento. Siempre solo. No podía permitir que sucediera
algo así.
Nick regresó con una barra de hierro.
–¿Qué es eso?
El Escudero la miró, furioso.
–No voy a dejar que muera de esta manera. Voy sacarlo de ahí. –E intentó arrancar el
clavo que inmovilizaba la mano de Kyrian que, nada más rozarlo, se tensó por el dolor.
–¡No! –gritó Amanda.
Nick siguió intentándolo.
–¿Qué coño…?
Antes de que Amanda fuese consciente de lo que hacía, sus poderes comenzaron a agitarse
y surgieron en cascada, escapando a su control. Los clavos salieron disparados de los
brazos de Kyrian, que cayó sobre ella al perder el punto de apoyo.
–Ayúdame, Nick –jadeó mientras intentaba mantenerse en pie con todo el peso de Kyrian
encima.
Nick se había quedado pasmado, pero hizo un esfuerzo por salir del estupor y se acercó
para sujetar a Kyrian. El peso lo hizo tambalearse, aunque consiguió llegar al coche tan rápido
como sus piernas se lo permitieron.
–No nos dará tiempo a llegar a su casa antes de que amanezca –dijo entrecortadamente,
jadeando por el esfuerzo.
–Podemos llevarlo a casa de mi hermana. Vive muy cerca de aquí.
–¿Cuál de ellas?
–Esmeralda. La conociste hace un rato; la del pelo largo y negro.
–¿La Suma Sacerdotisa de Vudú?
–No; la comadrona.
El Escudero llegó a casa de Essie en un tiempo récord; ninguno de los dos habló durante
el camino.
Les costó bastante trabajo pero, al final, consiguieron sacar a Kyrian del coche y llevarlo
hasta el porche en el mismo instante en que el sol se alzaba sobre el tejado del edificio situado
enfrente de la casa de Esmeralda.
Amanda golpeó con fuerza la puerta de la casita victoriana de su hermana.
–¿Esmeralda? ¡Date prisa! ¡Abre la puerta!
Vio la sombra de su hermana a través de las cortinas de encaje victoriano un momento
antes de que el pomo de la puerta girara. Amanda la abrió de un empujón y Nick metió a
Kyrian en el recibidor sin perder un segundo.
–Baja las persianas –le ordenó el Escudero a Esmeralda mientras dejaba a Kyrian en el
moderno sofá verde.
–¿Cómo dices? –le preguntó Essie–. ¿Qué está pasando aquí?
–Hazle caso, Essie, y te lo explico todo en un minuto.
Sin demostrar mucho entusiasmo, Esmeralda siguió las órdenes de Nick.
Amanda acarició el rostro de Kyrian.
–Te han dejado hecho un desastre.
–¿Cómo está Tabitha? –le preguntó él con voz débil.
A Amanda le enterneció que demostrara esa preocupación por su hermana, estando tan
157
malherido.
–Voy a llamar a una ambulancia –anunció Esmeralda mientras cogía el teléfono.
Nick se lo quitó.
–No.
La mirada que le dedicó Essie hubiese hecho retroceder a la mayoría de los hombres,
pero Nick se limitó a contemplarla con una expresión igual de desagradable.
–No pasa nada, Essie –la tranquilizó Amanda–. No podemos llevarlo a un hospital.
–Pero si no lo trasladáis, va a morir.
–No –le aseguró Nick–. No morirá.
Esmeralda alzó una ceja en un gesto de incredulidad.
–No es humano –le explicó Amanda.
Essie la miró con los párpados entornados.
–¿Y qué es, entonces?
–Un vampiro.
La ira desfiguró el rostro de Esmeralda que, en ese momento, se lanzó a por todos ellos,
echando humo por la nariz.
–¿Has traído a un vampiro a mi casa? ¿Después de lo que le ha sucedido a Tabitha? ¡Por
el amor de Dios, Amanda! ¿Es que no tienes sentido común?
–No va a hacerte daño –insistió Amanda.
–Estás como una puta cabra. Voy a llamar a…
Nick se interpuso entre Esmeralda y el teléfono.
–Si intentas marcar cualquier número, arranco el teléfono de la pared.
–Tío –lo increpó Essie a modo de advertencia–, ni creas qu…
–¡Ya basta! –gritó Amanda–. Kyrian nos necesita, Esmeralda, y, como tu hermana pequeña,
te suplico que nos ayudes.
–Pero…
–Essie, por favor…
Amanda observó la indecisión en el rostro de su hermana y supo que se debatía entre la
negativa a ayudar a un no-muerto y la imposibilidad de dar la espalda a su hermana.
–Por favor, Es; nunca en la vida te he pedido un favor.
–Eso no es cierto. Me pediste prestado mi jersey favorito cuando estábamos en el instituto,
para ponértelo el día que Bobby Daniels jugaba aquel partido.
–¡Es!
–De acuerdo –se rindió–, pero si muerde a alguno de los habitantes de esta casa, le clavo
una estaca.
Kyrian permaneció inmóvil mientras Esmeralda y Amanda lo despojaban de las ensangrentadas
ropas. Era tal la agonía que estaba padeciendo que apenas podía respirar. Le resultaba
imposible dejar de ver el momento en que los Daimons lo habían atacado y ansiaba
desquitarse exigiendo su sangre.
«Dejemos que el sol acabe con él», seguía diciendo la voz de Desiderius en sus oídos.
Ese cabrón iba a pagarlo con creces. Ya se encargaría él…
Amanda sintió el corazón en un puño al ver las heridas del cuerpo de Kyrian. Tenía los
brazos y las manos agujeradas a causa de los enormes clavos. Nunca había odiado a nadie,
pero en ese momento odiaba a Desiderius con tanta intensidad que, si lo tuviese delante, lo
destrozaría tan sólo con las manos.
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Se apartó de Kyrian un minuto para llamar a sus padres y preguntar por el estado de Tabitha.
Mientras tanto, Essie siguió vendándole las heridas y Nick continuó paseándose, nervioso,
de un lado a otro de la habitación.
–¿Qué quieres que haga con Desiderius? –le preguntó el Escudero a Kyrian.
–Que te mantengas alejado de él.
–Pero, mírate…
–Soy inmortal; sobreviviré. Tú no lo harías.
–Sí, claro. Si hubiésemos llegado tres minutos más tarde tú tampoco habrías sobrevivido.
–Nick –lo advirtió Amanda–; tu actitud no nos está ayudando en nada. Kyrian necesita
descansar.
–Lo siento –se disculpó, inquieto, pasándose la mano por el pelo alborotado–. Suelo atacar
cuando estoy preocupado; es un mecanismo de defensa.
–No importa, Nick –lo tranquilizó Kyrian–. Vete a casa y duerme un rato.
El Escudero asintió con una expresión tensa. Antes de marcharse, miró a Amanda.
–Llámame si necesitas cualquier cosa.
–De acuerdo.
Esmeralda acabó de atender a Kyrian justo cuando Nick salía por la puerta.
–Debe dolerte mucho. ¿Qué te ha sucedido exactamente?
–He sido un imbécil.
–Muy bien, Imbécil –continuó Esmeralda, con brusquedad–, vamos a tener que entablillar
esas piernas y aquí no tengo lo necesario.
–¿Puedo usar el teléfono? –le preguntó Kyrian.
Esmeralda se lo acercó, mirándolo con el ceño fruncido.
Mientras marcaba, Amanda continuó limpiándole la sangre del rostro.
–¿Cómo puedes actuar con tanta normalidad? –le preguntó–. Debes estar sufriendo una
agonía.
–Los romanos me torturaron durante un mes, Amanda. Créeme, esto no es nada.
Aún así, ella sufría por él. ¿Cómo era capaz de soportar todo ese dolor?
No pudo evitar escuchar la conversación de Kyrian con la persona a la que había llamado.
–Sí, lo sé. Nos vemos dentro de un rato.
Cuando terminó de hablar, Amanda cogió el teléfono para dejarlo en su sitio y Kyrian cerró
los ojos para descansar, mientras Esmeralda se llevaba a su hermana a la cocina.
–Quiero una explicación. Ahora. ¿Por qué hay un vampiro herido en mi sofá?
–Me salvó la vida. Sólo le estoy devolviendo el favor.
Essie le lanzó una furiosa mirada.
–¿Te has parado a pensar lo que haría Tabitha si lo descubriera?
–Lo sé, pero no podía dejar que muriera. Es un buen hombre, Es.
Esmeralda abrió la boca, totalmente pálida.
–No, Amanda. Esa cara no.
–¿Qué cara?
–Esa mirada emocionada que pones cuando ves a Brendan Fraser en la pantalla.
–¿Cómo dices? –preguntó Amanda, ofendida.
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–Estás loca por él.
Amanda sintió que se sonrojaba.
–¡Mandy! ¿Por qué no usas el cerebro?
Ella evitó la mirada inquisitiva de su hermana volviendo la vista hacia el sofá donde yacía
Kyrian.
–Mira, Essie; no soy una estúpida, ni tampoco soy una niña. Sé que nunca podrá haber
nada entre nosotros.
–¿Pero…?
–¿Qué quieres decir con «pero…»?
–Me da la sensación de que hay un pero… al final de esa frase.
–Pues no lo hay –le contestó, empujándola ligeramente hacia las escaleras–. Y ahora,
vuelve a la cama y duerme un poco.
–Sí, claro. ¿Vas a asegurarte que el señor Vampiro no nos utiliza de aperitivo mientras
duermo?
–No bebe sangre.
–¿Y cómo lo sabes?
–Porque me lo ha dicho él.
Essie cruzó los brazos delante del pecho y la miró, ofendida.
–¡Ah, claro! Y nosotras nos lo creemos a pies juntillas, ¿no?
–¿Puedes dejarlo ya, Essie?
–Venga, Mandy –la increpó, señalando con la mano hacia el sofá–. Ese hombre es un asesino.
–No lo conoces.
–Tampoco conozco a ningún caimán y estoy segura de que no dejaría entrar a ninguno
en mi casa. ¡Joder, Amanda! No puedes domesticar a un animal salvaje.
–No es un animal salvaje.
–¿Estás segura?
–Sí.
Pero Essie seguía mostrándose escéptica; los ojos la delataban.
–Ya puedes estar en lo cierto, mocosa, o vamos a acabar todos bien jodidos.
Horas después, mientras Essie se vestía para ir a trabajar, Amanda preparó a Kyrian un
ligero desayuno.
–Te agradezco la intención, pero no tengo hambre –lo rechazó él amablemente.
Ella dejó el plato sobre la mesita y deslizó un dedo, con mucho cuidado, sobre el vendaje
que le cubría el brazo; había seguido sangrando y las gasas estaban manchadas.
–Ojalá me hubieses hecho caso y te hubieses quedado en casa.
–No puedo hacer eso, Amanda. He hecho un juramento y tengo obligaciones.
Su trabajo. Eso era todo lo que le importaba y ella comenzaba a preguntarse si la protegía
porque su preocupación era genuina o como parte de su deber como Cazador Oscuro.
–Pero me dijiste que confiabas en mis poderes y cuando te dije que…
–Amanda, por favor. No tenía otra opción.
Ella asintió.
–Espero que lo mates.
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–Lo haré.
Amanda le cogió la mano y le dio un apretón.
–No pareces tan seguro como antes.
–Eso es porque he pasado la noche clavado a una tabla y esta mañana no estoy en mi
mejor momento.
–No tiene gracia.
–Ya lo sé –contestó él–. Es que me molesta que supiese exactamente dónde golpear para
hacer más daño. Directo a…
Ella esperó unos minutos para que continuara, pero Kyrian permaneció en silencio.
–¿Directo a dónde? –lo instó ella.
–A ningún sitio.
–Kyrian, cuéntamelo. Quiero saber cómo consiguió hacerte esto.
–No quiero hablar de eso.
Antes de que pudiera presionarlo más, alguien llamó a la puerta.
–Por favor –le dijo en voz baja–, deja entrar a D’Alerian.
–¿El Guardián de los Sueños?
Kyrian asintió.
Muerta de curiosidad, se levantó para abrir la puerta principal y, al hacerlo, retrocedió
unos pasos. El hombre que estaba en el porche no se parecía en nada a como lo había imaginado.
Mucho más alto que ella, el Guardián de los Sueños tenía el pelo negro como la noche
y unos ojos tan pálidos que parecían resplandecer con luz propia. Vestido por completo
de color negro, como si fuese un Cazador Oscuro, lo habría devorado con la mirada de no
ser por la extraña tendencia que tenían sus ojos a apartarse de él. Era muy raro. Muy curioso.
Tenía que esforzarse para mirarlo, ya que sus ojos lo evitaban en contra de su voluntad,
y eso que cualquier mujer ardería de deseo y se quedaría boquiabierta de la impresión con
sólo echarle un vistazo.
Sin pronunciar una sola palabra, el hombre pasó junto a ella y se acercó a Kyrian. La
puerta se le escapó de la mano y se cerró con un sonoro portazo, impidiendo la entrada a la
luz del sol.
D’Alerian se movía con elegancia y agilidad. Al acercarse al sofá, se quitó la chaqueta de
cuero y se alzó las mangas de la camisa negra.
–¿Desde cuándo llamas a las puertas? –le preguntó Kyrian.
–Desde que me preocupo por no asustar a los humanos. –El Guardián de los Sueños observó
el cuerpo de Kyrian de la cabeza a los pies–. Estás hecho un desastre.
–Todo el mundo se empeña en decirme lo mismo.
No había rastro de humor en la expresión de D’Alerian. Ni de cualquier otra emoción. Parecía
mucho más sereno e imperturbable que Talon; como si no tuviese sentimientos.
El Guardián de los Sueños alzó una mano y uno de los sillones se movió hasta quedar
justo al lado del sofá. Sin prestar atención a Amanda, colocó la mano sobre el hombro de
Kyrian.
–Duerme, Cazador Oscuro. –Y, antes de que acabara de hablar, Kyrian ya estaba profundamente
dormido.
Amanda observó la escena. D’Alerian no movió la mano que tocaba a Kyrian; tenía los
ojos cerrados. Y, en ese preciso momento, su expresión cambió y su rostro adoptó la rigidez
de aquél que está siendo sometido a una intensa agonía. De hecho, estaba reflejando todo
el dolor que Kyrian debía haber sufrido.
Tras unos minutos, apartó la mano y se reclinó en el sillón, respirando laboriosamente.
161
Se cubrió la cara con las manos, como si con ese gesto pudiese alejar la pesadilla. Cuando
la miró, la intensidad de sus ojos hizo que Amanda diera un respingo.
–Nunca, en toda la eternidad, había contemplado algo así –le susurró con voz ronca.
–¿El qué?
Suspirando entrecortadamente, D’Alerian continuó.
–¿Quieres saber cómo logró capturarlo Desiderius?
Ella asintió.
–A través de sus recuerdos. Jamás he experimentado tanto dolor en otra persona. Cuando
esos recuerdos lo inundan, Kyrian se queda indefenso y es incapaz de actuar con cordura.
–¿Qué puedo hacer?
–Nada; a no ser que se te ocurra el modo de erradicar esos recuerdos. Si continúan torturándolo
de este modo, está perdido. –Antes de seguir hablando, miró a Kyrian–. Dormirá
hasta que caiga la noche; no lo molestes. Cuando se despierte, podrá volver a andar, pero
aún estará débil. Intenta que no vaya tras Desiderius durante un par de días. Hablaré con
Artemisa y veremos qué se puede hacer.
–Gracias.
D’Alerian le respondió con un leve gesto y desapareció con un destello de luz dorada.
Unos segundos después, su chaqueta también se evaporó.
Amanda se sentó en el sillón que el Guardián de los Sueños acababa de dejar libre y, mirando
al techo, lanzó una carcajada. Estaba histérica. Lo único que siempre había deseado
era una vida normal. Y ahora tenía un vampiro por amante y un Guardián de los Sueños –
concepto que aún no estaba muy segura de entender–, apareciendo y desapareciendo
como por arte de magia de la casa de su hermana, mientras otro vampiro estaba intentando
matarlos a todos.
La vida era una ironía.
Ladeó la cabeza y observó a Kyrian. Se le había normalizado la respiración y el ceño de
dolor que le arrugaba la frente había desaparecido. Las heridas seguían siendo espantosas,
pero algunas de ellas ya empezaban a curarse.
¿Qué le habría hecho Desiderius?
Kyrian despertó y vio que la luz de la luna entraba por las ventanas abiertas del salón.
No recordó dónde estaba hasta que intentó moverse y el dolor lo atravesó. Apretó los dientes
y se incorporó lentamente para sentarse. En ese momento, vio a Esmeralda delante de
él, con una enorme cruz en una mano y una ristra de ajos colgada del cuello.
–Tío, no se te ocurra moverte de ahí. Y no intentes el truco de controlar mi mente.
A pesar del dolor, Kyrian soltó una carcajada.
–¿Sabes una cosa? Ni las cruces ni los ajos tienen efecto alguno sobre nosotros.
–Sí, claro –le contestó ella, acercándose un poco más a él–. ¿Dirías lo mismo si te toco
con ella?
Cuando estuvo lo bastante cerca, Kyrian extendió un brazo y le quitó la cruz.
–¡Ay, ay, ay! –gritó, fingiendo estar dolorido y acercándosela hasta el pecho–. En serio –
le dijo, dándosela de nuevo–, no tiene ningún efecto. Y en cuanto al ajo, si a ti no te molesta
el olor, a mí tampoco.
Esmeralda se quitó la ristra de ajos.
–Entonces, ¿a qué eres vulnerable?
–A ti te lo voy a decir…
162
Essie ladeó la cabeza.
–Mandy tiene razón; eres exasperante.
–Deberías haber tenido una charla con mi padre antes de que me lo comiera.
Esmeralda palideció y retrocedió un par de pasos.
–Está tomándote el pelo, Es. No se ha comido a su padre.
Él se dio la vuelta y vio a Amanda de pie, en el hueco de la puerta que había a sus espaldas.
–¿Estás completamente segura de eso?
Ella sonrió.
–Sí, completamente. Y supongo que debes sentirte mejor, si tienes ganas de bromear. –
Se acercó y apartó las vendas que le cubrían los brazos para ver las heridas–. ¡Dios Santo!
Están prácticamente curadas.
Kyrian asintió, cogió una de las camisas que Nick había dejado allí esa misma tarde
mientras él descansaba, y se la puso, al tiempo que les explicaba lo de las heridas.
–Gracias a D’Alerian, en un par de horas más habrán desaparecido por completo.
Amanda lo observó mientras se levantaba del sofá. El único indicio de que aún no estaba
en forma era la lentitud de sus movimientos.
–¿No crees que deberías seguir acostado?
–Necesito moverme para aliviar la rigidez. –Mientras pasaba a su lado, murmuró de forma
casi inaudible–: Al menos, parte de ella.
Amanda lo ayudó a llegar hasta la cocina.
–Essie, ¿quedan espaguetis?
–¿Es que come espaguetis?
Amanda alzó la cabeza para mirarlo.
–¿Los comes?
Él miró a Esmeralda de forma amenazadora.
–No resulta tan satisfactorio como chupar el cuello de un par de italianas, pero no están
mal.
Amanda soltó una carcajada al ver la expresión espantada de su hermana.
–No le tomes más el pelo o te clavará una estaca mientras duermes.
Kyrian se sentó y la miró de arriba abajo con los ojos cargados de deseo.
–A mí sí que me gustaría clavártela mientras estás despierta.
Ella sonrió al escuchar la indirecta mientras le servía el plato de espaguetis.
–Me alegra muchísimo ver que tienes ganas de bromear. Pasé mucho miedo esta mañana;
pensé que iba a perderte a pesar de haberte encontrado.
–¿Cómo está Tabitha?
–Muy bien. Ya le habrán dado el alta.
–Me alegro.
Amanda se dio cuenta de que estaba muy preocupado; tenía una expresión extraña.
–¿Qué te pasa? –le preguntó mientras colocaba el plato en el microondas.
–Desiderius está ahí fuera y volverá a matar de nuevo. No puedo quedarme aquí acostado
y esper…
Amanda le tapó la boca con la mano, impidiendo de este modo que siguiera hablando.
163
–¿Y qué conseguirás dejándote matar?
–Ayudar a Nick, ya que heredará todos mis bienes.
–No tiene gracia.
–Siempre me dices lo mismo.
Ella sonrió débilmente.
–Antes de que vuelvas a salir en busca de Desiderius, tenemos que trazar un plan. En
estos momentos te da por muerto, así que contamos con el factor sorpresa.
–¿Contamos?
–No voy a dejar que vuelvas a luchar solo con él. Nos está amenazando a mi familia y a
mí y no pienso quedarme en la retaguardia esperando a que vuelva a atacar.
Él alargó un brazo y le acarició la cara.
–No quiero que te haga daño.
–Entonces enséñame lo necesario para que pueda ayudarte a darle una buena patada
en el culo.
Kyrian sonrió al escucharla.
–Hace dos mil años que lucho solo.
–Bueno, nunca se es lo demasiado viejo para aprender.
Kyrian resopló.
–No puedes enseñarle nuevos trucos a un perro viejo.
–Borrón y cuenta nueva.
–El tiempo es oro.
–Dios ayuda a los que se ayudan.
Él soltó una carcajada.
–No vas a dejarme ganar, ¿verdad?
–No. Voy a acabar de prepararte la comida y después te contaré todo lo que he averiguado
mientras dormías.
Kyrian observó cómo echaba queso sobre la pasta. Nunca había conocido a una mujer
como ella. Después de que Desiderius lo abandonara para que el sol acabara con él, había
cerrado los ojos para recordar la imagen de Amanda en su cama y la sensación de tenerla
entre sus brazos.
Pensar en ella lo había reconfortado de un modo que no se merecía.
¿Y si fallo de nuevo y no mato a Desiderius?
La idea lo horrorizaba. Ella se quedaría sola. Cerró los ojos y la vio en una cama del hospital,
como Tabitha. O aún peor.
No. Ella tenía razón. Necesitaba enseñarle unas cuantas cosas para que pudiera defenderse.
Desiderius era demasiado peligroso. Demasiado ladino. Era un cabrón y no se había
tirado un farol cuando afirmó saber dónde atacar.
–¿Kyrian?
Él levantó la vista para mirarla.
Mientras pensaba, Amanda había servido la pasta y la había colocado en la mesa, junto
con un plato de ensalada; se acercó a él y le puso la mano en la frente.
–No le des más vueltas.
–¿A qué?
–A lo de Desiderius. Estabas tan concentrado que casi podía escuchar tus pensamientos.
164
En ese momento, Esmeralda se asomó a la cocina.
–Cara está de parto y tengo que marcharme. ¿Estás segura de que quieres quedarte sola
con él?
–Claro que sí, Essie. Vete; fuera de aquí; ¡largo!
–Muy bien, pero te llamo luego.
Amanda le contestó con un gruñido y miró a Kyrian.
–¿Has intentando alguna vez vivir con nueve madres?
–La verdad es que no.
Una vez que acabó de comer y llamó a Nick, Amanda lo acompañó al aseo del segundo
piso, para ayudarlo a darse un baño.
Kyrian permaneció totalmente inmóvil mientras ella le desabrochaba la camisa, se la
quitaba y hacía lo propio con los pantalones. Su miembro se endureció con el roce de sus
dedos.
–En realidad, hace siglos que no tomo un baño de verdad. Siempre me ducho.
–Bueno, bañarse es mucho más divertido… te lo prometo. –Poniéndose de puntillas le
dio un ligero beso en los labios.
Kyrian se dejó llevar y se metió en la bañera, siguiendo sus órdenes. La sensación del
agua caliente deslizándose sobre su piel, mientras ella echaba jabón en la manopla, era
maravillosa. No pudo evitar trazar el contorno del mentón de Amanda con un dedo.
Ella se quitó la ropa y se metió con él en la bañera. La rodeó con los brazos pero, en
cuanto Amanda comenzó a moverse sobre su cuerpo, los viejos recuerdos se apoderaron de
él. Al instante, volvió a estar en su antiguo hogar y era Theone la que lo bañaba; era su mirada
distante la que veía.
Amanda notó que se quedaba rígido.
–¿Te he hecho daño?
–Apártate, déjame salir –le dijo, haciéndola a un lado.
Algo iba mal. Algo malo le estaba sucediendo.
–¿Kyrian?
Estaba evitando mirarla a los ojos y, súbitamente, recordó lo que D’Alerian le dijo. Decidida
a librarlo de sus demonios, lo cogió firmemente por el rostro y lo obligó a mirarla.
–Kyrian; no soy Theone y jamás te traicionaré.
–Déjame…
–¡Mírame! –insistió–. Mírame a los ojos.
Y él lo hizo.
–Te he preparado la comida y no te he drogado. Jamás te haría daño. Jamás.
Kyrian frunció el ceño.
Ella se deslizó sobre él, inclinándose aún más sobre su cuerpo.
–Ámame, Kyrian –lo instó, cogiéndole las manos y colocándolas sobre sus pechos–. Déjame
borrar esos recuerdos.
Kyrian no sabía si eso era posible, pero al sentirla allí desnuda, con su piel húmeda y su
cálido aliento, comprendió que no quería alejarse de ella. Había estado mucho tiempo privado
del consuelo de una mujer, de la ternura de sus caricias. Amanda volvió a moverse sobre
él, acercándose a su rostro y eso le hizo perder el hilo de sus pensamientos.
–Confía en mí, Kyrian –le susurró al oído, justo antes de trazar con la lengua los sensibles
pliegues de la oreja.
165
Kyrian creyó arder.
–Amanda –jadeó; el nombre salió de sus magullados labios a modo de oración. Ella era
su salvación.
Había intentado con todas sus fuerzas liberarse del pasado, hacerlo desaparecer, pero
no lo había logrado; estaba allí, bajo la superficie, esperando el momento más inesperado
para abalanzarse sobre él.
Pero no iba a permitir que estropeara ese instante. No con Amanda en sus brazos.
Ella percibió cómo caía el velo que ocultaba sus emociones. Por primera vez, vio en sus
ojos el alma de ese hombre que no tenía alma. Y mucho más, vio la pasión y el anhelo. La
necesidad de poseerla.
Sonriendo, se inclinó para besarlo con mucha ternura, temerosa de hacerle aún más
daño. Para su sorpresa, él tomó las riendas del beso y lo profundizó, abrazándola con tanta
fuerza que comenzaba a costarle trabajo respirar. La lengua de Kyrian se enredaba con la
suya, avivando su deseo. Introdujo la mano entre ambos y descendió hasta tomar su verga
en la mano. La acercó hasta la entrada de su cuerpo y comenzó a introducírsela centímetro
a centímetro, muy despacio, hasta que la sintió dentro en toda su longitud y, entonces, comenzó
a moverse lenta y suavemente sobre él, por temor a hacerle daño.
Él echó la cabeza hacia atrás y contempló la expresión satisfecha de Amanda mientras
lo acariciaba con todo su cuerpo. Alargó un brazo y la sujetó por la barbilla.
–Eres mucho más de lo que me merezco.
Ella le contestó besándolo con ferocidad, mordisqueándole los labios. ¡Dios Santo! Ese
hombre sí que sabía besar. Le pasó la lengua por los colmillos mientras aumentaba el ritmo
de sus movimientos y él gimió en su boca, haciendo que todo su cuerpo vibrara.
Kyrian alzó las manos y le sujetó la cabeza para profundizar aún más el beso. Abrumada
por todas las emociones que la asaltaban, Amanda se corrió en sus brazos y él siguió besándola
con más intensidad.
–Eso es, Amanda –murmuró, cogiéndole un pecho y pellizcándole un pezón con suavidad–.
Córrete por los dos.
Ella abrió los ojos y vio el deseo voraz en esos abismos negros.
–Pero no es justo.
Él sonrió.
–No me importa, de verdad. Con estar dentro de ti es suficiente.
Ella no se dejó engañar, pero lo ayudó a salir de la bañera y lo secó con una toalla. Lo
acompañó hasta la cama de la habitación de invitados y cerró las ventanas, asegurándose
de que no quedara ni un resquicio por donde pudiera pasar la luz del sol. Se quedó allí un
rato, observándolo mientras dormía. Su maltrecho cuerpo se curaba a ojos vista. Si pudiese
curar su corazón con la misma facilidad…
¡Maldita fuese su esposa por la crueldad con que lo había tratado!
En ese momento, escuchó que alguien llamaba a la puerta. Echándole un último vistazo
a Kyrian, salió de la habitación sin hacer ruido y bajó para abrir la puerta. Era Nick, con una
maleta pequeña.
–Pensé que necesitaría ropa y algunas cosas más.
Amanda lo dejó pasar, sonriendo ante la preocupación que demostraba el Escudero.
–Gracias; estoy segura de que Kyrian apreciará el gesto.
Nick dejó la maleta junto al sofá.
–¿Dónde está?
–Arriba, durmiendo; espero.
166
–Escúchame –le dijo él con brusquedad–. Talon va con Tabitha de regreso a casa de tu
madre para asegurarse de que llega sana y salva. He puesto a un par de escuderos tras Esmeralda
y el resto de tu familia. Ahora que Desiderius da por muerto a Kyrian, no sabemos
qué va a hacer ni a quién va a atacar. Dile a toda tu familia que tenga los ojos bien abiertos.
Kyrian los escuchaba desde la cama. Percibía el miedo en la voz de Amanda; la ansiedad.
Y sabía cuál era el modo de que todos sus temores se desvanecieran. Si Desiderius se
enteraba de que estaba vivo, iría tras él y dejaría en paz a Amanda y a sus hermanas. Él
era el primer objetivo en la lista del Daimon. El resto, meros aperitivos.
Dolorido, salió de la cama muy lentamente y se vistió.
Trece
–Kyrian, siento molestarte… –Amanda dejó de hablar al abrir la puerta de la habitación y
ver la cama vacía.
–¿Dónde está? –preguntó Nick, que entró al dormitorio tras ella.
–No lo sé. Lo dejé aquí hace un momento.
Nick cogió el móvil, soltó un taco y, de repente, se paró a pensar.
–Joder, si no tiene teléfono.
–No creo que se haya marchado.
Se movió para ir a echar un vistazo al baño, pero la expresión del Escudero le dejó muy
claro que estaba a punto de hacer una estupidez.
–Claro que se ha largado. –Se acercaron a la ventana y, en ese momento, vieron cómo
Kyrian arrancaba el Jaguar de Nick y se alejaba por la carretera.
La primera parada fue la tienda de muñecas. Tenía intención de encontrar a uno de los
secuaces de Desiderius, y lo último que necesitaba en esos momentos era ir desarmado.
No eran más de las ocho de la tarde cuando abrió la puerta de la tienda y escuchó la
campanilla que avisaba a la dueña. Liza salió al instante de la trastienda, con una expresión
amistosa y cálida en su arrugado rostro. Hasta que se dio cuenta de los moretones que tenía
en la cara.
–General… –dijo a modo de reprimenda–. ¿Estás bien?
–Estoy perfectamente, Liza, gracias. Sólo he venido a recoger el pedido.
Ella lo miró y arrugó el ceño.
–Se lo di a Nick ayer, ¿no te lo ha dicho?
Kyrian maldijo en su fuero interno. Tenía que habérselo imaginado. La única ocasión en
la que su Escudero se acordaba de recoger un encargo y daba la casualidad de que era la
única ocasión en la que habría tenido que esperar.
En ese momento, se escuchó un ruido en la trastienda, tras las cortinas color borgoña.
Kyrian percibió una extraña vibración; una que hacía mucho tiempo que no sentía.
En cuanto la sensación se desvaneció, dejándole la piel erizada, las cortinas se abrieron
solas. Entre las sombras se adivinaba la silueta de un hombre cuya presencia dominaba
toda la estancia. Con sus dos metros de altura y ataviado por completo de negro, conseguía
que todas las criaturas temblaran de miedo o que se quedaran inmóviles ante su presencia.
O, en el caso de Kyrian, que lo miraran con expresión asesina.
Acheron sonrió, y su rostro adoptó una expresión aún más pícara si cabía. Aunque las
Ray-Ban Predator le ocultaban los ojos, era capaz de hacer que las mujeres se desmayaran
tan sólo con mirarlo. Arrogante y duro, ni hacía prisioneros, ni mostraba compasión por na-
167
die.
Era una criatura con muchas peculiaridades; entre ellas, y la que más llamaba la atención,
su pelo, que no duraba mucho del mismo color. Se lo cambiaba tan a menudo que la
mayoría de los Cazadores Oscuros hacían apuestas sobre el nuevo color de la semana. Esa
noche lo llevaba teñido de verde oscuro, recogido hacia atrás en una coleta y con una pequeña
trenza que le caía desde la nuca, por encima del hombro, hasta el pecho.
–Acheron –lo saludó Kyrian, sin ocultar su irritación–. ¿Has venido a vigilarme?
–Nunca, hermanito. Estoy aquí de turismo. ¿Qué te parece?
–Sí, claro. Tienes toda la pinta de un turista. Ese pelo verde oscuro pasaría desapercibido
en cualquier sitio.
A Ash le hizo gracia el sarcasmo de Kyrian y soltó una carcajada.
–Bueno, supuse que, ya que Talon está protegiendo a… ¿cómo se llama…? Tabitha, y tú
vas detrás de Desi-Desastroso, no os vendría nada mal que os echara una mano.
–La última vez que pedí que alguien me echara una mano, Artemisa me envió una momificada.
Ash sonrió.
–Ya sabes que, tratándose de los dioses, hay que ser muy concreto. Además… tengo información.
–Podías haberla mandado por correo electrónico.
Acheron se encogió de hombros.
–Mi presencia no significa nada. Sabes que no voy a interferir en tu lucha con Desiderius.
¿Y por qué no acababa de creérselo? Claro, porque a Acheron Parthenopaeus le encantaba
meter las narices siempre que aparecía un Daimon interesante.
–Me parece que ya he oído eso antes.
–Muy bien –dijo, encogiéndose de hombros con un gesto indiferente–. Ya que no quieres
la información que tengo, la guardo y me…
–Sé lo del mensaje de los Oráculos.
–Pero no conoces el resto de la historia –los interrumpió Liza.
Acheron la miró con el ceño fruncido.
–¿Qué historia? –preguntó Kyrian.
Ash sacó un chicle de un bolsillo y comenzó a desenvolverlo de forma meticulosa.
–Has dicho que no te interesaba.
–Muy bien, iré tras él sin necesidad de saber más.
Cuando llegó a la puerta, la voz de Acheron lo detuvo.
–¿No te parece raro que Desiderius tenga poderes que van más allá del alcance de un
Daimon?
–¡Vaya! –exclamó Kyrian, dándose la vuelta para mirarlo de frente–. Deja que lo piense…
Sí.
A Liza se le escapó una risilla que hizo que Acheron la mirara de soslayo, furioso. La anciana
se enderezó y soltó una carcajada, disculpándose antes de regresar corriendo a la
trastienda, donde siguió desternillándose de la risa.
Acheron la siguió con la mirada hasta que desapareció tras las cortinas y después volvió
a prestar atención a Kyrian, adoptando una actitud seria.
–Muy bien. Estos son los hechos: parece ser que al viejo Baco le dio un calentón una noche
y se lo montó con una nena apolita. Nueve meses después nació Desiderius.
168
–Mierda.
–Exacto –comentó Acheron mientras cogía una de las muñecas que Liza había hecho a
imagen de Artemisa. El parecido era tan sorprendente que, por un momento, lo desconcertó.
La dejó de nuevo en la estantería y siguió hablando–. Lo bueno es que a papi Baco le importó
un comino ya que, desde el comienzo de los tiempos, ha ido desperdigando bastardos
por el mundo. Lo malo es que Desiderius pilló un pequeño berrinche cuando los familiares
de su papaíto no prestaron la más mínima atención a la llegada de su vigésimo séptimo
cumpleaños, que marcaba el fin de sus días. Y, siendo un semidiós, pensó que se merecía
una vida un poco más larga… digamos que… inmortal.
–Y se convirtió en un Daimon.
Ash asintió con la cabeza.
–Con sus poderes de semidiós nos iguala en velocidad, fuerza y destreza. Y, al contrario
que nosotros, no lo ata ningún Código.
–Eso explica un montón de cosas, ¿no? Si no puedes ir detrás de los dioses, persigue a
sus servidores.
–Exactamente. Somos el objetivo principal de Desi.
–Una pregunta.
–¿La tengo que contestar?
Kyrian no prestó atención al sarcasmo.
–¿Por qué tiene que ser un Cazador Oscuro con alma el que lo derrote?
–Porque lo dice la profecía y ya sabes cómo funcionan esas cosas.
–¿Y tú cómo sabes todo esto?
Acheron volvió a mirar a la muñeca que había cogido momentos antes.
–Anoche estuve hablando con Artemisa. Me costó un poco, pero al final se lo saqué.
Kyrian se detuvo a pensar un instante. Ash siempre había sido el Cazador Oscuro favorito
de la diosa. Que Artemisa lo demostrara de forma tan abierta despertaba la envidia de
algunos Cazadores, pero a él no le importaba. Al contrario, le agradecía mucho a Ash que le
arrancara información a la diosa para poder ayudarlos en su tarea.
–¿Sabes? –le dijo a Acheron–, algún día tendrás que explicarme qué tipo de relación tenéis
y por qué eres el único Cazador Oscuro que puede estar en presencia de un dios y no
acabar frito.
–Puede que algún día te lo cuente, pero no será esta noche. –Cogió una espada retráctil
y una daga arrojadiza y se las ofreció–. Ahora mueve el culo y regresa a la cama. Tienes un
trabajito que concluir y necesitas recuperar fuerzas.
Kyrian se acercó a la puerta.
–Oye, por cierto.
Kyrian se dio la vuelta para mirar a Ash.
–No se te ocurra volver solo a casa.
–¿Cómo dices?
–Desiderius tiene tu número. Allí no estás seguro.
–Me importa una mierda que…
–Escúchame, general –le dijo Acheron con tono amenazador–. Nadie está poniendo en
duda tu capacidad para hacer de Desiderius el próximo aperitivo del Road Kill Diner, pero
no olvides que tienes gente a la que proteger, incluyendo a un cajun testarudo, igual de
dispuesto que tú a seguir órdenes… y a una bruja con poderes adormecidos. Así que, por
una vez en tu vida, ¿podrías hacer lo que se te ordena, sin rechistar?
169
Kyrian compuso una sonrisa forzada.
–Sólo esta vez; no vayas a acostumbrarte.
Ash lo siguió con la mirada mientras salía de la tienda. En cuanto la puerta se cerró, Liza
regresó de la parte trasera.
–¿Por qué no le has dicho que Artemisa te ha dado su alma? –le preguntó.
Ash metió la mano en el bolsillo, donde guardaba el medallón.
–Aún no ha llegado la hora, Liza.
–¿Y cómo sabrás que es el momento indicado?
–Confía en mí; lo sabré.
La anciana hizo un gesto de asentimiento y sostuvo las cortinas para que Acheron pasara
a la trastienda.
–Y… hablando de gente que no atiende sus heridas, ven aquí y déjame que te ayude.
¡Por amor de Dios! No he visto en toda mi vida a alguien con la espalda tan destrozada. No
entiendo por qué consientes que te hagan algo así; y sé que te prestas a ello, porque un
Cazador Oscuro con tus poderes jamás dejaría que lo maltrataran de este modo sin su consentimiento.
Ash no contestó. Tenía sus razones. Artemisa nunca estaba dispuesta a entrega el alma
de uno de sus Cazadores. El precio a pagar era muy alto. Había consentido en sacrificar
parte de su carne para poder darle a Kyrian la oportunidad de acabar con Desiderius. Pero
más que nada, los moratones y las cicatrices de su espalda eran el precio por la felicidad
del general. Un ritual sangriento al que se sometía gustoso cada vez que un Cazador Oscuro
–o Cazadora–, quería recuperar su alma.
Un ritual que todos ellos desconocían.
Lo que había entre Artemisa y él era estrictamente privado. Y ya se encargaría él de que
siguiera siéndolo.
Kyrian se dirigió a Bourbon Street, al mismo lugar donde se había encontrado con los
dos humanos, secuaces de Desiderius. El dolor del costado empezaba a disminuir, aunque
todavía era horroroso. Tardó más de media hora en encontrarlos.
La expresión que el imbécil puso al verlo fue impagable.
–¡Coño!
Kyrian lo agarró antes de que pudiera salir corriendo.
–Dile a Desiderius que esto aún no ha acabado.
El muchacho asintió y, cuando Kyrian lo soltó, se alejó corriendo calle abajo.
Sabía que la primera regla en una guerra era la de utilizar el factor sorpresa como garantía
de una victoria casi segura. Acababa de echar por tierra su mejor baza para ganar.
Pero no podía mantener esa ventaja a riesgo de que Amanda, o alguien de su familia, acabaran
heridos. Desiderius no iría tras ellos mientras tuviera un Cazador Oscuro con el que
enfrentarse.
Volvió cojeando al coche de Nick y, por fin, y regresó junto a la única persona con la que
se sentía en paz.
–¿Dónde has estado? –le preguntó Amanda nada más llegar.
–Tenía cosas que hacer.
Nick soltó una maldición.
–Has ido en busca de Desiderius, ¿verdad? –Y soltó otro taco–. Le has mandado un mensaje
para que sepa que estás vivo.
Kyrian lo ignoró y fue hasta el sofá para sentarse.
170
–¿Estás bien? –le preguntó Amanda.
Nick lo miró con cara de pocos amigos. Abría y cerraba los puños mientras se paseaba
alrededor del sofá.
–Joder, Kyrian ¿por qué…?
–Nick, déjalo. No estoy de humor.
La expresión del Escudero se ensombreció aún más y se le dilataron las aletas de la nariz.
–Muy bien. Sal y deja que te maten. ¿A mí que me importa? Así me quedo con la casa,
con los coches y con todo. Ve a por Desiderius y dile que estás herido y medio muerto. O
mejor aún, ¿por qué no dejas la puerta abierta y lo invitas a entrar?
–Nick así no vamos a ningún sitio –lo regañó Amanda. Veía el sufrimiento de Nick; quería
a su Cazador Oscuro como si fuesen hermanos.
–¿Sabes lo que te digo? –siguió él, hablando entre dientes–. Que me importa una mierda,
porque no necesito a nadie. –Y señalando a Kyrian continuó–: No te necesito y no necesito
tu puto dinero. Siempre me las he apañado solo. Así que si quieres puedes largarte para
que te maten, porque me da igual.
Nick se dio la vuelta para marcharse pero, en un abrir y cerrar de ojos, Kyrian se levantó
y se plantó delante de él. Su Escudero lo miró, furioso.
–Quítate de en medio.
La expresión de Kyrian era la misma que adoptaría un padre infinitamente paciente frente
a un adolescente rebelde.
–Nick, no voy a morir.
–Sí, claro. ¿Cuántas veces crees que Streigar le dijo lo mismo a Sharon antes de que lo
convirtieran en un Cazador Oscuro extra crujiente? –Se libró de las manos de Kyrian encogiéndose
de hombros y salió de la casa como alma que lleva el diablo.
En la mandíbula de Kyrian comenzó a palpitar un músculo mientras cogía el móvil y marcaba.
–Acheron –dijo tras una breve pausa–, tengo un Escudero renegado que creo que se dirige
al Barrio Francés en un Jaguar nuevo, modelo XKR descapotable de color antracita. ¿Puedes
detenerlo antes de que cometa una estupidez?
Con el ceño fruncido por la preocupación, miró a Amanda a los ojos y siguió escuchando
a Acheron.
–Sí, gracias.
Fuera cual fuese el comentario de Acheron, logró irritarlo bastante.
–Sí, ¡oh, amo y señor! Estoy descansando.
Y, al instante, se vio claramente perplejo.
–¿Cómo sabes que estoy de pie?
Tras un momento, soltó un bufido.
–Bésame el culo, Ash. Que tengas suerte con Nick. –Y cortó la llamada.
Aunque Amanda no había escuchado exactamente lo que Acheron había dicho, pudo
imaginárselo fácilmente.
–Tiene razón, necesitas acostarte.
Los ojos negros de Kyrian la fulminaron.
–No necesito que me mimen.
–Muy bien, Nick. ¿También vas a decirme que no necesitas nada ni a nadie antes de marcharte
como una exhalación?
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Él la miró con una sonrisa tímida.
–Ahora ya sabes por qué lo soporto. Somos harina del mismo costal.
Amanda soltó una carcajada, aun cuando lamentaba lo que les estaba sucediendo a ambos.
–Deja que adivine… ¿eras igual que él cuando tenías su edad?
–En realidad, Nick es mucho más soportable que yo. Y tampoco es tan testarudo como
yo solía serlo.
Amanda se acercó a él y le rodeó la cintura con los brazos.
–Ven, vamos arriba.
Para su sorpresa, Kyrian permitió que lo llevara de vuelta a la cama, a la habitación de
invitados.
Mientras lo desvestía, vio las cicatrices rosadas de las heridas, ya casi curadas. Le cogió
un brazo y acarició las pequeñas incisiones provocadas por los clavos.
–No puedo creer que estés en pie tan pronto, después de lo que te ha sucedido.
Él suspiró.
–No puedes mantener a un Cazador Oscuro fuera de juego mucho tiempo.
Amanda apenas escuchaba sus palabras. Mientras le acariciaba las heridas, multitud de
imágenes acudieron a su mente; la rabia de Kyrian, su dolor. Y, en ese momento, vio un esbozo
del futuro: Kyrian encadenado a un muro, con los brazos extendidos, a merced de Desiderius.
La muerte de Kyrian.
Con un jadeo, le soltó el brazo y se alejó de él.
Él la miró, preocupado.
–¿Qué te pasa?
Consumida por el pánico, le dio unos golpecitos en el pecho. Intentó luchar contra el ataque
de ansiedad y adoptar una actitud normal pero, por dentro, el dolor le resultaba insoportable.
No podía dejarlo morir. Así no.
Lo miró fijamente, obligándose a permanecer calmada.
–Tienes que superar el pasado. Si te sigues aferrando a él, Desiderius acabará contigo.
Él desvió la mirada.
–Lo sé.
–¿Y qué vas a hacer? Si sigues recordando volverá a atraparte.
–Puedo apañármelas, Amanda.
–¿Ah, sí? –le preguntó, luchando contra las lágrimas que le impedían respirar, al recordar
la visión.
Dios mío, así no.
No podía soportar perderlo. La idea de pasar un solo día sin sentir sus brazos rodeándola,
sin escuchar su voz, o su risa… era inimaginable. El dolor era insoportable.
–Puedo controlarme –insistió él.
Pero ella sabía la verdad. Había vivido su ejecución en carne propia. Sabía que jamás lo
superaría. Se había limitado a expulsar esa realidad de su mente, en lugar de enfrentarse a
ella.
Y, de repente, supo cómo podía liberarlo de sus demonios.
O al menos intentarlo.
172
–Vuelvo en un momento.
Kyrian observó cómo salía de la habitación, dejándolo hecho un mar de dudas. Sabía
mejor que nadie cuál era su punto débil. Lo único que Desiderius tenía que hacer era encadenarlo
con los brazos extendidos y el pánico lo dejaría fuera de juego. Los recuerdos eran
tan dolorosos que no podía luchar contra ellos. Se pasó una mano por los ojos. Tenía que
haber una manera de expulsarlos de su mente. Tenía que haber algún modo de enfrentarse
al Daimon con la cabeza fría.
Mientras consideraba cuál podría ser la mejor solución, los minutos fueron pasando.
Hasta que se dio cuenta de que alguien lo observaba.
Se dio la vuelta en la cama, hasta quedar tumbado de costado, y vio a Amanda en la
puerta con una bandeja en las manos y vestida con una bata blanca de satén larga y vaporosa.
Entró en la habitación, sonriéndole con ternura, y dejó la bandeja sobre la cómoda.
Kyrian la miró, extrañado.
Se acercó a la cama, moviéndose con su característica elegancia, y se apoyó en el colchón,
doblando una rodilla. La bata se abrió con el movimiento. Inclinándose hacia delante,
lo empujó hasta dejarlo tumbado sobre la espalda. Kyrian no dejaba de mirarle la pierna,
cubierta con una media y, un poco más arriba, el trozo de encaje del liguero que la abertura
de la bata dejaba a la vista.
La sonrisa de Amanda se ensanchó cuando sacó del bolsillo una larga bufanda de seda.
Kyrian la miró con el ceño fruncido mientras observaba cómo se la enrollaba en la muñeca.
–¿Qué estás haciendo?
–Voy a hacer que mejore.
–¿El qué?
–El pasado.
–Amanda –masculló, mientras le cogía el brazo y lo acercaba al cabecero de la cama. En
cuanto se dio cuenta de sus intenciones se apartó de ella de un brinco–. ¡No!
Ella volvió a cogerlo del brazo y se lo acercó al pecho.
–Sí.
Amanda observó cómo el pánico invadía su mirada.
–No –repitió Kyrian con firmeza.
Humedeciéndose los labios, se acercó la mano de Kyrian a la boca. Separó los labios y
comenzó a chuparle suavemente las yemas de los dedos.
–Por favor, Kyrian. Te prometo que no te arrepentirás.
Al contemplarla, el deseo comenzó a abrirse paso en sus entrañas. Vio cómo la lengua
de Amanda le lamía la piel, recorriéndole los dedos. Y cuando le pasó las uñas por la cara
interna de la muñeca y ascendió por el brazo, se estremeció de arriba abajo.
Amanda se alejó la mano de los labios y la acercó a la abertura de la bata para dejarla
sobre un pecho desnudo.
–Por favor, ¿sí?
Con la respiración entrecortada, Kyrian cerró la mano sobre el pecho. Le costaba mucho
trabajo recordar lo que le estaba pidiendo. Su confianza. Algo que no le había entregado a
nadie desde hacía dos mil años.
Aterrorizado por lo que le había sucedido la última vez que cometió el error de confiar en
alguien, la miró a los ojos y, al hacerlo, su voluntad comenzó a resquebrajarse. ¿Sería capaz
Amanda de traicionarlo algún día? ¿Tendría el suficiente valor como para arriesgarse?
En esta ocasión, cuando ella guió su brazo hasta el poste de la cama, apretó los dientes
173
pero no se movió y permitió que lo atara al cabecero. No obstante, su corazón empezó a latir
más deprisa.
Amanda sabía que acababa de obtener una pequeña victoria. Sin dejar de sonreír, ató la
bufanda con un nudo muy flojo.
–Puedes soltarte en cualquier momento –le dijo–. Sólo tienes que decírmelo y desharé el
nudo. Pero, si lo haces, me detendré al instante.
–¿Te detendrás?
–Ya verás a lo que me refiero…
Le cogió el otro brazo y enrolló otra bufanda alrededor de la muñeca. Kyrian no dejó de
observar el proceso con la respiración acelerada. Cuando lo ató no dijo nada, lo que sorprendió
gratamente a Amanda, aunque tenía la frente cubierta de sudor.
Tiró de las bufandas y el movimiento hizo que los músculos de los brazos se contrajeran
y se abultaran.
–No me gusta esto –le confesó, intentando liberarse.
Gateando sobre su cuerpo, Amanda le cogió las muñecas con las manos y lo sostuvo.
Bajó la cabeza y lo besó con suavidad en los labios.
Kyrian se tensó al sentir la lengua de Amanda en la comisura de los labios, buscando la
entrada a su boca. Él se lo permitió de buena gana, separando los labios y gimiendo en
cuanto sus lenguas se rozaron y probó su sabor.
Sus besos eran lo más cercano al paraíso que un hombre sin alma podía encontrar. El
aroma a rosas le invadía los sentidos, haciéndole perder la cabeza y poniéndolo a cien. Dejándolo
sin aliento. El tiempo se detuvo cuando sus manos le acariciaron el torso y sintió el
roce de sus pezones bajo el satén.
Cuando intentó abrazarla, recordó que lo había atado. Con un gruñido de frustración, tiró
de las bufandas.
Al escuchar cómo la seda se rasgaba, Amanda interrumpió el abrasador beso y se alejó
un poco.
–Recuerda –le dijo con voz ronca–, si te sueltas, lo único que conseguirás será una ducha
fría.
Se detuvo de inmediato pero, para su disgusto, vio cómo Amanda se alejaba de él y deslizaba
las manos sobre la bata, desde los pechos hasta el cinturón. Muy lentamente, tomándose
su tiempo, lo desató y apartó la prenda hasta dejar los pechos desnudos a la vista.
Kyrian creyó que iba a estallar en llamas cuando el satén cayó a sus pies.
Y, para su deleite, no estaba completamente desnuda. Se había puesto el liguero azul
marino que le había regalado. Nada más verla se le hizo la boca agua.
Muy despacio y de forma seductora, volvió a la cama y trepó sobre él, con los sensuales
movimientos de una gata, dejando que los pezones le rozaran según ascendía desde la cintura
hasta el pecho. Kyrian siseó al sentir cómo se estiraba sobre su cuerpo.
–¿Cómo vamos, general?
Él tragó saliva antes de contestar.
–Muy bien.
Sonriendo, Amanda le acarició el mentón con los labios y la lengua.
–Mucho mejor cuando haces eso –susurró él con el cuerpo enfebrecido por sus caricias.
Ella se retiró con una carcajada.
–¿Qué te parece entonces si te dejo ciego de placer?
Él tiró de las ataduras.
174
–Me da la sensación de que soy todo tuyo, cariño.
Amanda deseaba con todas sus fuerzas que eso fuese cierto. Bajó de la cama y se acercó
a la bandeja. Mientras cogía la jarra de miel templada, recordó el aceite hirviendo que
los romanos habían usado para torturarlo. Recordó la expresión de dolor de su rostro cuando
lo vertieron sobre su cuerpo, escaldándolo. Con el corazón en un puño, regresó a la
cama, donde Kyrian yacía a su merced. Le acercó la jarra al pecho y observó cómo el recuerdo
de esa tortura le ensombrecía la mirada.
Instintivamente, Kyrian se encogió en cuanto la miel lo rozó. Pero allí no había dolor. No
se formaban ampollas ni le quemaba la piel. En realidad, era bastante agradable. Se relajó
y observó cómo Amanda derramaba el espeso líquido dorado, trazando pequeños círculos
alrededor de sus pezones para después extenderlos con las uñas y descender hasta el estómago,
provocándole continuos escalofríos.
Una vez dejó la jarra a un lado, comenzó a lamer cada gota de miel que había derramado
sobre su cuerpo. Cada lametón le provocaba un estremecimiento de placer. Cuando le
introdujo la lengua en el ombligo su miembro se endureció aún más.
Amanda soltó una risa gutural y lo miró, reclinada sobre su ombligo. En ese momento,
se movió hacia arriba, deslizando la lengua desde el vientre hasta la nuez. Siseando de placer,
Kyrian echó la cabeza hacia atrás, facilitándole el acceso a su cuello y, cuando sintió
cómo sus dientes lo arañaban, se estremeció de la cabeza a los pies.
–Amanda –jadeó.
Sin dejar de sonreírle, volvió a bajar de la cama y cogió un pequeño cuenco. No sabía de
dónde había salido esa faceta atrevida; jamás se había comportado de ese modo, pero quería
salvar a Kyrian a cualquier precio. Además, algo extraño le estaba sucediendo mientras
hacía todo eso por él; como si una parte de sí misma se estuviese liberando.
Apartando esa idea de su mente, hundió los dedos en el cuenco de nata batida y los
acercó a los labios de Kyrian. Con el pulgar, trazó el contorno de esa boca perfecta.
Kyrian lamió la nata mientras ella se sentaba a horcajadas sobre su cintura. Qué maravilla
sentir la humedad de su cuerpo sobre él. Lo estaba volviendo loco. Y cuando se movió
hacia abajo y rozó su hinchada verga creyó morir de placer.
–Déjame darte de comer, general –le susurró antes de acercarle el dedo a la boca, muy
despacio, para que saboreara la nata batida.
Kyrian tragó saliva al sentir la vorágine de sus emociones. Estaba recreando la crueldad
de Valerius. Pero no había dolor con Amanda, sino un placer tan intenso como jamás había
conocido. La miró a los ojos y le sonrió débilmente.
–¿Por qué estás haciendo esto? –le preguntó.
–Porque me preocupo por ti.
–¿Y por qué?
–Porque eres el hombre más maravilloso que he conocido en mi vida. Claro, que no hay
que olvidar que eres testarudo y exasperante, pero también amable, generoso y fuerte. Y
me haces sentir tan…
Él alzó una ceja.
Amanda se sentó sobre su cintura y lo miró.
–¿Qué se supone que significa eso?
–¿El qué? –preguntó él con expresión inocente.
–Esa mirada.
Kyrian frunció el ceño.
–¿Qué mirada? –preguntó mientras intentaba abrazarla, sin recordar que estaba atado.
Qué extraño que lo hubiese olvidado por completo.
175
Ella bajó la cabeza y lo besó.
Kyrian soltó un gemido al sentir los labios de Amanda sobre los suyos, al sentir esa lengua
que entraba y salía de su boca, llevándole el sabor de la nata.
Se apartó un poco y le preguntó:
–¿Te gusta?
–Mucho –contestó él.
–Entonces, esto te va a encantar.
La siguió con la mirada mientras descendía por su cuerpo, cogía el cuenco y comenzaba
a extenderle la nata por la entrepierna. Sus dedos le acariciaban el miembro mientras lo cubrían
por completo con el frescor de la crema.
La sensación lo estaba llevando al límite y no pudo evitar gemir.
Amanda le separó las piernas y se detuvo un instante a contemplar su obra de arte. Después,
lo miró a lo ojos y se agachó entre sus muslos para lamerle los testículos.
Kyrian gruñó al sentir las caricias de su lengua en la parte más vulnerable de su cuerpo.
Ella cerró los labios a su alrededor y lo lamió, succionando primero el de un lado con suavidad
antes de pasar al otro y proceder del mismo modo. Se sentía asaltado por continuas
oleadas de placer y tiraba de las ataduras sin ser consciente de lo que hacía. Jamás había
experimentado nada tan placentero como los besos de Amanda y las caricias de su lengua
sobre la piel.
Cuando los testículos estuvieron libres de crema, se acercó a su verga. En cuanto se la
metió en la boca, Kyrian se tensó; Amanda lo estaba mirando a los ojos, observando sus reacciones.
Sin apartar la mirada, pasó la lengua por el extremo de su erección, atormentándolo y
dejándolo sin aliento, lamiéndole el glande antes de bajar la cabeza y tomarlo por completo
en la boca. Kyrian creyó que todo comenzaba a darle vueltas cuando bajó la mano y le acarició
los testículos a la vez. La sensación le hizo sisear y arquearse bajo ella, de forma instintiva,
hundiéndose aún más en su boca, aunque Amanda no protestó.
Soltó un gemido cuando notó que su parte animal comenzaba a tomar las riendas. El deseo
que despertaba en él rayaba en la obsesión.
–Amanda –balbució con voz ronca y entrecortada–. Quiero saborearte.
Ella le dio un nuevo lametón y alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.
–¿Cómo? –le preguntó mientras comenzaba a gatear sobre su cuerpo, haciendo que la
respiración de Kyrian se alterara más.
Se sentó a horcajadas sobre su cintura, colocó las manos sobre sus costados y lo miró.
–Dime qué quieres hacerme –le dijo con las mejillas ruborizadas por su atrevimiento.
Kyrian percibía los sentimientos de Amanda mientras la contemplaba. Estaba asustada e
insegura, pero quería ayudarlo a toda costa. Más emocionado de lo que debería, se humedeció
los labios antes de hablar.
–Quiero probar tus pechos –le dijo entre jadeos.
–¿Así? –le preguntó ella, alzándoselos con sus propias manos a modo de ofrenda.
Él gimió al ver cómo Amanda se tocaba.
–Sí –jadeó–. Y quiero lamerlos.
Sonriéndole, le acercó un pecho a los labios.
Kyrian dio un tirón a las ataduras mientras le chupaba un endurecido pezón, saboreándolo.
Los murmullos de placer de Amanda resonaban en sus oídos, estimulándolo aún más.
Volvió a tirar de las bufandas y la seda se rasgó.
Ella rió maliciosamente.
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–Si te sueltas, Kyrian, me pongo la bata y aquí se acaba todo. ¿Eso es lo que quieres?
Él le contestó meneando la cabeza y relajó los brazos.
–¿Qué es lo que quieres, entonces?
–A ti. –La verdad escapó de sus labios antes de poder detenerla.
–¿A mí? –preguntó ella, ilusionada.
Incapaz de darle esperanzas cuando no había un futuro para ellos, Kyrian añadió:
–Quiero estar dentro de ti.
Y, en ese momento, sintió la punzada de desilusión que experimentó ella y se sintió fatal
por haberle hecho daño.
–Amanda…
–Shhh –lo silenció ella, colocándole la mano sobre los labios–. Soy toda tuya –le susurró a
la vez que se empalaba sobre su verga.
Kyrian cerró los ojos en cuanto la deliciosa humedad de Amanda se deslizó contra su
miembro. Ella se inclinó hacia delante y capturó sus labios mientras lo montaba con envites
profundos, siguiendo un ritmo pausado. Le mordisqueó el cuello y, cuando volvió a besarlo
a la par que aceleraba el ritmo de sus caderas, sintió el gemido de Kyrian sobre la lengua.
Lo sintió retorcerse entre sus muslos. Lo vio echar la cabeza hacia atrás y gruñir como un
animal enjaulado antes de hundir los pies en el colchón y tomar impulso para alzar las caderas
y hundirse hasta el fondo en ella.
Amanda soltó un grito por la intensidad del orgasmo que experimentó. Pero notó que él
se quedaba tieso como una vara.
–No te muevas –le dijo entre dientes.
Obedeció sin preguntarle las razones. Tenía los ojos cerrados, los dientes apretados y la
frente cubierta por una capa de sudor. Su cuerpo temblaba convulsivamente. Tras un minuto,
soltó un hondo suspiro, abrió los ojos y la miró.
–¿Ya puedes desatarme?
Amanda asintió con la cabeza y se dio cuenta de que él no había llegado al orgasmo. Había
luchado con todas sus fuerzas para no hacerlo. Y, aunque entendía el porqué, una parte
de sí misma se sintió herida al ser consciente de que Kyrian no confiaba plenamente en
ella.
¡Déjalo ya!, se dijo. Eres una imbécil además de una egoísta. Necesita sus poderes.
En ese momento más que nunca.
Kyrian desgarró las bufandas con una facilidad que la dejó sorprendida y, una vez sus
manos estuvieron libres, la abrazó con fuerza.
–Gracias, cariño –le dijo, besándola con ternura.
Ella le contestó con una sonrisa.
–Ha sido un placer.
Él soltó una carcajada por lo acertado de la respuesta y la echó sobre la cama, a su lado,
colocándola de costado. Se tumbó a su espalda y la abrazó, como si le aterrara el hecho de
estar separados. No tardó mucho en quedarse dormido.
Se limitó a disfrutar del momento mientras el cálido aliento de Kyrian le acariciaba el
hombro desnudo y deseó con todas sus fuerzas que lo que había hecho esa noche lo ayudara
en la próxima confrontación con Desiderius.
Amanda se despertó al escuchar el teléfono. Cuando se incorporó, se dio cuenta que habían
dormido abrazados y al recordar todo lo que le había hecho la noche anterior, se ruborizó
intensamente. Jamás se había comportado de un modo tan desvergonzado, pero con él
no se había sentido cohibida.
177
Se apartó de sus brazos y corrió hasta la habitación de Esmeralda para contestar el teléfono.
–¿Sí?
Era Essie.
–Mandy, gracias a Dios que estás todavía ahí. Mi coche se ha estropeado y he tenido que
aparcarlo en el arcén. ¿Te importa venir a recogerme?
–Claro que no.
Anotó la dirección, se dio una ducha rápida y regresó a la habitación de invitados para
vestirse.
Inclinándose sobre Kyrian le dio un beso en la mejilla. Cuando iba a alejarse él la sujetó
por la muñeca.
–¿Dónde vas?
–A recoger a Essie.
–No es seguro.
–Estamos a plena luz del día. No me va a pasar nada.
La mirada de Kyrian era bastante elocuente; no le gustaba nada que saliera.
–¿Cuánto falta para que anochezca?
–Horas.
–De acuerdo, pero vuelve directamente aquí.
–¡Sí, mi comandante!
–No tiene gracia.
Lo besó en los labios y se marchó.
Se despertó poco tiempo después. Al levantarse se dio cuenta de que la mayor parte de
las heridas habían desaparecido. Se quitó las vendas manchadas de sangre y las tiró a la
papelera, situada junto a la puerta.
–¿Amanda? –la llamó, asomándose al pasillo.
Nadie contestó. En la casa no se escuchaba ningún sonido, todo estaba en silencio. Aún
estaría fuera.
Cogió su ropa y entró al baño. No tardó mucho en ducharse, afeitarse y vestirse. Una vez
aseado, volvió a la habitación. Se detuvo en la puerta al ver a Amanda. Llevaba unos vaqueros
muy ajustados y una sudadera negra que ocultaba esas curvas que él se moría por
acariciar. El pelo suelto le daba una apariencia muy sugerente.
Se acercó en silencio a ella, que estaba de espaldas, y vio que estaba mirando la papelera.
Sin hablar, inclinó la cabeza y le mordisqueó el cuello.
En cuanto sus labios la rozaron captó su aroma.
No era Amanda.
Era Tabitha.
Catorce
Kyrian retrocedió, alejándose de ella, mientras Tabitha se giraba para mirarlo frente a
frente. Aún tenía la cara magullada por la paliza que le habían dado los secuaces de Desiderius
y llevaba un apósito sobre los puntos de sutura. Se agachó, medio cojeando, y adoptó
una postura de ataque.
178
Le dolió verla así.
No había sido capaz de proteger a una de las personas que Amanda más quería y juró
que jamás volvería a suceder.
–¿Quién eres? –exigió saber Tabitha–. ¿Dónde está Esmeralda?
Kyrian echó un vistazo al espejo y, al ver que no se reflejaba, retrocedió un paso más,
antes de que ella lo notara.
–Se le estropeó el coche cuando regresaba y Amanda fue a recogerla.
Se dio cuenta, demasiado tarde, de que debía haber mantenido la boca cerrada porque
Tabitha lo reconoció en cuanto lo escuchó hablar; su acento era inconfundible.
–¡Tú! –chilló–. ¿Qué les has hecho a mis hermanas?
–Nada; están bien.
–¡Y una mierda! –exclamó al tiempo que se abalanzaba sobre él.
Kyrian se dio la vuelta y se alejó corriendo por el pasillo; no quería hacerle daño.
–¡Un vampiro! –gritó Tabitha.
Escuchó ruidos en la planta baja y se dio cuenta de que la hermana gemela de Amanda
no estaba sola.
–¡Abrid las cortinas! –Y mientras gritaba la orden agarró el cordón del riel de las cortinas
del pasillo y tiró con fuerza.
Kyrian siseó cuando la luz del sol lo rozó. Saltó sobre la barandilla y aterrizó en la sala de
estar del primer piso.
Dos pares de ojos lo miraron atónitos, observándolo de arriba abajo. El hombre de pelo
oscuro se quedó muy pálido, pero la chica rubia reaccionó con rapidez y se acercó a la ventana
sin perder tiempo para subir las persianas.
Antes de que pudiera moverse, Tabitha estaba sobre él, lanzándole un golpe con el pie
que le dio en el costado, sobre la herida.
–¡Muere, hijo de puta!
Kyrian siseó, enseñándole los colmillos, y saltó hacia atrás girando en el aire, para escapar
hacia la cocina. Pero tuvo que detenerse al llegar a la puerta y ver que la luz del sol entraba
a raudales en la estancia. No había ni un solo sitio en todo el cuarto donde no corriera
el riesgo de acabar frito.
En ese momento, algo duro y afilado lo golpeó en el hombro. Con un gruñido, se dio la
vuelta y vio a Tabitha que empuñaba una daga alargada, dispuesta a hundírsela de nuevo.
La sujetó por la muñeca en el mismo instante que sus dos amigos se abalanzaban sobre él.
Los cuatro se tambalearon y, de un empujón, logró deshacerse de uno de ellos. Intentó regresar
a la sala de estar pero, de algún modo, Tabitha se las arregló para interponerse en
su camino.
Blandió la daga directa a su estómago; el odio que sentía por él se reflejaba de forma
alarmante en sus ojos. Kyrian saltó hacia atrás y un rayo de sol le dio en la espalda. El dolor
lo fulminó al instante. Siseando de nuevo, la esquivó y corrió de vuelta a la sala, intentando
permanecer en las sombras.
Tabitha y sus dos amigos se arrojaron sobre él y lo lanzaron contra la puerta. Mientras lo
tiraban al suelo, las palabras de Desiderius resonaron en sus oídos.
Se echarán sobre ti como una manada de perros salvajes.
Tabitha se sentó sobre su pecho, rodeándole el cuello con una mano, y sus dos amigos lo
agarraron por los brazos, extendiéndolos. Si lo hubiesen atacado de ese modo el día anterior,
el pánico lo habría vuelto loco. Pero en ese momento recordó a Amanda mientras lo
ataba y sintió una extraña lucidez.
–¿Qué has hecho con mi hermana? –preguntó Tabitha.
179
–Nada.
–¡No me mientas! He visto las vendas manchadas de sangre en la papelera.
Intentando no hacerle daño, alzó las piernas y la agarró con ellas para lanzarla hacia
atrás, en el mismo momento que intentaba hundirle la daga en la garganta. Falló por milímetros.
Le dio un puñetazo en el estómago al tipo que estaba a su derecha y arrojó a la chica
rubia sobre el sofá. Cuando sintió que Tabitha le mordía en el muslo soltó una maldición,
le quitó la daga y la tiró al suelo, donde quedó clavada en uno de los listones del parqué.
–Escúchame.
–¡No! –gritó ella mientras se retorcía e intentaba golpearlo con los puños.
Kyrian giró en el suelo y se colocó sobre ella, inmovilizándola. Todos sus instintos le exigían
que la dejara inconsciente, pero, al observar ese rostro tan parecido al de Amanda, se
dio cuenta de que jamás podría hacerle daño.
Ese momento de incertidumbre le costó muy caro. Sus amigos volvieron a atraparlo de
nuevo. Los cuatro rodaron por el suelo y Kyrian consiguió ponerse en pie al tiempo que la
puerta de la calle se abría e inundaba de luz la habitación.
Soltando otro taco, logró llegar como pudo a un rincón oscuro.
El grito agudo de Amanda resonó por toda la casa.
–¡Ya basta!
Tabitha y sus compañeros se quedaron inmóviles al escucharla y Kyrian aprovechó para
recuperar el aliento. Sentía un dolor punzante en las nuevas heridas y la sangre le corría
por la espalda. Amanda se acercó corriendo a él y lo tocó, inspeccionando las heridas.
Su hermana arrancó la daga del suelo y se acercó a ellos con actitud decidida y furiosa,
sin dejar de mirar a Kyrian a lo ojos.
–Apártate de mi camino, Mandy. Estoy a punto de matar a un vampiro.
–Te equivocas –la interrumpió Esmeralda, cerrando la puerta de la entrada y colocándose
entre Tabitha y Kyrian–. Estás a punto de matar al novio de tu hermana gemela.
Tabitha la miró con la boca abierta y se detuvo al instante, mirando a Kyrian y a Amanda
alternativamente.
–¿Cómo has dicho?
Amanda ignoró a su hermana.
–¿Estás bien?
Kyrian se pasó la mano por la herida abierta del brazo.
–Nunca he estado mejor.
–¿Y le preguntas a él? –masculló Tabitha con incredulidad–. Y los chicos y yo, ¿qué? No
veo que estés muy preocupada por nosotros. Ha estado a punto de decapitarnos.
Amanda lanzó una mirada furiosa a su gemela.
–Me parece que no estáis sangrando. Créeme, si hubiese querido haceros daño ninguno
de vosotros estaría de pie ahora mismo.
Tabitha los observó atentamente y soltó un gruñido indignado.
–¿Estás defendiendo a un vampiro?
–Estoy defendiendo a Kyrian –le contestó Amanda con énfasis.
Apretando los labios aún más, Tabitha miró al uno y al otro.
–¿Qué pasa contigo? ¿Es que estás loca? ¿Quieres un novio que bebe sangre, que va a
vivir eternamente, que mata para divertirse y que no puede salir a la luz del día? Vaya,
Mandy, veo que al final has encontrado al Rey de los Perdedores. Felicidades. Jamás me
imaginé que existiera alguien peor que Cliff.
180
La parrafada de Tabitha era un torrente de insultos y de groserías.
–¿Y tú hablas de perdedores? La que sale con un hombre que no ha trabajado más de
dos semanas seguidas en los últimos tres años…
–Por lo menos, Eric tiene alma.
–Kyrian tiene corazón.
–¡Venga, por favor! ¿Y tú crees que con eso se soluciona todo? Dime una cosa, Mandy,
¿estás dispuesta a renunciar a todo por él? ¿A tu vida, a tu futuro? ¿Qué puede ofrecerle un
vampiro a una contable? Siempre has querido niños, ¿puede dártelos él?
Kyrian se hundía cada vez más en la desesperación mientras las escuchaba discutir.
Cada palabra que salía de la boca de Tabitha confirmaba lo que él había pensado desde un
principio. Tabitha tenía razón.
Echó un vistazo a la luz del sol que entraba por las ventanas. El sol era letal para él y vital
para Amanda. Para los humanos resultaba tan necesario como el aire que respiraban. Y,
mientras ella estuviese con él, no encontraría la paz porque tendría que sacrificar todos sus
sueños.
Y no podía permitir eso.
Con el corazón encogido, se escabulló entre las sombras hasta llegar a la escalera.
–¡Dejad ya de discutir! –gritó Esmeralda.
Kyrian no volvió a prestarles atención mientras subía la escalera.
Pasaron varios minutos, y una nueva andanada de insultos, antes de que Amanda se
percatara de la ausencia de Kyrian.
–¿Kyrian?
–Está arriba –le contestó Esmeralda.
Amanda hizo el gesto de marcharse pero Tabitha la detuvo.
–No puedes hacerte esto.
–No sabes nada de él, Tabby. Es un Cazador Oscuro, no un vampiro.
–Sí, claro. Y Julian Alexander me explicó que, en realidad, no hay ninguna diferencia entre
ellos. Los dos tienen características animales y son asesinos.
–No me creo que Julian te dijera eso.
–Me da igual que lo creas o no, es la verdad. Y mientras reflexionas sobre eso, déjame
decirte otra cosa que me contó Julian: Artemisa matará a tu novio antes de permitir que sea
libre.
Amanda se alejó de su hermana, pensando que no era cierto lo que decía. Encontró a
Kyrian en la habitación, recogiendo sus cosas.
–¿Qué estás haciendo?
–Me voy.
–No puedes salir. Es mediodía.
Su rostro tenía una expresión adusta y fría.
–He llamado a Tate.
–Kyrian… –lo llamó, acercándose para tocarlo.
–No me toques –masculló él, enseñándole los colmillos–. Ya has oído lo que te ha dicho
tu hermana. Soy un animal, no un humano.
–Anoche no dormí con ningún animal.
–¿Ah, no?
–No –le contestó ella, poniéndole la mano en la mejilla.
181
No tardó más de un segundo en borrar la expresión de deleite que su caricia le producía,
pero ella llegó a verla.
–Eso es lo que tú crees, Amanda. ¿Sabes cuántas veces he tenido que controlarme para
no hundirte los dientes en el cuello? ¿Cuántas veces he sentido el flujo de tu sangre bajo la
lengua y he deseado probarla?
Tragó saliva, espantada. Pero se negaba a creerlo. Sólo estaba intentando asustarla.
–Nunca me has hecho daño y sé que darías tu vida antes de hacerlo.
Kyrian cogió la maleta sin decir nada y se marchó. Ella lo siguió por el pasillo y se detuvo
al llegar a las escaleras.
–No puedes marcharte así.
–Sí puedo.
Tiró de él para detenerlo antes de que bajara hasta el recibidor.
–No quiero que me dejes.
Kyrian se paró en seco al escucharla. Sus palabras lo estaban destrozando. Él tampoco
quería dejarla; en realidad, lo que quería era echársela sobre el hombro, llevarla de vuelta a
la habitación y hacerle el amor durante toda la eternidad. Quería hacerla suya de forma legítima
y tener el derecho de gritar que le pertenecía. Pero no estaba escrito que sucediera.
Él era un sirviente de Artemisa. Su vida pertenecía a la diosa.
–Vuelve a tu mundo, Amanda. Allí estarás a salvo.
Ella le tomó el rostro entre las manos. Esos brillantes ojos azules lo miraban con un
anhelo y un dolor tan grandes que lo estaban desgarrando.
–No quiero estar a salvo, Kyrian. Te quiero a ti.
Él le apartó las manos, se alejó de sus tiernas caricias y bajó lo que quedaba de las escaleras.
–No digas eso.
–¿Por qué no? –le preguntó Amanda, bajando tras él–. Es la verdad.
–No puedes tenerme –le dijo entre dientes mientras giraba en mitad de las escaleras
para mirarla a los ojos–. Ya tengo dueña.
–Entonces déjame amarte.
Su resolución se vino abajo al escuchar el ruego de Amanda. ¡Por todos los dioses! Qué
sencillo sería confiar en ella. Tomarla entre sus brazos y… verla envejecer mientras él permanecía
igual. Abrazarla cuando muriera, ya anciana, para dejarlo solo durante toda la
eternidad. Solo.
La simple idea era suficiente para dejarlo paralizado. La vida sin ella no merecía la pena.
Y si dejarla tras un par de días dolía tanto, ¿qué se sentiría al perderla después de unas
cuantas décadas? Era mucho más de lo que su magullado corazón podía soportar.
–No puedes.
–¿Por qué? –preguntó ella.
–Algunas cosas son imposibles.
Le tocó el brazo, suplicándole con la mirada que viera las cosas tal y como ella las veía.
Pero no podía hacerlo. No se atrevía.
–Quizás esto sí sea posible.
–Te equivocas.
En ese momento llamaron a la puerta.
Amanda vio cómo Essie abría la puerta y Tate entraba con la camilla. La expresión resignada
y atormentada de Kyrian al ver la bolsa negra se le quedaría grabada para siempre en
182
la memoria.
–No te vayas, Kyrian –le pidió una vez más, rezando para que la escuchara.
–No tengo elección.
–Sí que la tienes. ¡Joder, Kyrian! Eres demasiado testarudo. Tienes más opciones. No me
dejes.
Él se frotó los ojos, como si le doliese la cabeza.
–¿Por qué quieres que me quede?
–Porque te amo.
La furiosa maldición de Tabitha se escuchó en el recibidor, procedente de la cocina, y el
silencio que siguió resultó ensordecedor.
Kyrian cerró los ojos mientras la agonía lo consumía. Había esperado una eternidad para
escuchar a una mujer decirle esas palabras de corazón.
Pero era demasiado tarde.
–La última vez que creí que una mujer me amaba, perdí un imperio y acabé crucificado
mientras ella se reía de mí. No seas tonta, Amanda. El amor no existe. Es una ilusión. No
me amas; no puedes amarme.
Antes de que ella pudiera protestar, saltó a la camilla y se metió en la bolsa, cerrando la
cremallera desde dentro.
–¡No me dejes! –le gritó Amanda, agarrándolo por el brazo a través del plástico.
–Llévame a casa, Tate.
Tate le sonrió con tristeza y empujó la camilla para salir de la casa. Amanda soltó un gruñido
de frustración.
–Eres un gilipollas, Kyrian Hunter. Un gilipollas.
Kyrian la escuchó; su voz le llegaba amortiguada por el grosor de la bolsa. Sus palabras
lo estaban matando. Estaba actuando como un imbécil.
No la dejes, le suplicaba su corazón.
Pero no tenía otra opción. Éste era el camino que había elegido. Había tomado esa decisión
teniendo en cuenta las consecuencias y todos los sacrificios que tendría que hacer.
Amanda era un ser de luz y él formaba parte de las tinieblas. De algún modo, hallaría la
forma de recuperar su alma sin implicarla y, una vez lo hiciera, mataría a Desiderius.
Amanda y Tabitha serían libres y él podría retomar su vida. La vida a la que estaba atado
por un juramento. Pero, en lo más hondo de su corazón, sabía la verdad: la amaba. Más de
lo que jamás había amado a nadie.
Y tenía que dejarla marchar.
Quince
Eran las cinco en punto de la tarde y comenzaba a oscurecer cuando Amanda llegó a
casa de Kyrian. Aparcó su Taurus azul delante de la mansión, caminó hasta la puerta principal
y llamó.
Esperaba que Nick le contestara pero, en lugar de eso, la puerta se abrió, muy lentamente,
y no vio a nadie en el recibidor. Frunciendo el ceño, entró. Al instante, la puerta se
cerró dando un fuerte golpe a sus espaldas. El sobresalto hizo que soltara un jadeo. Acababa
de darse cuenta de que la verja de la entrada también se había abierto sola; claro, que
había supuesto que Kyrian había visto su coche en el monitor y había abierto la puerta antes
de que tuviese la oportunidad de utilizar el portero automático.
183
Ya no estaba tan segura.
Cada vez más nerviosa, echó un vistazo sin ver a nadie. El silencio de la casa daba a entender
que estaba vacía.
–¿Hola? –preguntó, avanzando muy despacio a través del recibidor–. ¿Nick? ¿Kyrian?
–Así que tú eres Amanda Devereaux…
Al escuchar la voz procedente del salón se quedó helada. Era una voz grave e incitante,
con un acento que no se parecía a ninguno que hubiese escuchado anteriormente. Le recordaba
al sonido profundo y ronco del trueno.
Por un momento, temió que se tratara de un Daimon; hasta que los ojos se le adaptaron
a la oscuridad y pudo distinguir al espléndido espécimen masculino tumbado en el sofá.
Tendido de espaldas y con las piernas colgando sobre el brazo del sillón, tenía los brazos
doblados bajo la cabeza y la observaba atentamente desde las sombras.
Estaba desnudo de cintura para arriba y descalzo. Llevaba unos ceñidos pantalones de
piel y tenía una larga melena de color verde oscuro. En el hombro izquierdo, Amanda distinguió
el estilizado tatuaje de un pájaro, cuya cola descendía en espiral y se enrollaba alrededor
del bíceps. Su piel era del mismo tono dorado que la de Kyrian y el bronceado resaltaba
el pequeño colgante de oro que llevaba en el cuello.
–¿Y usted es…? –le preguntó ella.
–Acheron Parthenopaeus –le contestó con esa voz profunda y serena–. Encantado de conocerte.
–Sus palabras carecían de cualquier signo de emoción o calidez.
Vale, no se parece en nada a Yoda. Bueno… los dos tienen el pelo verde.
El tipo del sofá no aparentaba más de veinticinco años, pero el aura de crueldad que lo
rodeaba empañaba esa apariencia juvenil. Al mirarlo, daba la impresión de que había visto
los fuegos del infierno de primera mano y que la experiencia lo había transformado en un
ser mucho más sabio. Aun tumbado, le provocaba escalofríos de terror al tiempo que despertaba
su curiosidad. Había algo en el tal Acheron que resultaba espeluznante, aunque no
era capaz de expresarlo con palabras.
La hacía sentirse muy incómoda.
–Así que usted es el infame Acheron…
El devastador rostro del hombre dibujó una sonrisa juguetona.
–Amo y señor de la horda de bárbaros que pululan por la noche.
–¿Usted los dirige?
Él se encogió de hombros con indiferencia.
–En realidad, no. Sería mucho más fácil gobernar al viento.
Amanda soltó una risilla nerviosa.
Acheron se levantó muy despacio y se acercó a ella con todo el aspecto de una bestia al
acecho. Según se aproximaba, el magnetismo de su presencia y su enorme altura la dejaron
abrumada. Con sus buenos dos metros, se alzaba sobre ella como una torre y la diferencia
de altura le daba una apariencia bastante poderosa.
–¡Por amor de Dios! –jadeó mientras doblaba el cuello para poder mirarlo a los ojos–. ¿Es
que hay alguna ley tácita por la cual todos los Cazadores Oscuros tengan que ser gigantes?
Acheron rió, mostrándole un destello de sus colmillos.
–¿Qué puedo decir? Artemisa quiere que sus Cazadores sean altos. No se admiten solicitudes
de hombres bajitos.
Justo cuando llegó frente a ella, Amanda vio sus ojos con claridad.
Y se quedó boquiabierta.
A diferencia de los de Kyrian, éstos lanzaban destellos. No se podía describir de otra ma-
184
nera. Mientras los observaba, cambiaron de color; de un azul profundo a un matiz plateado.
Como si estuviesen hechos de mercurio, los colores cambiaban y se mezclaban entre ellos
en ambos iris. Le recordaban la superficie del mar, agitada por unas olas tranquilas.
–Desconcertantes, ¿verdad? –le preguntó él sin dejar de mirarla, consciente de que lo
estaba observando.
–¿Se supone que es normal que hagan eso?
Él sonrió sin despegar los labios, pero no contestó. Sacó unas gafas oscuras del bolsillo
trasero del pantalón y se las puso. Con los ojos cubiertos, Amanda se fijó en la extraña cicatriz
que tenía en el cuello. Parecía la huella de una mano, grabada a fuego. Como si hubiesen
querido estrangularlo. Muy, muy extraño.
–¿Qué te trae por aquí, pequeña? –le preguntó Acheron.
–He venido a ver a Kyrian.
–No quiere que lo molesten.
–Bueno –dijo ella, enderezando la espalda para no dejarse amedrentar por un Cazador
Oscuro que, estaba segura, podría destrozarla en un nanosegundo–. No siempre sabemos lo
que nos conviene.
Acheron soltó una carcajada.
–Muy cierto. Entonces… ¿crees que puedes salvarlo?
–¿Es que duda de mí?
Él ladeó la cabeza, como si estuviese sopesando su temple, y caminó a su alrededor sin
dejar de observarla. Cuando le dio la espalda, Amanda vio que estaba cubierta de heridas,
ya casi curadas. Daba la impresión de que lo hubiesen golpeado, superponiendo y entrecruzando
los latigazos hasta formar un complicado dibujo, tan hermoso como macabro.
El estómago se le contrajo al pensar en las incontables horas de sufrimiento que debía
haber soportado, dado el estado que presentaba.
Al descender la mirada por esa amplia y musculosa espalda, descubrió la marca de Artemisa,
un arco doble idéntico al que Kyrian tenía en el hombro. La diferencia estribaba en
que el de Acheron estaba localizado en la cadera derecha.
–Por si no lo sabe, señora –continuó hablando con ese tono funesto y grave–, llevo caminando
por el mundo desde hace once mil años. –Se detuvo y se inclinó para seguir susurrándole
al oído–. He visto cosas que jamás podría llegar a imaginarse, y ¿me pregunta si
dudo de usted? –Retrocedió unos pasos para poder mirarla a la cara antes de acabar la frase–.
Señora, dudo hasta del aire que respira.
–No le entiendo.
Él hizo caso omiso de su confusión.
–Quieres su alma.
–¿Cómo dice? –le preguntó mientras los nervios la hacían temblar.
–Puedo sentir sus emociones, señora. Escucharla. Su mente es un torbellino de sentimientos
y temores: ¿Puede conseguir que sea suyo? ¿La ama? ¿Podrá amarla algún día?
¿Lo ama de verdad? ¿Hay la más mínima oportunidad de estar juntos o se está engañando
a sí misma?
Amanda tembló al escuchar sus dudas más íntimas en boca de Acheron.
Se detuvo al llegar frente a ella y le alzó la barbilla para mirarla a los ojos.
Amanda sintió que esos ojos le taladraban el alma, mientras que ella era incapaz de ver
un indicio de los sentimientos de Acheron en esas profundidades plateadas. Lo único que
veía era su propio reflejo en los cristales oscuros de las gafas.
Cuando él volvió a hablar, Amanda escuchó su voz directamente en la cabeza.
185
–Y la pregunta que más te inquieta es cómo salvarlo sin perder a tu hermana en el proceso.
–¿Cómo sabe todo eso?
Él le dedicó una extraña sonrisilla.
–No puedes imaginar hasta dónde llegan mis poderes.
–Y entonces, ¿por qué no mata a Desiderius antes de que vuelva a hacerle daño a Kyrian?
Él le soltó la barbilla.
–No puedo.
–¿Por qué no?
–Por la misma razón que Kyrian no puede: no tengo alma. Desiderius acabaría conmigo
y, dados los pecados que cometí en el pasado, tiemblo con sólo pensar en el uso que podría
hacer de ellos.
Amanda reflexionó un instante. Desiderius había intentado matar a Kyrian recreando el
modo en que murió cuando era humano, lo que significaba que la muerte de Acheron debía
haber sido mucho más cruel que la crucifixión.
¿Cómo habría muerto este temible Cazador Oscuro?
Y, al hilo de ese pensamiento, le vino a la mente otra incógnita.
–¿Cómo recupera su alma un Cazador Oscuro?
Acheron la acorraló contra la pared, exactamente igual que un león haría con su presa.
El aire de la habitación parecía restallar con la energía mística y el poder que exudaba.
–Las almas son entes muy extraños, señora. Sólo se trasladan por voluntad propia, siempre
y cuando quienes las posean las dejen marchar.
–Según eso, tengo que convocar a Artemisa, ya que es ella la que posee el alma de Kyrian,
¿no es cierto?
La pregunta hizo que Acheron soltara una carcajada perversa.
–Te comería viva, pequeña.
El tono de ese hombre estaba comenzando a irritarla. Puede que estuviera frente al ser
más malvado del universo, pero ella no era una cría.
–No me hable como si fuese una niña.
–¡Vaya! Si no lo estoy haciendo… sólo te estoy avisando. Eres incapaz de enfrentarte a
la diosa. Ella es el viento; es la dueña de nuestros destinos y tú, pequeña, no eres más que
un tierno bocadito al que le encantaría merendarse por pura diversión y luego, quizás, escupirlo
de nuevo.
–Gracias por una descripción tan gráfica –le dijo ella con un nudo en el estómago tan
sólo de pensarlo.
Él sonrió al escucharla y suavizó su expresión.
–Quieres salvarlo, ¿verdad?
De nuevo tuvo la sensación de que Acheron volvía a leerle el pensamiento.
–Por supuesto que quiero. Kyrian lo es todo para mí.
Él asintió.
–Tienes un corazón puro. Puede que esto funcione.
Ese comentario la asustó más que cualquier otra cosa de las que había dicho antes. El
tono de voz que usó decía bien a las claras que lo que estaba pensando era bastante arriesgado.
186
–¿A qué te refieres?
Acheron se acercó hasta una mochila negra que estaba encima de la mesa-ataúd. Rebuscó
en su interior y sacó una caja negra de madera tallada, cubierta por extraños símbolos
de color plateado e inscripciones griegas.
–Aquí está lo que buscas.
Abrió la caja y le mostró el interior; estaba forrado de terciopelo negro y sobre el suntuoso
tejido descansaba un medallón rojo. Brillaba exactamente igual que sus ojos. Pero el color
de la piedra variaba del rojo al anaranjado, con matices de amarillo. Los colores parecían
moverse en espiral desde la inscripción central del medallón hasta los bordes.
–Es precioso –jadeó, alargando la mano para tocarlo.
Acheron lo alejó.
–Tócalo y sentirás que te abrasan los fuegos del infierno.
Ella bajó la mano de inmediato.
–¿Qué es?
–El alma de Kyrian.
El corazón de Amanda estuvo a punto de dejar de latir ante el tono hastiado de Acheron.
Tragó saliva y miró fijamente el medallón. ¿Sería cierto?
No. Era imposible.
–Me estás mintiendo.
–Nunca miento –replicó él sucintamente–. No tengo necesidad de hacerlo.
Aun así, no estaba preparada para creer que Acheron tenía en sus manos lo que ella
más ansiaba en el mundo.
–¿Y qué vas a hacer con ella?
–Tenía la esperanza de que me ayudaras a devolvérsela, para que pudiera acabar con
Desiderius.
–Devolvérsela… ¿cómo?
Acheron cogió el medallón, cerró los dedos a su alrededor y dejó la caja a un lado.
–¿No te quema? –le preguntó ella.
Él le contestó con una taimada sonrisa.
–Ya te lo he dicho, mis poderes van más allá de tu imaginación.
–Y entonces, ¿por qué no se la devuelves tú?
–Porque no confía en mí y porque, al contrario de lo que ocurre contigo, yo no tengo corazón;
ni puro ni de ninguna otra manera. –Giró el medallón en la palma de la mano, como
si lo estuviera estudiando–. Ya ves, sólo existe un modo de que un Cazador Oscuro recupere
su alma. Una persona de corazón puro y tierno debe sostener el medallón en la mano mientras
el Cazador pierde sus poderes sobrenaturales. Sólo cuando la parte humana controle
su cuerpo podrá morir de forma natural.
–¿Cómo dices?
Él alzo la cabeza y, aunque Amanda seguía sin verle los ojos, supo que la estaba observando
con intensidad.
–El único modo de devolver el alma a un Cazador Oscuro es haciendo que su corazón humano
deje de latir. Durante el último latido, el medallón debe colocarse sobre la marca que
indica el lugar donde el alma fue atrapada; una vez allí, el alma abandonará el medallón y
volverá a entrar al cuerpo de donde salió.
Amanda sentía un punzante dolor de cabeza mientras intentaba comprender las palabras
de Acheron.
187
–No lo entiendo. ¿Cómo se detiene su corazón?
–Primero hay que conseguir que sus poderes de Cazador Oscuro desaparezcan y, después,
se le atraviesa el corazón con un objeto punzante.
Ella retrocedió con la mente hecha un lío.
–¡No! Se evaporaría como un Daimon. Estás intentando que lo mate, ¿verdad?
–No –le contestó con brusquedad–. Todos los Cazadores Oscuros son mis niños y antes
de hacer daño a cualquiera de ellos, me convertiría en una Sombra. Me has preguntado sobre
el modo de devolverle su alma y te he contestado. Si quieres liberarlo, tienes que conseguir
que pierda sus poderes y, después, matarlo.
Antes de que pudiera decir una sola palabra más, Acheron le cogió la mano y la puso sobre
la que sostenía el medallón. El calor que desprendía era insoportable. Era como tocar
un quemador de gas.
–Imagina que lo tocas directamente –le susurró–. Y ahora imagina que lo sostienes en la
mano. Deberás tenerlo en la mano desde el momento en que le atravieses el corazón hasta
que éste deje de latir y el alma pase de nuevo a su cuerpo.
La agarró con más fuerza de la muñeca y Amanda sintió que esos ojos ocultos tras las
gafas la perforaban.
–¿Lo amas lo suficiente?
–Yo… –dudó ella–. ¿Cuánto tiempo tendré que sostenerlo?
–Tanto tiempo como dure el proceso. No puedo decírtelo con exactitud. Es distinto para
cada Cazador Oscuro.
–¿Y si lo suelto antes de que el alma se libere?
–Entonces Kyrian estará condenado a vagar durante toda la eternidad sin ser un Cazador
Oscuro ni un humano. Será una Sombra, atrapada entre este mundo y el siguiente. Deseará
comer y no podrá hacerlo. Tendrá sed y nunca podrá beber. Sufrirá durante toda la eternidad.
Amanda contempló horrorizada el medallón.
–No puedo arriesgarme.
Acheron le soltó la mano y devolvió el medallón a la caja.
–De ese modo, también morirá cuando se enfrente a Desiderius.
–Tiene que haber otra salida –susurró ella.
–No la hay.
Con el corazón en un puño, imaginó que drenaba los poderes de Kyrian y lo dejaba vulnerable.
¿Sería capaz de hacerle eso?
Acheron se acercó a la mochila para volver a guardar la caja.
–Espera –lo increpó ella, deteniéndolo–. Has dicho que el medallón debe colocarse en el
mismo lugar donde el alma fue capturada.
–Sí.
–¿Cómo sabré cuál es el sitio exacto?
Él señaló la marca que tenía en la cadera.
–El arco doble señala el lugar que Artemisa tocó mientras capturaba nuestras almas.
Amanda abrió la boca para hablar pero una voz atronadora se lo impidió.
–¿Qué estás haciendo aquí?
Se giró y descubrió a Kyrian tras ella, mirando a Acheron.
–¿Por qué la has dejado entrar?
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Acheron la miró con una silenciosa advertencia.
No digas nada, le susurró su voz en la mente.
–Me apetecía –le contestó a Kyrian, ya en voz alta.
El rostro de Kyrian adoptó una expresión crispada.
–Te dije que no lo hicieras.
Acheron sonrió, mostrando los colmillos por un instante.
–¿Y desde cuándo te hago caso?
Kyrian le lanzó una mirada furiosa.
Amanda deslizó la mirada por el cuerpo de Kyrian y notó que había vuelto a vestirse de
negro por completo: vaqueros, camisa y botas.
–No irás a salir esta noche a por él, ¿eh?
–No tengo otra alternativa.
Ella miró hacia atrás, buscando a su jefe.
–Acheron…
Éste se encogió de hombros despreocupadamente.
–Es su decisión.
–Está herido –insistió Amanda.
–Es un Cazador Oscuro. Conoce sus debilidades y su fuerza. Él es quién decide.
La frustración tomó por asalto a Amanda y le entraron ganas de matar a los dos allí mismo.
–¿Vas a permitir que muera?
–Esto no tiene nada que ver con Acheron –la interrumpió Kyrian–. Como ya te ha dicho,
soy yo quien decide.
–Sí, claro. Pues vaya porquería de decisión.
–Sí, claro… Tabitha dijo lo mismo de ti.
Ella lo miró, furiosa.
Él le devolvió la mirada hasta que ella apartó los ojos. Kyrian echó un vistazo a Acheron
antes de hablar.
–Vigílala por mí.
–¿Eso es una orden? –le preguntó Acheron con incredulidad.
–No seas asno.
Él alzó una ceja con un gesto burlón.
–Perdón, Ash, no ash-no.
En la mandíbula de Kyrian empezó a palpitar un músculo.
–Tengo una cita. Hasta luego. –Y dándose la vuelta salió de la habitación con aire ofendido.
Amanda se quedó paralizada en el salón. Y el corazón se le detuvo cuando escuchó que
la puerta del garaje se abría para, segundos después, oír el motor del coche de Kyrian. ¡Ese
hombre era más terco que una mula!
–Kyrian estaba equivocado, Acheron. Tú no eres el asno, él sí que lo es.
El hombre rió con ganas.
Amanda se frotó los ojos mientras intentaba aclararse. En el fondo de su corazón, tenía
muy claro lo que debía hacer. Kyrian iba a morir de un modo u otro. Al menos, si ella lo ma-
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taba tendría una oportunidad.
–Dame el medallón.
Acheron le ofreció la caja.
–¿Estás segura?
–Para nada.
Ella alargó la mano para coger la caja, pero Acheron se lo impidió.
–Hagas lo que hagas, no se te ocurra cambiar de opinión una vez tengas el medallón en
la mano. Es lo peor que puedes hacerle. En su lugar, yo preferiría mil veces morir a manos
de Desiderius antes de hacerlo a manos de la mujer que amo. Por segunda vez.
La mano de Amanda temblaba bajo la de él.
–Jamás podría hacerle daño.
–No te lo tomes a mal, pero la última vez que oí eso, la mujer tiró el medallón al suelo
diez segundos después de cogerlo. No me decepciones.
–No lo haré.
Él asintió con una mirada severa y le entregó la caja.
–Recuerda, tienes que cogerlo en el mismo momento que le atravieses el corazón. Sostenlo
hasta que muera y, entonces, lo colocas sobre la marca.
–¿Cómo sabré que todo ha acabado?
–Confía en mí; lo sabrás.
Amanda guardó el medallón en uno de los bolsillos de su mochila, junto a la caja de la
Barbie que Liza le había regalado. Había comenzado a llevar a Starla consigo la noche que
Tabitha había sido atacada. Probablemente se tratara de una estupidez, pero se sentía más
tranquila sabiendo que la muñeca estaba ahí en caso de necesidad. Además, era mejor que
llevar una pistola, mucho más segura, aunque llevara esas cuchillas escondidas en las piernas.
Mientras cerraba el bolsillo, su móvil comenzó a sonar. Lo sacó y contestó.
–Mandy, ¿eres tú?
Ella arrugó la nariz al reconocer la voz nasal de Cliff.
–Creía que…
–Escúchame –la interrumpió–, ha sucedido algo horrible…
Daba la impresión de que había estado llorando. Y, aunque en el plano sentimental habían
acabado, no podía evitar preocuparse por él. Puede que fuese un imbécil, pero no hacía
ni dos semanas que había estado pensando en casarse con él.
–¿Qué?
–Se trata de mi madre –le dijo con un sollozo–. Mira, ya sé que nuestra relación no es
precisamente amistosa, pero no tengo a nadie más a quien acudir. ¿Puedes venir, por
favor? No quiero estar solo.
Ella dudó. Sentía un nudo en el estómago; una sensación muy extraña. Lo atribuyó al
hecho de tener que volver a verlo de nuevo y se dio cuenta de que negarse a ayudarlo sería
muy egoísta de su parte. La necesitaba. Iría a su casa, estaría un rato con él y regresaría
a esperar que Kyrian volviera.
–Muy bien, voy para allá.
–Gracias.
Acheron la miró y alzó una ceja.
–¿Pasa algo?
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–Un amigo en apuros.
Él asintió.
–Ve; mientras tanto, me ocuparé de buscar a tu hermana para vigilarla. –Se puso una camiseta
de manga corta negra antes de volver a hablar–. Por cierto… ten cuidado.
–¿Con qué?
–Es de noche y rondan muchas criaturas malignas por ahí afuera.
El miedo le produjo un escalofrío que la recorrió de arriba abajo.
–¿Debería estar asustada?
–Sigue tus instintos, pequeña. Haz lo que tengas que hacer.
Odiaba que la llamara pequeña todo el tiempo, pero no parecía muy apropiado echarle
la bronca…
–Te gusta ser misterioso, ¿no es cierto?
–La cosa estaba entre ser Cazador Oscuro o profeta. Personalmente, me gusta mucho
más lo de luchar y matar que lo de rezar en la posición del loto.
Sin duda ninguna, Acheron Parthenopaeus era un individuo muy extraño.
Amanda cogió las llaves del coche y subió al Taurus. Mientras conducía por la carretera,
camino de la autopista, cayó en la cuenta de lo raro que era que Acheron la dejara ir sola…
¿Por qué lo había permitido si Kyrian le había pedido que la vigilara?
Porque es más probable que Tabitha se meta en líos recorriendo las calles que tú yendo
a casa de Cliff.
Sí, claro. Eso lo explicaba todo. El único peligro que podía correr en casa de su ex era
morir de aburrimiento.
No tardó mucho en llegar. Subió al apartamento, situado en el primer piso, llamó a la
puerta y esperó a que le abriera.
Su ex llevaba unos Levi’s y una camisa amarilla.
–Qué sorpresa –le dijo, mirando más allá del hombro de Amanda–, ¿hoy no te ha traído
ningún amigo?
Ella lo miró, furiosa, al reconocer los celos implícitos en el comentario. ¡Cómo se atrevía!
–¿Y qué se supone que significa eso?
Cliff se encogió de hombros y abrió más la puerta.
–Nada. Es que esta noche estoy un poco nervioso. Gracias por venir tan rápido.
Amanda volvió a escuchar la vocecilla interna que la instaba a marcharse, no obstante,
cometió la estupidez de ignorar la advertencia y entró al apartamento.
Él cerró la puerta y echó la llave una vez Amanda pasó al interior.
–Bueno, bueno –dijo una voz conocida desde la cocina–. ¿Qué tenemos aquí?
Amanda se quedó petrificada cuando vio a Desiderius salir de entre las sombras.
Dieciséis
–¡¿Tú?! –gritó Amanda, al tiempo que corría hacia la puerta.
Cliff la atrapó.
–No tan rápido.
–¿Cómo has podido? –le preguntó a su ex, antes de girarse para lanzar una furiosa mira-
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da a Desiderius–. No entiendo porqué estás aquí. ¿Cómo…?
El Daimon sonrió.
–Por favor, no conviertas la situación en un manido cliché. Ya es bastante odioso haber
tenido que recurrir a un plan tan burdo para capturar a Kyrian. ¿Qué esperas, que ahora
abandone el plan para que puedas escapar y matarme? –Meneó la cabeza–. Yo también veo
películas malas, ¿sabes?
En ese mismo instante, sintió a Desiderius en sus pensamientos. Lo sintió hurgar y rebuscar
entre sus recuerdos. La cabeza empezó a dolerle y todo comenzó a dar vueltas a su
alrededor, mientras por su mente pasaban las imágenes más horribles. Imágenes de Desiderius
abrazándola, acariciándola. Y de su aliento sobre el cuello…
Y, por si eso fuera poco, la cosa empeoró más. Amanda sintió que las barreras que protegían
su mente caían bajo la presión de su brutal asalto.
–Es tal y como me prometiste, Cliff. –Su voz sonaba lejana, como un débil susurro arrastrado
por el viento–. Sus poderes son puros, inmaculados.
–Lo sé. Eso fue lo que me atrajo de ella la primera vez que la vi. –Cliff sonrió–. Y con la
información que reunimos sobre la forma de luchar de Kyrian aquella noche en el callejón,
no deberíamos tener ningún problema para vencerlo.
Desiderius se detuvo para contemplar a ese ser inferior. Consideraba a los humanos
como las bestias más bajas de la creación. Eran, después de todo, alimento para los dioses.
Sólo había una cosa inferior a un humano: los mestizos como Cliff. Medio apolita y medio
humano, él se había aprovechado de semejante cobarde llorón para sus propios fines.
Con todo, debía estar agradecido al padre apolita de Cliff por haber muerto antes de poder
explicarle la verdad sobre la mitad de su herencia genética.
Y con respecto a la madre de Cliff… bueno, había resultado ser un delicioso bocado.
Siempre había sabido que tener un mestizo como mascota resultaría útil algún día. Todos
esos años obligado a criar a esa asquerosa criatura no le parecían tan repulsivos en
esos momentos.
Y cuando Cliff descubrió a esa pequeña hechicera en su oficina, él se había limitado a
esperar que su mascota destapara y desarrollara las habilidades psíquicas de la chica antes
de que él tomara su alma junto con esos poderes.
Pero ella se había resistido.
¿Quién iba a imaginarse el resultado de todo esto? Tras el ataque de pánico de Cliff el
día que conoció a la hermana de Amanda, y que lo llevó a romper con ella, supo que tenía
que actuar con rapidez para reclamar a la bruja antes de que escapara de sus garras. Tan
pronto como Cliff le contó lo unidas que estaban las gemelas y las frecuentes visitas que
había hecho como novio de Amanda a casa de Tabitha, su plan empezó a tomar forma.
Cuando encadenó a Amanda y al Cazador Oscuro, esperando que él la confundiera con
su gemela, pensaba que ella recurriría a sus poderes, presa del pánico, y los usaría para
acabar con él y, de ese modo, proteger a su hermana. Jamás se le había pasado por la imaginación
que ella usara sus poderes para proteger al Cazador.
Pero tampoco es que eso importara mucho. Ahora que había destapado por completo
esos poderes, la chica estaba lista para el empujoncito.
–¿Lo harás ahora? –le preguntó Cliff–. ¿Me convertirás en inmortal?
–Por supuesto.
Amanda apenas se dio cuenta que el Daimon se acercaba a Cliff y lo abrazaba. Vio el
destello de sus colmillos décimas de segundo antes de que Desiderius los hundiera en el
cuello de su ex.
La cabeza comenzó a darle aún más vueltas y sintió que se alzaba sobre el suelo. Demasiado
tarde, comprendió que sus pensamientos ya no le pertenecían.
192
Kyrian se detuvo en el centro del Barrio Francés y miró a su alrededor; el largo abrigo de
cuero negro se arremolinaba alrededor de sus piernas. Bourbon Street estaba plagado de
turistas, totalmente ajenos al peligro. Algunos se detenían al verlo vestido de negro y con
las gafas de sol que le protegían los ojos de las potentes luces.
A sus oídos llegaba la cacofonía provocada por la mezcla de jazz, rock y las risas que
arrastraba el frío viento invernal.
Apartando la mente de esas distracciones, echó mano de sus poderes y de la tecnología
para hallar a Desiderius, pero no había rastro de él.
–¡Joder! –masculló.
Se frotó el hombro, aún dolorido por el ataque de Tabitha. Mientras intentaba disminuir
el dolor, la imagen de Tabitha fue reemplazada por la de su hermana. Vio a Amanda con
una sonrisa en los labios y tendida sobre él la noche anterior mientras le hacía el amor de
la forma más tierna. Nunca había sentido por nadie lo que sentía por ella.
«Porque te amo.»
Esas tres palabras flotaban en su corazón. Sabía que eran ciertas porque los sentimientos
de Amanda se translucían en su voz. Había sido sincera con él como nadie lo había sido
jamás.
Lo amaba.
Y él a ella.
La amaba tanto que quería morirse si no podía tenerla. Las Parcas eran unas putas retorcidas.
Hacía siglos que lo sabía, no obstante, en mitad de la noche helada, ese hecho le
quemaba las entrañas.
Ven por mí, Amanda, te necesito.
El rumbo de sus pensamientos hizo que pusiera una mueca de dolor.
–No pienses en eso –se dijo a sí mismo en un murmullo, sabiendo que era inútil.
Ojalá pudiera pedir un deseo…
Se obligó a pensar en otra cosa. Tenía una misión que cumplir. Debía detener a Desiderius.
En ese momento, su móvil comenzó a sonar. Lo cogió de la funda que llevaba asegurada
al cinturón y contestó. Era Talon.
–Ash quiere que te diga que se está cociendo algo raro. Los Daimons están atacando en
grupos grandes esta noche. Yo he pulverizado ya a diez y él va tras cuatro ahora mismo.
Quiere que estés alerta.
–Dile al abuelito que no se preocupe. Todo está tranquilo en el Barrio Francés.
–Vale, pero no te muevas de ahí.
–No te preocupes. Sé arreglármelas solo.
–Por cierto –le dijo Talon–, Eric está con Tabitha. Dice que ha salido en busca de Desiderius.
–Me estás tomando el pelo.
–Ojalá. Ash iba tras ella en el Garden District, pero tuvo que dejar de seguirla al ver a un
grupo de Daimons que perseguían a unos turistas.
Mientras colgaba, el localizador comenzó a sonar. Era la señal que avisaba de la presencia
de Daimons en los alrededores. Sacó el dispositivo del bolsillo y siguió el rastro de la actividad
neuronal de los vampiros hasta un callejón situado en la calle paralela a la que él
estaba.
Al llegar a la zona, totalmente oscura, encontró seis Daimons atacando a cuatro humanos.
–¡Eh! –los llamó, distrayendo su atención de las víctimas. Hizo a un lado el abrigo y sacó
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la espada retráctil. Presionó el botón de la empuñadura y la hoja se extendió, alcanzado el
metro y medio de longitud–. Decidme –siguió hablando mientras blandía la espada a su alrededor–,
¿alguna vez habéis visto a un general de la Antigua Grecia cabreado?
Los Daimons se miraron, cautelosos, entre sí.
Kyrian se agachó, sujetando la espada con ambas manos, sin dejar de observarlos.
–No es una imagen muy agradable, la verdad.
–¡Cogedlo! –gritó el líder.
Y, al unísono, todos se lanzaron a por él.
Desvió al primero con una estocada que acabó convirtiéndolo en una nube de polvo. Al
instante, se giró con la habilidad de un felino y lanzó un golpe directo al estómago del segundo.
El vampiro jadeó y se desintegró.
Antes de que pudiera recuperarse, uno de los vampiros lo cogió por el brazo herido y le
quitó la espada. Kyrian se giró y lo golpeó con la punta de la bota. También desapareció.
Otro lo agarró por la cintura y lo lanzó contra la pared mientras dos más se acercaban.
Dio una patada en la cintura al primero de ellos, al mismo tiempo que los dos que se acercaban
se convertían en polvo… y vio a Tabitha que se sostenía en pie a duras penas.
–Chuparos ésa, asquerosos vampiros –exclamó mientras le lanzaba un shuriken a Kyrian.
Perplejo ante el hecho de que Tabitha estuviera ayudándolo en lugar de atacarlo, cogió
la estrella y la utilizó para acabar con el último vampiro.
Cuando llegó junto a ella, la encontró arrodillada en el suelo. Tenía una herida en el cuello
que sangraba profusamente y apenas se veía color en su rostro. Kyrian se desgarró la
camisa para hacer una compresa y llamó a una ambulancia.
–¿Eric? –preguntó ella con voz tensa, intentando distinguir entre la oscuridad a las otras
víctimas que yacían en el suelo–. ¿Está muerto?
–Estoy aquí, nena.
Eric llegó a trompicones junto a ellos y se dejó caer junto a Tabitha, al tiempo que la
abrazaba.
–No va a morir –le aseguró Kyrian.
El muchacho asintió con la cabeza.
–Intenté convencerla de que no saliera esta noche; le dije que las cosas iban a ponerse
feas, pero no me escuchó.
–Es cosa de familia.
Tabitha rozó el brazo de Kyrian mientras él le daba la dirección al 911. Cuando acabó de
hablar, la vio mirándolo fijamente. Tenía el ceño arrugado y sus ojos lo observaban incrédulos.
–¿Por qué me has salvado?
–Eso es lo que hace Kyrian, Tabby –susurró Eric.
Mientras Eric se ocupaba de su novia, Kyrian se acercó a los otros dos amigos que aún
yacían en el suelo.
Eran los mismos que lo habían atacado en casa de Esmeralda. Por desgracia, no habían
corrido la misma suerte que Tabitha y Eric.
–Eric –lo increpó, volviendo junto a ellos–, ¿qué ha sucedido?
El muchacho se encogió de hombros.
–Los teníamos atrapados y, en un abrir de ojos, se abalanzaron sobre nosotros.
–¿Dijeron algo?
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Erik se puso muy pálido y abrazó a Tabitha con más fuerza.
–«Voy a tragarme tu alma».
Kyrian lo miró fijamente un instante y apretó los dientes ante el retorcido sentido del humor
de los vampiros.
–Los Daimons ven demasiadas películas de serie B.
Tabitha alargó un brazo y tocó la mano de Kyrian.
–Gracias.
Él asintió.
–No he hecho más que devolverte el favor.
–Kyrian, tío –jadeó Eric–. Tenías razón. Nunca he visto a ningún Daimon moverse como se
movían éstos. Debería haber escuchado tu advertencia.
Frunciendo el ceño, Tabitha los miró alternativamente.
–¿Os conocéis?
–Mi padre trabajaba para Talon, el amigo de Kyrian. –Eric miró a Kyrian a los ojos–. He conocido
a Kyrian durante toda mi vida, Tabby. Créeme, es uno de los buenos.
Antes de que ella pudiera contestar, llegó la ambulancia.
Kyrian esperó hasta que los dos estuvieron dentro, al cuidado de los sanitarios, y llamó a
Amanda para contarle lo sucedido.
No cogió el teléfono.
Llamó a su madre, a su hermana y marcó el teléfono de su propia casa. Nadie contestaba.
Con un nudo en el estómago provocado por el miedo, corrió hacia el coche. Quizás
Amanda estaba todavía en su casa, esperándolo.
O quizás Desiderius la ha atrapado…
Se la imaginó siendo atacada como Tabitha. La vio muerta en un charco de sangre como
los amigos de su hermana. El dolor y el pánico le retorcían las entrañas. Amanda tenía que
estar bien. No podría seguir viviendo si algo le sucedía.
Condujo como un poseso hacia su casa, tan rápido como el Lamborghini se lo permitió.
Temblando de angustia, atravesó el garaje a la carrera y entró en la casa, atento a cualquier
sonido.
Por favor, Zeus, cualquier cosa menos que le hayan hecho daño.
La escuchó en la planta alta, tarareando la canción de Grieg en su habitación. El alivio y
la gratitud que sintió fueron tan intensos que estuvo a punto de tropezarse. Tenía que verla
para saber que estaba bien. Inspiró hondo, aliviado, y subió las escaleras de dos en dos.
Al abrir la puerta de la habitación se quedó helado.
Amanda había encendido todas las velas de los candelabros y llevaba el camisón blanco
más corto y transparente que había visto en su vida. Sus largas piernas estaban cubiertas
por unas medias, sujetas por un liguero de encaje blanco. Estaba de espaldas a él, inclinada
sobre la cama, perfumando las sábanas con el aceite de aroma a rosas que solía usar después
del baño. El contorno de su cuerpo alcanzaba la perfección bajo la luz de las velas.
Kyrian estalló en llamas mientras la observaba. Abrumado por sus emociones, se acercó
a la cama y la abrazó por la espalda. La sujetó con fuerza y apoyó la cabeza sobre la de
ella, temblando de alivio.
Amanda estaba sana y salva.
Ella gimió de placer y Kyrian sintió que ese sonido le sacudía todo el cuerpo, intensificando
el deseo.
195
–Tócame, Kyrian –jadeó ella, apartándole las manos de la cintura para llevárselas a los
pechos–. Esta noche necesito sentirte.
Él también lo necesitaba. Después del miedo de pensar que la había perdido, necesitaba
sentirla con tanta desesperación que la cabeza le daba vueltas si se paraba a pensarlo.
Bajó la cabeza para saborear la piel de ese cuello perfumado al tiempo que gruñía de satisfacción
al sentir en las manos esos pezones erguidos, cubiertos por el camisón de gasa.
Ella se giró entre sus brazos, alzó las manos y le quitó las gafas de sol antes de reclamar
sus labios.
–Amanda –balbució él, mientras el aroma a rosas invadía sus sentidos, hechizándolo–.
¿Qué me has hecho?
Ella le contestó lamiéndole el mentón, descendiendo hasta la barbilla y de allí hasta el
cuello. Miles de escalofríos le recorrieron el cuerpo mientras Amanda le quitaba el abrigo,
dejando que se deslizara por sus hombros y que cayera libremente al suelo. Tiró de la camisa
para sacarla de debajo de la cinturilla del pantalón y metió la mano por debajo de ella,
dejando un rastro de fuego en el torso de Kyrian.
Su instinto le decía que se alejara de ella, pero no podía hacerlo. Ni ahora, ni nunca.
Amaba a esa mujer. No había otro modo de explicarlo. Era la otra mitad de su alma; no
podía seguir negándolo. Y, aunque sólo tuviera ese pequeño instante, disfrutaría del amor
que sentía por ella. Disfrutaría del deseo que despertaba en él.
Con los ojos enfebrecidos por la pasión, Amanda le desabrochó los pantalones y deslizó
las manos por su endurecido miembro.
–Me encanta acariciarte –murmuró ella, comenzando a mover las manos–. Dime, Kyrian,
¿puedes leerme la mente?
Él cerró los ojos, extasiado ante sus caricias. Cuando sintió que Amanda cubría los testículos
con una mano se estremeció de la cabeza a los pies.
–No –jadeó–. Prescindí de ese poder cuando me pediste que no volviera a hacerlo.
La alzó y la sentó en el borde de la cama mientras él se quedaba de pie entre sus rodillas.
Ella le sonrió de un modo que lo dejó flotando y comenzó a desabrocharse la parte delantera
del camisón, ofreciéndole sus pechos desnudos.
Ardiendo de deseo, Kyrian le separó las piernas para poder mirarla. ¡Por los dioses!
Cómo le gustaba contemplarla. Se puso de rodillas y la tomó con la boca.
Ella dejó escapar un grito ahogado al sentir la boca de Kyrian sobre su sexo. Él cerró los
ojos, la acarició con la lengua y notó cómo le temblaban los muslos, a ambos lados de su
cabeza, mientras la llevaba al orgasmo. Lo agarró del pelo y comenzó a mover las caderas,
frotándose contra él.
–¡Oh, sí! –gimió.
Kyrian esperó hasta que pasó el último estremecimiento y, sólo entonces, se levantó.
Amanda lo miraba con los ojos cargados de deseo. Se incorporó hasta quedar de rodillas
en la cama y acabó de desvestirlo. Una vez estuvo desnudo, bajó del colchón y se colocó
delante de él, dándole la espalda.
Sin necesidad de explicaciones, Kyrian supo lo que quería. De su garganta escapó un
gruñido al tiempo que se introducía en ella desde atrás con un poderoso envite.
Ella gimió de placer, se alzó hasta quedar de puntillas y volvió a descender para recibir
su verga hasta el fondo.
Kyrian temblaba de arriba abajo.
La besó en el hombro y deslizó la mano por la tersa piel de su vientre antes de buscar
los rizos de su entrepierna para acariciarle el clítoris. Comenzó a mover la mano muy despacio
y dejó las caderas inmóviles. Quería que fuese ella la que tomara el control de la situación.
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Y ella se encargó de moverse hasta que volvió a correrse de nuevo, gritando su nombre.
Kyrian salió de ella al sentir que sus poderes se desvanecían ante la proximidad de su orgasmo.
El dolor del deseo insatisfecho era tan grande que tuvo que concentrarse en seguir
respirando para no doblarse en dos.
Pero, por una vez, Amanda no parecía estar dispuesta a compadecerse de él; al contrario,
se dio la vuelta y lo besó con avidez.
–Amanda –jadeó él, intentando alejarse.
–Shhh, Kyrian –murmuró sobre sus labios–. Confía en mí.
En contra de todos sus instintos, lo hizo. Dejó que lo tumbara en la cama, que se subiera
sobre él y volvió a estremecerse cuando guió su verga de nuevo al interior de su cuerpo.
Era tan maravilloso estar dentro de ella… sentir el placer de Amanda mientras lo montaba.
Cuando sintió que su orgasmo era imparable, se dejó guiar por ella y dio la vuelta en el
colchón hasta que la tuvo debajo, con sus piernas alrededor de la cintura. Sintiéndose un
poco mejor en esa posición, comenzó a penetrarla con embestidas fuertes y rápidas.
Y, esta vez, cuando estaba a punto de retirarse, ella lo envolvió con todo su cuerpo y lo
abrazó con fuerza. Kyrian frunció el ceño al sentir que Amanda movía las caderas, introduciéndose
su miembro hasta el fondo y gimiendo mientras su vagina se cerraba a su alrededor.
–Amanda, para –jadeó sin aliento. Si seguía haciendo eso, estaría perdido.
Intentó retirarse otra vez y, de nuevo, ella se lo impidió, frotándose contra él. Kyrian
apretó los dientes intentando detener el orgasmo. Y lo consiguió hasta que sintió que ella
se corría de nuevo. Los gritos de Amanda, combinados con los espasmos de su cuerpo, fueron
más de lo que podía soportar.
Y, en contra de su voluntad, alcanzó el clímax. Echó la cabeza hacia atrás y gritó por la
intensidad del placer. No había nada mejor que estar entre los brazos de Amanda. En su
cuerpo.
Por primera vez en dos mil años, se sintió en casa.
Mientras esos sentimientos lo embargaban, notó que sus poderes de Cazador Oscuro se
desvanecían.
¡No!
Amanda le dio un beso ligero en los labios y se giró, con él en los brazos, hasta que lo
dejó apoyado sobre el colchón, con ella encima. Estaba demasiado débil para protestar. Lo
único que podía hacer era mirarla.
Ella salió de la cama y se puso una bata.
–¿Amanda? –la llamó.
Regresó al momento con una copa de vino.
–No pasa nada. Estoy aquí, amor mío –le dijo.
Le acercó la copa a los labios y él bebió, totalmente confiado. Tras unos minutos, la habitación
comenzó a girar a su alrededor.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó Kyrian, consumido por el terror.
Pero lo sabía. Como Theone hiciera, tantos siglos atrás, Amanda lo había drogado.
Lo último que alcanzó a ver fue cómo ella abría la puerta de la habitación para dejar pasar
a Desiderius.
197
Diecisiete
Kyrian se despertó maniatado, con las manos sobre la cabeza. Estaba de pie, sobre un
muro oscuro y húmedo en una casa desconocida. La habitación, que parecía antigua, estaba
iluminada por velas cuya luz proyectaba sombras danzarinas a su alrededor. Se escuchaban
murmullos de voces. Por el aspecto del lugar, suponía que se trataba de una vieja mansión,
probablemente no muy lejos de su propia casa, en el Garden District.
Al observar con más atención la estancia, se dio cuenta de que Amanda y Desiderius estaban
muy cerca de él. El Daimon la abrazaba por los hombros.
La incredulidad de la situación lo dejó abrumado.
Otra vez no. ¡Dioses del Olimpo! Otra vez no.
¿Cómo podía haber sido tan imbécil?
Su mente había intentado decirle que algo iba mal. Había sabido, desde un principio,
que Desiderius sería capaz de atraparla. Pero no había hecho caso de sus instintos. Había
dejado que su amor por ella, y la necesidad que despertaba en él, lo cegaran.
Cerró los ojos con fuerza.
Lo que más dolía era saber lo que el Daimon planeaba hacer con ella una vez acabara
con él. Sin su protección, Amanda estaba a merced del vampiro.
Le ocurriría lo mismo que a Theone. Cuando Valerius lo ejecutó, arrojó a su esposa a la
calle diciéndole que no quería a una puta en la cama que, algún día, pudiera entregarlo impasiblemente
a sus enemigos.
Puesto que Theone había traicionado al líder del ejército macedonio y había sido la causante
de su derrota, le resultó imposible regresar a casa. La villa que tanto había amado
había sido incendiada, sólo quedaron los cimientos. Todas sus posesiones fueron confiscadas.
Perseguida por sus compatriotas, huyó de Grecia a Roma y acabó como prostituta, cayendo
cada vez más bajo.
Murió, de una enfermedad venérea, apenas dos años después que él. Al final, se enfrentó
al destino que tanto había intentado evitar.
Al abrir los ojos, Kyrian miró a Amanda. Llevaba unos vaqueros y un jersey negro de cuello
vuelto. El pelo peinado hacia atrás dejaba su perfil bien a la vista. Agarraba con fuerza
una muñeca.
¿Cómo había sido capaz de hacerle esto?
Pero, en ese momento, supo la verdad. Los poderes de Desiderius habían sido demasiado
para ella. A pesar de los esfuerzos de D’Alerian, el Daimon había invadido sus sueños y
ahora controlaba su mente.
La ira le oscureció la visión. No iba a permitir que la matara. Así no. Olvidando la debilidad
que lo invadía, agarró las cuerdas y tiró con toda la fuerza de la que fue capaz.
–Vaya, estás despierto.
Desiderius y Amanda se acercaron hasta quedar frente a él. Con una mirada burlona, el
Daimon colocó una mano sobre el hombro de Amanda.
–Duele, ¿no es cierto? Saber que voy a acostarme con ella antes de matarla, y que no
podrás hacer nada para detenerme.
–Vete al infierno.
Desiderius rió.
–Tú primero, comandante; tú primero. –Pasó un dedo ahusado y de aspecto diabólico por
el mentón de Amanda; no obstante, ella no reaccionó. Daba la sensación de estar sumida
en una especie de trance–. La poseería delante de ti, aunque nunca me ha gustado tener
espectadores. Nunca he sido tan retorcido. –Se rió de su propia broma.
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Kyrian sintió que la cuerda cedía un tanto. Concentrándose en eso, se esforzó por soltarse.
Las ataduras volvieron a tensarse al instante.
Desiderius soltó otra carcajada.
–¿De verdad piensas que soy tan estúpido como para dejarte libre? –Dio un paso adelante
y se colocó delante de él hasta quedar nariz con nariz–. Esta vez no correré el riesgo de
que sobrevivas.
Kyrian lo miró con una sonrisa satisfecha, como si el vampiro no fuese más que un mosquito
zumbando alrededor de su cabeza.
–¡Ooooh! Mira cómo tiemblo…
Desiderius lo observó con incredulidad.
–¿Es que no hay modo de asustarte?
Kyrian le lanzó una escueta mirada.
–Me he enfrentado a una legión romana con sólo una espada para protegerme. ¿Por qué
iba a asustarme un Daimon de tres al cuarto, que no pasa de ser un semidiós con complejo
de inferioridad?
Desiderius siseó y le enseñó los colmillos. Agarró una ballesta que había en la mesa y la
cargó con una flecha de acero.
–Aprenderás a no burlarte de mí. Soy un enemigo demasiado poderoso.
–¿Y por qué? ¿Qué te hace tan especial?
–Mi padre es Baco. ¡Soy un dios!
Kyrian resopló. La primera regla de la guerra: haz que el enemigo pierda la paciencia.
Las emociones nublan la razón y hacen que uno cometa estupideces. De ese modo, tendría
la oportunidad de liberarse y salir de allí con Amanda.
Además, le gustaba el modo en que palpitaba esa vena en la sien de Desiderius. Era una
forma de saber que no había perdido su «toque» a la hora de burlarse del enemigo.
–Eres patético; además de un psicópata y un matón. No me extraña que papaíto no quisiera
ni verte.
Desiderius chilló de furia y golpeó el rostro de Kyrian con la ballesta. El golpe le provocó
un terrible dolor. Sentía el sabor de la sangre en los labios. Se lamió el corte y chasqueó la
lengua.
–No sabes nada de mi vida, Cazador Oscuro. No sabes lo que se siente cuando estás
destinado a morir desde el día que naces.
–A todos nos ocurre eso.
–Sí, claro. A los humanos con sus vidas mortales, que son tres veces más extensas que
las nuestras. ¡Cómo los compadezco! –Agarró a Kyrian por la garganta y le empujó la cabeza
contra la pared–. ¿Sabes lo que se siente cuándo ves a la mujer que amas desintegrarse
delante de tus narices? Eleanor sólo tenía veintisiete años. ¡Veintisiete! Hice todo lo que estuvo
en mis manos para salvarla. Incluso le llevé un humano, pero se negó a quedarse con
el alma que la hubiese salvado. Fue un ser puro hasta el final.
La mirada de Desiderius se ensombreció por los recuerdos.
–Era tan hermosa… tan dulce. Le supliqué a mi padre que me ayudara y él me dio la espalda.
Así que vi cómo mi bella esposa se convertía en una anciana en unas cuantas horas.
Vi cómo su cuerpo envejecía hasta que se desintegró entre mis brazos.
–Lo siento por ti –le dijo Kyrian en voz baja–. Pero eso no te exime de lo que has hecho.
Desiderius gritó, enfurecido.
–¿Y qué es lo que he hecho? No he hecho otra cosa que nacer dentro de una raza maldi-
199
ta y ver cómo los humanos malgastan el regalo que les ha sido concedido. Les hago un favor
al matarlos. Los libero de sus insípidas y aburridas vidas. –Los ojos azules se oscurecieron
peligrosamente.
»No sé si sabes que conseguí una copia de vuestro manual cuando maté a uno de tus
compañeros, hace noventa años. Lo que más me sorprendió fue la recomendación de ir
siempre a por el corazón de un Daimon; golpearlo en el lugar más vulnerable. –Apuntó a
Amanda con la ballesta–. Tu corazón es ella, ¿verdad?
Kyrian enmascaró el terror que sentía. Aunque estaba muy débil, se aferró a las cuerdas
y alzó las piernas para golpear a Desiderius con las pocas fuerzas que le quedaban antes
de que pudiera hacer daño a Amanda. El Daimon se tambaleó y la ballesta dejó de apuntarla.
–¡Corre, Amanda! –le gritó.
Ella no se movió.
Kyrian volvió a apoyarse en la pared.
–Joder, Amanda. Por favor, corre. Hazlo por mí.
Ella no parecía siquiera oírlo. Se limitaba a permanecer de pie, mirando al infinito mientras
sostenía la muñeca y le tarareaba una canción.
Desiderius soltó una carcajada y se enderezó. Lamió la sangre que le corría por el labio y
miró socarronamente a Kyrian.
–Es mía, Cazador. Puedes morir sabiendo que haré un buen uso de ella antes de quedarme
con su alma y con sus poderes.
Compuso una diabólica sonrisa segundos antes de disparar la flecha directa a su corazón.
La fuerza del golpe hizo que su cuerpo se aplastara contra el muro. Jadeó al sentir el
dolor del acero que le desgarraba la carne.
El vampiro se acercó hasta que, de nuevo, estuvo delante de él. Con una mirada alegre,
pasó el dedo sobre la sangre que rodeaba la herida.
–Una pena que la sangre de los Cazadores resulte venenosa. Estoy seguro de que es
más sabrosa y espesa que la que tomo normalmente.
Kyrian apenas oía sus palabras; su corazón se esforzaba por seguir latiendo. Le zumbaban
los oídos. Era el dolor más intenso que había sufrido jamás. Con la mirada borrosa, giró
la cabeza para contemplar a Amanda por última vez.
Parecía muy pálida mientras lo miraba y, por un momento, Kyrian imaginó que lo recordaba.
Que sabía que estaba muriendo y que le importaba.
Si hubiese sido ella misma, habría corrido para estar a su lado. Al contrario que su esposa,
habría llorado al saber que iba a morir. Y, de un modo extraño, saber eso lo reconfortaba.
Desiderius se apartó de él y se acercó a Amanda para darle unos golpecitos en el hombro.
–Ve, Amanda. Dale un beso de tu despedida a tu amante.
Kyrian luchó por seguir respirando al tiempo que la veía aproximarse. Había tantas cosas
que quería decirle… tantas cosas que deseaba haberle dicho mientras ella podía escucharlo…
Al menos no moriría solo.
–Te quiero, Amanda –le susurró, deseando que, de algún modo, lo recordara más tarde y
supiera que había sido sincero.
Ella se inclinó hacia delante, con una mirada perdida, y lo besó en los labios mientras
presionaba una mano sobre su hombro. En ese momento sintió la proximidad de la muerte,
la negrura que se cernía sobre él y, mientras moría, escuchó el murmullo de Amanda:
200
–Te amaré eternamente, mi guerrero oscuro.
Y, en ese instante, todo se desvaneció.
Amanda contuvo el aliento al sentir cómo el medallón se enfriaba encerrado en su
mano, bajo el vestido de Starla, y el calor pasaba al cuerpo de Kyrian. Le temblaba la mano
esperando a que él despertara. Con cada segundo que pasaba temblaba cada vez más.
No ocurre nada… ¡Dios, no!
¡Acheron le había mentido, después de todo!
Los ojos le escocían por las lágrimas y el medallón se había enfriado hasta parecer un
trozo de hielo, antes de caer al suelo.
Y Kyrian seguía sin moverse. Seguía apoyado, inerte, sobre la pared, con el rostro ceniciento
y el cuerpo frío.
¡No!
Todo había acabado. Kyrian estaba muerto.
¡No!
La perversa risa de Desiderius resonó en las paredes de la oscura habitación, e hizo que
el alma de Amanda sollozara de angustia.
Ella también quiso morirse en ese mismo instante. Era la culpable de todo lo que había
sucedido. Se había limitado a permanecer allí quieta, viendo cómo Kyrian moría, sin hacer
nada para salvarlo. Sentía cómo el dolor le cerraba la garganta y lo único que quería hacer
era gritar.
«Te quiero, Amanda».
Las últimas palabras de Kyrian la perseguirían durante toda la vida.
Sollozando, pasó los brazos alrededor del cuerpo de Kyrian y lo abrazó con fuerza, deseando
que despertara y le hablara.
Por favor, Dios mío, llévame a mí pero deja que él viva.
–¿Amanda? –la voz de Desiderius restalló con dureza, ordenándole que regresara a su
lado.
Ella se aferró con más fuerza a Kyrian y apoyó la cabeza sobre su pecho, junto a la flecha,
deseando poder darle su propia vida.
Se quedó helada al escuchar algo. Un sonido muy débil que la hizo volar.
Los latidos del corazón de Kyrian.
Se echó hacia atrás y vio cómo parpadeaba.
Kyrian contempló los ojos azul oscuro de Amanda, brillantes por las lágrimas. Ya no tenían
una mirada vacía, al contrario, lo miraban fijamente con una expresión decidida. Y con
amor.
Su rostro se suavizó mientras le pasaba una mano por el pecho y la flecha salía disparada.
Y, entonces, Kyrian supo que no lo había traicionado. Lo había liberado.
–Has recuperado tu alma, Kyrian de Tracia –murmuró, al tiempo que las cuerdas que le
aprisionaban las muñecas se desataban–. Ahora, vamos a hacer que este cabrón pague por
lo que ha hecho.
Desiderius gritó de furia al darse cuenta de lo que sucedía.
Kyrian ya no tenía sus poderes de Cazador Oscuro, pero le daba igual. Por primera vez
en dos mil años, tenía su alma y esa sensación, sumada a la certeza de que Amanda no lo
había traicionado, le daba fuerzas.
Desiderius podía darse por muerto.
201
El vampiro corrió hacia la puerta pero, antes de que llegara, ésta se cerró con un portazo.
–No quiero que te vayas tan pronto de la fiesta –le dijo Amanda–. No después de todas
las molestias que te has tomado para traernos aquí.
–¿Amanda? –la increpó Kyrian, inseguro.
Ella lo miró. Sus ojos lanzaban unos tenues destellos que le recordaban a los de Acheron.
–Desiderius ha liberado mis poderes –le dijo en voz baja–. Pensó en usar la telequinesia y
la telepatía para sí mismo. –Miró al Daimon y le sonrió–. Sorpresa. Al liberarlos perdiste el
control de mi mente.
Desiderius forcejeó para abrir la puerta.
Kyrian fue a por él, cual pantera hambrienta tras su presa.
–¿Qué te pasa, Desiderius? ¿Te asusta una simple mortal?
El vampiro se dio la vuelta con un gruñido.
–Puedo vencerte. Soy un dios.
–Entonces, hazlo.
Desiderius lanzó una maldición y se abalanzó sobre él. Lo cogió por la cintura y lo lanzó
contra la pared antes de abrir la boca para morderle el cuello.
–¡Y una mierda! –masculló Kyrian–. No vayas a creer que he recuperado mi alma para
que ahora te quedes con ella. –Y, acto seguido, le dio una patada en la ingle.
Desiderius se alejó de él, tambaleándose.
–¡Kyrian!
Al girarse, vio que Amanda tenía su espada y se la lanzaba.
Extendió la hoja y fue tras Desiderius. El Daimon esquivó el ataque y alzó la mano para
lanzarse una descarga astral. Kyrian soltó una maldición cuando la descarga lo hirió en el
pecho, justo en el mismo lugar donde la flecha lo había atravesado. Retrocedió a punto de
caer al suelo.
Vaya si dolía.
Atontado, se dio cuenta de que no sería capaz de defenderse del ataque de Desiderius.
Lo único que hizo fue encogerse, en espera del golpe.
Pero éste no llegó.
Amanda acababa de herir a Desiderius con una descarga de su propia cosecha.
Kyrian la miró con el ceño fruncido.
–Nena, ¿me dejas que me encargue de esto, por favor?
Ella lo miró, haciendo un mohín.
–Sólo intentaba ayudar. Además, ¿es que no estás ya lo bastante magullado?
Amanda contuvo el aliento mientras los veía luchar. Aun débil, Kyrian era sorprendente.
Saltó sobre Desiderius y volvió a coger la espada. El Daimon cogió una que había sobre la
mesa y la blandió contra él. El sonido del acero reverberaba en la estancia cada vez que las
espadas se encontraban.
–Vamos, cariño –susurró, agarrando la muñeca con fuerza.
Kyrian ganaría. Tenía que ganar. Ella no había pasado por semejante infierno como para
verlo morir después.
Mientras los observaba luchar, se dio cuenta que el sol estaba saliendo. La luz comenzaba
a filtrarse a través de las ventanas cerradas. Desiderius también se percató y soltó una
maldición. Atacó a Kyrian con un movimiento ascendente de la espada que lo dejó desar-
202
mado.
Amanda se quedó helada.
El Daimon sonrió y comenzó a alejar a Kyrian, muy despacio, del lugar donde había caído
su espada.
–Sólo te diré una cosa –le dijo con entonación perversa–, ¿por qué no le das recuerdos a
Hades de mi parte?
–¡Kyrian!
Se dio la vuelta y vio que Amanda le lanzaba la muñeca. La cogió instintivamente y soltó
un taco cuando las hojas ocultas en los pies de la Barbie le hirieron la mano.
En su rostro apareció una sonrisa.
Con una carcajada, se agachó para esquivar el golpe de Desiderius y hundió las hojas de
la muñeca justo en el corazón del Daimon.
–Dáselos tú mismo –le contestó, observando a Desiderius, que lo miraba boquiabierto.
El tiempo se detuvo sin que ninguno de los dos desviara la mirada. Por el rostro del vampiro
desfilaron multitud de emociones: incredulidad, miedo, ira… y dolor.
Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Desiderius se desintegró.
Kyrian y Amanda se quedaron petrificados al comprender la enormidad de lo sucedido.
Todo se había acabado. Desiderius estaba muerto. Tabitha y Amanda estaban a salvo.
Kyrian tenía su alma.
Y la mujer que amaba le había salvado la vida.
Con el corazón en la garganta, Kyrian dejó caer la muñeca al suelo y se acercó a Amanda.
–Eres una actriz consumada.
–No. Estaba aterrorizada. –Le pasó la mano por el pecho sin poder evitar que temblara–.
Estuve a punto de gritar cuando disparó la flecha. No puedes imaginarte lo duro que fue.
Acheron me dijo que tenías que morir para poder ser libre y sabía que yo no sería capaz de
matarte. Sabía que la única oportunidad que teníamos era dejar que Desiderius lo hiciera
por mí.
Kyrian la tomó de la mano y, cuando sus dedos le acariciaron la palma, notó la quemadura.
Le giró la mano y vio que tenía los símbolos del medallón grabados a fuego en la piel.
–Ha debido ser espantoso.
–Estoy bien.
Él se aclaró la garganta al escuchar el tono indiferente con el que lo había dicho. ¿Por
qué le restaba importancia a lo que había hecho por él? Arqueó una ceja, sin poder creérselo.
Se había destrozado la mano por salvarlo.
–Tendrás una cicatriz para toda la vida.
–No –le contestó con una sonrisa–. Creo que es lo más hermoso que he visto en la vida. –
Se inclinó hacia delante y le susurró al oído–: Después de ti, claro.
Él le tomó el rostro con las manos y la besó.
–Gracias, Amanda.
Mientras lo miraba, la alegría se desvaneció de su rostro y, en su lugar, apareció una expresión
temerosa.
–Julian y Acheron me dijeron que podías convocar a Artemisa y devolverle tu alma si
querías.
–¿Y por qué iba a querer hacer eso?
203
Ella se encogió de hombros.
–Eres un Cazador Oscuro.
Él le dio un ligero beso en los labios.
–Lo que soy es un hombre enamorado de una mujer. Te quiero, Amanda. Para el resto de
mi dichosamente corta vida como mortal. Quiero despertarme al amanecer contigo en los
brazos y ver cómo nuestros hijos juegan y se pelean. ¡Coño! Hasta quiero ver cómo me replican.
Ella le sonrió.
–¿Estás seguro?
–Nunca he estado tan seguro de algo.
Ella lo cogió de la mano y lo guió hasta salir de la habitación.
Petrificado, se detuvo al contemplar los primeros rayos del sol iluminando la sala de estar.
Por costumbre, retrocedió nada más verlos.
Pero la brillante luz no le hacía daño en los ojos. Ni le quemaba la piel.
Apretando con más fuerza la mano de Amanda, se obligó a seguir caminando hasta atravesar
la puerta.
Y, por primera vez en dos mil años, caminó bajo la luz del día. La sensación del sol sobre
la piel era increíble. La calidez; la brisa del amanecer provocándole un ligero escalofrío. Con
el corazón latiéndole en los oídos, alzó la vista y contempló el cielo, de un azul pálido, surcado
por unas nubecillas blancas.
Era un día glorioso.
Y se lo debía a Amanda.
Tiró de ella para estrecharla entre sus brazos y la apretó con fuerza.
–Salve Apolo –susurró.
Amanda sonrió mientras lo abrazaba con ternura.
–No. ¡Salve Afrodita!
Dieciocho
Kyrian observaba, asombrado, el anillo de casado en su mano izquierda. Aún no podía
creer que la buena fortuna hubiese puesto a Amanda en su camino.
Habían pasado siete meses desde que ella lo devolviera a la luz. Siete maravillosos meses
de pasar noche y día sin separarse de Amanda. Ayudándola a aceptar, desarrollar y
controlar sus poderes, que ahora eran incluso mayores que los suyos. Y no es que eso le
importara; los poderes que conservaba de sus días de Cazador Oscuro eran suficientes para
mantenerla a salvo. La seguridad de Amanda era lo más importante para él.
Eso y despertarse cada mañana para ver una sonrisa en su hermoso rostro.
Y ahora estaban casados.
Amanda lo abrazó desde atrás y lo apretó con fuerza.
–¿Qué estás haciendo aquí solo? –le preguntó.
Se dio la vuelta para contemplarla con su vestido de novia. El color blanco resaltaba la
perfección de su piel. Tenías las mejillas sonrojadas por la excitación y la luz de la luna se
reflejaba en sus ojos.
–Tomando un poco de aire fresco.
204
Ella le dedicó esa sonrisa que lo desarmaba y a la vez lo hacía sentirse el ser más poderoso
de la tierra.
–¿Quieres que abandonemos la fiesta y salgamos corriendo?
Él soltó una carcajada.
–Sólo ocho personas de esa monstruosa multitud son invitados míos, el resto son tuyos.
–¡Vaya! –exclamó Amanda, arrugando la nariz–. No importa. La cosa podría ponerse fea.
Además, mi tía Xenobia podría lanzarnos una maldición.
Él le pasó el brazo por los hombros mientras Amanda lo guiaba de nuevo hacia el interior
del salón de baile de su mansión. Al ritmo de la orquesta, los ciento cincuenta miembros
del clan Devereaux-Flora bailaban, comían y hablaban. Miguel, Rosa y Liza estaban
sentados en una mesa con la hermana de Amanda, Selena, riéndose de las gracias del
bebé de Grace.
Amanda dejó a Kyrian un momento para acercarse a sus padres.
Talon, Nick, Julian y Acheron lo rodearon. Julian lo felicitó.
–Ésta es de las que merecen la pena. –le dijo
Kyrian asintió.
–Sí, lo es.
–Tío –le dijo Talon con tono melancólico–. Voy a echar de menos nuestras chácharas de
las tres de la mañana y Wulf ya se está subiendo por las paredes porque dice que se ha
quedado sin su mejor adversario en el Doom20.
Kyrian sonrió al recordar las solitarias noches que había pasado chateando con sus hermanos
y hermanas Cazadores.
–Dile al vikingo que no se preocupe. Me escaparé de vez en cuando para desafiarlo a
una partida.
Acheron bebió un sorbo de champán.
–¿Y qué vas a hacer con tu corta vida?
Kyrian observó a Amanda, que había cogido a Niklos, el hijo de tres años de Julian, y bailaba
con él. Algún día sería una madre estupenda.
–Voy a vivirla. Y a ser feliz.
Nick, que tenía las manos en los bolsillos de los pantalones, se unió a la conversación.
–Supongo que tendré que empezar a buscar otro Cazador Oscuro… –Y miró de forma intencionada
a Talon.
–¡Una mierda, aperitivo de caimán! No me hagas ojitos. Yo no soy tan paciente como Kyrian
y, además, en mi cabaña apenas hay espacio para mi ordenador y yo.
–No te preocupes –le aseguró Ash–. Ya te encontraré a alguien.
Nick lo miró, horrorizado.
–Ni se te ocurra hacerme un favor. Ya te veo enviándome a Alaska como Escudero de ese
psicópata de Zarek.
Kyrian rió hasta que Amanda se acercó a ellos con expresión ceñuda.
–¿Qué pasa, nena? –le preguntó.
–Es que hay… estoooo… mmm…
Los hombres la miraban, expectantes.
–¿El qué? –la instó Kyrian.
–Una flota de furgonetas de UPS en la entrada de la casa.
20 Juego on-line de lucha. (N. de la T.)
205
Todos se miraron, extrañados, antes de encaminarse en grupo a la puerta principal, donde
estaban alineadas siete furgonetas de UPS.
Uno de los conductores se acercó a Kyrian.
–¡Hola! –lo saludó–. Estoy buscando al señor K. Hunter.
–Ése soy yo –le contestó Kyrian.
–Bien. ¿Me dice dónde podemos dejar la mercancía?
–¿Y qué es la mercancía?
El conductor le entregó un albarán con los nombres de todos los que enviaban los objetos.
–Wulf Tryggvason, Zoe, Blade Fitzwalter, Diana Porter, Cael, Brax, Samia, Arien, Kyros,
Rogue, Kell, Dragon, Simon, Xander St. James, Alexei Nikolov, Badon Fitzgilbert...
La lista seguía y seguía con los nombres de los Cazadores Oscuros.
–¿Sabes lo que te digo, Kyrian? –comentó Acheron entre risas–. Que vas a tener que
comprar una casa más grande.
–Sí –afirmó Talon–, pero espera a que tengas hijos. Te apuesto lo que quieras a que será
el doble de esto.
Todos estallaron en carcajadas.
Amanda se acercó más a Kyrian y lo miró a los ojos mientras él la rodeaba con los brazos.
–Creo que tus amigos Cazadores van a echarte de menos. ¿Estás seguro de que no te
arrepientes?
Kyrian le dio un beso ligero en la mejilla.
–Para nada. ¿Y tú?
–Jamás.
Acheron observó cómo los recién casados se perdían en el interior de la casa.
–¿Apostamos dónde van? –preguntó Talon.
Ash se rió.
–Yo no apuesto. Ya lo sé. –Se dio la vuelta para mirar al conductor y le dijo que dejara los
regalos en el salón–. Creo que mi regalo de boda va a ser contratar a una compañía que se
encargue de desenvolver paquetes.
Nick se unió a las carcajadas.
–Voy a decirles dónde colocarlo todo para que Kyrian no se cabree.
–Te ayudo –le dijo Talon.
Ash los observó alejarse; Nick abría la marcha delante de los conductores y Talon los seguía
a un paso más tranquilo. Mientras tanto, a sus oídos llegaban los sonidos de la oscuridad
y de la noche que conocía tan bien. De repente, sintió un ligero estremecimiento a sus
espaldas.
Se trataba de una presencia que conocía mucho más íntimamente que la misma noche.
Apuró la copa de champán antes de hablar.
–¿Qué estás haciendo aquí, Artie? No sabía que estabas invitada.
Una mano delicadamente esbelta se posó en su hombro y su calor se filtró a través del
esmoquin. La diosa era de una altura poco común entre los humanos y se movía con la gracilidad
y la sensualidad del viento. Era elegante y delicada.
Y capaz de destruir cualquier cosa si se agitaba demasiado.
–Soy una diosa –le dijo con su acento griego suave y refinado–. No necesito invitación.
206
Acheron giró la cabeza y vio que Artemisa estaba a su izquierda. Su espeso cabello de
color cobrizo brillaba bajo la luz de la luna y esos ojos verdes, iridiscentes, lo miraban lanzando
destellos.
–Espero que hayas venido a desearles buena suerte –le dijo Acheron.
Ella lo miró de soslayo mientras jugueteaba de forma distraída con un mechón de su cabello,
recién teñido de negro. En sus labios se dibujaba una ligera sonrisa.
–Por supuesto. Pero la cuestión aquí es: ¿y tú?
Ash se tensó por la indirecta.
–¿Qué tipo de pregunta es ésa? Ya sabes que les deseo lo mejor.
–Sólo quería comprobar que ese pequeño monstruo de ojos verdes no te metía ideas en
la cabeza.
Él la miró con los párpados entornados.
–El único monstruo de ojos verdes que conozco eres tú.
Ella jadeó al escucharlo, sin dejar de sonreír.
–¡Ooooh! –canturreó con un tono definitivamente erótico–. Acheron se está volviendo
grosero a la vejez. –Apoyó la barbilla en su hombro y comenzó a acariciarle el mentón con
una uña–. Menos mal que me gustas porque, de otro modo, ahora estarías estofado.
Él dejó escapar un suspiro.
–Sí, qué suerte tengo… Y, por cierto, se dice «frito».
Artemisa nunca conseguiría adaptarse al vocabulario callejero, pero parecía disfrutar
mucho usándolo. O, bien pensado, haciendo un mal uso de él. Acheron sospechaba que, en
ocasiones, lo hacía intencionadamente para retarlo a que la corrigiera.
–Mmm –murmuró ella, abrazándolo por la cintura en actitud retozona–. Me encanta
cuando te pones tan agresivo.
Acheron se alejó de ella.
–¿A quién vas a trasladar a Nueva Orleáns para que ocupe el puesto de Kyrian?
Ella se humedeció los labios con un gesto travieso y un brillo juguetón en los ojos, pero
antes de que pudiera contestarle, Julian se acercó a ellos.
–Primita Artemisa –le dijo, a modo de saludo.
–Julian de Macedonia –contestó, ella con frialdad–. No sabía que estabas aquí.
–Lo mismo digo.
–Bueno –los interrumpió Acheron–. Ya veo que las presentaciones no son necesarias.
La diosa lanzó una amenazadora mirada a Julian.
–Sí, bueno. Me gustaría quedarme pero no puedo.
Antes de desvanecerse, se inclinó hacia Acheron y le susurró algo al oído. Él se quedó
petrificado al escucharla. Artemisa se esfumó dejando un rastro vaporoso tras ella.
A veces era la zorra más grande de la tierra.
Julian lo miró, alzando una ceja.
–¿Qué te ha dicho?
–Nada. –Lo último que quería era dejar caer esa bomba sobre Julian y Kyrian. Y menos
aún en mitad de una boda, así que cambió el tema–. Entonces, general, tu mejor amigo
está de vuelta. Me apuesto lo que quieras a que acabaréis metidos en serios problemas.
Julian rió.
–Para nada.
207
Pero a Acheron le resultaba muy difícil de creer.
Tan difícil como imaginar que Artemisa lo dejara en paz durante un tiempo.
Epílogo
Amanda le apartó el pelo de la cara a Kyrian mientras lo besaba en los labios. Su vestido
de novia yacía en el suelo, junto con el esmoquin, y ellos estaban enredados entre las sábanas
de seda.
–Estamos siendo muy maleducados, ¿no crees? –le preguntó ella.
Kyrian sonrió.
–Sí, y me encanta.
Ella soltó una carcajada y, cuando él la besó, se olvidó del resto del mundo.
–Dime –le dijo Kyrian mientras le mordisqueaba el cuello, justo bajo la oreja, con sus colmillos
humanos–. ¿Echas de menos lo de ser contable?
–En absoluto, ¿y tú?
–Yo no he sido contable en la vida.
Ella le pellizcó la nariz.
–Ya sabes a lo que me refiero. ¿Echas de menos ser un Cazador Oscuro?
Él le lamió la oreja haciendo que la piel se le erizara.
–A veces sí. Pero prefiero estar contigo.
–¿Lo dices en serio?
Kyrian se incorporó para mirarla a los ojos.
–Desde el fondo de mi alma y mi corazón.
–Bien –le susurró ella, besándolo de nuevo–. Porque ahora que eres de nuevo mortal, el
bebé y yo queremos que tengas mucho cuidado.
Kyrian se quedó helado.
–¿Qué?
Ella le sonrió.
–Estamos embarazados, señor Hunter. De seis semanas.
Kyrian la besó con ansia y la encerró en un fuerte abrazo.
–Ésa, señora Hunter, es la mejor noticia que he recibido en la vida.
Amanda le tomó el rostro entre las manos.
–Te amo, Kyrian de Tracia, y no quiero perderte jamás.
–Te amo, Amanda Devereaux Hunter, y te juro que jamás me apartaré de tu lado.
Amanda volvió a besarlo y supo, en ese momento, que sí existía lo de «ser felices para
siempre».
Aunque, para conseguirlo, hubiera que casarse con un vampiro.
-fin-
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